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lunes, 15 de abril de 2019

21° BAFICI - Carmen y Lola / Vigilia en agosto


Carmen y Lola (España, 2018)
Dirección: Arantxa Echeverría 
Sección: Pasiones 
Vigilia en agosto (Argentina, 2019) 
Dirección: Luis María Mercado
Sección: Competencia Oficial Derechos Humanos

Con sus gestos expresionistas, con esa cadencia enérgica tan propia de su forma de hablar, gitanas y gitanos siempre parecen estar inyectándole melodrama a sus palabras y a sus cuerpos, como si en cada diálogo -incluso en el más inocuo- pusieran en juego toda su sangre. Escribo esto y sé que podría ser acusada de reduccionista debido a mi mirada de paya. Por suerte vi Carmen y Lola sin haber leído las polémicas que rodearon el lanzamiento de la película, que fue fervientemente rechazada por grupos de militantes feministas gitanas para quienes el guión reproduce estereotipos folklóricos, sexistas y racistas. No creo que la película merezca esos ataques tan fundamentalistas. 

El principal atractivo de Carmen y Lola nace de su vocación antropológica: las protagonistas son dos adolescentes que viven en la periferia de Madrid, y el film nos lleva a conocer de cerca la comunidad gitana a la que pertenecen. El ojo y el oído de la directora Arantxa Echeverría registran ese universo con curiosidad, absorbiendo su gracia y su musicalidad, sobre todo en la primera parte del relato, en donde vemos cómo los personajes trabajan en la feria de frutas y verduras, y cómo se preparan para el gran acontecimiento: “la pedida” de Carmen, una fiesta en la que una familia pide formalmente la mano de la hija de otra familia, sin que los novios se conozcan previamente. Un matrimonio arreglado. Pues sí: las familias gitanas tradicionales detentan un conservadurismo ancestral y son esencialmente machistas. Por su parte, Lola quiere huir del destino al que su género la condena: “Por ser mujer solo puedo tener hijos, tener marido, tener casa para fregar". Pero Lola no cede. Sobre la defensa y celebración de ese deseo se construye esta película.

Rosy Rodríguez y Zaira Romero, las chicas que encarnan respectivamente a Carmen y Lola, no tenían experiencia en la actuación, al igual que gran parte del elenco. Ellas le aportan mucha sensualidad y frescura a una película que elige principalmente la senda del realismo, aunque también se deja contagiar a conciencia por ciertas efervescencias kitsch que emanan de la historia (brillos en las ropas, joyas abundantes, siluetas de aves como metáfora de libertad). Podría cuestionarse que la estética por momentos se acerca demasiado al filo de lo publicitario, y que en su último tramo la narración pierde fuerza al no hallar una resolución convincente. Intuyo que la realizadora decide apostar por cierto sabor a cuento de hadas para que la sensación de vitalidad le gane en nuestro recuerdo a la desilusión claudicante.



En el film argentino Vigilia en agosto también hay una boda en curso. La historia transcurre en una pequeña ciudad de la provincia de Córdoba muy ligada a la producción agrícola. La joven Madga, que trabaja como docente y colabora con la iglesia local, va a casarse en pocos días con Marcelo, “El Gringo”, que es patrón de una fábrica de granos. En esa comunidad sumida en la lógica del patriarcado, las pulsiones fascistas, los chismes dañinos y las supersticiones, Magda empieza a percibir ciertas señales del entorno que le generan dudas y temores. Algo pasó con un operario en la fábrica, un accidente laboral que su futuro marido prefiere encubrir.

Todo el relato se circunscribe estrictamente al punto de vista de la protagonista (Rita Pauls, excelente), con un dispositivo narrativo que le permite al director Luis María Mercado potenciar el rol del sonido y explotar así la ambigüedad de diversas acciones que permanecen fuera del campo visual. Magda observa, escucha, espía. La violencia se disemina por vericuetos confusos. Transitando terrenos similares a los que propone Lucrecia Martel en La mujer sin cabeza, la joven de Vigilia en agosto no sabe cómo actuar frente a las verdades que descubre. Hasta que todo ese desasosiego hace síntoma en su cuerpo. “Ni empacho ni envidia. Vos estás ojeada hasta la coronilla”, dictamina una pariente, y le aconseja a Magda colocarse una cintita roja en el tobillo. La explicación esotérica esquiva el esfuerzo que implica asumir y analizar cuestiones más profundas (sociales, políticas, de género). Además no hay tiempo. Ya está todo listo para el casamiento.

Pero por allí circulan otros rastros rojos que parecen enlazarse subrepticiamente mientras el relato avanza: la lana roja de un saco que ocupa toda la pantalla, la sangre de una herida en la mano de Madga, el color de una larga máquina procesadora de granos, el cabello del Gringo. En la película late un terror reticente, escondido, ahogado. El realizador logra mostrar con mucha sutileza cómo funcionan los códigos de la dominación masculina, los abusos de poder y la red de complicidades en esa ciudad. Pero es una pena que la película no llegue a colmar las expectativas que las intrigas habían despertado, como si el relato se acobardara a la hora de enfrentar a fondo esa rendija por donde asoma lo siniestro. Tal como ocurre en Carmen y Lola, el drama de Vigilia en agosto termina algo desdibujado debido a un desenlace poco arriesgado. Así y todo, se trata de una ópera prima más que interesante de un director a seguir de cerca. 

lunes, 8 de abril de 2019

21° BAFICI - Cartero


Cartero (Argentina, 2019) 
Dirección: Emiliano Serra 
Sección: Competencia Latinoamericana

Hernán Sosa rastrea su nombre en el tablero de fichas para marcar horario. Encuentra la cartulina, la imprime, la vuelve a colocar en el tablero, y allí se queda detenido durante unos segundos, absolutamente embelesado, como si estuviera observando la octava maravilla del mundo. Es su primer trabajo. Es lo que vino a buscar desde su pueblo a Buenos Aires: la oportunidad de trabajar y estudiar. Todo indica que finalmente, después de haberse entrenado como pasante, lo han incorporado a la plantilla de empleados del correo. Hernán está tan contento que casi parece bailar por la calle mientras desliza las cartas por debajo de las puertas. Pero alrededor muchas cosas están cambiando, y muchas de ellas ya no tienen retorno. De a poco advertimos que esta historia transcurre a fines de los ‘90, los años de las privatizaciones y la flexibilización laboral, la década en la que la expansión de Internet y otras nuevas tecnologías terminarían reconfigurando para siempre la forma en que nos comunicamos.
 
