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martes, 14 de abril de 2026

Moon, de Duncan Jones


Publicado en enero de 2010

Sam parece un náufrago, con su barba espesa, el pelo desprolijo, los ojos ajados. Un Robinson Crusoe melancólico en el lado oscuro de la luna. Lo único que quiere es volver a casa, donde lo esperan su esposa y su hija. Él cree que aún lo esperan. Pasaron casi tres años en esa estación espacial dedicada a producir energía para enviar a la Tierra. Astronauta y minero a la vez, Sam está a punto de cumplir su ciclo de trabajo para Lunar Industries, pero perdió la comunicación con el exterior por culpa de un satélite averiado. El aislamiento es absoluto. Estamos en el futuro. Lejano o no, no importa mucho. O sí.

Hay una voz ubicua, la de Gerty, una computadora encargada de controlar el laberinto blanco por el que deambula un Sam cada día más distraído. Autoridad y compañía, Gerty se expresa a través de una carita cambiante, como los emoticones, esa paleta limitada de gestos que tan bien aprendimos a traficar en la era digital. Una película tiene que ser muy buena para hacernos temblar ante algo tan simple como una carita sonriente. Porque sabemos que esa máquina no es solo una máquina: es la síntesis de una modernidad tecnocientífica que acabó asesinando la individualidad del sujeto para convertirlo en una pieza más, indistinta y descartable, del aparato económico. Lo sabemos y aún así volvemos a estremecernos frente a una pantalla que la juega de amiga en un supuesto proyecto común. De allí que Moon remita con elegante reverencia a 2001, Solaris, Blade Runner y tantas otras, resucitando en pequeños detalles los miedos atávicos del género, esas advertencias que conocemos y que nunca nos detuvimos realmente a escuchar.

Aplausos entonces para Duncan Jones, gestor de esta ópera prima de notable austeridad narrativa y madurez filosófica, que además ofrece una extraordinaria actuación de Sam Rockwell. Moon (aquí rebautizada con el título En la luna) apunta a la sorpresa y por eso no conviene revelar mucho más sobre ella: les sugiero que se suban a la nave para dejarse interpelar por lo ambiguo de la historia, incluso cuando la película parezca atascarse en un callejón sin salida. Ese es precisamente el punto de no retorno en donde deberá imponerse la pregunta por lo humano. ¿Qué nos hace seres únicos e irrepetibles? ¿Nuestros deseos? ¿Los recuerdos? ¿O será la capacidad de decir que no? Moon ensaya algunas respuestas con este cuento futurista de dolorosa belleza.


En la luna
Moon (Reino Unido, 2009)
 

Dirección: Duncan Jones
Estreno directo a DVD
Editado por Sony Pictures

lunes, 25 de agosto de 2025

Estreno recomendado: Todo documento de civilización, de Tatiana Mazú González


AQUELLO QUE TODAVÍA RELUMBRA… 

Este jueves 28 de agosto se estrena en la Sala Leopoldo Lugones un notable ensayo fílmico dirigido por Tatiana Mazú González: Todo documento de civilización. El siguiente texto lo escribí cuando vi la película, presentada el año pasado en el DocBuenosAires. Las declaraciones de la realizadora fueron tomadas de una charla que ella dio junto a César González en el marco de esa edición de la muestra. 

Diez años estuvo Tatiana Mazú González investigando y filmando material para esta película, que tiene como eje temático la historia de Luciano Arruga, el joven que fue hostigado, detenido, torturado y desaparecido de manera forzosa en 2008 por la policía bonaerense. Sólo un policía fue condenado por torturas. Los responsables de su muerte y desaparición permanecen impunes. 

“No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”, escribió Walter Benjamin en sus emblemáticas Tesis sobre el concepto de historia. “Para mí ese texto -dice la realizadora- es un texto sobre montaje y sobre cine. Articular el pasado con el presente no es contarlo tal como sucedió, sino contar cómo relampaguea en la memoria en un instante de peligro. Ésa es una frase sobre el montaje, o al menos me genera un sensación que tiene que ver con eso. Traer el pasado hacia el presente para pensar el futuro”. 


