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viernes, 11 de noviembre de 2022

Evita como Madeleine

Santa Evita (Rodrigo García y Alejandro Maci, 2022) 

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Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958)

viernes, 8 de mayo de 2020

Nuevas texturas


Por Jorge Carrión*

“Los mundos creados por las teleseries comienzan in media res, en el momento de crisis (de cambio) en que se inician todos los grandes relatos. No hay introducción. No hay previously on. No hay dramatis personae. El episodio piloto retrata a los personajes profesional y familiarmente, con su máscara (lo que quieren representar) desencajada, súbitamente violentados. Se ofrece tal como es a las pupilas del espectador, mediante cámaras que vacilan sobre el hombro del camarógrafo, en planos que vibran, a través de texturas que parecen sucias, en planos fijos que emulan los de las cámaras de seguridad. (…) Todo se retrata con la misma ilusión de verdad que encontramos en un documental y en el cine que ha incorporado su estética. Porque las teleseries persiguen la creación de un mundo. Sellan desde su inicio un pacto con el telespectador para que éste asuma que lo que está viendo es tan real y tan ficticio como la vida misma. Un mundo paralelo al que relacionarse desde la adicción.”

*Fragmento del estupendo libro “Teleshakespeare. Las series en serio”. (Editorial Interzona, Buenos Aires, 2014) 

Las imágenes pertenecen a Bloodline, una serie de Netflix muy entretenida sobre una familia con algunas cuentas pendientes y diversos problemas a resolver. 

martes, 14 de abril de 2020

UNBELIEVABLE: un análisis audiovisual


Comparto un comentario que publiqué en YouTube sobre INCONCEBIBLE, excelente miniserie de Netflix dirigida por Lisa Cholodenko. 

Primera parte

Segunda parte

sábado, 11 de abril de 2020

Recomendación: Manhunt: Unabomber


¿Qué pasa por la cabeza de un hombre que aspira a crear una revolución intelectual enviando bombas por correo? Ése fue el proyecto del extraño Ted Kaczynski, y esta tensa miniserie narra su curiosa historia y la de los policías que lo investigaron. Está en Netflix (no confundir con la serie Mindhunter, también buena aunque algo despareja).

domingo, 15 de marzo de 2020

Mad Men - Algunas postales


Texto publicado en junio de 2014

Y un día Don sonrió. Sonrió pero nadie lo vio (salvo nosotros, privilegiados de la ficción). Es que nadie puede vernos cuando tenemos una revelación. Estamos completamente solos en ese instante, justo ahí, cuando somos más felices que nunca. Y eso fue lo que seguramente sintió Don frente al mágico baile de Bert. Así concluyó el último capítulo de Mad Men, con un musical sencillo y encantador, confirmando una vez más que esta serie es una de las más exquisitas, complejas e imprevisibles que ha dado la televisión en toda su historia. Todavía tenemos que esperar unos meses para conocer la segunda parte de esta séptima temporada, la última y definitiva. Mientras tanto, se me ocurrió compartir estas notas que apuntan ante todo a retener en el recuerdo algunas impresiones.
 

La última temporada transcurre en 1969 y el aterrizaje en la Luna era uno de puntos emblemáticos que el relato no se podía perder. En el séptimo episodio los personajes son testigos de esa conquista, algunos reunidos por casualidad en un hotel, otros junto a sus familias y amigos, aunque la emoción no dura demasiado dado que la noticia de una muerte repentina los reubica rápidamente a todos frente a nuestra mundana finitud. Pegados a la pantalla, enlazados por el espectáculo, todos juntos, todos modernos, todos conectados al mismo tiempo... hasta que un día dejamos de mirarnos a los ojos. Creo que esta temporada logró narrar a la perfección la forma en que fuimos construyendo esa distancia, y muchos de los signos más elocuentes aparecen brillantemente conjugados en el capítulo dos, titulado “A day’s work”.


Hay distancias reales, sí, como la que ya se avizoraba entre Don y Megan, de allí que ella se instale definitivamente en California para afianzar su carrera como actriz. Por otro lado, a la costa oeste también se muda Pete para trabajar en una sucursal de la compañía, hecho que justifica diversas escenas diseñadas en función de las denominadas “conference calls”, esas conversaciones en las que los socios se reúnen alrededor de un teléfono con altavoz. Además de describir los dispositivos tecnológicos que facilitaron la globalización económica, este esquema de conexión interpersonal también representa el germen de lo que más adelante ocurriría con el trabajo en red, el correo electrónico, el Messenger, el WhatsApp… atajos que también son ataduras, nuestra contradicción esencial de cada día. Es la Modernidad, ese gigante artero al que nadie puede contener, como nadie puede evitar que un día llegue a la empresa la Diosa Computadora para transformar el paisaje y alterar la cabeza de todos (con un brutal brote psicótico incluido: ningún cambio es totalmente gratuito).


