miércoles, 22 de marzo de 2017

Entre los muros, de Laurent Cantet

Texto publicado en 2009

“La política es un conflicto sobre la configuración del mundo sensible en la que pueden aparecer los actores y los objetos de esos conflictos. La política es entonces esa práctica de excepción que permite ver aquello que no se ve, oír lo que no se oye y contar lo que no se cuenta”. (1)

Jacques Ranciére


Entre los muros (Entre les murs) es una película política. Desde ya que toda película lo es, aun la más inconsciente, pero tanto más estimulante es la obra cuando su ideología se transmuta en una forma bella, un gesto sincero, un discurso inteligente y sutil, sin necesidad de vociferar preceptos reveladores ni envolver al espectador con arengas melosas. Aunque no tenga respuestas ni soluciones, Laurent Cantet sabe cómo formular preguntas para hacerlas calar hondo. Es un artista que cree en el Hombre, y desde ese lugar se ilusiona y se angustia. Toda su obra, moderna de corazón, está propulsada por el sentido primigenio, clásico -y hoy tan olvidado- de la política, aquel que implica pensar las condiciones de construcción de una vida en común. Ni más ni menos.


Es llamativo ver cómo la campaña de difusión de Entre los muros enfatizó la "vocación documental" del film, al señalar que los intérpretes fueron no profesionales, empezando por el docente protagonista, que escribió el libro original y colaboró con Cantet en el guión. También se remarcó la premisa de concentrar toda la acción en la escuela, emulando el formato de "estudio de caso" propio de la observación antropológica (como en el cine de Frederick Wiseman), mientras que la cámara en mano inquieta indicaría que quien mira se deja guiar por los hechos tal como ocurren en su fluir real, a la caza de escenas que luzcan tensas, pintorescas y, ante todo, espontáneas. Claro que esta impresión naturalista no es más que otro precioso encantamiento del arte, el gran truco de lo verídico con el que juega Cantet: se queda al margen fingiendo que no interviene y sólo registra, como si fuera la lógica del objeto la que decide por él, cuando en verdad se trata de un relato personal, perfectamente calibrado y planificado, desde los cruciales debates entre profesores hasta el más imperceptible gruñido de un alumno aburrido. Es gracias a un extraordinario trabajo de montaje que el milimétrico diseño de la puesta puede ocultar su artificio bajo la apariencia del azar. Partiendo de esta técnica esencial, aglutinando las partículas elementales de ese inabarcable universo que es la educación, el autor entrega un mapa riquísimo para pensar nuestra época. No hay atajos en el mapa, solo infinitos caminos que se entrecruzan o se bifurcan. Pero la dirección es una sola: hacia adelante.

“Creo que podría mejorar sustancialmente el hombre si nos preocupáramos en satisfacer lo que muchos creen sus exigencias fundamentales: la exigencia de identidad, la exigencia de orientación, la exigencia de tender un puente entre la trascendencia y la bestialidad”. (...) “Los cambios se producirán a partir de las renovaciones ‘intelectuales', del descubrimiento de nuevos valores, de la apropiación de modelos culturales que hemos de aportar y oponer a los esquemas tradicionales. La historia nos enseña que los cambios siguen a los nuevos modos de pensar, no los preceden, como parecen creer muchos ‘revolucionarios'”. (2)

Roberto Rossellini


Entre los muros es una máquina de fabricar dilemas. Intentaré resumir algunos de sus puntos más interesantes:


La clase. Estamos en un colegio de París. Las escenas dentro del aula son las más fragmentadas, ya que no parece haber situación más ajena al famoso plano-contraplano que el caos de una clase; incluso cuando el docente intenta sostener un diálogo con un único alumno, siempre hay otras reacciones paralelas (réplicas, burlas, quejas) que hacen estallar ese templado código del montaje clásico. Asistimos entonces a una sucesión de imágenes breves, curiosas, ansiosas por pintar un mural en continua ebullición. Si en algún momento nos sentimos cansados no es porque el relato genere tedio, sino que con ese agitado vaivén la cámara logra transmitir cuán agotador es para un maestro retener el orden y la atención. Dentro de un aula hay que remarla mucho. Al mismo tiempo, esa voluntad democrática de la cámara parece eliminar jerarquías para subrayar que no se puede abordar el fenómeno educativo sin escudriñar el detalle, porque los chicos se expresan con todo el cuerpo y cada uno soporta una mochila pesadísima. El profesor François Marin (François Bégaudeau) coordina un grupo multiétnico de alumnos, desafío que la escuela tradicional aún no sabe cómo encarar.