El plano negro 
En el film, la directora conversa con la madre de la víctima, Mónica Alegre. A la mujer no la vemos mientras da su testimonio a cámara. La escuchamos hablar frente a una imagen en negro. Pero no está sola en ese espacio que los micrófonos capturan. Hay niños, niñas, niñxs muy cerca por ahí. El sonido es más democrático que la imagen: limita los prejuicios, reduce los patrones culturales a la hora de percibir e interpretar. Sólo sabemos que ésas son las voces de la infancia: no podemos diferenciarlas por el género, ni por el color de piel, ni por su procedencia social. Entonces, junto al relato de la muerte, la impunidad, el horror, la escena también contiene el poderoso murmullo de esas voces, esas vidas, esos ciudadanos chiquitos. Y ahí se establece una dialéctica, ya en la fundación de la película. Protegidos por el espíritu de Benjamin invocado en el título, la vocación "adorniana" define la estrategia política del film: concebir la obra de arte a partir de aquello que se resiste a la representación plena. Lo que no se ajusta, lo que no cierra, lo que no pretende confluir en un "todo" conciliador. 

“El plano negro está para ser llenado”, advierte Tatiana. Una apuesta por los planos negros, impulsores de esas otras imágenes, las que van a nacer más tarde en nuestra pantalla mental. Un protagonismo del sonido que, a la vez, sabe respetar la respiración del silencio. Y una enorme confianza en la contemplación y sus efectos mágicos. Porque el film nos invita a observar y escuchar con toda la paciencia y el ardor que sólo detentan los que de verdad confían.


El velo
Y no, nunca habíamos visto a la Avenida General Paz narrada y mostrada de esta manera. Incluso para quienes crecimos cruzando ese límite y creemos conocer el paisaje de memoria, hay escenas del film que intimidan con su enigma, con su angustia y también con su belleza. Imagen-resplandor. Imagen-niebla. Contra “el régimen traslúcido de la visibilidad satisfecha que acompaña el despliegue neoliberal”, como lo define Nelly Richard, esta película prefiere muchas veces el registro poco nítido, la imagen difusa, ubicando la cámara detrás de la ventanilla de un auto o detrás de algún plástico casi imperceptible. 

“¿Qué hada tejió ese velo?”, se preguntaba Henri Bergson, advirtiendo que “entre nosotros y nuestra propia conciencia se interpone un velo: velo espeso para la mayor parte de los hombres”. Tatiana asume que ese velo siempre va a ser opaco, volátil, quizás frustrante. Pero es el que tenemos. Hay que pulirlo tanto como podamos, y desde ahí hay que volver a pensar para reconstruir. 

La autopista es frontera y fortaleza, sí. Es el recordatorio de la violencia, la división, la desigualdad. Y a la vez, esta mirada insiste y se detiene en los cruces, las conexiones entre un lado y el otro, la lucha, los pasajes, los puentes. ¿Por qué ya no pensamos en los puentes? También hay muchos sujetos ahí. Los que transitan a diario esos espacios, de ida y de vuelta. Los que trabajan. Los que viajan. Los que esperan. Los que todavía sueñan. 

Dice Tatiana: “La superproducción de imágenes es tan avasallante. Uno se levanta y se pone a ver ‘Horror 1, horror 2, horror 3… horror 25’. Yo vengo pensando en eso: ¿cuál es el límite entre una imagen que genera bronca y nos da ganas de activar, y una imagen que nos genera miedo y nos vuelve más ensimismados y encerrados?” 

Ese límite es inmaterial. El creador sólo puede concebirlo como anhelo y como riesgo. La diferencia (crucial, política) entre la voluntad y el miedo reside en el otro, en quien recibe los destellos que la película irradia. Pero algo es concreto: el estilo ensayístico de Mazú combate el vértigo para demorarse e intensificar el encuentro con la imagen, el sonido, el latido. Dosifica el discurso informativo, posterga la inclusión de imágenes de archivo o manifestaciones, y así logra imprimirles mucho más vigor cuando aparecen. Porque ahí confirmamos que las deseamos: necesitamos saber que todavía se sigue luchando.


