jueves, 30 de marzo de 2017

9º Edición de Les Avant-Premières

El próximo jueves 6 de abril comenzará una nueva edición de Les Avant-Premières, uno de los acontecimientos cinéfilos más esperados del otoño porteño (después del Bafici, claro). La muestra exhibe lo mejor de las últimas producciones realizadas en Francia, con una selección de pre-estrenos y películas inéditas que esta vez incluye a cineastas como André Téchiné, François Ozon, Mia Hansen-Løve, Fred Cavayé, Emmanuelle Bercot y Joachim Lafosse, entre otros.

Esta edición contará además con la visita de la realizadora Nicole Garcia, directora de aquel notable film de 2002 con Daniel Auteuil, El adversario. Garcia viene a presentar su último trabajo, Un momento de amor (Mal de pierres), película protagonizada por Marion Cotillard, Louis Garrel y Alex Brendemuhl.

La muestra se desarrollará en el complejo Cinemark Palermo (Bulnes y Beruti), del 6 al 12 de abril. La entrada general tendrá un valor de 106 pesos. Ya comenzó la venta anticipada a través del sitio de Cinemark.


Programación:
 
Todo para ser felices, de Cyril Gelblat
Frantz, de François Ozon
Un momento de amor, de Nicole Garcia.
La fille de Brest, de Emmanuelle Bercot
Noticias de la familia Mars, de Dominik Moll
Quand on a 17 ans, de André Téchiné
Ouvert la nuit, de Edouard Baer
Le voyage de Fanny, de Lola Doillon

El porvenir, de Mia Hansen-Løve
A fond, de Nicolas Benamou
Radin!, de red Cavayé 
Victoria, de Justine Triet
El hijo, de Philippe Lioret
Les chevaliers blancs, de Joachim Lafosse
Perdidos en París, de Dominique Abel y Fiona Gordon
Sage femme, de Martin Provost


Para consultar la grilla de horarios y más detalles sobre las películas, pueden visitar la página oficial de Les Avant-Premières: www.cine-frances.com

miércoles, 29 de marzo de 2017

Taller de Análisis de Películas - Abril


Taller de análisis de películas
A cargo de Carolina Giudici

LA TRISTEZA DE LA NIEVE (dos encuentros)
Sábado 1º de abril: Manchester junto al mar, de Kenneth Lonergan
Sábado 8 de abril: El dulce porvenir, de Atom Egoyan

Horario: 16.30 a 18.30
Lugar: Almagro

Para más información, por favor escribir a datosparacaro@yahoo.com.ar

miércoles, 22 de marzo de 2017

Entre los muros, de Laurent Cantet

Texto publicado en 2009

“La política es un conflicto sobre la configuración del mundo sensible en la que pueden aparecer los actores y los objetos de esos conflictos. La política es entonces esa práctica de excepción que permite ver aquello que no se ve, oír lo que no se oye y contar lo que no se cuenta”. (1)

Jacques Ranciére


Entre los muros (Entre les murs) es una película política. Desde ya que toda película lo es, aun la más inconsciente, pero tanto más estimulante es la obra cuando su ideología se transmuta en una forma bella, un gesto sincero, un discurso inteligente y sutil, sin necesidad de vociferar preceptos reveladores ni envolver al espectador con arengas melosas. Aunque no tenga respuestas ni soluciones, Laurent Cantet sabe cómo formular preguntas para hacerlas calar hondo. Es un artista que cree en el Hombre, y desde ese lugar se ilusiona y se angustia. Toda su obra, moderna de corazón, está propulsada por el sentido primigenio, clásico -y hoy tan olvidado- de la política, aquel que implica pensar las condiciones de construcción de una vida en común. Ni más ni menos.