La identidad. ¿Cómo definir la identidad en medio de esta ingobernable confluencia de culturas, razas y crianzas? Porque ahora a las dolencias típicas de la adolescencia y las diferencias de clase social se suman los cambios aceleradísimos de la globalización, la crisis de la familia, la dificultad de proyectar a futuro y tantas otras problemáticas que atraviesan de punta a punta Entre los muros. Frente a este panorama, lo único que puede hacer el profesor -y el film lo acompaña en su acto de fe- es ponderar el rol de la palabra. François enseña francés y todo el tiempo estimula la participación, aunque esto lo exponga a las agresiones de Souleymane, la retórica contestataria de Esmeralda o los reproches paranoicos de Khoumba. Pero la palabra también revela y les permite a los chicos narrarse, por ejemplo, en el ejercicio del autorretrato que el maestro les encarga. Así descubrimos que Wei (de origen chino, el mejor alumno) se ve a sí mismo como un muchacho aislado y solitario, o comprobamos que el fútbol es una de las pocas cosas que todavía despierta interés en muchos (esa discusión sobre equipos africanos bien podría abrirse a otras resonancias histórico-políticas. ¿Por qué no aprovechar la pasión futbolera para el aprendizaje?). Y si la comunicación falla, como ocurre con los padres que no hablan francés, es porque la lengua nos recuerda su papel imprescindible dentro de la trama social. La palabra sigue siendo un puente.

Los docentes. Mientras los diálogos con los chicos son frescos e imprevisibles, los debates entre docentes encaran cuestiones concretas en búsqueda de soluciones. Pero si ni siquiera logran coincidir a la hora de elegir un mismo libro que sea útil para dos materias (pequeña y genial charla entre el protagonista y el profe de Historia), será mucho más difícil ponerse de acuerdo en los asuntos delicados, especialmente en el terreno de la disciplina. Discuten premios y castigos; confirman que la violencia y la apatía crecen; se multiplican los dilemas morales. En el caso de Souleymane (originario de Mali), todo indica que hay que sancionarlo, quizás expulsarlo. Para contrastar su actitud insolente, Cantet incluye esa hermosa secuencia en la sala de computación, en donde François elogia al chico porque su autorretrato es el más creativo de todos, ya que a su texto agregó una serie de fotografías que ilustran su vida. Es el único momento en donde percibimos una sonrisa feliz en Souleymane y uno se pregunta si alguien alguna vez valoró algo en él. ¿Cómo proceder, entonces? Porque los docentes tampoco pueden hacerse cargo de una realidad que los excede, ni es posible trabajar sin mínimas normas de convivencia. Todo es muy complejo. Algunos ya están hartos de la escuela, la mayoría resiste como puede, una profesora celebra su embarazo. El mundo sigue su curso.

Henriette. Hacia el final del film somos testigos de la última clase del año. En un clima relajado, cada alumno hace un balance y comenta algún tema aprendido durante el ciclo lectivo. Suena el timbre, los chicos saludan al profe y se van contentos. Pero una morenita se queda. Tímidamente se acerca a François para decirle que ella no cree haber aprendido nada. “No comprendo lo que hacemos”, asegura Henriette y sus ojos lo dicen todo: quiere dejar de estudiar. Por algún motivo que sólo podemos intuir, la muchacha no le encuentra sentido al esfuerzo. La tristeza de su mirada es un llamado de atención de Cantet, aunque esto signifique terminar la película con un tono gris, amargo. Esa es su firma política final, urgente. De qué sirven los libros si esa nena probablemente ignora lo que es sentir el calor de un abrazo.

Hoy no hace falta ser idealista para recibirse de romántico. Alcanza con confiar un poquito en el ser humano. La última frase de la película se pronuncia mientras docentes y alumnos juegan un partido de fútbol como despedida del año. Es un cántico de aliento, un clamor alegre, un deseo:

“Tous ensemble!” - ¡Todos juntos!
 
