miércoles, 16 de enero de 2019

Un combate de pensamientos


Por Alain Badiou*

"¿Qué hace que se diga “tal filme es sólo comercial”? Que no podamos participar en él como un combate de pensamientos. Es una reproducción del imaginario existente. Por lo tanto, es una repetición, y esa repetición sólo libera material. De modo que sólo podemos obtener información en relación con mucho ruido. En definitiva, un filme comercial o un programa de televisión cualquiera no es más que un elemento del mundo. No hay mucha diferencia entre mirar eso y luego comer en McDonald’s; es lo mismo, y no es un crimen. Es la existencia ordinaria. Todos miramos filmes pésimos, pero es el mundo común y corriente. Y, por lo tanto, diría que el cine comercial es un material del mundo, es todo. El cine no comercial es un tratamiento del material. Son operaciones sobre el material, operaciones que van a decir algo diferente del material mismo, naturalmente. Por último, la formación, el tema del gusto: ¿cómo podemos reconocer estas operaciones? ¿Sabemos reconocerlas? Creo que ese gusto es mucho más vasto de lo que se cree. Porque distinguir entre una repetición y operaciones sobre la repetición es algo que ciertamente mucha gente puede hacer. Resulta menos complicado que conocer toda la historia de un arte. Y por eso un público amplio puede tener verdadera percepción de la fuerza real de un filme, lo cual no significa que se prive de ver una película comercial. ¿Pero quién no lo hace? Al fin y al cabo, compartimos todos ese mundo. El problema es compartir también las operaciones sobre el mundo. Esa es la cuestión, efectivamente, de la formación del mundo."


*Fragmento de un artículo incluido en el libro Pensar el cine 1. Imagen, ética y filosofía. (Editorial Manantial, Buenos Aires)

domingo, 13 de enero de 2019

El Lector, de Stephen Daldry


Texto publicado en 2009

"¿Por qué? ¿Por qué lo que fue hermoso, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo al saber que ocultaba verdades amargas? ¿Por qué se oscurece el recuerdo de unos años felices de matrimonio cuando nos enteramos de que el otro tuvo un amante durante todo ese tiempo? ¿Acaso porque en semejante situación no se puede ser feliz? Y, sin embargo, ¡éramos felices! A veces un final doloroso hace que el recuerdo traicione la felicidad pasada. A lo mejor es que la única felicidad verdadera es la que dura siempre. Porque sólo puede tener un final doloroso lo que ya era doloroso de por sí, aunque no fuéramos conscientes de ello, aunque lo ignorásemos. Pero un dolor inconsciente e ignorado, ¿es dolor?”

Bernhard Schlink (El Lector) 

En la novela de Bernhard Schlink abundan las preguntas, sobre todo las que no tienen respuesta. Preguntas que lanzamos al cielo con esa nostalgia furiosa que insiste en desandar el enigma de lo que podría haber sido y no fue. O de lo que creemos que debería haber sido, si habitáramos un mundo transparente en donde toda acción fuera consecuente con un ideal. Pero mientras lo ideal sólo se analiza en la retrospección comparativa de lo ya vivido, o se sueña como meta para lo que viene (si es que aún hay fuerzas para cultivar anhelos), todo lo que nos queda es resbalar en el presente, en el abismo abierto entre lo que somos y lo que deberíamos ser. El arte nació precisamente para recorrer esa distancia, una y otra vez… hasta aliviarla. Algún día.

El libro original, sin ostentar grandes hallazgos poéticos, tiene la virtud de ser preciso y universal al plantear esta clase de inquietudes filosóficas. Con un tono melancólico y reflexivo, en su primera parte la narración avanza con un suspenso creciente y bien controlado, dada la forma en que el autor anticipa y desarrolla el famoso secreto que signará el destino de los personajes. En términos de estructura temporal, en lo que hace estrictamente a la intriga, "El Lector" parece haber sido escrita para ser llevada a la pantalla grande, cualidad que el director Stephen Daldry (Billy Elliot, Las horas) y su guionista David Hare no supieron (o no quisieron) aprovechar. Por una razón muy simple: prefirieron la seguridad de la corrección política a las imprevisibles arenas de la opacidad.