Hernán -al que Tomás Raimondi aporta un aire inocentón adorable- apenas se está iniciando en su vida independiente y ya se ve obligado a interpretar una catarata de signos cruzados y confusos. Pronto surgen las tensiones entre compañeros de trabajo, ya que muchos increpan abiertamente a Hernán postulando que él y los de su generación quieren arruinar a los veteranos. En verdad todos conocen las precarias condiciones que deben soportar los jóvenes ingresantes, que tienen contratos renovables cada tres meses y cobran “mitad en cheque y mitad en ticket-canasta”, pero la solidaridad no cunde. Al contrario, aumentan las dudas y las agresiones entre quienes deberían aliarse para defenderse contra el mismo enemigo. No recuerdo muchas otras películas argentinas recientes que describan con tanta agudeza ese desgarro insalvable que el neoliberalismo criminal produjo dentro la misma clase trabajadora. Además estamos hablando del Correo Argentino, nada menos, con todo lo que eso implica para Macri y familia. Hay un humus oscuro debajo de los cimientos de este relato, una angustia rocosa que por momentos queda disimulada detrás de la subtrama romántica y los trazos de comedia.


Cartero es el primer largometraje de ficción de Emiliano Serra, que tiene una amplia experiencia como editor en el cine local. Uno de los placeres que ofrece el film consiste en imaginar posibles hermandades con otras películas emblemáticas estrenadas en aquellos años de consolidación del Nuevo Cine Argentino, sin que esta veta cinéfila nos distraiga del drama central, ni que estas asociaciones impliquen que el film de Serra pretenda alcanzar esas consagradas alturas. Más allá de las alusiones nostálgicas a Fellini y a Favio, allí está Jorge Sesán en el elenco de Cartero, que nos remite a Pizza, birra, faso y a la necesidad imperiosa de Caetano y Stagnaro de mostrar el desamparo de los jóvenes marginados en la ciudad de la furia; y también surge el recuerdo de “El Zapa” en El bonaerese, ya que Hernán sigue un periplo similar, apoyado en una estructura narrativa en la que Trapero supo lucirse: adentrarnos en las reglas de un oficio o institución a través de un personaje-guía que va descubriendo ese ámbito junto con el espectador. En términos de afinidad estilística, el guiño cinéfilo más claro en Cartero es ese negocio que se llama “9 reinas”, film del cual Serra parece heredar el pulso clásico y cierta destreza para capturar el perfume del paisaje porteño. Eso sí: Serra tiene veinte años de perspectiva para pensar e ilustrar aquella época, mientras que el maestro Bielinsky no sólo contó el cuento en ese mismo momento, sino que además se anticipó al estallido por venir.

No todo funciona con fluidez en el film, como la secuencia dedicada al reparto de telegramas de despido, que pierde efecto porque quizás se la preanuncia en exceso. Y es cierto que las escenas en las que el protagonista se obsesiona con un amor de la infancia pueden sentirse algo anodinas, más aún cuando todo en su entorno se vuelve cada día más denso. En la última parte del film hay un vaivén en su tono que nos descoloca un poco, hasta que llegamos al final. Ahí entendemos las intenciones del director y confirmamos que el retrato que hace Cartero del derrumbe social -y moral- es mucho más complejo de lo que podíamos sospechar.

Cartero volverá a proyectarse en el Bafici este martes 9 de abril a las 15.50, y el domingo 14 de abril a las 22, ambas funciones en el Multiplex Belgrano.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Mar del Plata 2018 - Burning


Burning 
(Beoning / Corea del Sur, 2018) 
Dirección: Lee Chang-dong 
Sección: Panorama

Burning no me deja en paz. Hoy puedo decir que Lee Chang-dong hizo una obra maestra (otra más), pero durante el visionado uno está muy lejos de esa certeza. En una primera impresión, Burning puede tornarse espesa y ambigua hasta la desazón. La opacidad parecería querer imponerse sobre la empatía, y éste no es un mecanismo habitual en el cine del director. Pero a la vez hay algo que arde silenciosamente en esta película esquiva. Algo que reclama volver sobre todos esos instantes resplandecientes de puro enigma que quedaron adheridos a los ojos y al cuerpo como brasas invisibles. Pasan los días y el desconcierto original se convierte en decidida fascinación. Una fascinación colmada de tristeza, porque se trata de una película concebida desde el más absoluto pesimismo por el estado de la humanidad. 

Un chico (Jong-su) conoce a una chica (Haemi) en las calles agitadas de Seúl. En realidad ya se conocían porque habían sido vecinos, pero él hoy no la reconoce porque ella se operó la cara, acomplejada porque la llamaban fea (sin subrayarlo demasiado, el film empieza a señalar una serie de horrores propios del presente diseminados por el globo: el bullying, el terrorismo y más). Haemi entonces le cuenta al chico que pronto hará un viaje a África y necesita que alguien cuide de su gato. Jong-su acepta hacerle el favor. Él es claramente un adolescente introvertido que no sabe bien cómo llevar la relación con la chica, pero se engancha. Algo cambia para él desde que están juntos, aunque cuesta leerlo en su rostro impenetrable. El chico vive solo, en una casa con una granja situada cerca de la frontera con Corea del Norte. Su madre lo abandonó y su padre está preso. Jong-su quiere ser escritor. 

La película presenta, por lo menos, tres niveles de análisis. Primero tenemos la fábula en sí misma, apoyada en el difuso triángulo conformado por el protagonista, la chica y otro muchacho que aparece después, Ben. El relato nos ubica en un espacio y un tiempo bien concretos: un noticiero televisivo informa que el desempleo juvenil crece en Corea y que Trump busca reforzar sus políticas antimigratorias. La violencia está en todos lados y todos identificamos ese paisaje. Pero la narración de a poco se enrarece, y lo que había comenzado como un drama con tintes sociológicos se desplaza hacia una especie de thriller volátil ahogado en el extrañamiento. ¿Acaso hay zonas de la historia distorsionadas por la subjetividad del protagonista? Acá tenemos otro nivel de lectura, el metaficcional. Al igual que en Poetry, Burning tiene en su centro a un personaje que aspira a encontrar en el arte algún consuelo, quizás el último recurso para filtrar una realidad que lo aplasta. Jong-su está intentando escribir una novela. Su perplejidad es la del propio Lee Chang-dong, también artista, también vencido y angustiado por un mundo que no comprende. En distintas entrevistas sobre la película, el director dice que él quería narrar la furia. La furia y la impotencia que sienten hoy las personas, sobre todo los jóvenes. Tomó como base un cuento de Murakami, se inspiró también en William Faulkner, sumó sus propios temores y así salió esta película atípica poblada de trazos intrigantes que trasciende ampliamente el marco del “retrato generacional”. 

¿Por qué Haemi estudia pantomima? ¿Por qué Jong-su se detiene siempre en esa ventana que lo atrae como un imán? ¿Por qué bosteza tanto Ben? ¿Qué le pasa? ¿Será que el Mal está aburrido? Lo sentí de repente, sí. Sé que esta intuición suena pretenciosa y trivial, pero creo que Burning efectivamente habilita diversas puertas para que uno baraje un análisis alegórico. El fino doblez de los personajes, las situaciones nebulosas, las discretas epifanías, todo nos impulsa a descifrar las ideas latentes en numerosos símbolos del film que se resisten a la interpretación unívoca. Y eso es lo genial, esa sensación de estar ante una película abierta al futuro, una obra con una potencia todavía agazapada, en la que los signos y los juegos textuales recién empezaron a rodar. 