Preferimos creer que hoy es la tecnología la que nos aleja con sus tentáculos fríos. Decimos que ella es la culpable de los cortocircuitos. ¿Pero qué vino antes? ¿Fue primero la herramienta, o más bien nuestro profundo deseo de ya no tener que verle la cara al otro? El hombre inventó métodos cada vez más sofisticados para comunicarse, para salvar las distancias, cuando quizás lo único que le importaba era resguardar la separación física, corporal. Este es el ejercicio que siempre propuso Mad Men: ir hacia atrás para intentar hallar la punta del ovillo. Volver sobre la historia de los vínculos, observar los procesos para ver si somos capaces de leer nuestro presente de otra manera: más aguda y más sincera. En el episodio dos hay muchas tensiones que envenenan el aire, sobre todo en la oficina: disidencias, envidias, reproches y rencores surtidos. Los personajes evitan hablarse o cruzarse en los pasillos siempre que pueden. Sólo se encuentran en el ascensor, en donde tampoco parecen obligados a mirarse. El hombre ya ansiaba tallar su cápsula individualista mucho antes de ese ensimismamiento que hoy fomentan los teléfonos celulares. 


Otra gran protagonista de “A day’s work” es Sally. Intuyo que si Don finalmente se decide a crecer, será por los puntos que su propia hija supo ponerle en el momento preciso, dueña de una seguridad demoledora. Frente a la confusión naturalizada alguien tiene que decir basta. Y eso es lo que ocurre también con Shirley (la secretaria negra de Peggy) y todo el malentendido en torno del florero con rosas, un engranaje típico de la comedia de enredos que aquí se articula desde la histeria femenina y la lucha de clases. Más allá de sus mentiras piadosas iniciales, Shirley al final dice la verdad (las rosas son suyas) y esto le cuesta el puesto de trabajo. Tanto ella como Dawn -la otra secretaria negra injustamente desplazada ese mismo día- tienen un actuar noble y profesional. Ante todo, son mujeres sólidas, enteras. El personaje de Joan las reacomoda a ambas dentro de la empresa, y curiosamente en ese juego de fichas Dawn termina ubicada en un despacho de mayor jerarquía. Estos giros, algo azarosos a simple vista, nos hablan en el fondo del respeto que Mad Men tiene por esa raza que aprendió a resistir con dignidad aun las acusaciones más absurdas que puedan esgrimirse. 


Vamos con Peggy ahora. Es cierto que su secretaria no se merece el maltrato, y que Peggy lo despliega principalmente montada sobre sus celos y su poder como jefa. Pero sería muy cruel no comprender ese arrebato de ansiedad cuando sabemos que sigue sufriendo por Ted. Aún recuerdo su monumental llanto al final del primer episodio, cuando llega a su departamento y confirma que otra vez está sola frente al mundo. Peggy logró como nadie abrirse camino en su trabajo y ganarse una cuota de atención, pero aun así cada día debe soportar la subestimación, la arbitrariedad y el machismo sofocante del ambiente. Todas estuvimos ahí. Todavía estamos ahí. Todas somos un poco Peggy. Si tuviera que quedarme con una sola fotografía que resuma toda Mad Men, sería una postal que se reitera con frecuencia: la imagen de Peggy cuando cierra la puerta luego de una reunión, escondiendo su dolor y su furia por haber sido relegada de un proyecto, una vez más, simplemente porque no es un varón.


Desde el principio Don fue uno de los que más apoyó a Peggy en su crecimiento profesional, aunque a la hora de la competencia mano o mano él no quiso quedarse atrás. Todo indicaba que terminarían distanciados, y justo en ese momento ellos nos regalaron una de las escenas más hermosas de toda la serie: una noche en la que se quedan trabajando hasta tarde, Don y Peggy tienen una charla íntima. De fondo se lo escucha a Frank Sinatra cantando “My way”. Don invita a Peggy a bailar. Los une el cariño y ella por fin tiene un hombro sobre el cual descansar. La cámara se aleja mientras ellos bailan abrazados. Los vemos duplicados en un vidrio, un reflejo. Bueno, no exactamente, pues el único que aparece reflejado completamente es él. Desgajada, ella no está. ¿Excluida? ¿Otra vez? Quizás... aunque el encuadre también podría sugerir que mientras el hombre es capaz de desdoblarse entre lo real y el espejismo, la mujer siempre es una sola. Concreta. Aquí y ahora. 


