lunes, 21 de noviembre de 2011

Mar del Plata 2011 - Parte 4


El Polonio (Argentina, 2011)
Dirección: Daiana Rosenfeld y Aníbal Garisto
Sección: Competencia argentina

Amanece. Una mujer remolonea en la cama acompañada por sus dos perros, en medio de una habitación desordenada y fría. Por unos segundos me asalta la impresión de estar en un espacio levemente inclinado, como si el personaje se estuviera despertando dentro de un barco encallado en un médano. Tal vez sea un efecto deliberado de la cámara, o quizás sea solo mi propio deseo de romantizar un poquito la historia de Nati en Cabo Polonio, imaginándola como una aventurera que ha transformado en hogar algún buque abandonado hace siglos. Pero se trata simplemente de una casita sobre la playa, un desvalido refugio sin luz ni gas ni agua corriente. Allí Nati cada mañana desayuna su dosis de tabaco, pastillas y Coca-cola. Allí, cree ella, será capaz algún día de encontrar su tierra firme. Pero a pesar de la esperanza enunciada, nunca se disipa en el film la certeza de la pendiente, el siempre acechante desequilibrio. ¿Es que acaso existe en nuestra psiquis algo equivalente al “nivel del mar”?
Herida por la tragedia, la montevideana Natalia Martínez narra su experiencia de vida en este pueblo de la costa uruguaya que cada verano recibe a unos tres mil turistas, si bien sus habitantes no son más de sesenta, de los cuales muchos podrían entrar en la categoría de “pacientes”, en palabras de la protagonista. A lo largo de un año, los realizadores argentinos Daiana Rosenfeld y Aníbal Garisto se dedicaron a capturar fragmentos de la rutina de la joven y de otros residentes del lugar, trabajo cristalizado en este documental que combina ciertos códigos clásicos (el testimonio a cámara inicial) con otros más próximos al ensayo antropológico y contemplativo. El Polonio es la clase de proyecto que depende mucho del abanico de apuntes recogidos, y en este caso esos apuntes no resultan lo suficientemente llamativos u organizados como para sostener la ambición de la película.
Más allá del innegable atractivo geográfico, el film no termina de decidirse por una línea a seguir, ya que por momentos parece un diario íntimo del personaje principal, y en otros pretende ser un fresco del pueblo entero, un doble abordaje que podría funcionar muy bien si el relato supiera cómo amalgamarlo. La película, sin embargo, no profundiza en la comunidad ni en su funcionamiento y se limita a mostrar unas pocas personalidades pintorescas, convirtiendo el bienestar psicológico en una cuestión meramente individual y voluntarista. Como señalaba al principio, una vez que advertimos la situación concreta de Nati se nos diluye el barniz romántico y no se recupera más. Pero el film insiste y tira de esa cuerda -hasta forzarla, incluso-: quiere extraer cierta belleza bohemia allí donde no hay otra cosa que llana precariedad. Quiere que veamos a estos sujetos como aguerridos “freaks” que un día supuestamente optaron por una forma de vida alternativa, y ahí es cuando nos sentimos incómodos, porque nos preguntamos cuántas de estas personas tuvieron realmente la posibilidad de elegir. El Polonio genera sensaciones enredadas que podrían resumirse en la escena de la ballena varada en la playa que aparece hacia el final: podemos quedarnos con el efecto inmediato y fascinante de esa imagen extraordinaria, casi surrealista (que además recuerda el cierre de La dolce vita), o podemos detenernos unos segundos más y comprobar la enorme tristeza de ese ser privado de su hábitat natural. Indefenso, solo y totalmente desesperado.

* El Polonio se estrenó en Buenos Aires el pasado jueves. Actualmente se exhibe en el cine Gaumont.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Creo que tu comentario realmente no es para nada atinado, que no has entendido la esencia del film y que estás juzgando si informacion!