Si me animo a hablar del Mal con mayúsculas como uno los muchos posibles temas de Burning, es porque Lee ya había abordado esta cuestión en otras películas. En su impresionante Peppermint Candy, film de 1999, trataba de comprender el carácter violento y autodestructivo del protagonista como un producto de la historia del país. Sin embargo, los actos de perversión narrados en Secret sunshine (2007) y Poetry (2010) parecen inscribirse en otro orden, más ominoso y bestial. Sí, existen sujetos que hacen daño sin sentir culpa, y esos sujetos son parte del género humano. No siempre la maldad encuentra explicación. Lee la expone, acompaña a las víctimas, pero no puede entender. Por eso sus últimas películas resultan tan devastadoras, y en este aspecto Burning es la más terminal. No hay salida de ningún tipo. Ni una sola lucecita.


Pero hay desesperación. Eso es lo que arde, lo que llora. En pleno festival de cine, al lado de muchas películas que se muestran imperturbables frente al estado del mundo, Burning se eleva en su maestría mientras más la recordamos y la asumimos en todo su dolor. En una de las primeras escenas, la joven Haemi le cuenta a Jong-su que los pueblos bosquimanos, en el desierto de Kalahari, interpretan la palabra "hambriento" desde dos dimensiones. “Poco hambriento” es aquel que tiene hambre físicamente, y “muy hambriento” es el que tiene hambre por el sentido de la vida. Lee Chang-dong coloca ese diálogo a modo de manifiesto artístico, una filosofía que uno también puede aplicar como parámetro para diferenciar cuáles son las películas menores y cuáles las verdaderamente importantes. Lee quizás no tenga esperanza, pero evidentemente tampoco elige recluirse y permanecer callado. Su hambre es voraz.

viernes, 9 de noviembre de 2018

33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata - 10 elegidas


Una selección muy personal de diez películas que integran la programación de la edición 33 del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que comienza el próximo sábado.

Los 400 golpes, de François Truffaut (Retrospectiva Jean-Pierre Léaud) 
Jean-Pierre Léaud es uno de los invitados en esta edición del festival. Hay que darse el gusto de volver a ver esta preciosura truffautiana en el teatro Auditorium. Imagino que Léaud estará en la sala para introducir la película. Por eso voy. 
 
Boy meets girl, de Leos Carax (Retrospectiva del director) 
La motivación es bastante parecida a la anterior: quiero conocer a Leos Carax y espero que esté presente en la función. Además nunca vi esta película, su opera prima. 
 
Burning, de Lee Chang-dong (Autores) 
Lo nuevo del cineasta coreano Lee Chang-dong, creador de películas extraordinarias como Peppermint Candy, Oasis y Poetry. Luego de 8 años sin estrenar, Lee Chang-dong vuelve con Burning, un film que “va mucho más allá de su trama -escribe Marcelo Alderete- para hablarnos de los problemas de una sociedad, de las divisiones históricas y de un pasado que afecta al presente y no parece encontrar una solución a la violencia.” 


The wild pear tree, de Nuri Bilge Ceylan (Autores) 
Cine existencialista en su mejor forma. Las películas de Ceylan son tan tristes como hermosas, y hay que ir preparado para salir de la sala en un estado de profunda melancolía que puede prolongarse horas... días incluso. El protagonista de su nuevo film es un joven aspirante a escritor que viaja de la ciudad al pueblo en donde creció, situado en la parte más rural de Turquía. Allí deberá enfrentarse con su padre, y con sus propias limitaciones como artista.
 
Monrovia, Indiana, de Frederick Wiseman (Autores)
Alguna vez lo dije: no creo que haya otro documentalista en la historia del cine tan genial como Wiseman. Su mirada es paciente, discreta, lúcida, crítica, certera. Sus películas pueden durar tres o cuatro horas pero el tiempo ni se siente porque uno queda fascinado ante la riqueza perceptiva que desprende cada plano. Ya es una fija del festival marplatense, que año a año nos agasaja con la más reciente producción del director. En su nuevo film, el realizador se dedica a observar a los habitantes de una pequeña comunidad rural del Medio Oeste de Estados Unidos, una región que debe pensarse como centro formativo de la política y los valores que han consagrado al actual presidente de ese país. 
 
Chubut, tierra y libertad, de Carlos Echeverría 
(Invitada especial – Competencia Latinoamericana)  
Y hablando de notables documentalistas, Echeverría es uno de los mejores nacidos en Argentina (autor de la imprescindible Juan: Como si nada hubiera sucedido). El director esta vez vuelve sobre un paisaje ya visitado en otros trabajos, la Patagonia, para explorar la situación de las comunidades originarias y campesinas a partir de las injusticias cometidas -hoy y ayer- por los gobiernos y los capitales extranjeros. 
 
Yara, de Abbas Fahdel (Competencia Internacional)
Quiero saber. Quiero saber cómo se sigue después de esa experiencia demoledora llamada Homeland (Iraq Year Zero). Su director, el iraquí Abbas Fahdel, da el salto a la ficción para narrar una historia de amor, el primer amor, con su inocencia, ilusiones y decepciones. Ansío verla porque quiero saber cómo se hace, cómo se recupera la fe… si eso es posible.
  
  
The Most Beautiful Country in the World, de Želimir Žilnik (Autores)
La obra del serbio Želimir Žilnik era prácticamente desconocida para el público argentino, hasta que el festival de Mar del Plata le dedicó una retrospectiva en su última edición. Así descubrimos a un cineasta político dueño de una poética ecléctica y vital. La programación de este año incluye su nuevo film, que aborda el presente de los inmigrantes en Europa, en forma de docuficción. Como señala Boris Neleppo, sólo Žilnik “es capaz de hacer un cine incisivo que no les huye a los temas actuales y ofrece un análisis inteligente, sin olvidarse del aspecto humano, la vida cotidiana y la comedia."
 
Los asesinos están entre nosotros, de Wolfgang Staudte 
(Retrospectiva del director)
Y si el año pasado fue Žilnik, esta vez el cineasta a descubrir será Staudte, considerado un maestro del cine alemán de posguerra. Según Olaf Möller, curador de la retrospectiva, esta película integra una trío de obras maestras junto a The Fair y Destination Death. 
 
Prisioneros de la tierra, de Mario Soffici (Clásicos restaurados)
Verdadero emblema del cine social argentino en su período clásico. Nunca pude verla en una copia en condiciones dignas, así que espero hacerlo en el festival, en donde se proyectará una versión restaurada del film que el Museo del Cine de Buenos Aires consiguió realizar gracias al apoyo de The Film Foundation de Martin Scorsese y al laboratorio L’Immagine Ritrovata de Bologna.