Futuro
“Hoy la gente piensa en el futuro y… ¿qué es el futuro? Algo que está roto. Una ruina”, dice Tatiana. Recuerdo a los chicos que aparecen en la película. Junto a la imagen de Luciano Arruga, están los rostros de otros adolescentes víctimas de la violencia institucional, cuyas fotos acompañan las manifestaciones. Pero también hay otros, más chiquitos aún, y en una escena cobran centralidad.

Deben tener entre cinco y siete años, ocho a lo sumo, parados en la vereda -inquietos- mientras una marcha por la calle queda fuera de campo. Fascinados, se asombran al ver que una cámara los está filmando, como si fuera la primera vez. Se ríen, hacen alguna mueca, nos divierten. La directora se queda con ellos. ¿Cuán conscientes son de la protesta a su alrededor, o de la injusticia? ¿Cómo evitarles un destino marcado por el racismo, la represión, la desigualdad lacerante, el horror? 

Frente a esa desolación, algo parece quebrarse. Algo que me estruja por dentro. Y entonces la propia película viene al rescate, nos lanza una soga desde un barco o desde una nave espacial, y nos regala algunas de las imágenes más hermosas y potentes que vi en mucho tiempo. 

Luciano era lector de Julio Verne. La realizadora incluye ilustraciones de esas ficciones, les aporta movimiento, las envuelve en música de misterio o aventuras, las enaltece con un aura fantasmática y onírica. Son como energías que nos recuerdan algo que -increíble y dolorosamente- parece que nos empeñamos en olvidar: lo que nos define como seres humanos es nuestra capacidad de imaginar.

Dice Tatiana: “El cine tiene que restituir la experiencia de lo colectivo, de lo comunitario. Poder volver a pensar qué futuro deseamos, por qué futuro estamos dispuestos a luchar: hay algo ahí del orden de la fantasía compartida, que en otro tiempo llamamos revolución y que ojalá podamos volver a llamar de esa manera”. 

Aún resuenan en mi cuerpo ciertos ruidos indefinibles del film anterior de Tatiana, “Río Turbio”. Parecía ser el crepitar de unas brasas, una mano invisible pero decidida que nunca dejaba de atizar el carbón. Un cine capaz de activar algo en algún rincón de la conciencia y dejarlo ahí, encendido, perdurando, relumbrando, aguardando esa chispa que por fin nos conmine a convertirlo en fuego.


Funciones exclusivas:
Jueves 28 y sábado 30 de agosto; martes 2 de septiembre, 21 horas
Viernes 29 y domingo 31 de agosto; miércoles 3 y jueves 4 de septiembre, 18 horas

Lugar: Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530)
Más información, en la web del teatro.

lunes, 28 de julio de 2025

Angelitos (un adiós a Enzo Staiola)


Hace muy poco, el pasado 4 de junio, murió Enzo Staiola, el actor que a los ocho años personificó a Bruno en Ladrones de bicicletas, de Vittorio De Sica. Fue el mismo De Sica quien descubrió a Enzo, de casualidad, en la calle. Debió advertir que algo imperecedero fulguraba en los ojos enormes de ese chico, una mirada de tristeza profunda que se terminó convirtiendo en el paradigma cinematográfico de una humanidad quebrada.

En una secuencia de la película, sin registro del silencio y la conducta que exige el ritual de la misa, el protagonista entra en una iglesia buscando a un hombre mayor que podría conocer al ladrón de la bicicleta. Bruno sigue a su padre e intenta acoplarse a su alienación, aunque hay infinitos estímulos que invaden su percepción. Se demora un instante ante la chance de un plato de comida. Corre la cortina del confesionario y liga un coscorrón. Se arrodilla y se persigna, como hacen los demás. Y así continúa su carrera, preservando la curiosidad inocente a pesar de todo, manoteando alguna tajada de mundo en medio de la confusión. Por eso es tan extraordinario el plano que cierra el periplo por la iglesia, cuando Bruno se da vuelta para mirar. Una vez más.