Dentro de muchos años, cuando volvamos sobre Mad Men, habrá que asumir que, a pesar de los hombres locos del título, las verdaderas protagonistas de esta historia fueron las mujeres.


Actualmente las siete temporadas de Mad Men están disponibles en Netflix. 

viernes, 21 de febrero de 2020

Serie recomendada: The Keepers


Sucedió en 1969, en la ciudad de Baltimore, en Maryland, Estados Unidos. En noviembre de ese año una joven monja fue declarada desaparecida y dos meses después fue hallada muerta, con el cuerpo congelado y mutilado, cerca de un vertedero en el sur de la ciudad. Hasta hacía poco ella había trabajado como docente en el instituto Arzobispo Keough, un colegio católico para señoritas. Ella sabía que en ese lugar pasaban cosas siniestras. Una alumna se había animado a contarlo. Y algo había que hacer al respecto.

Tienen que ver The Keepers, excelente miniserie documental original de Netflix, dirigida por Ryan White. No quiero revelar más detalles sobre el caso, aunque la sinopsis ya nos prepara para una historia desoladora. Lo es. Pero al mismo tiempo es la historia de una lucha que perdura y que tiene como motor a un grupo de mujeres aguerridas, unidas por el dolor y la búsqueda de justicia.


La compaginación narrativa es especialmente acertada en su ritmo: logra una delicada intimidad con los personajes y genera un inesperado suspenso al final de cada episodio, sin necesidad de apelar al sensacionalismo. Todas las entrevistas resultan interesantes, incluso aquellas que nos llevan hacia hipótesis algo apresuradas. Y hay tres protagonistas que concentran el corazón anímico del relato. Dos de ellas son señoras que hace años abrieron una página en Facebook para mantener vigente el caso. Ellas fueron alumnas de la hermana Cesnik y hoy están abocadas a averiguar qué pasó. La tercera protagonista de esta historia es una de las víctimas del capellán del instituto. También es una testigo clave. 

Si bien la investigación se despliega en una estructura arbolada que abre el conflicto hacia diferentes ramificaciones, The Keepers avanza sobre todo en dos aspectos: por un lado, la trama policial sobre la muerte de la monja junto a la revelación de los delitos cometidos por la Iglesia; por otro lado, la aproximación a las secuelas psicológicas que tallaron las vidas de las personas afectadas. ¿Por qué denunciar un abuso veinte años después? Hay causas que prescriben y son casi imposibles de probar. A veces solo existe la palabra de la víctima, y allí es cuando los poderes institucionales aparecen en bloque para silenciarla. 

No importa. De eso trata, precisamente: atravesar el horror para llegar a la orilla de las palabras. Decirlas, asumirlas, compartirlas, multiplicarlas. Porque hoy la Historia es otra. Ya no nos callan.
 
 
Por último, cuando vemos el material de archivo incluido en la miniserie, confirmamos una vez más el enorme valor que guardan los registros hogareños en Super8 o VHS, tanto en su vigor indicial como estético (la presencia invasiva del tracking, por ejemplo, se impone como la encantadora marca de una época). Uno se pregunta cómo se conservarán a futuro tantos videos o fotos que hoy capturamos frágilmente con el celular. Los realizadores de The Keepers demuestran que también son muy conscientes del vínculo fundamental que existe entre tecnología y memoria. 

lunes, 9 de septiembre de 2019

Contra la desconexión


Hay muchas series que están pensadas para que la gente desconecte, para que cuando lleguen a casa cansados del trabajo puedan escuchar algo de fondo mientras cocinan o limpian la ropa, pero yo no quiero hacer esas series. The Wire requiere que el espectador sea paciente y se fije en todos los detalles de la trama para poder entender algo más complejo.”

Esto lo dijo el productor y guionista David Simon en una entrevista publicada hace unos años en este sitio. Allí también señaló que "hay demasiadas series que tienen una buena premisa y arranque y en la segunda temporada hacen lo que no tienen que hacer, adaptar la trama a lo que el espectador quiere".  Por eso, en medio tantas producciones irrelevantes y condescendientes que circulan hoy, desde este espacio nunca voy a cansarme de recomendar la extraordinaria The Wire. Y de paso les recuerdo que la más reciente serie de Simon, The Deuce, también es excelente (está por estrenarse la tercera temporada).


martes, 5 de marzo de 2019

Recuerdos de un barrio soñado (adiós a Luke Perry)


Dedicado a mis hermanas: Florencia, Evange y Viki.