Las entradas ya pueden comprarse a través de internet. En el sitio del festival pueden descargar el catálogo y la grilla de programación: http://www.mardelplatafilmfest.com/es

viernes, 18 de mayo de 2018

20º BAFICI - Un tal Eduardo: un diálogo con el director Aldo Garay


Un tal Eduardo (Uruguay, 2018)
Dirección: Aldo Garay
Sección: Competencia Latinoamericana

Después de sorprendernos en 2015 con El hombre nuevo, excelente film ganador de la edición de ese año del Festival LGBTIQ Asterisco, el cineasta uruguayo Aldo Garay estuvo en abril en Buenos Aires para acompañar la presentación de su más reciente documental, Un tal Eduardo, que participó en la Competencia Latinoamericana del Bafici. Con él conversé durante el festival.


La película tiene en su centro a Eduardo Franco, líder de Los Iracundos, un grupo de música melódica que tuvo mucho éxito en los años ‘70 y ‘80, en Uruguay y en Paraguay especialmente. Franco murió en 1989, cuando sólo tenía 43 años, desaparición temprana que sin dudas alimentó la leyenda. Pero así como en Argentina sabemos enseguida a quién nos referimos cuando decimos “Diego”, esa identificación no es tan automática en el caso de este cantautor, a pesar de su popularidad. Así lo explica el realizador: “Eduardo podría parecer un personaje amable, menor, donde no hay un gran conflicto. Incluso hay un juego que intentamos incluir en el mismo título de la película. Si vos presentás el título 'Un tal Eduardo' en Uruguay y le preguntás a la gente qué Eduardo puede ser, y sólo das la pista de que es un artista, seguramente te van a decir Eduardo Galeano, Eduardo Mateo o Eduardo Darnauchans. Eduardo Franco no va a ser una de las primeras opciones.” Sin embargo, Franco fue un ídolo para muchísimas personas que aún hoy lo siguen y agradecen sus canciones. Un ídolo humilde, quizás. El director construye la película desde ese lugar: “Para el documental hay que estar atento al detalle más insignificante. Ésa es una de las cosas que más me seducen de Un tal Eduardo.” 

El cineasta montevideano venía de hacer El casamiento y El hombre nuevo, dos películas con historias de vida difíciles, con personajes marcados por la lucha y la tristeza. En comparación, Un tal Eduardo se impone claramente como un film más luminoso, y parece que fuimos varios los que quisimos indagar en este cambio de tono. “Es una pregunta pertinente y al mismo tiempo recurrente”, sugiere el director, y reflexiona: “En realidad no siempre se puede ser grave, y por otro lado también tiene que ver con una determinada búsqueda. En el caso de Eduardo, se trata de una persona que fue y sigue siendo muy conocida, pero en la película es una ausencia. Entonces la mejor forma de llegar a esa humanidad y a ese legado es a través de una coralidad de otras personas, que a su vez dentro del relato también cobran carácter de personajes. Y ahí es donde creo que está la búsqueda documental en sí: empezar en un lugar y terminar en otro, con todos ellos, junto a todos ellos. Yo no tengo la capacidad de anticipar si a una película le voy a dar un tono más grave o menos grave, sino que las mismas circunstancias fueron girando hacia la comedia en algunas de las situaciones en donde se evoca la figura de Eduardo.” 

 

Fanáticos, amigos, imitadores, la esposa de Franco, su hija Giselle, un sacerdote que le rinde homenaje, un curioso peluquero, un escultor simpatiquísimo, un médium que afirma haber sido el “canal” para los mensajes enviados desde el más allá (“Eduardo ahora está en la octava dimensión”)… todas estas voces van trazando el retrato del músico, mientras como espectadores tenemos la impresión de contemplar un paisaje detenido en el tiempo. Todo remite a otra época: las calles, los colores, la vestimenta, los pósters, los objetos, los sonidos, los espacios interiores. Si no fuera por una estatua en honor a Hugo Chávez (protagonista de una escena desopilante en el film), podría creerse que a ese microcosmos aún no llegaron los años ‘90. “Ese registro está totalmente buscado -asegura el realizador-. Además ayuda el escenario, porque Paysandú es una ciudad anacrónica. La peluquería, por ejemplo. Podría decirse que hay un diseño de arte en ese lugar, pero no. Ese arte está ahí, es un arte vivo. Yo desafío a cualquier director de arte a armar esa peluquería. También están los televisores viejos o el hecho de escuchar grabaciones de radio. Hay muchas referencias de la radiofonía y de la televisión uruguayas de la épocas. Están los vinilos y hasta la forma en que la gente se viste. Tenemos las tapas de los discos, con su iconografía, las remeras que se imprimían con esos diseños, la tipografía que usamos en los créditos. E incluso hay una referencia al cine argentino de los '70 y los '80, como las películas de Palito Ortega. Fue deliberado jugar con todo eso.”


En la película circulan muchas reproducciones de Eduardo, en fotos, afiches, esculturas, tapas de discos, aunque recién en el último tramo del film surge el material de archivo que muestra al músico en acción. “En los primeros cuarenta minutos -apunta Garay- la figura de Eduardo es fantasmagórica. Está en todos lados pero a la vez no está. Y luego empieza a tomar cuerpo. Toma cuerpo con el discurso y lo hace casi con el mismo registro que los demás personajes, en donde vemos que el azar y la vida lo ponen en situaciones particulares. Como cuando cuenta, por ejemplo, que él escribió la canción Puerto Montt sin haber ido nunca a Puerto Montt”.

La cuestión es colmar un vacío. O mejor dicho: aferrarse a algo que le permita al sujeto efímero vincularse con alguna forma de trascendencia. Dice el director: “Creo que la película habla de un montón de cosas, sobre todo de la idiosincrasia que tiene Uruguay, de los matices que tiene Uruguay como sociedad. Por ejemplo, se dice que Uruguay es un país ateo y laico. Sin embargo, la gente cree en todo. Hay una necesidad de creer en todo.” Aunque en esta película no se trata sólo de creer, sino también de recordar. No puedo dejar de pensar en Coco, la hermosa película de Pixar, y en la importancia de ese venerado altar con fotos y recuerdos que habilitan la visita anual del espíritu de los muertos. Un tal Eduardo -y sus encantadores altares- es documento fehaciente de que la memoria del líder de Los Iracundos tiene la perdurabilidad más que garantizada.

sábado, 5 de mayo de 2018

20° BAFICI - Casa propia


Casa propia (Argentina, 2018)
Dirección: Rosendo Ruiz
Sección: Competencia Argentina

Establecerse. O al menos poder permanecer un día entero en el mismo lugar, sin sentirse expulsado. Sólo eso desea Alejandro. Tener una pequeña parcela de tiempo que sea realmente suyo. Para volver a mirar el cielo. 