Es llamativo ver cómo la campaña de difusión de Entre los muros enfatizó la "vocación documental" del film, al señalar que los intérpretes fueron no profesionales, empezando por el docente protagonista, que escribió el libro original y colaboró con Cantet en el guión. También se remarcó la premisa de concentrar toda la acción en la escuela, emulando el formato de "estudio de caso" propio de la observación antropológica (como en el cine de Frederick Wiseman), mientras que la cámara en mano inquieta indicaría que quien mira se deja guiar por los hechos tal como ocurren en su fluir real, a la caza de escenas que luzcan tensas, pintorescas y, ante todo, espontáneas. Claro que esta impresión naturalista no es más que otro precioso encantamiento del arte, el gran truco de lo verídico con el que juega Cantet: se queda al margen fingiendo que no interviene y sólo registra, como si fuera la lógica del objeto la que decide por él, cuando en verdad se trata de un relato personal, perfectamente calibrado y planificado, desde los cruciales debates entre profesores hasta el más imperceptible gruñido de un alumno aburrido. Es gracias a un extraordinario trabajo de montaje que el milimétrico diseño de la puesta puede ocultar su artificio bajo la apariencia del azar. Partiendo de esta técnica esencial, aglutinando las partículas elementales de ese inabarcable universo que es la educación, el autor entrega un mapa riquísimo para pensar nuestra época. No hay atajos en el mapa, solo infinitos caminos que se entrecruzan o se bifurcan. Pero la dirección es una sola: hacia adelante.

“Creo que podría mejorar sustancialmente el hombre si nos preocupáramos en satisfacer lo que muchos creen sus exigencias fundamentales: la exigencia de identidad, la exigencia de orientación, la exigencia de tender un puente entre la trascendencia y la bestialidad”. (...) “Los cambios se producirán a partir de las renovaciones ‘intelectuales', del descubrimiento de nuevos valores, de la apropiación de modelos culturales que hemos de aportar y oponer a los esquemas tradicionales. La historia nos enseña que los cambios siguen a los nuevos modos de pensar, no los preceden, como parecen creer muchos ‘revolucionarios'”. (2)

Roberto Rossellini


Entre los muros es una máquina de fabricar dilemas. Intentaré resumir algunos de sus puntos más interesantes:


La clase. Estamos en un colegio de París. Las escenas dentro del aula son las más fragmentadas, ya que no parece haber situación más ajena al famoso plano-contraplano que el caos de una clase; incluso cuando el docente intenta sostener un diálogo con un único alumno, siempre hay otras reacciones paralelas (réplicas, burlas, quejas) que hacen estallar ese templado código del montaje clásico. Asistimos entonces a una sucesión de imágenes breves, curiosas, ansiosas por pintar un mural en continua ebullición. Si en algún momento nos sentimos cansados no es porque el relato genere tedio, sino que con ese agitado vaivén la cámara logra transmitir cuán agotador es para un maestro retener el orden y la atención. Dentro de un aula hay que remarla mucho. Al mismo tiempo, esa voluntad democrática de la cámara parece eliminar jerarquías para subrayar que no se puede abordar el fenómeno educativo sin escudriñar el detalle, porque los chicos se expresan con todo el cuerpo y cada uno soporta una mochila pesadísima. El profesor François Marin (François Bégaudeau) coordina un grupo multiétnico de alumnos, desafío que la escuela tradicional aún no sabe cómo encarar.

La identidad. ¿Cómo definir la identidad en medio de esta ingobernable confluencia de culturas, razas y crianzas? Porque ahora a las dolencias típicas de la adolescencia y las diferencias de clase social se suman los cambios aceleradísimos de la globalización, la crisis de la familia, la dificultad de proyectar a futuro y tantas otras problemáticas que atraviesan de punta a punta Entre los muros. Frente a este panorama, lo único que puede hacer el profesor -y el film lo acompaña en su acto de fe- es ponderar el rol de la palabra. François enseña francés y todo el tiempo estimula la participación, aunque esto lo exponga a las agresiones de Souleymane, la retórica contestataria de Esmeralda o los reproches paranoicos de Khoumba. Pero la palabra también revela y les permite a los chicos narrarse, por ejemplo, en el ejercicio del autorretrato que el maestro les encarga. Así descubrimos que Wei (de origen chino, el mejor alumno) se ve a sí mismo como un muchacho aislado y solitario, o comprobamos que el fútbol es una de las pocas cosas que todavía despierta interés en muchos (esa discusión sobre equipos africanos bien podría abrirse a otras resonancias histórico-políticas. ¿Por qué no aprovechar la pasión futbolera para el aprendizaje?). Y si la comunicación falla, como ocurre con los padres que no hablan francés, es porque la lengua nos recuerda su papel imprescindible dentro de la trama social. La palabra sigue siendo un puente.