Murió Luke Perry. Así, de golpe, a los 52 años. Muy joven. Para quienes fuimos adolescentes en los '90, este nombre tiene un único significado: Dylan, el novio de Brenda, el morocho de Beverly Hills 90210 con un aura a lo James Dean. Pasaron casi 30 años. Muchas cosas -quizás demasiadas- cambiaron en estos 30 años, sobre todo en lo que respecta a nuestro vínculo con la ficción televisiva.

Canal 13 empezó a emitir Beverly Hills en 1992, los viernes a la noche. En aquel entonces la serie no estaba disponible a nuestro antojo, como ocurre hoy con Netflix. Había que esperar cada capítulo. Y cuando el capítulo terminaba, había que esperar hasta la siguiente semana para ver el próximo. Sabíamos lo que era experimentar ese anhelo. Los viernes eran distintos, ya desde que arrancaba el día. Las horas en la escuela se soportaban con otro ánimo, porque más tarde teníamos Beverly. Llegaban las nueve de la noche, nos sentábamos ansiosas con mis hermanas frente al televisor, y en general papá y mamá también se enganchaban.

¡Qué cochazos que tienen estos pibes!”, decía mi papá, y creo que él hoy sigue recordando qué modelo de auto usaba cada personaje. Yo jamás logré distinguir un Porsche de un Corvette, pero bueno... no es lo mío. Sí era consciente de que los protagonistas de la serie tenían muchísimo dinero, y el solo hecho de que esas chicas y chicos fueran al colegio secundario manejando sus propios autos ya era algo bastante delirante para nosotras. Era otro planeta. 

Y a la vez no lo era. Era pensar el amor, el sexo, la soledad, la responsabilidad, la desilusión.

Brandon y Brenda Walsh eran los mellizos protagonistas de la serie, que venían desde la fría Minnesota a instalarse en un barrio californiano carísimo. El sueño del ascenso social en su máxima expresión (aunque hoy ni recuerdo cuál era la profesión del padre de la familia, ni por qué ellos habían dado ese salto económico). Los Walsh eran humildes en comparación con un entorno poblado de descapotables de lujo, veleros y casas increíbles. Beverly Hills 90210 era una fantasía que nunca pretendió ocultar esa condición, una telenovela para adolescentes creada por los mismos productores de Dinastía. Pero el evidente artificio no nos impedía conectar con los conflictos de los personajes. El grupo de amigos de la “Prepa Beverly” era absolutamente querible. Crecimos con ellos, al menos durante las primeras cuatro o cinco temporadas de la serie (la televisión de aire dejó de emitirla, y como ocurre con muchas series, los años fueron distorsionando su espíritu original). 

¿Modelos a seguir? ¿Niños ricos con tristeza? ¿Un mensaje banal sobre los vicios y bondades del capitalismo? Para nada. Lo que perdura son emociones tan poderosas como universales: el amor no correspondido de Andrea por Brandon; la incómoda traición de Kelly; la decepcionante confirmación de que no existen parejas perfectas, aunque Dylan y Brenda casi casi lo lograban. O la desaparición prematura de Scott, un personaje secundario que moría cuando se le disparaba un arma con la que estaba jugando, un shock doloroso que nos dejó desconcertadas (¿fue un accidente? ¿O Scott se quería morir?).

La verdadera “era dorada” de las series televisivas llegaría varios años después, con obras notables como Los Soprano o Six Feet Under. Beverly Hills 90210 fue apenas un producto bien hecho muy exitoso a nivel internacional, aunque no necesariamente relevante desde lo creativo. En lo personal, fue tan importante como la tira local Clave de Sol. Curiosamente, la trama de Clave de Sol también se iniciaba con una mudanza, con la familia de Diego (Leonardo Sbaraglia) instalándose en el barrio de La Lucila, en Vicente López. 

Era otra época. Otras rutinas y otros tiempos. Otras formas de conectar con quien está a nuestro lado. No había celulares ni Internet. Para ver Beverly Hills, mis hermanas y yo teníamos que estar juntas alrededor de la tele, expectantes, para compartir lo que nos pasaba, con ganas de ficción, con la necesidad de la sorpresa, quizás con el deseo callado de poder experimentar el enamoramiento por nosotras mismas. Ya no frente a la pantalla sino en la vida. Algún día.