El conflicto central se sitúa en la Alemania de posguerra. Michael Berg (David Kross) tiene quince años cuando inicia un romance con Hannah Schmitz (Kate Winslet), una mujer que lo dobla en edad. Sexy, misteriosa, bastante parca, ella adora que su “niño” le lea en voz alta los clásicos de la literatura, antes y después del amor. El affaire dura apenas un verano y ellos pronto dejan de verse. Años más tarde, cuando Michael es estudiante de Derecho, le toca presenciar un juicio contra un grupo de mujeres que fueron guardias de un campo de concentración durante el régimen nazi. Hannah es una de las acusadas. El drama se extenderá a lo largo de las décadas, con un Michael adulto (ahora encarnado por Ralph Fiennes) que continuará toda su vida convulsionado por las llagas de esa relación, detrás de la cual también afloran las contradicciones -la culpa, la parálisis, el Horror- de toda la sociedad alemana.

Es fácil dejarse encandilar por ciertos giros de la trama, ya que la dilatada historia de amor entre Michael y Hannah es tan extraordinaria que por momentos hace olvidar las frágiles columnas que sostienen al film en términos específicamente cinematográficos. En el intento de no saturar la banda sonora con la omnipresencia del monólogo, el guión descarta la voz en primera persona del protagonista, aspecto clave para la psicología de la novela. Sucede entonces que al abandonar el perturbado punto de vista de Michael, la película pierde el fulgor intimista de la prosa de Schlink y la puesta en escena se ve constreñida a una exterioridad funcional, de una impostación que a veces roza lo metálico. Por otro lado, aunque uno ame sin medida a la actriz de Titanic, cuesta mucho verla como verdadera criatura de ficción sin sentir que esa mujer que está allí no es otra que Kate Winslet fingiendo un acento extranjero, Kate Winslet ultra maquillada como anciana, Kate Winslet por fin premiada por el rol más chillón y "oscarizable" de su carrera.

No vamos a sumarnos al coro de críticos que afirman que El Lector (The Reader) pretende atemperar la culpa del pueblo alemán con respecto al Holocausto (ese argumento deriva en el mismo reduccionismo automático con que se despachó hace un tiempo al film Slumdog Millionaire al calificarlo de "abyecto"). Mostrar la desesperante carencia de Hannah no la torna menos responsable de sus actos: se trata de una historia única, especial, situada en un marco de delicadas ramificaciones sociopolíticas. Lo que Schlink busca, como todo artista serio, es adentrarse en la complejidad de su pasado para así repensar los hechos y las decisiones de sus personajes desde una perspectiva contemporánea, con la mirada de las generaciones que hoy siguen asimilando esa trágica herencia. Pero a la versión fílmica le falta nervio, piel, fricción. En vez de hurgar en los pliegues incómodos de la trama, el escándalo, la confusión ideológica, el lado oscuro de los afectos, Daldry se distrae repasando una y mil veces todas las costuras de su pulcro mantel para que ningún espectador tropiece con los reales desgarros de la Historia. La bella anécdota original se diluye finalmente en una película demasiado tenue, sin pasión ni relieves.

viernes, 11 de enero de 2019

martes, 8 de enero de 2019

Padres de la Plaza: 10 recorridos posibles, de Javier Daglio


“Como marxista, me criaron diciendo que ‘el revolucionario no llora ni se arrodilla. Que no debe ser sentimentalista’. Pero ésas eran mentiras. Yo a veces lloro mucho.”

Oscar Huaravilo, padre de “Taro”, desaparecido en 1977.

No creo que exista imagen para lo infinito. No se lo puede pintar, ni fotografiar, ni filmar. A lo sumo se lo podrá intuir, presentir, quizás tantear, ya sea en la vida o en el arte, pero cuesta pensar que se pueda definir lo infinito en una imagen (material o mental). En todo caso, si llegamos a atisbarlo, es porque hacia él nos arrastran millones de otras imágenes y sonidos y músicas y palabras, un mural mutante ensamblado en la conciencia, una red precaria que nos mantiene suspendidos sobre al pozo ciego de lo que nunca conoceremos. Hablo de infinito porque una vez más comprobé que esa es la sensación que genera la tragedia de los desaparecidos en la Argentina. La certeza de lo inconmensurable. Crecimos escuchando testimonios, leyendo informes periodísticos, viendo documentales, y fueron muchos, muchos de verdad, y sin embargo cada nueva obra parecería reubicarnos en el inicio del camino, para que no nos acostumbremos jamás, para obligarnos a apreciar lo universal y lo particular en cada desgarro, en cada voz, en cada silencio. Nunca será demasiado.