“Enseñar es más difícil que aprender. Se sabe esto muy bien, más pocas veces se lo tiene en cuenta. ¿Por qué es más difícil enseñar que aprender? No porque el maestro debe poseer un mayor caudal de conocimientos y tenerlos siempre a disposición. El enseñar es más difícil que aprender porque significa: dejar aprender. Más aún: el verdadero maestro no deja aprender nada más que “el aprender”. Por eso también su obrar produce a menudo la impresión de que propiamente no se aprende nada de él, si por “aprender” se entiende nada más que la obtención de conocimientos útiles. El maestro posee respecto de los aprendices como único privilegio el que tiene que aprender todavía mucho más que ellos, a saber: el dejar-aprender. El maestro debe ser capaz de ser más dócil que los aprendices. El maestro está mucho menos seguro de lo que lleva entre manos que los aprendices. De ahí que, donde la relación entre maestro y aprendices sea verdadera, nunca entra en juego la autoridad del sabiohondo ni la influencia autoritaria de quien cumple una misión. De ahí que siga siendo algo sublime el llegar a ser maestro, cosa enteramente distinta de ser un docente afamado. Es de creer que se debe a este objetivo sublime y su altura el que hoy en día, cuando las cosas se valorizan solamente hacia abajo y desde abajo, por ejemplo, desde el punto de vista comercial, ya nadie quiera ser maestro".

Martin Heidegger (3)  


Citas:
1. Ranciére, Jacques, citado por Frodon, Jean-Michel en "Familia política", en Cahiérs du Cinéma Nº 604 (Septiembre 2005)
2. Rossellini, Roberto. Un espíritu libre no debe aprender como esclavo. Escritos sobre cine y educación. Barcelona, Paidós, 2001
3. Heidegger, Martin. ¿Qué significa pensar? Buenos Aires, Editorial Nova, 1964.

8 comentarios:

Eleonora Eberle dijo...

Gracias, Carolina.
Me emocionaste hasta las lágrimas.
Coincido completamente con tu análisis minucioso de la película.

Anónimo dijo...

Ayer, después de mucho tiempo, fui al cine a ver “Entre los muros” o “La clase”, del director francés Laurent Cantet. No me quiero referir al argumento, a sus premios o a las críticas favorables que ya se han escrito. Quiero escribir sobre las reflexiones que me ha producido.
Soy un docente maduro, de Mar del Plata, Argentina y desde hace varios años trabajo en el sistema educativo oficial. Quiero escribir sobre el múltiple fenómeno socializante de la educación.
La educación pública en la historia cercana de mi país tuvo distintos períodos, con distintos objetivos desde el gobierno de turno:
- 1870 – 1940: Se buscó extender la enseñanza elemental para conseguir una uniformación de la población ante el fenómeno de la inmigración europea. Saber leer era una habilidad envidiada. Cultura del folletín, el libro, el diario. Los gobiernos creyeron que necesitaban ciudadanos ilustrados y buscaron aumentar el capital humano.
- 1940 – 1990: El mundo estaba dividido entre “los buenos” y “los malos”. En la escuela el maestro era el portador de los saberes, que eran entregados como herramientas a los alumnos para que estos se labraran un seguro porvenir, dependiendo de su sola voluntad. El progreso y el ascenso social eran posibles y aún seguros para los más capaces. Las actividades sociales eran múltiples y los clubes sociales y deportivos tenían mucha concurrencia, se hacían desfiles y reuniones públicas. Los gobiernos perdieron de vista a la educación como prioridad en los gastos.
- 1990 – 2009: En el mundo cayeron el comunismo y el neoliberalismo. La globalización termina con las seguridades de fuentes de trabajo y los trabajadores cambian fácilmente de lugar de trabajo. Aumenta la informalidad y el trabajo “en negro”. La institución familiar se desmorona, por separación y/o divorcio de los padres, etc. En la escuela se busca teóricamente hacer posible el diálogo maestro – alumno. El aislamiento social de jóvenes y adultos está fomentado por el uso autista de la televisión, los juegos electrónicos, la informática y la decadencia de los servicios sociales de clubes y otros centros. Auge de las adicciones.
Los gobiernos caen en la cuenta que cuando más ignorante y empobrecido es el pueblo, más fácilmente se lo maneja. No existe un modelo buscado de país.

A pesar de la crisis económica mundial actual, si el gobierno argentino quisiera mejorar la tarea educativa, debería:
- Asumir la necesidad de la protección, formación y diálogo con los niños y adolescentes.
- Reconocer la función socializadora de la escuela, que reemplaza y/o cubre múltiples carencias institucionales (familiares, sanitarias y sociales).
- Aprovechar, potenciar, capacitar y favorecer la tarea de los maestros y las escuelas.
- “Adoctrinar” y formar amplia y profundamente a los directivos de las escuelas según el modelo de alumno y de país que se busca conseguir.