jueves, 24 de mayo de 2018

El arte de envejecer

Por Ricardo Piglia *

David Simon, el creador de la serie The Wire, es un gran narrador social. Incorpora a la intriga policial los hechos del presente (la economía de ajuste de Bush, la manipulación de las campañas políticas, la legalización de la droga). En el capítulo-piloto de Treme, su nueva serie de televisión que vi la otra noche, el marco es Nueva Orleáns después de Katrina: nunca los desastres son naturales, esa es la poética de Simon. La narración social se ha desplazado de la novela al cine y luego del cine a las series y ahora está pasando de las series a los facebooks y a los twitter y a las redes de Internet. Lo que envejece y pierde vigencia queda suelto y más libre: cuando el público de la novela del siglo XIX se desplazó hacia el cine, fueron posibles las obras de Joyce, de Musil y de Proust. Cuando el cine es relegado como medio masivo por la televisión, los cineastas de Cahiers du Cinéma rescatan a los viejos artesanos de Hollywood como grandes artistas; ahora, que la televisión comienza a ser sustituida masivamente por la Web, se valoran las series como forma de arte. Pronto, con el avance de las nuevas tecnologías, los blogs y los viejísimos emails y los mensajes de texto serán exhibidos en los museos. ¿Qué lógica es esta? Sólo se vuelve artístico –y se politiza– lo que caduca y está “atrasado”. 

* Fragmento del texto "El perro ciego. Notas de un diario", publicado en la Revista Ñ del diario Clarín (12/02/11). (En la imagen: el adorable Bubbles en The Wire).

jueves, 9 de marzo de 2017

La vida de Pascual Condito, por la Televisión Pública


Hoy a las 18 comienza a emitirse por la Televisión Pública la miniserie Vida de Película, inspirada en la historia del emblemático distribuidor de cine Pascual Condito. Compuesta por 13 capítulos, la miniserie fue dirigida por Matías Bertilotti a partir de un guión de Jorge Maestro y Federico Barenboin y cuenta con las interpretaciones de Luis Machín, Sergio Surraco y Viviana Saccone, entre otros actores destacados.

Vida de Película narra la historia de Ernesto, un hombre que a los 60 años intenta reconciliarse con su padre a pesar de haber tenido una conflictiva y dolorosa relación. Según informa la gacetilla de prensa, "en cada capítulo, una serie de imágenes documentales ubicarán la acción en el marco histórico-político correspondiente, junto a las imágenes del cine nacional recorriendo su historia, y las imágenes del cine italiano inducidas por el mentor del protagonista".

La minisiere será emitida a partir de esta tarde, de lunes a jueves a las 18.

domingo, 2 de octubre de 2016

Semana Mario Soffici en Filmoteca

Dijo Mario Soffici: "Desde mi puesto de director agradecería que no se me juzgara a como un hombre con mando, sino como a un director y coordinador de los valores, ya artísticos o técnicos, que, ordenados, dan como fruto la película. Recuerdo mis primeros tiempos de director. A mí, que venía del teatro, me tocó hacer El alma del bandoneón, La barra mendocina, Puerto Nuevo. Como los temas eran muy infantiles, me volcaba en los movimientos de cámara, en los detalles técnicos. Pero para mí eso no es ser director. Un director debe crear dentro de sí la comedia o el drama, y luego transmitirlos a través de la cámara y la fotografía". (Cita incluida en un libro sobre el cineasta escrito por Miguel Grinberg).

Con la conducción de Fernando Martín Peña, Filmoteca - Temas de Cine dedica la programación de la próxima semana a uno de los más notables cineastas del cine argentino. Filmoteca se emite por la Televisión Pública (Canal 7).

Soffici nació el año 1900 en Florencia, Italia, y llegó a la Argentina a los nueve años. Ya consagrado como actor de teatro, se sintió fascinando por las psibilidades técnicas y narrativas del cine. Filmó 40 películas como director y actuó en 18. Fue una de las principales figuras del cine argentino en las décadas del ‘30 y del ‘40, y se distinguió por ser uno de los primeros en salir de la ciudad de Buenos Aires a filmar al interior del país, en los escenarios reales y su naturaleza.

Películas programadas:
Lunes 3, 1.00 hs:
Prisioneros de la tierra (1939)
Con Homero Cárpena, Raúl De Lange, Roberto Fugazot, Elisa Galvé, Ángel Magaña, Pepito Petray y Francisco Petrone. Sobre historias de Horacio Quiroga.

Martes 4, 0.00 hs:
Una ventana a la vida (1953)
Con Mario Soffici, Diana Maggi, Maruja Gil Quesada y Alberto Terrones

Miércoles 5, 0.00 hs:
Despertar a la vida (1945)
Con Elisa Christian Galvé, Roberto Airaldi, Tilda Thamar y Francisco de Paula

Jueves 6, 1.15 hs:
Tierra del Fuego, Sinfonía Bárbara (1948)
Con Pedro López Lagar, Sabina Olmos, Mario Soffici y Alberto Closas

Viernes 7, 0.00 hs:
Yo quiero morir contigo (1941)
Con Ángel Magaña, Elisa Christian Galvé y José Olarra

Cada semana la programación se renueva y se puede consultar en la página de Facebook de Filmoteca.