Los docentes. Mientras los diálogos con los chicos son frescos e imprevisibles, los debates entre docentes encaran cuestiones concretas en búsqueda de soluciones. Pero si ni siquiera logran coincidir a la hora de elegir un mismo libro que sea útil para dos materias (pequeña y genial charla entre el protagonista y el profe de Historia), será mucho más difícil ponerse de acuerdo en los asuntos delicados, especialmente en el terreno de la disciplina. Discuten premios y castigos; confirman que la violencia y la apatía crecen; se multiplican los dilemas morales. En el caso de Souleymane (originario de Mali), todo indica que hay que sancionarlo, quizás expulsarlo. Para contrastar su actitud insolente, Cantet incluye esa hermosa secuencia en la sala de computación, en donde François elogia al chico porque su autorretrato es el más creativo de todos, ya que a su texto agregó una serie de fotografías que ilustran su vida. Es el único momento en donde percibimos una sonrisa feliz en Souleymane y uno se pregunta si alguien alguna vez valoró algo en él. ¿Cómo proceder, entonces? Porque los docentes tampoco pueden hacerse cargo de una realidad que los excede, ni es posible trabajar sin mínimas normas de convivencia. Todo es muy complejo. Algunos ya están hartos de la escuela, la mayoría resiste como puede, una profesora celebra su embarazo. El mundo sigue su curso.

Henriette. Hacia el final del film somos testigos de la última clase del año. En un clima relajado, cada alumno hace un balance y comenta algún tema aprendido durante el ciclo lectivo. Suena el timbre, los chicos saludan al profe y se van contentos. Pero una morenita se queda. Tímidamente se acerca a François para decirle que ella no cree haber aprendido nada. “No comprendo lo que hacemos”, asegura Henriette y sus ojos lo dicen todo: quiere dejar de estudiar. Por algún motivo que sólo podemos intuir, la muchacha no le encuentra sentido al esfuerzo. La tristeza de su mirada es un llamado de atención de Cantet, aunque esto signifique terminar la película con un tono gris, amargo. Esa es su firma política final, urgente. De qué sirven los libros si esa nena probablemente ignora lo que es sentir el calor de un abrazo.

Hoy no hace falta ser idealista para recibirse de romántico. Alcanza con confiar un poquito en el ser humano. La última frase de la película se pronuncia mientras docentes y alumnos juegan un partido de fútbol como despedida del año. Es un cántico de aliento, un clamor alegre, un deseo:

“Tous ensemble!” - ¡Todos juntos!
 
“Enseñar es más difícil que aprender. Se sabe esto muy bien, más pocas veces se lo tiene en cuenta. ¿Por qué es más difícil enseñar que aprender? No porque el maestro debe poseer un mayor caudal de conocimientos y tenerlos siempre a disposición. El enseñar es más difícil que aprender porque significa: dejar aprender. Más aún: el verdadero maestro no deja aprender nada más que “el aprender”. Por eso también su obrar produce a menudo la impresión de que propiamente no se aprende nada de él, si por “aprender” se entiende nada más que la obtención de conocimientos útiles. El maestro posee respecto de los aprendices como único privilegio el que tiene que aprender todavía mucho más que ellos, a saber: el dejar-aprender. El maestro debe ser capaz de ser más dócil que los aprendices. El maestro está mucho menos seguro de lo que lleva entre manos que los aprendices. De ahí que, donde la relación entre maestro y aprendices sea verdadera, nunca entra en juego la autoridad del sabiohondo ni la influencia autoritaria de quien cumple una misión. De ahí que siga siendo algo sublime el llegar a ser maestro, cosa enteramente distinta de ser un docente afamado. Es de creer que se debe a este objetivo sublime y su altura el que hoy en día, cuando las cosas se valorizan solamente hacia abajo y desde abajo, por ejemplo, desde el punto de vista comercial, ya nadie quiera ser maestro".

Martin Heidegger (3)  


Citas:
1. Ranciére, Jacques, citado por Frodon, Jean-Michel en "Familia política", en Cahiérs du Cinéma Nº 604 (Septiembre 2005)
2. Rossellini, Roberto. Un espíritu libre no debe aprender como esclavo. Escritos sobre cine y educación. Barcelona, Paidós, 2001
3. Heidegger, Martin. ¿Qué significa pensar? Buenos Aires, Editorial Nova, 1964.

domingo, 19 de marzo de 2017

Estar en mis ojos


"Aprender a mirar los ojos, a mirar lentamente, profundamente, aprender a escuchar con los ojos. Nadie puede soportar la interrogación del silencio, se ha escrito. Nadie puede soportar la interrogación de los ojos. Los ojos nos descubren y nos encubren. Cuánto tiempo tarda un hombre en ser dueño de sus ojos, cuánto tiempo he tardado yo en habitar mis ojos, vivir en ellos, poblarlos. Porque generalmente huimos la región de los ojos, demasiado clara, y nos agazapamos en los sótanos del cuerpo. Hay que irse a vivir a los ojos como a lo alto de la claraboya, a las claras buhardillas de la casa, a los cielos del cuerpo. Estar en mis ojos para que se me vea y para ver."