Entonces, frente a la imagen imposible, que es la imagen del duelo, este documental ya desde el título nos propone diez humildes recorridos posibles. Tan sólo aproximaciones, cruces, desahogos. Diez padres con diferentes miradas políticas, de distintas clases sociales, cada uno con su propia manera de lidiar con la ausencia. En la primera parte del relato los protagonistas no son identificados por sus nombres: son un colectivo, los “Padres de la Plaza”, tan importantes en la lucha por la justicia como lo fueron las madres, aunque ellos nunca se organizaron como sí lo hicieron las mujeres. Luego el film le da una identidad a cada hombre y lo invita a describir su profesión o los ámbitos cotidianos que suelen cobijarlos, detalles todos que nos permiten conocer a cada padre como individuo, para poder así dibujar mejor los nidos en donde se acunaron los hijos.

No hubo imagen del cuerpo final, por eso sólo queda acudir a las formas vicarias. Uno de los padres confiesa que se angustia mucho al soñar que su hijo está vivo, mientras otro hombre dice que no hay mayor felicidad que encontrarse con su hijo en un sueño. Otro retiene la presencia en un retrato del hijo pintado por Alberto Bruzzone. Otro admira la dignidad que transmite la foto de su hijo en una pancarta. Y otro cuenta que tuvo que vender la casa familiar porque le hacía daño recordar a su hijo en esos cuartos, al tiempo que otro exhibe orgulloso la habitación del hijo, que hoy es un santuario en cuyo armario se lee una frase anotada por el joven: “Es preferible morir de dolor que de vergüenza”. Sí, es una película necesariamente triste, pero a la vez tiene escenas de una inesperada vitalidad, como sucede durante la visita al colegio, en donde la voz del padre resulta por momentos opacada por el bullicio alegre de los alumnos. Y no es casualidad que sea una adolescente la que visita el Parque de la Memoria: allí es donde los realizadores hacen su sigilosa apuesta. Aprender: ése es el único recorrido posible para las generaciones que vienen.

domingo, 30 de diciembre de 2018

TOP 15 - Balance 2018

The ballad of Buster Scruggs, de Ethan y Joel Coen

Primero y antes que nada: ¡gracias! Gracias de verdad a todos los que siguen visitando este humilde espacio. Cada día se hace más difícil sostenerlo, pero espero seguir haciéndolo. Durante enero y febrero voy a hacer un receso, aunque es probable que recupere textos publicados años anteriores.
 
Segundo: el balance del año cinematográfico. Hace ya un tiempo que perdió un poco de sentido limitarnos a elegir exclusivamente aquellos títulos estrenados en salas comerciales. La distribución está cada vez más acotada y hoy hay muchas películas importantes a las que accedemos por otros medios, como la nueva obra de los Coen disponible en Netflix, absolutamente fascinante, o el film por el cual Denzel Washington fue nominado al Oscar este año, Roman J. Israel, Esq., film imperfecto aunque dueño una sensibilidad política atípica en Hollywood, que pasó totalmente inadvertido. Ya en el balance de 2017 decidí sumar una decena de grandes películas vistas en festivales el año pasado, lista que de hecho incluye varios títulos que podrían entrar en la selección de este post, pero preferí no repetirlos aquí (es decir, en esa lista van a encontrar películas que sí se estrenaron en salas en 2018, como Visages, Villages, Verano 1993, 24 Cuadros, Cocote). 
 
Así que ahora, en una única lista, voy a contemplar todo el abanico: las películas estrenadas en salas (nacionales e internacionales), las vistas en festivales, muestras y ciclos de cine y las que se consiguen a través de otros medios (streaming, internet, etc), con la condición de que sean películas producidas en los últimos dos o tres años. Todos los críticos están hablando de los cambios impuestos por Netflix en las nuevas formas de consumo y distribución, una discusión que considero necesaria aunque no puedo detenerme en ella ahora.
 
Vivimos en un país que se derrumba cada día un poco más, con un Gobierno dispuesto a destrozar al pueblo con sus ajustes criminales y su eficacia nula para controlar la desesperante crisis. Al contrario, la cultura y el trabajo se degradan, y las perspectivas son desoladoras. 