Un caos de estatuas, cruces y querubines olvidados, despojados de todo atisbo de trascendencia. Lo que segundos antes era parte del altar y organizaba el teatro de la fe, se revela ahora en su impotencia profana. Imaginería sin propósito, santuario sin alma. Y ese chico que gira para mirar a esos otros seres que también son chicos, que parecen extender sus brazos mudos pidiendo ayuda, desesperados como él, ángeles atrapados en un abandono que no merecen ni tienen por qué comprender.


lunes, 5 de mayo de 2025

30 años de "Tierra y libertad", de Ken Loach

 
Hace 30 años Ken Loach estrenaba "Tierra y libertad", su mirada sobre la guerra civil española, una película bélica cuyo combate más emocionante no es un enfrentamiento de cuerpos y armas sino un combate de ideas entre los campesinos, obreros, milicianos y vecinos comprometidos en la lucha. Hechizados por una impecable mímesis de lo real, mientras vemos la secuencia debemos admitir que probablemente se trata del mejor debate político jamás filmado. Toda mediación temporal parece disolverse y de repente estamos ahí, en la España de 1936, con la Historia ardiendo en nuestras manos.

Es lo que le pasa a Miguel, para quien la revolución debería hacerse ya mismo, "de seguidita, de seguidita". Ese hombre no está actuando para la cámara. Está vibrando, apasionado, plenamente convencido, como si no advirtiera el artificio de la ficción y su único objetivo fuera hacernos conscientes de esa urgencia política que trasciende toda época y geografía. No hay tiempo. El tiempo es ahora.

Por eso suena tan hermosa y natural esa arenga que le nace en forma de metáfora y va escalando eufóricamente hasta dibujar toda una escena poética que contagia una certeza, una verdad. "En el fondo, el fenómeno estético es sencillo", aseguraba Nietzsche, y decía que "para ser poeta basta con tener la capacidad de estar viendo constantemente un juego viviente".

Ya sabemos: Marx también habló del "parto" de la historia, inevitable producto de la violencia. Sin embargo, hay un afecto esencial que debería existir antes, necesariamente, algo que hoy cuesta demasiado encontrar o sostener, precisamente eso que Miguel irradia con todo su ser: el entusiasmo.

En mi canal de YouTube pueden ver un fragmento de esta secuencia.  

domingo, 17 de noviembre de 2024

El derecho al alivio (sobre el último Almodóvar)

 

“Los muertos” -el intertexto devocional del último Almodóvar- tiene como eje dramático una fiesta de la alta sociedad en Dublín. Apenas arranca el cuento, el narrador menciona un espacio de la mansión por el cual deben pasar los invitados para dejar los abrigos y sacudirse la nieve. Ese lugar es el “cuarto de desahogo”, según la traducción en la edición que tengo. Lo leo y siento ganas de mudarme ya mismo, instalarme ahí, aunque sé que no van a entrar todas mis mochilas, mientras sospecho que sería muy difícil que el término original en inglés equipare en encanto la imagen del desahogo (con todo el perdón de Joyce). Lo asocio con “el cuartito de llorar” de Miss Mary, de Bemberg, al que acude la madre de la familia cuando ya no aguanta más. El título de Pedro es pura metáfora. Puede no existir ninguna habitación al lado. Ni arriba ni abajo. Lo que realmente deseamos es la certeza de una compañía. Una respuesta. Una mirada.

Si la vieron, saben que la planificada puesta en escena de la muerte termina adquiriendo otra forma. Ni Martha muere en su cuarto, ni Ingrid está presente en el suyo. Y me parece hermoso que Martha decida dormirse para siempre al aire libre, a la intemperie. Elige la reposera en la que antes -en el involuntario “ensayo”- Ingrid ya había derramado su congoja, y sobre la que luego se recostará su hija (lo que me lleva a pensar en la herencia de una ética y en los hijos cercanos del director: Luis Ortega, Lucrecia). Pedro y una política: la alianza entre mujeres. Reposeras como las del balcón de Pepa en Mujeres al borde..., o las del patio de Volver, para descansar, para contemplar, para chusmear, para recordar y olvidar, para perder el tiempo y resistir el desesperante mandato de la productividad.