Francisco Umbral
(Fragmento de su libro "Mortal y rosa")

En la imagen: Moonlight, de Barry Jenkins.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Se estrena "Primero enero"


Este jueves se estrena Primero enero, una muy buena película realizada en Córdoba que resultó ganadora de la Competencia Argentina en el BAFICI 2016. Allí conversé con Darío Mascambroni y Florencia Wehbe, director y asistente de dirección del film. Pueden leer la nota aquí.

martes, 14 de marzo de 2017

Un conte de Noël, de Arnaud Desplechin


Texto publicado en 2009

Esta película se estrenó en Argentina con el incómodo título El primer día del resto de nuestras vidas, que prefiero no utilizar.


Milan Kundera escribió alguna vez que “la vida parece un boceto”, un texto en un cuaderno borrador que no puede corregirse, porque no hay posibilidad de reescritura ni existe un modelo perfecto con el cual comparar lo que esbozamos. Cada día ensayamos partes de una obra que nunca veremos representada en su totalidad. Intentamos aprender de los errores, claro, pero con demasiada frecuencia olvidamos la letra. Y entonces hay que volver a empezar.

Arnaud Desplechin piensa el cine como si fuera el borrador de una película que nunca será. Como si la computadora se hubiera colgado antes de que el editor pudiera guardar los cambios definitivos, la película incluye todas las desprolijidades de lo que sería una primera prueba de montaje. Cual adolescente virgen que debuta en un rodaje, el director se divierte tanteando los efectos de luz, los desencuadres, el falso raccord, la pantalla dividida, la animación, las imágenes congeladas e incluso el cierre en iris, ese círculo ancestral que cada tanto amenaza con devorar la pantalla y dejarnos a oscuras. Es como volver al origen, a la tosquedad de los pioneros del cine, cuando el ímpetu importaba más que la pertinencia dramática, cuando todavía todo era ansiedad y no se sabía qué era lo clásico y qué lo moderno, y una película podía ser apenas una serie de apuntes desperdigados en un papel (la leyenda cuenta que Griffith anotaba sus ideas en pequeños "machetes" que luego ocultaba debajo de su sombrero). Desplechin no descubre el cine (¿o sí?), pero adora tanto la vida que en su entusiasmo primitivo parecería volver a descubrir el encanto de la realidad.


La familia Vuillard se reencuentra para festejar la Navidad, si bien la excusa de fondo es que mamá Junon (Catherine Deneuve) está enferma y necesita que alguien cercano oficie de donante. Eso es todo lo que diremos sobre el conflicto, que por otra parte no se puede resumir en pocas líneas. Un conte de Noël es un relato que sólo se aprecia si galopamos a la par de sus saltos, entre sus flecos desparejos y esas raras piruetas anímicas que rechazan fervientemente la tristeza, aunque la muerte sea la protagonista de casi todas las escenas. Hay mucho humor negro, melancolía y tragedia. Están los fantasmas de los que no están. Está la pregunta por lo que pudo haber sido y no fue. Algo así como Frank Capra vampirizado por Alain Resnais. Pero es papá Vuillard (Jean-Paul Roussillon) quien insiste: sufrir no tiene sentido. Por eso la narración nunca se arrepiente y avanza deprisa, inquieta, atropellada, como buscando una revelación en el plano por venir. "La única libertad que nos queda es la apuesta", dice un personaje por allí. Es absurdo detenerse en el lamento y pretender tachar lo que no nos gusta del boceto: usemos esas ganas para darnos un abrazo. Perdonar. Comprender. Y recomenzar.