En este link podrán leer un texto sobre el film Esta tierra es mía, dirigido por Hugo del Carril, con una inmensa actuación de Mario Soffici.

sábado, 10 de septiembre de 2016

En el espejo


Betsy en Taxi Driver / 
Andrea en la extraordinaria 
miniserie de HBO, "The night of".

domingo, 15 de mayo de 2016

Vuelve FILMOTECA a Canal 7


Este lunes 16 de mayo comienza por fin la temporada 2016 de "Filmoteca, Temas de Cine". Fernando Peña vuelve a conducir este ciclo fundamental en la pantalla de la Televisión Pública. Ojalá Peña encuentre las condiciones necesarias para trabajar y programar las películas con absoluta libertad (y ojalá que este espacio dure por siempre en la televisión abierta). La primera semana estará dedicada al cineasta norteamericano Sam Peckinpah.

Cada emisión comienza a la medianoche, por Canal 7. Esta es la programación:

Lunes 16 de mayo: 
Pistoleros al atardecer (Ride the High Country, 1962)
Dos antiguos pistoleros (Randolph Scott y Joel McCrea) se juntan para salvar un cargamento de oro. Uno intenta hacer un buen trabajo y volver a su casa, pero el otro no esconde otra intención que robar la preciada carga.

Martes 17 de mayo: 
Juramento de venganza (Mayor Dundee, 1964)
Un oficial de la Unión debe llevar a cabo una misión punitiva contra los Apaches pero sólo cuenta con un grupo de descastados, compuesto por criminales y prisioneros confederados. La cuestión es que el grupo humano comienza a sufrir internas, ya que algunos respaldan al líder de la milicia (Charlton Heston) y otros al de los prisioneros (Richard Harris).

Miércoles 18 de mayo:
Tráiganme la cabeza de Alfredo García (Bring me the head of Alfredo Garcia, 1974)
La hija de un rico terrateniente mexicano, todavía adolescente, ha quedado embarazada. El padre es, al parecer, Alfredo García, un antiguo colaborador y amigo de la familia, por cuya cabeza se ofrece una recompensa de un millón de dólares.

Jueves 19 de mayo: 
Perros de paja (Straw dogs, 1971)
Un profesor estadounidense (Dustin Hoffman) y su mujer (Susan George) se trasladan a un pueblito en medio de la campiña inglesa buscando huir de la violencia inherente en su país de origen. Pero sus vecinos, aparentemente pacíficos, comienzan a tener comportamientos extraños.

Viernes 20 de mayo:
La pandilla salvaje (The Wild Bunch, 1969)
Un grupo de veteranos ladrones de bancos, que viven al margen de la ley y que actúan en la frontera entre los Estados Unidos y México, se ven acorralados por unos cazadores de recompensas y el ejército mexicano.

Cada semana la programación se renueva y se puede consultar en la página de Facebook de Filmoteca y en este blog dedicado a difundir la información. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

Dos o tres cosas sobre "Bates Motel"

Caso curioso el de Bates Motel. Cuanto más se acerca Norman (Freddie Highmore) al mito creado por Hitchcock, menos atractivo se vuelve el relato. Hoy, recién iniciada la cuarta temporada, Norman se convirtió en caricatura, un adolescente mecánicamente enajenado en el pico de un Edipo colosal, adepto al cross-dressing y a la sonrisa aviesa, vaciado de todos los matices y sorpresas que el personaje supo ofrecer durante las dos primeras temporadas de la serie, cuando uno todavía se preguntaba si sería posible para él alguna chance mínima de salvación, algún camino alternativo a la inevitable psicosis criminal. Pues no. Norman ya está abiertamente loco y ahora el asunto es ver cómo hace la madre (Vera Farmiga, arrolladora como siempre) para meterlo en un psiquiátrico que luzca más o menos, digamos, "decente".