Agradecida por contar con esa amiga, Martha se despide aliviada, plena, entregada al sol. Sólo necesitaba a alguien que la comprendiera y la reconociera en su dignidad. Ahí está el punto: mirar al otro y saberlo digno. ¿Cómo es que hoy millones de individuos pretenden convencerse de que pueden salvarse sin los demás? ¿En qué clase de cuartitos oscuros y tristes los tienen encerrados, ahogados? ¿Qué ser humano puede, sinceramente, querer morir en soledad?

lunes, 19 de agosto de 2024

Más allá de lo explícito: pasado y presente en "Crónica de una fuga"


Link para ver el video

Cada día admiro más el genio de Adrián Caetano en Crónica de una fuga. Ya sabemos que, entre sus muchos aciertos, tuvo la audacia de apelar a los códigos del cine de terror, haciendo que la Mansión Seré nos aplaste con el aura de una casa embrujada. Lo extraordinario es cómo el director decide rematar esos movimientos de cámara en torno de las escaleras: en el mismo momento en que nos envuelve con los afectos ya cultivados por otras películas del género (entre las cuales Psicosis es sólo la más popular), nos hace chocar contra esos objetos amontonados ahí que definen algo propio de nuestra historia de represión política: el robo.

Las heladeras sintetizan muchas cosas. Actúan como un temblor en nuestra percepción, un golpe de lo banal-siniestro que desaloja el clima de terror convencional y nos ancla en esta tierra desolada, en ese pasado que prolonga su crueldad a este presente de asfixia y estupor. El sistema económico que se impuso en 1976 no se pudo revertir y hoy la miseria planificada nos está destruyendo sin que podamos reaccionar. La idea es precisa: la heladera como metonimia de la comida. El alimento del pueblo. La más llana subsistencia. Ganaron y nunca se detuvieron. Hoy ya ni necesitan ser clandestinos. Están avalados, a pleno sol. Y por si quedan dudas de la relevancia que Caetano le otorga a ese objeto, al final muestra cómo los torturadores trasladan una heladera robada en un secuestro.

“La postdictadura es lo que queda de la dictadura, de 1984 hasta hoy, después de su victoria disfrazada de derrota. Este pasado-presente, que no puede concebirse, sí puede representarse. Y su representación, leída a posteriori, demuestra haber demandado una estética protoexplícita”, afirma Silvia Schwarzböck en “Los espantos”, una obra lúcida, reveladora y escalofriante, quizás el ensayo argentino sobre arte y política más importante escrito en este siglo.

Hoy no sólo nos están saqueando con una obscenidad desatada y jactanciosa. Parecería que además nos están haciendo desaparecer el alma. Y lo estamos permitiendo.


domingo, 18 de agosto de 2024

Adiós a Alain Delon

 

Una escena emblemática de "L'Eclisse" (1962), de Antonioni.

Piero trabaja en la Bolsa de Roma. Un colega falleció y pretenden homenajearlo. Pero el duelo resulta imposible en ese marco de lucro, cálculo y ansiedad. Es el incontenible ruido del capitalismo que no deja de aturdirnos. Y entre la mujer y el hombre, una eterna columna de distancia parece cifrar también nuestro presente: creer que estamos cerca, cuando en verdad estamos muy lejos.

lunes, 10 de junio de 2024

El cambio de guardia, de Martín Farina

 

“¡Te amo, Juan!”, le dice un hombre a otro mientras ambos se abrazan y las lágrimas brotan. No son pareja ni padre e hijo, son sólo amigos, pero hay algo que conmociona en esa declaración de amor sin filtros. Debe ser que no estamos acostumbrados a cruzarnos con esta clase de ternura entre varones, instantes reveladores en donde ellos le escapan a la performance de la masculinidad (un mandato que también los marca, por supuesto, y que el documental se ocupa de capturar en todos sus códigos y fraseología).

Desde que la vi en el último Bafici, pienso a esta película como un antídoto para estos tiempos de crueldad. Frente al imperio de la virtualidad y los vínculos volátiles, el film confirma la centralidad que tienen los rituales y la cercanía de los cuerpos en la construcción simbólica de la vida en común. Los protagonistas son un grupo de amigos que se conocieron en los 70, cuando hicieron la colimba e integraron el regimiento de soldados Patricios. Entre risas y recuerdos en asados y cumpleaños, la discusión política se va imponiendo, con dos amigos (Juan y Luco) ubicados en los polos opuestos de la “grieta” (antes de Milei). En este sentido, y a través de un prodigioso trabajo de montaje, el director Martín Farina ofrece una de las películas nacionales más importantes de los últimos años, un registro vital del conflicto ideológico argentino que es a la vez un documento de cariño.