En el film cada plano es apenas el tallito de otra cosa que germinará en otro lado. La vida como un árbol inabarcable, como el membrillo de Víctor Erice que el pintor jamás podrá emular en la tela, porque hay una verdad que siempre se fuga junto con el tiempo. Tal vez la diferencia entre la vida y el arte no sea más que una fracción de segundo: ese instante en el que uno decide entre permanecer o continuar. Esperar o crear. Llorar o reír. O estas dos cosas a la vez, como sólo sucede en un brindis emocionado. Cine espumante que invita a la catarsis feliz. De eso se trata esta película. Y de cómo asumir la certeza de que así como amanecemos cada mañana, también podríamos no despertar.

Porque no todo en la vida es sueño. La vida es un conjunto de células que un virus destroza mientras carcome el organismo. Un porcentaje de probabilidades esgrimidas en un diagnóstico médico. Un transplante realizado a tiempo. Al film no le tiembla el pulso a la hora de denunciar la crueldad biológica y llevarla a la imagen: el cáncer a través del microscopio, las estadísticas heladas en la pizarra, la médula en un aséptico envase. Es más fácil y más "poético" creer que la vida es "una ilusión, una sombra, una ficción"... pero Desplechin no es Calderón. Primero está el cuerpo, con sus debilidades, sus hartazgos, los reproches de la sangre. El cuerpo se cobra venganza y decide a su arbitrio quién le resulta compatible y quién no. Otra vez el cuerpo en su contundente materialidad se presenta como un tema central del cine contemporáneo.


Como también es un tema clave la familia, ese ente cada vez más esquivo a los conceptos ya probados. “La desmesura, la locura, la violencia de esta nueva estructura familiar ha alcanzado límites que no imaginaba. Estamos en medio de un mito, y no sé de qué mito se trata”. Esto le confiesa Henri (Mathieu Amalric) en su carta a su hermana Elizabeth (Anne Consigny), aunque es evidente que la cuestión excede a los Vuillard y apunta a la familia en la actualidad, y por qué no al mito de la humanidad toda como esa gran familia alguna vez soñada por las utopías de la Razón. Ya lo comentábamos hace un tiempo al reseñar el anterior trabajo del director, Reyes y reina: hemos puesto todo patas para arriba y es hora de hacerse cargo. Y los sueños serán sueños, pero no olvidemos que somos responsables de lo que soñamos (Lacan dixit).


Como ocurre con Martel, con Haneke, con Van Sant, Desplechin es de esos autores que con su estética nos confirma que cuando miramos en realidad vemos muy poco, no sólo a escala social sino en lo más íntimo, en el hogar y entre los nuestros. El francés es más vitalista y más amable que los directores mencionados y, si bien intenta como ellos cuestionar nuestra pasividad ante el mundo, su cine evita abofetearnos y se contenta con propinarnos un dulce chas, chas en la colita. “Hay gente que gasta excesiva energía en parecer normal”, señalaba el siempre lúcido Albert Camus, y esa frase no se aplica a los Vuillard sino a nosotros, que nos enfermamos de tan empeñados que estamos en fingir el equilibrio. Los habitantes de Un conte de Noël bien podrían calificar entre los personajes más libres y auténticos de la historia del cine. ¿Locos? Para nada. Tan solo son excepcionalmente francos.

sábado, 11 de marzo de 2017

Paisajes


Paisajes apacibles o desolados.


Paisajes del camino de la vida más que de la superficie de la Tierra.


Paisajes del Tiempo que pasa lentamente, casi inmóvil, y a veces parece ir para atrás.


Paisajes de pedazos, de nervios desgarrados, de saudades.


Paisajes para cubrir las heridas, el acero, el resplandor, el mal, la época, la soga al cuello, la movilización.


Paisajes para abolir los gritos.


Paisajes como cuando uno se echa una sábana sobre la cabeza.

Henri Michaux


En las imágenes: Last Resort, estupenda película de Pawel Pawlikowski.

viernes, 10 de marzo de 2017

Coincido


En una entrevista reciente le preguntaron a Alan Pauls cómo se llevaba con el teléfono celular. Y el escritor dijo esto:

"Es un aparato para comunicarte, no para ir chequeando si existís en el mundo. Es insoportable. Me parece una cultura repugnante. La calidad de vida de las personas se perjudicó mucho. La gente es cada vez más guaranga y descortés. Se preocupan por estar en contacto, conectados, por monitorear a los otros. Es un retroceso total de la humanidad y es catastrófico porque no tiene retorno."