Pero no. El protagonista de Casa propia no hace más que ir y venir en un vagabundeo forzoso y cada día más amargo. Alejandro (Gustavo Almada, preciso en todo) tiene cuarenta y pocos años. Vive en Córdoba con su madre, que está enferma y genera conflictos a cada minuto. Trabaja como profesor de literatura en un colegio secundario. A veces duerme con una novia que no termina de integrarlo en su intimidad. Tiene un gran amigo que está por irse a España. Y quiere empezar a alquilar un departamento, pero salir a buscar opciones implica soportar las obscenas arbitrariedades del mercado inmobiliario. Esta es la historia de un personaje de ficción y es también la historia del presente aplastante de un país llamado Argentina. Aunque lo intenta, Alejandro no puede hacer pie. Y no hay nada más agotador que flotar cuando no se perciben orillas ni tampoco un fondo al que se pueda llegar para después remontar. El protagonista viaja encapsulado en el colectivo y de repente toda la ciudad parece transformarse en una gigantesca pecera. Aunque no veamos el agua, la sentimos como una amenaza certera a través de los efectos sonoros de la película. Son demasiadas las frustraciones acumuladas. Algo está por desbordar. 



“Creo en los desafíos formales, porque es infinita la posibilidad que ofrece el cine de combinar planos con sonidos”, señaló el realizador Rosendo Ruiz cuando Casa propia se proyectó en el Bafici. La película está concebida desde el riesgo, y resulta especialmente estimulante por las modulaciones que el director se anima a ensayar en el trabajo con la enunciación. El relato comienza con un plano general que muestra a un grupo de adolescentes que escuchan música y toman fernet en la calle. Una chica del grupo llama la atención por lo bien que hace jueguito con una pelota de fútbol. Todo sucede dentro de un sereno plano-secuencia que, aparentemente, nos invita a observar el conjunto sin manipulaciones. Sin embargo, ni la chica de la pelota ni sus amigos serán los protagonistas del relato, sino un señor que pasa detrás de ellos y se detiene para golpear la puerta de una casa, a los gritos. Esa bifurcación perceptiva, que nos obliga a relocalizarnos inmediatamente en el espacio diegético, propone una estrategia inteligente: en una película marcada por los continuos desalojos (físicos y simbólicos), el primer sujeto desplazado es el propio espectador. 

 Ni siquiera podemos refugiarnos en este plano inicial del frente de la casa como un típico plano de establecimiento que nos guíe en la acción por venir. Porque el personaje pronto se va del lugar, sin activar una lógica exterior-interior en la construcción espacial de la escena (y recién más tarde sabremos quién es la mujer que habita esa casa). De hecho, no habrá otros planos similares durante el resto del film. La perplejidad se propaga. Algo se desacomoda. Un simple corte seco hace que la escuela se fusione con el hospital, o un truco visual revela que un impecable departamento a estrenar no era más que una maqueta en una clase de ciencias. Las reglas con las que el cine clásico solía agasajar la orientación del espectador carecen de sentido en una historia en donde los espacios se confunden, se fragmentan, se tornan hostiles. Hasta la música descoloca con su inesperada prepotencia épica, como si quisiera secuestrar al cansado protagonista para llevárselo exiliado a otra película, una que le regale peripecias dignas de un héroe triunfal (en esta línea uno recuerda ciertas decisiones de Hong Sang-soo en la reciente The Day After, por ejemplo). Algunas de estas búsquedas formales podrían haber generado cierta distancia con las emociones de la ficción, y sin embargo sucede lo contrario: la matriz autoconsciente del film no complica en absoluto la conexión con los personajes. La película consigue adherirnos poderosamente a la realidad de los vínculos y su contexto existencial. Será porque la angustia que emana de la historia resulta demasiado conocida para muchos de los espectadores. 

Casa propia es el mejor film de Ruiz hasta el momento. La película sorprende porque es impredecible en su estilo, cualidad que sólo puede funcionar como virtud cuando es el propio cineasta el que se niega a afincarse en un único territorio a la hora de crear. Un artista verdaderamente inquieto no va a encontrar nunca una residencia que sea la definitiva.

jueves, 19 de abril de 2018

20º BAFICI - Soy lo que quise ser. Historia de un joven de 90


Soy lo que quise ser. Historia de un joven de 90  
(Argentina, 2018)
Dirección: Betina Casanova y Mariana Scarone
Sección: Películas sobre películas


Dora Baret se muestra nerviosa y arrobada al hablar de José Martínez Suárez. La actriz confiesa que, cuando era joven, él siempre lograba cohibirla. Minutos después ambos comparten un café mientras recuerdan el rodaje de Dar la cara y se dicen algunas cosas al oído. Algún secreto. Los personajes tienen una cita claramente fabricada para el film (y hasta quizás escrita y ensayada) pero todo fluye con una naturalidad notable. Las manos se rozan y la enunciación elige allí, por unos instantes, la cámara lenta. La decisión de estilo justa en el momento exacto, para dejar que la escena respire y cobre vuelo propio. Parece simple pero no lo es, mucho menos en una era del documental -la actual- en donde el director suele sucumbir a la tentación del propio exhibicionismo. Aquí llegamos a escuchar las voces de las realizadoras y también vemos sus cuerpos en el plano, pero sus presencias se asoman desde la discreción, desde la humildad de quien quiere aprender a hacer. Porque ante un maestro de este calibre ellas no pueden ser otra cosa que alumnas, y así es como Betina Casanova y Mariana Scarone encararon el desarrollo de este documental biográfico. Con la enorme ventaja, claro, de tener en su centro a un orador generoso y memorioso como pocos. Y pícaro como ninguno.

Martínez Suárez podría sentarse a contar una anécdota tras otra frente una cámara estática y uno como espectador quedaría, probablemente, muy satisfecho. Pero la película gratifica todavía más porque no se limita a ser una colección de testimonios ni un previsible relevamiento cronológico de la obra del artista. Entramos en el documental y a la vez nos colamos en su backstage, un pacto que ya desde el inicio inspira una genuina complicidad con el personaje: Martínez Suárez guiña el ojo y sabemos que la vamos a pasar genial. Junto a esos juegos en el detrás de escena, el film se apoya en otra columna narrativa, que muestra al director como coordinador de una orquesta en búsqueda de la fusión perfecta entre Nino Rota y el tango. Y luego está todo lo demás: su infancia en Villa Cañás, la cinefilia, sus comienzos en la industria, sus películas, sus amigos, su familia, su tarea como docente. El film contiene todo lo que esperamos conocer sobre su protagonista, en un relato compaginado con sutileza y lucidez. Es curioso que esta película no se haya presentado en el Festival de Cine de Mar del Plata, tan ligado al realizador de El crack. La vimos en el Bafici. Y fue una sorpresa.   

viernes, 13 de abril de 2018

20º BAFICI - Becoming Cary Grant


Becoming Cary Grant (Francia, 2017)
Dirección: Mark Kidel
Sección: Películas sobre películas