Durante junio El cambio de guardia se proyecta en el Malba, todos los sábados a las 22. Y también integra la grilla de EPA Cine, el festival de cine de El Palomar, que arranca el 19 de junio con una programación excelente.

lunes, 4 de diciembre de 2023

Perder la lengua y la humanidad

"¿Vio que ya no tenemos más pobres? Ahora son “gente de bajos ingresos”. Ya no hablamos de "cuestiones sociales", sino de "temas" que los especialistas dividen en una serie de detalles técnicos. Para cada tema, encontrarán la solución óptima. Fórmulas eficientes. Pero.... las palabras están vacías de significado. Es un colapso de la lengua. Una lengua muerta. Neutral. Invadida por palabras técnicas. Una lengua que gradualmente absorbe su humanidad".

Fragmento de un diálogo de la película La Cuestión Humana, dirigida por Nicolas Klotz, a partir de una gran novela de François Emmanuel. 

Es áspera, densa, desconcertante. Y extraordinaria. Más se agranda cuanto más la pienso y la recuerdo, aunque esos recuerdos llegan como puñaladas que se quedan en el cuerpo, que lo escarban. Nicolas Klotz es el director ideal como compañero de militancia de Michael Haneke a la hora de denunciar las fibras siniestras de una sociedad que no encuentra salida. Hay que verla. Y verla de nuevo si sólo la vieron una vez, hoy más que nunca. 

lunes, 4 de septiembre de 2023

Metáforas que alivian - The Quiet Girl


Mi abuela Juana tenía refranes y remates para todo, una sabiduría popular imbatible asimilada en su crianza en España. Y cuando éramos chicos, a hermanas y primos alguna vez se nos podía escapar un eructo en la mesa, en esos primeros años en donde aún no habíamos aprendido a dominarlos. Pero antes de que deseáramos que nos tragase la tierra de la vergüenza, mi abuela nos atajaba diciendo: “Será una guarrería, pero descansa la caballería”. 

Y nos reíamos un poco, y también íntimamente le agradecíamos a Juana por el alivio que esa frase nos brindaba. La clase de metáfora que relaja la culpa sobre aquello que escapa a nuestro control, más aún cuando estamos creciendo. Una metáfora que sana. 


La nena de la película The Quiet Girl, durante su primera noche en un hogar ajeno, se hace pis en la cama, clara señal de nervios y ansiedad. A la mañana siguiente, la tía no puede evitar sorprenderse y hacer una exclamación al ver las sábanas mojadas. Pero enseguida abriga a la nena con la poesía de sus palabras: “Estos colchones viejos, siempre llorando”. 

La frase está en el relato original escrito por Claire Keegan, “Foster”, publicado en español con el título “Tres luces”. La transposición que hizo el irlandés Colm Bairéad es absolutamente hermosa. Porque se apoya en la elocuencia de la protección silenciosa y el respeto. Porque celebra la luz dorada de la mañana en la cocina. Porque es capaz de fundar un castillo de afecto sobre una galletita. La vi tres veces ya, quizás como antídoto para sobrellevar estos días de oscuridad.


lunes, 19 de junio de 2023

De planchas y jaulas - Woman in a dressing gown, de J. Lee Thompson


Sombras en su vida (Woman in a Dressing Gown, Inglaterra, 1957)
Dirigida por J. Lee Thompson y protagonizada por Yvonne Mitchell, Anthony Quayle, Sylvia Syms y Andrew Ray.
Programada en la edición N.º 76 del newsletter Cinematófilos*

Hay algo implacable en esta película. Una especie de honestidad brutal que talla cada diálogo, cada encuadre, cada accesorio de la puesta en escena. Hasta el título mismo, "Una mujer en bata", se precipita como una sentencia psiquiátrica: esta mujer está deprimida. Amy ya ni tiene ganas de vestirse porque, seguramente, sólo quiere que llegue la noche para volver a la cama. Nada de lo que ocurre durante el día tiene sentido para ella. Salvo, quizás, ese juego sobre moda que cada mañana sale en el diario. En pleno vértigo del desayuno, Amy se sienta a completar el formulario del concurso, se distrae y se le queman las tostadas o los huevos. Todos los días. Es una fija. Y es un síntoma.