Pero hay algo poderoso que se está moviendo. Dentro de un panorama oscurísimo a nivel social y económico, me conmueve y entusiasma la lucha que han emprendido las mujeres de este país, y siento que la cosa es por ahí, porque ahí sí existe un verdadero deseo de emancipación. Mientras tanto, yo me aferro al cine como ese tronco que flota perdido en el mar... y que resiste.

TOP 15 

  1 - El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi 
  2 - Llámame por tu nombre (Call me by your name), de Luca Guadagnino 
  3 - Burning, de Lee Chang-dong 
  4 - The ballad of Buster Scruggs, de Ethan y Joel Coen 
  5 - Roman J. Israel, Esq., de Dan Gilroy 
  6 - Comparsa, de Luciana Radeland
  7 - El libro de la imagen (Le livre d'image), de Jean-Luc Godard 
  8 - Infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman), de Spike Lee 
  9 - La Flor, de Mariano Llinás 
10 - Transit, de Christian Pezold 
11 - Casa propia, de Rosendo Ruiz 
12 - Un lugar en silencio (A quiet place), de John Krasinski
13 - Western, de Valeska Grisebach 
14 - Coco, de Lee Unkrich y Adrian Molina
15 - The green fog, de Guy Maddin, Galen Johnson y Evan Johnson

 
El ciclo del año: 
La retrospectiva de Hugo del Carril en el Malba


Un acontecimiento: 
El estreno (vía Netflix) de  
The other side of the wind, de Orson Welles 

El documental They'll Love Me When I'm Dead
de Morgan Neville, sobre Welles 
y la realización de su “película maldita”.


Un descubrimiento: 
La obra de Travis Wilkerson en el DocBuenos Aires


Una serie de televisión: The Deuce,
producida por David Simon y George Pelecanos


Un momento personal a atesorar: 
La función de Los 400 golpes, de François Truffaut, 
en el 33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.


Una foto: Jean-Pierre Léaud, 
en el Hotel Provincial de Mar del Plata
(Fotografía difundida por Marcelo Alderete)

viernes, 28 de diciembre de 2018

Curso: Familia y destino - Enero 2019


Taller de análisis cinematográfico
FAMILIA y DESTINO
A cargo de Carolina Giudici

Tres opciones:
Los lunes, desde el 7 de enero (Cupo completo)
Los martes, desde el 8 de enero - ¡NUEVA FECHA!
Los miércoles, desde el 9 de enero (Cupo completo)


Cuatro encuentros, en el barrio de Almagro

Cuatro películas dirigidas por destacados cineastas contemporáneos. Un recorrido por relatos que nos trasladan a épocas y ámbitos diversos para invitarnos a sentir y pensar de qué forma la familia (o su ausencia) moldea la subjetividad de las personas, y cuánto influyen otros factores en ese proceso. La fuerza de los lazos de sangre, la soledad, la sexualidad, la violencia, el genocidio nazi, la política, el deseo, la memoria, el lugar de los niños, la alienación, son sólo algunos de los temas abordados por estas películas a partir de diferentes paradigmas estéticos. En cada encuentro del curso se ofrecerán herramientas teóricas y una introducción al estilo del autor para luego profundizar en el análisis del título elegido. Éste es el programa del taller:

Clase 1: Todo o nada, de Mike Leigh (Gran Bretaña, 2002)

Clase 2: Ida, de Pawel Pawlikowski
(Polonia, 2013)

Clase 3: Las hermanas alemanas, de Margarethe von Trotta
(Alemania, 1981)

Clase 4: La rabia, de Albertina Carri
(Argentina, 2008)

Inicio del taller – 
Tres opciones:
Lunes 7 de enero de 2019 (hasta el lunes 28)
Martes 8 de enero de 2019 (hasta el martes 29)

Miércoles 9 de enero de 2019 (hasta el miércoles 30)

Horario: 19 a 21 hs.

Lugar: Barrio de Almagro


Las vacantes son limitadas y se reservan con inscripción previa.

*Es importante asistir a los encuentros con las películas vistas, por eso como parte del taller también ofrezco copias de las películas en dvd (consultar).