El guión de Bates Motel nunca pretendió conquistarnos desde la sutileza. Todos o casi todos los habitantes de esta ficción están enfermos de una u otra manera. O son canallas desatados o son salvajes irredimibles o están profundamente heridos. Y todo se precipita continuamente. No hay respiro ni hay tiempo para el extrañamiento. No hay ley alguna que sea respetada en este mundo huérfano de racionalidad, por eso las normas ni siquiera corren para la propia congruencia de la trama, de allí que Bates Motel no pueda ser otra cosa que un gran delirio, un desbocado cuento de suspenso con personajes que saltan de brote en brote sin tantear jamás la posibilidad de un límite. La visión de la serie puede resultar muy divertida por momentos, si uno acepta la volubilidad de los conflictos narrados. Pero luego de tres temporadas debemos reconocer que si todo quedara sólo librado a la arbitrariedad de la demencia generalizada sería muy difícil sostener el interés por el destino de los personajes. Lo que permite que Bates Motel aún tenga un pulso estimulante es ese corazón llamado Dylan (Max Thieriot), el hermano mayor de Norman. Sin él no habría anclaje para el drama, no habría diferencia ni sentido.

Hijo de una relación anterior de mamá Bates, Dylan es el medio hermano del protagonista. Apareció al comienzo de la historia y no fue fácil asimilar su rol, porque al principio se nos imponía como un personaje poco confiable, un artificio de guión colocado para rellenar los episodios con subtramas vinculadas al narcotráfico y otros delitos afines. Sin embargo, con el tiempo Dylan demostró ser el único que le prestaba verdadera atención al sufrimiento de Norman. Dylan es puro desamparo. Porta el cuerpo de un hombre robusto pero sus ojos chiquitos y tristes parecen detenidos en la niñez. Para él, la violencia no es un goce, es tan sólo el último recurso. Todo lo que desea es sentir el abrigo de una familia, un hogar genuino, aunque a la vez no puede convivir con su madre y su hermano porque sabe que debe escaparle a la locura. Pero la soledad es más fuerte, siempre lo es, y la paradoja es que la soledad también conduce a la locura. ¿Cómo hacer? En la nueva temporada, Dylan tiene la esperanza de iniciar una vida quizás más sana con la hermosa Emma (Olivia Cooke). Ellos son las únicas almas nobles dentro de un paisaje infernal. Cuesta pensar que lo logren cuando se adivina que a la larga ganará el mal, pero lo cierto es que en la serie hoy nos importan ellos y nadie más.

jueves, 18 de febrero de 2016

Perfidia, una miniserie de Juan Laplace


La miniserie Perfidia fue uno de los productos más interesantes emitidos por la Televisión Pública en los últimos años. Hoy esta miniserie se encuentra disponible en "Odeón", plataforma argentina de contenidos audiovisuales, de acceso gratuito.

Escrita y dirigida por Juan Pablo Laplace y rodada en HD, Perfidia consta de ocho capítulos de 25 minutos cada uno, por lo cual recomiendo hallar el tiempo adecuado para evitar dispersiones y ver todos los episodios de corrido, como si fuera una película. No lean nada sobre la trama ni sigan adelante con este post. Vayan a buscarla. 


Lo que impacta de inmediato es la extraordinaria tersura de la imagen, condición que a lo largo de todo el relato será exprimida al máximo por la inteligente puesta en escena. Pero dejemos este punto para después. Antes debo admitir que al ver el primer capítulo, cuando apenas comenzaba la presentación de los personajes, me asaltó el prejuicio. En la escena en la que Manuel (Juan Gil Navarro) espera ser interrogado en la oficina del policía, hay un plano que remite directamente a Los sospechosos de siempre (The usual suspects), de Bryan Singer. De acuerdo, ok: no todos los espectadores tienen por qué conocer la referencia, pero quien la identifica no puede obviar el dato porque resulta demasiado importante a la hora de anticipar la conducta del protagonista (y al autor esto no se le escapa, por supuesto). Minutos más tarde, durante el encuentro en el bar con los amigos, Manuel efectivamente confirma que es dueño de una locuacidad envolvente (y aquí no hablo más sobre el film de Singer, porque tampoco quiero revelar la intriga de esa obra capital al lector que no la haya visto). Resumiendo, el episodio piloto me pareció un poco pretencioso, como si el realizador se estuviera jactando de haber reunido en una modesta ficción televisiva un muestrario de alusiones y técnicas del cine bien aprendidas sin contemplar la cuota de previsibilidad o de pose que esto podría sumar a la historia. Sin embargo, había otras fuerzas irresistibles que reclamaban seguir con Perfidia: su sofisticada concepción visual y una estructura narrativa de inusual complejidad. Había, finalmente, un realizador con personalidad que con elegancia trituraría las impresiones apresuradas.