Hijo y marido le reprochan el desorden permanente en el que viven. Nadie percibe la tristeza de Amy porque ella se dibuja una sonrisa y no hace más que correr de acá para allá tratando de concretar los deberes hogareños. Coser un botón, planchar la camisa gris, preparar la cena. Pero nunca llega, de allí que su ansiedad nos resulte tan abrasiva. ¿No llega porque no puede? ¿O en el fondo no lo desea?  El departamento es un caos, sí, pero es un caos que se traduce en goce visual para el espectador, gracias a la vehemencia del realizador J. Lee Thompson. 


Lo que permite el desorden es, precisamente, visibilizar el trabajo doméstico. El director organiza cada plano para que los objetos se impongan y vibren en tensión con los personajes, triturando esa engañosa “mística de la feminidad” con la que el patriarcado pretendió promover la supuesta dicha del ama de casa. Estrenada en 1957, esta película se revela como una extraordinaria ilustración del libro que Betty Friedan publicaría seis años después. Reducir a la mujer al círculo hogareño y limitarla a cumplir las tareas de madre, esposa y criada, sólo puede llevar a la frustración y la deshumanización. Como escribió Friedan, las mujeres estaban predestinadas a conformarse con una «dulce y guarecida falta de ser - the gentle nothingness».

Hace rato que Amy dejó de creer en esa mística, y de hecho parece combatirla inconscientemente, con su bata, con sus despistes, con su “abandono”. Pero al mismo tiempo intenta sostener el barniz, quizás por instinto de supervivencia, o simplemente porque no sabría hacer otra cosa. Sube el volumen de la radio para llenar el ambiente con melodías alegres, como para emular las certezas afectivas de una sitcom tipo “I love Lucy”, y trata de ponerle onda a las faenas cotidianas. Ante el pedido de divorcio de Jimbo, Amy vuelve a apostar a la performance como último recurso: un vestido lindo, peluquería y un whisky de regalo. Que todo quede estropeado por la lluvia y la mala suerte puede sentirse demasiado cruel en una primera impresión, si hasta incluso en plena calle los escobillones parecen perseguirla como una irónica condena. Es muy dolorosa toda la secuencia, es cierto, pero nosotros siempre supimos que el plan romántico no podía salir bien. No hay un esmalte mágico que oculte lo que está esencialmente quebrado. Tampoco hay llave maestra para salir de la prisión.

Porque el esposo también está atrapado, ya desde la primera vez que lo vemos llegar al edificio donde vive Georgie. La imagen de un personaje encerrado dentro del encuadre, ya sea por líneas, objetos u otros marcos interiores, debe ser la metáfora visual más extendida y reiterada en toda la historia del cine. Y Thompson confirma en su film que nunca vamos a cansarnos de admirar estas composiciones cuando están bien concebidas y justificadas. 

Jimbo intuye que su compañera de trabajo está enganchada con él por capricho, o por la mera curiosidad que implica salir con un hombre casado y jugar a ser la competencia de otra mujer. No cree que el affair pueda tener un futuro sólido, y además el remordimiento no le permitiría vivirlo en plenitud. Los amantes no sólo aparecen enjaulados (ahí al menos pueden respirar entre los barrotes), sino que el realizador también los aísla adentro de cajas oscuras, asfixiantes, y más de una vez sentimos que sus cuerpos están a punto de ser prensados. La presión en estos ceñidos espacios es directamente proporcional a la culpa del varón ante la perspectiva de dejar a su familia. Por sobre todas las cosas, Jimbo tiene miedo. Y como afirma Borges en su cuento «La señora mayor», “las metáforas comunes son las mejores, porque son las únicas verdaderas”. 