Para más detalles por favor llamar al teléfono 4865 - 3317 (dejar nombre y número de contacto), o escribir a: datosparacaro@yahoo.com.ar

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Osvaldo Bayer (1927-2018)


Nuestra responsabilidad ante la utopía
Por Osvaldo Bayer*

- Nos preguntamos qué quieren decir los que pronuncian la palabra utopía o, lo que es lo mismo, qué queremos decir nosotros cuando empleamos esa palabra que pareciera estar escondida en algún cofre en una isla desierta. Nos referimos a ella como si fuera una piedra preciosa encantada guardada con siete sellos, o como si se tratase de sueños de libros de infancia. Y no nos damos cuenta que utopía no significa otra cosa que lo que tendríamos que hacer para ser felices. Así de sencillo. Uno parece un maestro ciruela diciendo y creyendo en estas cosas, pero es que es así: es lo que deberíamos hacer pero además, es lo más fácil de realizar y conseguir. 

- Pongamos un ejemplo. Somos todos niños, queremos jugar en la arena. A nadie se le ocurriría permitir que uno de los niños se adjudicara el 80 por ciento del cajón de arena para él solo y que los demás jugáramos en un rincón, todos apretujados. Tampoco permitiríamos que ese niño que se adueñó así de gran parte del cajón de arena nos exigiera juguetes para poder jugar en "su" zona, que en realidad pertenece a todos. Ni tampoco permitiríamos que uno de nosotros se adjudicara el mando y nos diera órdenes para hacer lo que él dictaminara, con el prejuicio de hacerlo para mantener la igualdad y la disciplina. 

- Nuestras sociedades enseñan a despreciar al pobre o a quienes tienen otro color de piel, en vez de despreciar al aprovechador y al explotador. Debería enseñar a despreciar a quien aprovecha la naturaleza de todos para sí mismo y admirar a quienes encuentran la felicidad en la humildad y la modestia, ésos que piensan siempre en utopías y así tal vez alcanzar la felicidad de la sociedad toda, en esta vida tan breve, y llena de dolor y de misterios. Ya desde la primera escuela se debería enseñar el pensamiento de los utopistas, los proyectos de las repúblicas ideales que elaboraron sus benditos cerebros y no hacernos glorificar conquistadores brutales y genocidas de pueblos que actuaron en nombre de la "civilización". 

- Así de sencillo es la utopía: sentarnos a discutir todo aquello que se nos impuso en nombre de la autoridad y la propiedad, que nos ha llevado a guerras, torturas, regímenes de esclavitud y a la absoluta obscenidad de las fortunas multimillonarias y su correlato de millones de hambrientos que mueren todos los años. 

- No voy a hablar ni de Thomas Moro, ni de Campanella, ni de Owen, Bacon o Proudhon. (A ellos hay que leerlos, gozar de ellos, imaginarse el mundo pensado por ellos) Es mejor y ya es tiempo de ponernos a caminar. Aplicar lo simple de la razón. Terminar con aquello pérfido de que "la política es el arte de lo posible", sino que el único futuro está en la lucha por lo que se cree imposible, que es nada menos que poner de relieve la bondad del ser humano, que existe. Ponerse a caminar y aprender lo bueno de los revolucionarios y corregir sus equivocaciones. Eso es la utopía. Si logramos dar diez pasos de aproximación a ella, ya justificaremos nuestro viaje por la vida. 

*Fragmentos de un artículo publicado en julio de 1998 e incluido en el libro de textos reunidos titulado En camino al paraíso. (Ed. Javier Vergara, Buenos Aires, 1999) 

martes, 25 de diciembre de 2018

Fugaz


No ensucies este momento 
alguien me canta al oído
me dice la palabra siempre. 

Irene Gruss

En la imagen: Cold War, de Pawel Palikowski

viernes, 21 de diciembre de 2018

Hay equipo (adiós a Penny Marshall)


Penny Marshall murió hace unos pocos días, el 17 de diciembre, a los 75 años. Intuyo que vamos a recordarla sobre todo por ser la directora de Quisiera ser grande (Big, 1988), una película sin dudas maravillosa. Pero Marshall también realizó otra obra igual de hermosa que en 1992 fue un exitazo en las salas de Estados Unidos, aunque porque acá nunca fue demasiado popular. ¿Será porque se trata de una película sobre béisbol, un deporte ajeno a nuestra cultura? No lo sé. Lo que tengo claro es que Un equipo muy especial, antes que nada, es una película profundamente feminista, y eso solo ya amerita volver a verla y celebrarla.