Fragmento de una entrevista publicada en la revista del diario La Nación. Ir al texto completo.

La imagen pertenece a la serie Black Mirror.

jueves, 9 de marzo de 2017

La vida de Pascual Condito, por la Televisión Pública


Hoy a las 18 comienza a emitirse por la Televisión Pública la miniserie Vida de Película, inspirada en la historia del emblemático distribuidor de cine Pascual Condito. Compuesta por 13 capítulos, la miniserie fue dirigida por Matías Bertilotti a partir de un guión de Jorge Maestro y Federico Barenboin y cuenta con las interpretaciones de Luis Machín, Sergio Surraco y Viviana Saccone, entre otros actores destacados.

Vida de Película narra la historia de Ernesto, un hombre que a los 60 años intenta reconciliarse con su padre a pesar de haber tenido una conflictiva y dolorosa relación. Según informa la gacetilla de prensa, "en cada capítulo, una serie de imágenes documentales ubicarán la acción en el marco histórico-político correspondiente, junto a las imágenes del cine nacional recorriendo su historia, y las imágenes del cine italiano inducidas por el mentor del protagonista".

La minisiere será emitida a partir de esta tarde, de lunes a jueves a las 18.

martes, 7 de marzo de 2017

How do you know, de James L. Brooks


Texto publicado en 2011

El cine de James L. Brooks despliega un don que él no puede permitirse en su trabajo como guionista de sitcoms: sus películas tienen tiempo. Al no estar sometido a la tiranía del gag, la brevedad y el remate televisivos, Brooks en sus films se toma revancha y prolonga las escenas un poco más de lo que es habitual en las comedias del mainstream. How do you know dura 121 minutos (¡no es para tanto!) y es una de las películas más cortas en la obra del director. Sin embargo, muchos críticos protestaron por su “duración excesiva” y su consecuente falta de timing. Algo pasa con la crítica y la impaciencia, pero éste no es un problema que incumba a Brooks. Por suerte, él deja que sus relatos respiren sin correr a los personajes con un cronómetro, sobre todo cuando ellos conversan y necesitan construir la intimidad, el descubrimiento progresivo del otro.

“¿No desearías a veces poder apretar el botón Delete y borrar todo lo que decís, incluso mientras lo estás diciendo?”, le dice George (Paul Rudd) a Lisa (Reese Witherspoon) luego de un comentario desafortunado. Ella lo entiende porque se siente igual de ansiosa y desorientada. Ambos están en una forzosa etapa de transición y no tienen idea de lo que vendrá. A él lo obligaron a dejar su cargo como ejecutivo, acusado de manejos turbios en la empresa en la que trabajaba y que pertenece a su padre (Jack Nicholson), que a su vez es el verdadero responsable del delito. Ella es una jugadora de softball que ya pasó la barrera de los treinta y por eso acaban de desplazarla del equipo que lideró durante años. Ambos están nerviosos, cometen torpezas, hablan de más. George no sabe cómo enfrentar a su padre; Lisa no logra definir qué le pasa con Matty (Owen Wilson), el tercero en discordia.

Si algo debemos agradecer al guión es su voluntad de esquivar la fórmula del malentendido. En lugar de fomentar los típicos enredos que brincan veloces de una acción a otra, el realizador prefiere destinar a cada situación el tiempo de expansión que merece, haciendo que los personajes atraviesen en cada caso todo el arco de incomodidades iniciales, desvíos y consecuencias (una de las cuales, claro, es enamorarse). Este ritmo particular en la evolución dramática ayuda a airear la puesta en escena y hallar sutiles espacios para la contemplación. Y aunque Brooks escribe diálogos brillantes, con varias líneas muy divertidas, lo que uno más recuerda de sus películas son los momentos en donde los personajes callan, como aquel de Mejor Imposible (As good as it gets) en el que Helen Hunt posaba desnuda para Greg Kinnear, una escena de inesperada felicidad en la cual el protagonista principal del film estaba ausente. En How do you know, de repente, el verborrágico Paul Rudd elige el silencio y la mirada atenta para confirmarle a Witherspoon lo que ella necesita: es un hombre que sabe escuchar.