Cary Grant se casó cuatro o cinco veces. ¿O fueron seis? Cuesta llevar la cuenta mientras vemos la película. Grant siempre tuvo serios problemas para vincularse con las mujeres y por eso postergó su deseo de formar una familia, pero recién pudo comprender el origen del trauma cuando se sometió a un tratamiento con LSD que le permitió acceder a los rincones sellados de su inconsciente. En los años ’50, la aplicación de esta droga en la terapia psicoanalítica era un ejercicio legal. Para el actor fueron casi cien sesiones de psicodélicas revelaciones, una experiencia bisagra que él describió en una autobiografía no publicada y que funciona como disparador narrativo de este documental firmado por Mark Kidel. El relato se construye a partir una escisión. Una subjetividad en fuga. Un muchachito herido que no lograba reconocerse en ese galán de carisma descomunal que habitaba en la pantalla. Un hombre partido, que creció en un hogar triste y muy pobre en la ciudad inglesa de Bristol, y llegó a ser una de las estrellas más refulgentes y unánimemente adoradas del Hollywood clásico.


Jonathan Pryce presta su templada voz para que el espectador pueda sentir las memorias de Grant con la cercanía del relato en primera persona. Al mismo tiempo, el film incluye una serie de grabaciones caseras que el actor registró con su cámara portátil a lo largo de su vida, material de archivo inédito que da cuenta de una mirada activa y curiosa. Tenemos también los testimonios -típicos del género- de figuras que lo conocieron, aunque no son muchos en este caso, dado que en general sus contemporáneos ya fallecieron. Su última esposa y su única hija aportan sus semblanzas, y se intuye que fueron ellas quienes le cedieron los escritos autobiográficos y las filmaciones hogareñas a la producción del film. Y me pregunto -especulación mía, aclaro- si este pacto con la familia podría ser el motivo por el cual la película prefiere no decir nada sobre las relaciones íntimas que el actor mantuvo con otros hombres (muchos testigos han confirmado que este hecho no era simplemente un rumor). Esta omisión fue lo que varias críticas le reprocharon a Becoming Cary Grant, ya que la película parece no querer (o no poder) hacerse cargo de la cuestión homosexual, actitud que resulta extraña en una obra que desde el comienzo se propone como una indagación sincera en la psicología del personaje. Más allá de esta omisión, lo que fracasa en el film es justamente la zona biográfica que el director más se empeña en ilustrar: todo lo referido a la terapia lisérgica se expone de forma rudimentaria, con innecesarias “escenas de reconstrucción” fuera de foco que pretenden simular a un Grant inquieto en el diván del analista, junto a una reiteración de ideas que se atoran en un freudismo elemental.

Sin embargo, y pese a todo, el aura sabe imponer con orgullo su perdurabilidad. Por eso todo digno documental de montaje -y más aún si es un documental cinéfilo- puede compensar sus carencias cuando decide mostrar fragmentos de las películas a cargo del personaje homenajeado. Mark Kidel cumple con la promesa e incorpora delicias imperecederas de Hawks, de Cukor, de Stevens, de Hitchcock, además de sumar imágenes preciosas del actor en sus inicios como acróbata o de sus días como padre. Y entonces sí, el goce. Esa elegancia arrolladora. Ese cuerpo elástico que a veces jugaba a ser torpe. Esa boca pícara. Esos ojos que fascinan cuando miran de reojo. Esa especie de magia. Y esa resolución irrebatible a la hora de besar… No. No busquen comparaciones ni herederos en el cine actual. De esos besos ya no quedan más.


Becoming Cary Grant vuelve a proyectarse el sábado 21 de abril, a las 17, y el domingo 22 de abril, a las 12.30, ambas funciones en el Village Recoleta.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Mar del Plata 2017 - Early Works


Early Works (Rani davovi) 
(Yugoslavia, 1969)
Dirección: Želimir Žilnik 
Sección: Retrospectiva Želimir Žilnik

Es probable que la denominada “Ola Negra” del cine yugoslavo sea la menos difundida dentro de las celebradas nuevas cinematografías de Europa del este surgidas en los años '60 y '70. Y eso tal vez se deba, como sugiere el crítico Rubén Redondo(1), a “lo excesivo de una atmósfera corrosiva, surrealista, depravada” que presentan ciertas películas de esta generación de jóvenes realizadores balcánicos que se sumaron al fervor combativo atizado por Mayo de '68. La descripción del crítico calza perfecto con Early Works, singular ópera prima de Želimir Žilnik , director serbio aquí prácticamente desconocido al que el Festival de Cine de Mar del Plata le dedicó una amplia retrospectiva. Tras recibir el León de Oro en la Berlinale de 1969, Early Works llamó la atención internacional sobre esta nueva camada de cineastas que Žilnik integraba junto a Dušan Makavejev, Živojin Pavlović y Aleksandar Petrovic, entre otros. Lo curioso del término Ola Negra es que, como explica Jurica Pavičić (2), “fue acuñado inicialmente por los censores de cine yugoslavos pero acabó erigiéndose en auténtico movimiento de oposición cultural al régimen de Tito. El movimiento recibió el nombre de 'ola negra' tanto por su opacidad narrativa como por su pesimismo con respecto a la política oficial.”

Early Works es oscurísima, sí, pero ante todo es muy audaz, especialmente en su pintura feroz de la militancia, representada aquí por un grupo de jóvenes tan enérgicos como desorientados. Guiados por la premisa “Paremos de hablar y empecemos la acción”, cuatro estudiantes -una mujer y tres varones- un día abandonan sus casas y salen en un recorrido que incluye entrenamiento guerrillero, sexo, fogones, visitas a fábricas, teatro, errancias varias y hasta una charla sobre anticoncepción para campesinas. El personaje de la chica se llama Jugoslava, y si bien la lectura metafórica permite justificar ciertos hechos incomprensibles que ocurren en la historia, creo que un logro importante de Žilnik fue evitar que el relato sucumbiera ante el servilismo de la alegoría.

Nuestro acercamiento al pueblo fue abstractamente humanista, dice alguien por allí, una de las tantas frases que atraviesan la banda sonora de la película. Más allá de la premisa inicial que reclamaba más práctica y menos discurso, los personajes nunca dejan de hablar y remover el ideario del marxismo clásico (el título del film remite, justamente, a las obras tempranas de Marx y Engels). Sin embargo, los protagonistas desconciertan porque no discuten. No conectan realmente. Lo que escuchamos es una sucesión de consignas políticas que se lanzan de forma aleatoria y mecánica, y nunca terminamos de saber si son convicciones o ironías, o ambas cosas a la vez. La puesta en escena somete al espectador a un permanente -y fascinante- esfuerzo de discernimiento ante cada nueva acción: ¿se nos está invitando a hundirnos en la desolación de la derrota, o quizás a liberarnos por el camino de una sátira solapada?  Una impresión apresurada podría señalar que se trata de una película cínica, si no fuera porque en su extensa obra el director demostraría un inalterable compromiso con la causa socialista. Los jóvenes de esta historia están claramente enajenados, atrapados en el insalvable bache que separa la teoría de la realidad. Sin embargo, Žilnik los hace hablar porque sabe que las palabras resultan imprescindibles en la lucha política, aunque eso implique decirlas y repetirlas hasta romperlas, hasta entender que ya es hora de trabajar a destajo para encontrar otras palabras, más lúcidas y efectivas.