Caro dijo...

Gracias a ambos. "Anónimo": tu aporte es muy importante, ¿podrías dejarnos tu nombre? Caro

Anónimo dijo...

mi nombre es Marisol. estudio 4año de trabajo social en la U.N.L.P(Universidad Nacional de La Plata). vi la pelicula el jueves pasado en la clase de teoria de la educacion. me gusto mucho el film, realmente tiene su costado critico y abre puertas para pensar en cuestiones viejas desde otros lugares. la tematica es durisima, escuelas caoticas, idiomas que funcionan como barreras de comunicacion, chicos que no tienen estimulacion educativa, maestros que se ven sobrepasados por problemas ajenos a su formacion.
la pelicula no ilustra un tema nuevo pero si una situacion que no solo no se logra manejar sino que se agrava cada dia mas.

acabar con esta situacion es claramente una tarea de todos.

Caro dijo...

Hola, Marisol, gracias tu mensaje.

Coincido con vos en que la responsabilidad es de todos, pero también es cierto que más temprano que tarde tendrá que aparecer un recambio político que intervenga desde otro lugar.

Lo que estamos padeciendo es un gran bache en donde las generaciones jóvenes -me incluyo- no sabemos cómo plantear alternativas políticas en este marco de enorme desconfianza.

Abrazo,
Caro

Franco Krí dijo...

Con esta peli me pasó algo raro. Me dijeron que la mira para ver que no estamos tan mal en las escuelas argentinas. Compañeras profesoras se sintieron aliviadas al ver que la falta de respeto, la apatía, la violencia escolar es global (como el capitalismo). Y allí está el quid de la cuestión: lo global, en cuanto a sistema económico, político, social es el capitalismo y los excluidos acá, en Francia y en China se van a setir de la misma manera porque el sistema en su forma de explotarnos y marginarnos es GLOBAL. No me causó alivio como a mis compañeras. Noté, sin embargo, una gran diferencia en ñas formas de organizarse de los profesores, en lo equipada que estaba la sala de profesores, e el régimen organizado de puntuación y disciplina consensuada entre todos. Sucede que para que esto ocurra en nuestro país el Estado debería hacerse cargo de pagar horas extras los docentes que dediquen más de su tiempo pedagógico (frente a los estudiantes en clase): hoy imposible, cuando vemos que el aumento en el presupuesto educativo del próximo año sería cero y cuando los medios de comunicación se aterrorizan y aterrorizan a los padres cuando los docentes inican una lucha salarial o por reivindicaciones propias de la educación como la triplicación del presupuesto.

Caro dijo...

Franco: gracias por el comentario. Coincido con lo que planteás y conozco el paño porque soy docente (en la universidad, pero los problemas se replican).
Hay que cambiar muchísimas cosas, empezando por el intercambio genuino entre docentes, que debe partir de la más pura voluntad, tan diluida por estos días.
La cuestión me angustia mucho, no puedo negarlo.
Abrazo.

Lau dijo...

Considero que el aspecto fundamental es el de la planificación de las instituciones escolares.
La conducción, aunada a la gestión institucional da como resultado un mejoramiento en la calidad educativa. Con una conducción eficiente, (que es un estilo de gobierno, ni mas ni menos), aparecen dos temas, el contenido del cambio y la posibilidad que el cambio se efectúe. Una conducción eficiente garantiza decisiones eficaces, se ocupa del diseño de estrategias para que lo que se decida hacer tenga un efecto real y concreto, y, además, se compromete con el mejoramiento de la educación, ofreciendo calidad en la enseñanza y medios para un buen aprendizaje. En la película es muy importante el rol de la planificación, aunque deja entrever las dificultades propias de la gestión institucional; que pueden verse en la toma de decisiones de alcance disciplinario con respecto a los alumnos. Cabe destacar, en mi opinión, la falta de interacción por parte de los docentes de las diferentes áreas, lo que acarrea perjuicios en la asimilación de los contenidos.
Otro aspecto fundamental es la cuestión del poder, ya que el docente hace uso, y abuso del mismo, para con sus alumnos, llegando al insulto y la subestimación.