Durante la Segunda Guerra Mundial, miles de ciudadanos norteamericanos se alistaron para el frente de batalla y dejaron puestos vacantes en diferentes ámbitos, incluyendo el deporte. Así fue que en 1943 se creó la primera Liga de Béisbol Femenina (All-American Girls Professional Baseball League), a partir de una idea del dueño del Chicago Cubs, Philip Wrigley, que convocó a 64 mujeres que jugaban softball a lo largo y ancho del país. Empezaron siendo cuatro equipos, pero el fenómeno creció y llegaron a ser diez. En 12 años se disputaron 144 partidos ante más de un millón de espectadores. A league of their own es una ficción inspirada en estos hechos, y tiene como protagonistas a dos hermanas, Dottie (Geena Davis) y Kit (Lori Petty), que son reclutadas como jugadoras al inicio del relato.


La película abre con el plano del frente una casa, para pasar a un segundo plano en donde dos niños juegan al básquet en algún patio cercano. Dos chicos, una pelota y un aro, una escena habitual (trillada incluso) en el cine norteamericano. Pero lo interesante de este momento es que allí también hay dos chicas que miran cómo juegan los chicos. Todavía no entramos en la historia y ya la directora pinta un cuadro tradicional que el propio relato se encargará de dar vuelta, pues pronto el lugar de espectadores será ocupado por los varones, mientras las mujeres serán las que se luzcan en la cancha. 

  
 
Flashback a Willamette, Oregon, 1943. Ernie Capadino (Jon Lovitz) ve jugar a las hermanas Hinson en un campo de béisbol del pueblo y luego las sigue hasta la granja familiar. En una secuencia extraordinaria, vemos al hombre ingresar en un establo en donde las chicas están ordeñando vacas.


La cámara se detiene en una vaca que gira para observar al intruso mientras éste se presenta. “¿Y éste quién es?”, parecería decir el animal. “¿Qué puede saber este sujeto sobre nuestro dolor o nuestra capacidad de resistir? ¿Quién es él para determinar cuánto puede un cuerpo?”. Vacas y mujeres en una alianza de sororidad casi surrealista. El hombre, ante una primera negativa a su propuesta de trabajo, termina descalificando a las hermanas como simples “lecheras”. Las vacas no se lo perdonan y no dejan de mugir hasta el final de la secuencia.
 
 
Ira Lowenstein (David Straitharn) es el responsable de administrar la Liga Femenina. Él aspira a que los equipos sean un éxito de público, pero a la vez quiere que las chicas cultiven su atractivo para el ojo masculino. En las "clases para señoritas", ellas aprenden baile, modales en la mesa, postura, maquillaje, peinado, pero lo curioso es que en el desarrollo posterior del relato no se retomará nada de lo incorporado en esas clases, porque las jugadoras no van a necesitar aplicarlo. Podría decirse que son escenas carentes de justificación dramática si no fuera porque Marshall, precisamente, lo que busca es remarcar la inutilidad de todo ese programa de "perfeccionamiento en lo femenino", que sólo existe en esta historia porque los dueños de la Liga son varones.  


Como era de esperarse, el entrenador de las chicas tenía que ser alguien con experiencia. O sea: un varón. Por eso lo contratan a Jimmy Dugan (Tom Hanks), ex beisbolista que arruinó su carrera por culpa del alcohol. Jimmy necesita el dinero y entonces acepta dirigir a "The Peaches", aunque no le entra en la cabeza la idea de que las mujeres puedan jugar al béisbol.  


El día en que Jimmy debe conocer a las chicas para dirigir su primer partido, llega totalmente borracho al vestuario y se pone a orinar ante la presencia de ellas. Ni siquiera las saluda. Y como alguien tiene que tomar el mando del equipo, Dottie se hace cargo.


En el campo las chicas confirman que no dependen de él. El equipo se afianza y Dottie sorprende con su destreza.


Podría seguir comentando muchísimos otros momentos memorables de la película, pero voy a elegir sólo una secuencia más, que se desarrolla durante uno de los viajes en micro del grupo. Vemos por un lado cómo Shirley (Ann Cusack), que es analfabeta, intenta aprender a leer con la ayuda de Mae (Madonna, quizás en el personaje más querible de todos los que hizo en cine). Por otro lado, escuchamos la guitarra de Evelyn (Bitty Schram), que está componiendo la canción que luego se convertirá en el himno del equipo. Hasta que nos detenemos en un diálogo entre Doris (la magnífica Rosie O’Donnell) y otras dos compañeras. 

 

Lo mismo digo yo:
Miren cuántas somos.