1 - Rubén Redondo, en el sitio CineMaldito.
2 - Jurica Pavičić

martes, 28 de noviembre de 2017

Mar del Plata 2017 - Lumière! L'aventure commence


Lumière! L'aventure commence
(Francia, 2016)
Dirección de la compilación: Thierry Frémaux
Sección: Proyecciones especiales

La historia del cine ha petrificado la obra de los hermanos Lumière con definiciones que son, por lo menos, imprecisas. Suele afirmarse que Louis y Auguste querían capturar la realidad y respetaban estrictamente la regla de no intervenir en lo que aparecía frente a la cámara. Su objetivo era dejar testimonio de la vida en movimiento, aunque nunca fueron conscientes del potencial creativo latente en el cinematógrafo. Ese hallazgo -el diseño de una puesta en escena para el cine- le correspondió al mago George Méliès, dicen los libros. Pero en este trabajo de compilación y reflexión teórica, Thierry Frémaux intenta aportar otra idea: los hermanos de Lyon no sólo inventaron una nueva técnica sino que también pusieron en práctica una gran cantidad de recursos que merecen ser considerados “modernos”. 

Entre 1895 y 1905 la compañía Lumiére rodó más de 1400 films de 50 segundos de duración cada uno. Ya en 1996 se había editado una selección de 85 cortos guiados por la narración de Bertrand Tavernier, con un enfoque en parte similar al de esta nueva antología exhibida en Mar del Plata. Para este proyecto de restauración y divulgación, Frémaux eligió 108 films, los agrupó por temáticas y agregó comentarios en off tan ilustrativos como divertidos. Su recorrido me resultó fascinante de principio a fin. Sin embargo, y dado que él es un hombre de poder, pues cada año marca la agenda del cine mundial como director el Festival de Cannes, parece que debemos sospechar de su buena fe. Algunas reseñas cuestionaron el film por el tono “chauvinista” del narrador y por ignorar la incidencia que otros realizadores (Porter, Griffith, el propio Méliès) efectivamente tuvieron en la evolución del lenguaje fílmico. (1) Pero ésta es una lectura demasiado literal del discurso de Frémaux, que está muy lejos de pretender forjar una contrahistoria que desbanque a otros pioneros. Lo que quiere es desmontar el aura de "científicos escépticos" que siempre ha perseguido a los Lumière para reivindicarlos como ávidos buscadores de imágenes significativas. Esencialmente, se trata de conocer algunas notables filmaciones muy poco difundidas y a la vez redescubrir la inagotable vivacidad de muchos planos que ya creíamos cristalizados en nuestro -claramente pobrísimo- saber cinéfilo.


Frémaux rastrea las herencias pictóricas (Cézanne, Turner, Renoir, la fotografía de los hermanos Bisson) en las composiciones de Lumière, y a la vez se lanza a sugerir que ciertos encuadres y motivos visuales de sus cortos anticiparon la poética de cineastas como Eisenstein, Ozu, Kurosawa, Visconti e incluso James Cameron. Y sí, de alguna manera Frémaux juega a que los Lumière fueron los precursores de todo el cine por venir (exageración pícara que molestó a algunos críticos), pero queda claro que sólo es eso, un juego, un gozoso ejercicio de apreciación que incita a ensayar conexiones posibles a lo largo de la infinita trenza que enlaza el mundo material con la historia de las imágenes. ¿Por qué algunos temas vuelven siempre en las imágenes? ¿Cómo vuelven? ¿Por qué insisten? ¿Cuál es la trama que persiste? Pienso en ese inquietante corto situado en una aldea de Vietnam, que para Frémaux es el film más bello de todos los rodados por Lumière. Se titula Le village de Namo: Panorama pris d’une chaise à porteurs (El pueblo de Namo: Panorama visto desde un palanquín). Véanlo y después seguimos:



El film fue rodado en 1900 por Gabriel Veyre, que fue uno de los operadores más destacados del equipo Lumière, junto a Alexandre Promio y Constant Girel. Ellos se ocupaban de viajar con el cinematógrafo a distintos puntos del globo para documentar las culturas de cada país. (El dato abre la pregunta sobre quiénes deberían ser considerados como verdaderos autores de muchos de estos films, discusión que no voy a resolver aquí). Ubicado en una silla portátil en movimiento, Veyre registra a un grupo de niños y niñas que lo siguen mientras la cámara realiza un travelling hacia atrás. Esas sonrisas son puras, sí. Son hermosas. Pero el film genera angustia, pues la palabra Vietnam asociada a la figura de una niña corriendo desnuda remite inevitablemente a la icónica “Niña del napalm”, eternizada en aquella brutal fotografía de Nick Ut. En el cortometraje vemos a una niña desnuda y también a otra, vestida con harapos. Ambas corren hacia nosotros, atraídas por la cámara. La niña desnuda abandona el plano. Y luego vuelve, hasta que desaparece por completo y deja que la otra colme la escena con su rostro iluminado. Yo temblé en esos instantes, sintiendo que la Indochina colonizada de principios del siglo XX se cruzaba con la premonición de la guerra de Vietnam, dos momentos históricos encarnados en esas niñas que corren. Dos niñas postergadas. Dos fantasmas. Pero hay que aceptar que allí, justo allí, en esa pantalla frente a mí, esas niñas son muy felices. Y así es cómo yo debería poder abrazarlas ilusoriamente. Ellas no tienen la culpa de que mis ojos estén desbordados de catástrofes. 

Thierry Frémaux (a la derecha del panel) en la charla con
el público posterior a la proyección, en el teatro Auditorium.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata - Anticipo (II)


Volver a los orígenes. Desandar la historia de las imágenes. Sentir sus mutaciones, sus huracanes, sus resistencias. Hallar su impulso vital. Teoría y deseos. Nostalgia y desconcierto. La frescura inaugural, la modernidad reflexiva y la vocación experimental. Tres películas sobre el cine.

Lumière! L'Aventure commence (Francia, 2016) 
Compilación y restauración a cargo de Thierry Fremaux
Sección: Proyecciones Especiales 
“Los hermanos Lumière -escribe Peter Scarlet- han sido universalmente considerados los padres del cine: su primera serie de películas de un solo plano y de menos de un minuto marcaron el primer paso de una revolución artística. Pero pocos espectadores hoy tienen idea de lo increíbles que son estas películas.” En el festival vamos a poder ver esta compilación que presenta 108 de los más de 1400 cortos que realizaron los hermanos Louis y Auguste y sus operadores. El trabajo de análisis y restauración estuvo a cargo de Thierry Frémaux, historiador y actual director del festival de Cannes, quien vendrá a Mar del Plata a presentar la película. Imperdible. 