Hay muchas cosas para decir de este film, pero voy a señalar sólo dos más. En primer lugar, los colectivos. Ni George ni Lisa poseen un auto en la ficción, y por lo tanto deben tomar el transporte público, un hecho original -para el cine de hoy, no para nosotros, los mortales- que además aporta una escena hermosa y cercana (¿quién no dejó pasar colectivos cuando quien nos acompaña en la parada es alguien a quien no queremos despedir?). Segundo, el personaje de Matty, un ídolo del baseball que no quiere compromisos pero termina enganchado con la protagonista. Al principio este personaje amenaza con ser la apoteosis de la arrogancia y la banalidad, un sujeto de un solo color que vendría a funcionar a la vez como comic relief y como polo villanesco opuesto al bueno de George. Sin embargo, para nuestra sorpresa, Matty va exhibiendo sus matices hasta conquistarnos definitivamente a fuerza de dignidad, y todo gracias a ese inmenso comediante llamado Owen Wilson, la verdadera frutilla de esta película encantadora. 



How do you know (EE. UU., 2010)
Estrenada en DVD con el título ¿Cómo saber si es amor?

Dirección y guión: James L. Brooks
Intérpretes: Paul Rudd, Reese Witherspoon, Owen Wilson, Jack Nicholson.
Editado por Sony.

lunes, 6 de marzo de 2017

Desayuno melancólico


desayuno melancólico
triste por arriba triste por abajo

el huevo silencioso piensa
y el oído eléctrico de la tostadora
espera

las estrellas están en
“esa nube escondida”

los elementos de la incredulidad son
muy fuertes a la mañana

Frank O'Hara


En la imagen: la exquisita Adriana Barraza en el film Todo lo demás, dirigido por Natalia Almada. 

martes, 28 de febrero de 2017

Esperando a Zama...


Por Lucrecia Martel*

"El silencio no existe en el cine ni en el universo, afortunadamente. El silencio es nuestra manera de reconocer algunas ausencias sonoras. Entro a mi casa y digo 'qué silencio'. Pero si presto atención, ya escucho la heladera, algún vecino lejano, el perro de la panadería, una motito doblando la esquina... y puedo estar toda la noche identificando sonidos distintos en medio de eso que al principio me pareció: 'qué silencio'. ¿Y entonces qué es lo que me llevó a pensar en el silencio? Quizás la ausencia de alguna voz en particular. Entonces, ¿qué es el silencio en el cine?: es generar en el espectador ausencias, una tarea apasionante."


*Fragmento de una entrevista publicada en el sitio del diario El Tribuno. (Ir al texto completo).


La imagen pertenece a Zama, nueva película de Lucrecia Martel, basada en la novela de Antonio Di Benedetto. 

lunes, 27 de febrero de 2017

Bill Paxton (1955-2017)


Murió Bill Paxton, queridísimo actor protagonista de Twister, A simple plan y Apollo 13, esa clase de películas que podría ver una y otra vez sin cansarme jamás.

Aquí les dejo algo que escribí hace unos años sobre la gran película dirigida por Ron Howard.

domingo, 26 de febrero de 2017

Oscar 2017 - Un ranking personal



1 - Manchester by the sea, de Kenneth Lonergan

2 - Moonlight, de Barry Jenkins


3 - Hell or High Water, de David Mackenzie


4 - La La Land, de Damien Chazelle


5 - Fences, de Denzel Washington


6 - Arrival, de Denis Villeneuve


7 - Hacksaw Ridge, de Mel Gibson


8 - Hidden Figures, de Theodore Melfi


9 - Lion, de Garth Davis



jueves, 23 de febrero de 2017

El asaltante, de Pablo Fendrik


Texto publicado en 2009

Contradicción: querer hablar de una película y tener que reprimirse.

No conviene saber nada de El asaltante antes de pisar la sala, salvo las referencias mínimas: es la opera prima del argentino Pablo Fendrik y el protagonista es Arturo Goetz. Si usted ya leyó de qué trata el film o de qué va el asalto en cuestión, pues lo siento, porque le han robado parte del disfrute. Échele la culpa al periodismo o al desbocado director, que en las entrevistas difundidas fue el primero en delatar el punto de partida de su historia. Hay películas que deberían ser envasadas al vacío para que nada de ellas se filtre hacia el exterior mediático y buchón. Alcanzarían el título de la obra, el autor y una etiqueta que certifique su calidad. Hete aquí la paradoja: para saber que es una buena película, alguien tuvo que verla antes y confirmarlo. ¿Y quién hace eso si no es un crítico cumpliendo su función? En fin…