Ya los títulos de crédito, con la palabra "perfidia" enfundada en dólares, anuncian que todo es una cuestión de dinero y que probablemente más de uno será estafado y algún otro sufrirá por amor (las lágrimas de Gloria Carrá). Con mayor o menor grado de precisión los hechos pueden intuirse, por eso el relato no tiene como prioridad preservar el enigma y prefiere depositar la tensión en un delicado juego de anacronismos que a cada paso reubican los roles y las acciones, alterando constantemente el cuadro de identificaciones entre los personajes y el espectador. Frente a la intrincada disposición narrativa ocurren dos cosas: por momentos el drama se torna demasiado frío y analítico, mientras que no todos los personajes llegan a “respirar” lo suficiente como para ganar la carnadura buscada; por otro lado, aunque cierta confusión pueda resultar eficaz e incluso placentera en algún pasaje, hay situaciones que no terminan de engancharse con fluidez en el conjunto (sobre todo el personaje de Jerónimo, cuya inquietante subtrama ameritaba más desarrollo).

Dicho esto, lo que debemos celebrar es que la propuesta no se conforme con ser “puro guión”: el laberinto de trampas se sostiene gracias a la riqueza de un estilo. Un estilo perspicaz, convencido, digno de la mejor cepa cinematográfica, ya que Laplace piensa la retórica de la imagen en todo su potencial expresivo y no meramente expositivo. No voy a describir todos los hallazgos de composición y puesta en escena que ustedes seguramente sabrán apreciar en la serie; sólo resta decir que existe algo intimidante, en principio, en esa franqueza arrolladora que inyecta la alta definición. Recién cuando el ojo comienza a habituarse es que empezamos a ver y beber más. Más detalles, más colores, más matices. Y aquí es donde Perfidia aprovecha toda esa intensidad y nos hace vivir la imagen como signo: la imagen vibra, insinúa, susurra, delata efímeros reflejos que a su vez delatan otras opacidades, dobleces, realidades alternativas dentro de la misma realidad, recordatorios de que aquello que vemos es sólo una cara más de una verdad siempre elusiva. Es gratificante encontrar un bordado tan sutilmente apasionado en una producción para la pantalla chica. Para entusiasmarse.

Perfidia (¿Cuál es tu límite?)
Dirección y guión: Juan Laplace
Producción: Juan Laplace y Luis Sartor
Dirección de fotografía: Max Ruggieri
Cámara: Laura Mosquera
Edición: Lautaro Colace
Elenco: Juan Gil Navarro, Antonio Birabent, Gloria Carrá, Romina Richi, Carlos Portaluppi, Lucas Akoskin, Leonardo Saggese.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Lo mejor de 2015...

 
...lo ha dado la televisión y se titula SHOW ME A HERO.

¡Larga vida a David Simon!

lunes, 21 de septiembre de 2015

Ya era hora...


Era la octava nominación al Emmy consecutiva, y era la última oportunidad para recibirlo. Finalmente, Jon Hamm obtuvo ayer el postergado reconocimiento por su insuperable trabajo en la serie Mad Men.

A propósito, no se pierdan el episodio de la saga Black Mirror protagonizado por este actor, titulado "Black Christmas".

domingo, 3 de mayo de 2015

Ciclo Aleksey German en Filmoteca


Del lunes 4 al jueves 7 de mayo en la trasnoche de la Televisión Pública, con la conducción de Fernando Martín Peña, el ciclo Filmoteca presenta un ciclo dedicado al cineasta ruso Aleksey German. 

German nació en 1938 y falleció en 2013. Su filmografía, constituida por seis títulos, empezó a ser rescatada y verdaderamente reconocida hace unos pocos años. Tres de estas películas se vieron en una retrospectiva en 2014 en el Malba, cuya gacetilla de prensa informaba: “German fue contemporáneo a Tarkovsky y, como él, enfrentó enormes dificultades para hacer cine en su patria a causa de una visión artística incorruptible. En cuarenta años sólo pudo concretar un puñado de obras que además terminaron prohibidas o marginadas.” Muchos espectadores nos acercamos por primera vez al universo de este autor en el festival de cine de Mar del Plata del año pasado, en donde hubo una sección que también incluyó su último trabajo, Qué difícil es ser un Dios, relato épico que el realizador no llegó a concluir pero que fue terminado y estrenado de forma póstuma por su hijo Aleksei German Jr. (también director de cine). Filmoteca ahora nos dan la oportunidad de ver cuatro de las películas de German en televisión. 

Programación:

Lunes 4, 0.50 hs: Dura prueba bajo sospecha (1971)
Martes 5, 0.00 hs: Veinte días sin guerra (1977)
Miércoles 6, 0.00 hs: Mi amigo Iván Lapshin (1985)
Jueves 7, 0.30 hs: Séptimo satélite (1968)