Grandeur et décadence d'un petit commerce de cinéma 
(Francia, 1986) 
Dirección: Jean-Luc Godard
Sección: Panorama – Autores 
Cine que piensa el cine. Es decir: Godard. Siempre atento a las transformaciones tecnológicas y sus inevitables efectos sobre el discurso audiovisual, el realizador francés concibió esta obra “como un manifiesto inquieto y profundo en defensa del cine, frente al avance arrollador de la televisión”, sostienen los programadores en el catálogo del festival. Protagonizada por Jean-Pierre Léaud, la película fue rodada hace tres décadas pero permaneció inédita hasta este año. En Mar del Plata será proyectada en pantalla grande por primera vez en nuestro país. 

Réquiem para un film olvidado (Argentina, 2017) 
Dirección: Ernesto Baca
Sección: Competencia Argentina 
El realizador argentino Ernesto Baca, reconocido por obras experimentales como Cabeza de palo y Samoa, explora en su nuevo film el impacto que le provocó una noticia: Kodak dejó de producir celuloide. ¿Qué consecuencias tiene para el arte del cine la supremacía de la tecnología digital? Según informan los programadores, en esta película el director “intercala elementos biográficos (su vida en Florencio Varela, la relación con su madre, sus maestros, la influencia de Claudio Caldini, y… ¡hasta su propio velorio!) con otros de (ciencia) ficción, en la que el propio Baca aparece como un científico en su laboratorio...”. 
  
Más información en el sitio del festival: http://www.mardelplatafilmfest.com/en/

lunes, 13 de noviembre de 2017

32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata - Anticipo (I)

En unos días comienza la 32º Edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Luego de recorrer el catálogo y la programación, puede percibirse claramente una reducción en el número de películas que integran la muestra, aunque en lo personal no creo que la cantidad sea un valor en sí mismo. Sí debo decir que lamento mucho la ausencia de todas esas notables películas argentinas -clásicas, modernas o raras- que hasta el año pasado curaba y presentaba Fernando Martín Peña (hoy alejado del festival), un espacio imprescindible para poder descubrir y apreciar la historia de nuestro cine en óptimas condiciones de proyección. Ojalá ese lugar en la programación pueda recuperarse, aunque sea en parte, en futuras ediciones del festival.

Mientras tanto, aquí estamos, con muchas ganas de sumergirnos nuevamente en las salas oscuras para nutrirnos de cine. Hay diversos criterios que conviven en la selección que uno hace de las películas, al menos desde el deseo inicial (luego habrá que confirmar si la grilla de horarios y las fechas permiten ver todo lo que uno anhela). En la elección se mezclan la afinidad con un autor, las recomendaciones de otros críticos, la intuición, las apuestas personales e incluso la curiosidad de último minuto que puede despertar una sinopsis del catálogo.Y también están aquellos títulos que, por algún motivo en especial, parecen resonar desde hace meses en mi memoria, pues me llamaron la atención a lo largo del año a través de las distintas coberturas periodísticas de los principales festivales del mundo. Aquí van cinco de esas películas: 

120 battements par minute (Francia, 2017) 
Dirección: Robin Campillo
Sección: Panorama - Autores 
ACT UP fue una organización fundada en 1987 en Nueva York para concientizar sobre la problemática del HIV. Esta película narra las actividades de un grupo de militantes de esa organización en Francia, a principios de los '90. Ganó el premio FIPRESCI en Cannes y cuenta con una interpretación muy celebrada del actor argentino Nahuel Pérez Biscayart, quien viene trabajando en Europa desde hace unos años, y a quien vimos en Grand Central, por ejemplo. El director, Robin Campillo, también escribió junto a Laurent Cantet los guiones de El empleo del tiempo y Entre los muros. 

Visages, villages (Francia, 2017) 
Dirección: Agnès Varda y JR
Panorama: Autores 
Dice el catálogo del festival: “Recorriendo la campiña francesa en una camioneta transformada en un laboratorio fotográfico improvisado, Agnès Varda y el artista callejero conocido como JR se dedican a tomar fotos de personas cuyos rostros no se ven habitualmente en cine. Obreros, ex mineros, mucamas, todos se ofrecen a que sus facciones sean impresas en gigantescas fotografías que forman collages en paredes y fachadas.” A sus 89 años, Varda sigue muy activa, dispuesta siempre a dejarse sorprender por la belleza del mundo para regalarnos obras emotivas y refrescantes. Ganadora del premio al Mejor Documental en el último festival de Toronto. 

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (Reino Unido, 2017) 
Dirección: Martin McDonagh
Sección: Panorama - Autores 
Creo que puedo comprar sin dudarlo cualquier película en la que aparezcan Frances McDormand, Sam Rockwell y Woody Harrelson, y resultan que aquí coinciden los tres. La historia tiene como protagonista a una mujer que lleva meses esperando que se haga justicia por el crimen de su hija, hasta que un día decide pintar y colocar tres carteles en los caminos que conducen hasta su pueblo, con un mensaje desafiante dirigido al jefe de policía del lugar. La película ganó el premio al Mejor Guión en Venecia. El realizador es Martin McDonagh, autor de la excelente Escondidos en Brujas

Hannah (Italia/Francia/Bélgica, 2017) 
Dirección: Andrea Pallaoro
Sección: Panorama - Nuevos Autores 
“La historia comienza con Hannah -explica el catálogo del festival- despidiendo a su marido en la cárcel, y continúa con su camino mientras intenta llevar adelante una vida en soledad, enfrentando el desinterés de sus hijos y su entorno, los fantasmas del pasado y el peso ineludible de la angustia y la alienación que una rutina intensa no llega a controlar.” En Venecia premiaron a Charlotte Rampling por su trabajo en este film. Y la verdad es que esta dama enaltece cualquier película que toca.

Una mujer fantástica (Chile, 2017) 
Dirección: Sebastián Lelio
Sección: Competencia Latinoamericana 
Todavía recuerdo el impacto que generó en muchos espectadores la presentación de La sagrada familia en la edición 2006 del Bafici. Aquella inquietante película era la ópera prima de Sebastián Lelio, uno de los realizadores más interesantes que ha dado el cine chileno en los últimos años. Su nuevo film narra el drama que debe afrontar una joven camarera luego de perder a su pareja (y sugiero no averiguar nada más sobre la trama). Una mujer fantástica fue distinguida por su guión en el Festival de Berlín y como Mejor Película Latinoamericana en San Sebastián.


El catálogo y la grilla de programación del festival ya están disponibles en el sitio:http://www.mardelplatafilmfest.com/en/