El asaltante no es la octava maravilla del mundo, ni tiene una anécdota súper original, ni una vuelta de tuerca rebuscada que nos deje anonadados. Nada que ver. Es sólo que para entrar en el juego uno debe permitirse seguir al protagonista y espiarlo por encima de su hombro, sin tener mayores prevenciones que él frente a las estrategias en marcha. La cámara se acota a su silueta y si reconocemos los espacios es porque hay tímidas ráfagas de aire que se escapan del encuadre. Titubeamos, vamos rezagados, casi todo el tiempo estamos en ascuas, mientras el personaje no hace nada para invitarnos a su raid. No necesita testigos. Sin embargo, por qué será, algo en él nos importa.


La película es "una agradable viñeta", afirma en su web el crítico norteamericano Neil Young, “but what's the point?”

El punto es: esto es cine. Una tajada de realidad cargada de sentido. Un cuento cotidiano que podría protagonizar cualquier vecino. O uno mismo, por qué no. Al fin y al cabo, es el relato de un límite.


La película puede verse completa en YouTube y en la plataforma online Odeón.

sábado, 18 de febrero de 2017

The Adjustment Bureau, de George Nolfi


¿Y si todo esto
sucede en un laboratorio?
¿Bajo sólo una lámpara de día
y miles de millones por la noche?

¿Y si somos generaciones en prueba?

Wislawa Szymborska*

Crítica publicada en 2011

No, Los agentes del destino (The Adjustment Bureau) no es una película de extraterrestres, si bien en el film existen personajes que no encuadran del todo en la lógica mundana. Lo inquietante del poema citado -y del film, en su premisa inicial- es que nos ubica a todos los mortales como conejitos de indias de algún proyecto idealista que se trama secretamente en alguna torre escondida entre rascacielos. Generaciones a prueba, porque como sujetos aún no estamos capacitados para tomar el timón y nuestra historia no es más que un fallido simulacro, apenas el desordenado ensayo de la Historia verdadera que llegará algún día y que, por supuesto, no podremos protagonizar. “La humanidad no tiene la madurez para controlar las cosas importantes”, dice por allí un personaje del film, resumiendo el principio rector de esta organización clandestina que monitorea los horizontes de hombres y mujeres.

Pero no, tampoco se trata de la Matrix ni de rostros que nos amonestan desde cristales líquidos. Ellos, los agentes de esta empresa, quieren pasar inadvertidos. Alegan que los necesitamos para reencauzar nuestra razón, pues de lo contrario no podríamos evitar la autodestrucción. Y aunque algunos resulten pedantes y amenazadores, hay otros que son buenos tipos. Les creemos porque los sentimos de carne y hueso, a pesar de las líneas increíbles que a los actores les toca pronunciar. Son algo así como ángeles de la guarda vestidos de traje. Burócratas del devenir. Algunos son soñadores, otros son cínicos, otros están más hartos que oficinistas kafkianos. Su tecnología se reduce a una especie de guía Filcar que indica los trayectos y encrucijadas vitales de cada persona: allí donde el deseo complica el camino hacia la meta predeterminada, el mapa lanza una señal de alerta. Estos funcionarios, sin embargo, son falibles como cualquier hijo de vecino. Al comienzo del film, uno de ellos se queda dormido en el banco de una plaza y no llega a tiempo para cumplir su tarea. El error tendrá repercusiones ingobernables, ¿pero quién dijo que un ángel guardián no tiene derecho a echarse una siestita al sol de vez en cuando?

La idea, decididamente genial, se la debemos a Phillip K. Dick y su cuento “Equipo de Ajuste”. El realizador George Nolfi cambió el rol del protagonista central (en el film es nada menos que un potencial presidente de Estados Unidos) pero logró filtrar en la pantalla el encanto sabiamente juguetón del relato original. Más allá de la acción y la tensión y los vericuetos fantásticos, si algo se desprende de The Adjustment Bureau es una profunda ternura y una seria confianza en la voluntad de los seres humanos para transformar sartreanamente aquello que han hecho de nosotros. En el fondo, se trata de cuidar el motor íntimo y esencial de cualquier historia y de la Historia, ese metal precioso llamado libre albedrío, un arma que sigue siendo inalienable y bien concreta a pesar de un sistema biopolítico empecinado en convertirla en quimera. 

* Fragmento del poema "¿Y si todo esto?".