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martes, 13 de junio de 2023

Los nuevos lazos (sobre una escena de "Il bandito", de Alberto Lattuada)


Gilles Deleuze plantea, en su libro “La imagen-tiempo”, que en la década del ‘40 empieza a afirmarse una nueva forma de concebir las imágenes fílmicas. La guerra y sus consecuencias han quebrantado la confianza en el accionar humano, y los sujetos se sienten abrumados. Antes de seguir, antes de cegarse, para ser capaz de volver a creer, es fundamental que el hombre primero reconstruya sus lazos con el mundo. Entonces, el ritmo narrativo se detiene para mostrar a un personaje que se dedica a observar. Notamos que el tiempo pesa sobre la imagen, porque “el alma del cine necesita cada vez más pensamiento”.

Los personajes se descubren desolados y muchas veces sólo se limitan a ver y escuchar, porque ya no saben qué hacer. Lo que define al neorrealismo, según el pensador francés, es un ascenso de las “situaciones ópticas y sonoras puras”, en donde el personaje “más que reaccionar, registra. Más que comprometerse en una acción, se abandona a una visión, perseguido por ella o persiguiéndola él”.

Esta idea deleuziana, que ya se ha vuelto central a la hora de estudiar la gramática del cine moderno, aparece notablemente encarnada en esta escena de IL BANDITO, la película de Alberto Lattuada que trajo la última entrega de “Cinematófilos”. Y se estrenó en 1946, en plena expansión del neorrealismo, el mismo año de Paisà de Rossellini, y dos años antes de emblemas como La tierra tiembla, de Visconti, y Ladrones de bicicletas, de De Sica. Sin embargo, como bien explica Andrés en el newsletter, con el correr de los años el nombre de Lattuada quedó opacado detrás de la trascendencia de tantos otros cineastas rutilantes (Deleuze no lo menciona en su libro).

Después de la guerra, Ernesto (Amedeo Nazzari) vuelve a su barrio, al edificio donde vivía su familia, para encontrarlo totalmente destruido. Quizás el hecho no lo sorprenda: son sólo otras ruinas que se suman al paisaje de una Italia devastada. Pero la clave es que la enunciación no lo naturaliza: conjugando la mirada subjetiva y la objetiva, la cámara captura detenidamente el espacio con una panorámica para regresar al rostro resignado del personaje, en una poderosa fusión de percepción, afecto y documento.

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jueves, 20 de abril de 2023

Los esenciales (sobre una película de Clarence Brown)


Le sigo dando vueltas a Entre esposa y secretaria (Wife vs. Secretary, 1936), la película de Clarence Brown que el newsletter Cinematófilos* compartió hace un par de sábados (edición n°67). Creo que es una pequeña maravilla, delicadamente feminista. Dejemos de lado por un momento al cuarteto estelar (Jean Harlow, Clark Gable, Mirna Loy, James Stewart) y pensemos en los demás personajes, incluso en los que sólo calificarían como figurantes. Desde el minuto uno, el relato se propone hacerles un lugarcito a todos los trabajadores que pueblan la historia.    


Arrancamos con un saludo a pura sonrisa entre un policía de tránsito y el conductor del tranvía. Luego, con una hermosa trampa de puesta en escena, el film revela que Gable tiene a su disposición a dos mayordomos, a falta de uno. Y así vamos conociendo a todos los que rodean a los protagonistas: la mucama, los ascensoristas, el conserje del edificio, el adorable chofer, la cocinera, las secretarias, los diseñadores, los mozos, las enfermeras, el empleado del correo, las imprescindibles operadoras telefónicas, el guardia del turno noche al que le duelen los juanetes… y ahí está la breve pero fuerte presencia de la madre de Stewart, una mujer que no se quita el delantal de cocina durante toda la cena para que no lo olvidemos: el trabajo doméstico también es trabajo       


En su poema “Los justos”, Borges pondera a todos esos seres anónimos que “están salvando el mundo” simplemente porque se dedican a hacer bien las cosas con la más absoluta humildad. Pero aun si ni siquiera aspirásemos al romanticismo de la salvación, ya resulta bastante fascinante constatar que el mundo sigue andando debido a todos esos laburantes que cada día lo sostienen. Los esenciales.   



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