jueves, 26 de julio de 2018

Casa propia, de Rosendo Ruiz


Establecerse. O al menos poder permanecer un día entero en el mismo lugar, sin sentirse expulsado. Sólo eso desea Alejandro. Tener una pequeña parcela de tiempo que sea realmente suyo. Para volver a mirar el cielo.

Pero no. El protagonista de Casa propia no hace más que ir y venir en un vagabundeo forzoso y cada día más amargo. Alejandro (Gustavo Almada, preciso en todo) tiene cuarenta y pocos años. Vive en Córdoba con su madre, que está enferma y genera conflictos a cada minuto. Trabaja como profesor de literatura en un colegio secundario. A veces duerme con una novia que no termina de integrarlo en su intimidad. Tiene un gran amigo que está por irse a España. Y quiere empezar a alquilar un departamento, pero salir a buscar opciones implica soportar las obscenas arbitrariedades del mercado inmobiliario. Esta es la historia de un personaje de ficción y es también la historia del presente aplastante de un país llamado Argentina. Aunque lo intenta, Alejandro no puede hacer pie. Y no hay nada más agotador que flotar cuando no se perciben orillas ni tampoco un fondo al que se pueda llegar para después remontar. El protagonista viaja encapsulado en el colectivo y de repente toda la ciudad parece transformarse en una gigantesca pecera. Aunque no veamos el agua, la sentimos como una amenaza certera a través los efectos sonoros de la película. Son demasiadas las frustraciones acumuladas. Algo está por desbordar.


“Creo en los desafíos formales, porque es infinita la posibilidad que ofrece el cine de combinar planos con sonidos”, señaló el realizador Rosendo Ruiz cuando Casa propia se proyectó en el último Bafici. La película está concebida desde el riesgo y resulta especialmente estimulante por las modulaciones que el director se anima a ensayar en el trabajo con la enunciación. El relato comienza con un plano general que muestra a un grupo de adolescentes que escuchan música y toman fernet en la calle. Una chica del grupo llama la atención por lo bien que hace jueguito con una pelota de fútbol. Todo sucede dentro de un sereno plano-secuencia que, aparentemente, nos invita a observar el conjunto sin manipulaciones. Sin embargo, ni la chica de la pelota ni sus amigos serán los protagonistas del relato, sino un señor que pasa detrás de ellos y se detiene para golpear la puerta de una casa, a los gritos. Esa bifurcación perceptiva, que nos obliga a relocalizarnos inmediatamente en el espacio diegético, propone una estrategia inteligente: en una película marcada por los continuos desalojos (físicos y simbólicos), el primer sujeto desplazado es el propio espectador.

Ni siquiera podemos refugiarnos en este plano inicial del frente de la casa como un típico plano de establecimiento que nos guíe en la acción por venir. Porque el personaje pronto se va del lugar, sin activar una lógica exterior-interior en la construcción espacial de la escena (y recién más tarde sabremos quién es la mujer que habita esa casa). De hecho, no habrá otros planos similares durante el resto del film. La perplejidad se propaga. Algo se desacomoda. Un simple corte seco hace que la escuela se fusione con un hospital, o un truco visual revela que un impecable departamento a estrenar no era más que una maqueta en una clase de ciencias. Las reglas con las que el cine clásico solía agasajar la orientación del espectador carecen de sentido en una historia en donde los espacios se confunden, se fragmentan, se tornan hostiles. Hasta la música descoloca con su inesperada prepotencia épica, como si quisiera secuestrar al cansado protagonista para llevárselo exiliado a otra película, una que le regale peripecias dignas de un héroe triunfal (en esta línea uno recuerda ciertas decisiones de Hong Sang-soo en la reciente The Day After, por ejemplo). Algunas de estas búsquedas formales podrían haber generado cierta distancia con las emociones de la ficción, y sin embargo sucede lo contrario: la matriz autoconsciente del film no complica en absoluto la conexión con los personajes. La película consigue adherirnos poderosamente a la realidad de los vínculos y su contexto existencial. Será porque la angustia que emana de la historia resulta demasiado conocida para muchos de los espectadores. 

Casa propia es el mejor film de Ruiz hasta el momento. La película sorprende porque es impredecible en su estilo, cualidad que sólo puede funcionar como virtud cuando es el propio cineasta el que se niega a afincarse en un único territorio a la hora de crear. Un artista verdaderamente inquieto no va a encontrar nunca una residencia que sea la definitiva.

martes, 24 de julio de 2018

La memoria o la nada

Por Rithy Pahn*

"Mis compatriotas a menudo me reprochan: "¿por qué sólo hace películas tristes, pesimistas? ¿Por qué siempre la misma historia?". Como si hubiera algo patológico, un deseo de autoinmolarse en la evocación del dolor del pasado. No soy un cineasta de la desgracia y, como escribía Jean Améry, "ser víctima no es un honor en sí". No insistiré más sobre eso. No basta con filmar estéticamente los paisajes y los animales, las fiestas populares y la famosa sonrisa jemer para dar cuenta de la realidad de mi país. Allí, en la esquina de una calle, al final de un camino, la famosa sonrisa se cansa, está al borde del agotamiento.

No hago una memoria ilustrada. Para mí no es una cuestión de fabricar espejismos. El cine documental es la escritura que yo he elegido para dar testimonio. No concibo mis documentales como obras artísticas sobre esta cosa horrible que es el genocidio. Me siento como un agrimensor de memorias y no como un fabricante de imágenes. La tarea del cineasta es saber encontrar la medida justa, la buena distancia: ni explotación política, ni complacencia masoquista, ni sacralización. La memoria debe ser un punto de referencia. Debe seguir siendo humana. Lo que busco es la comprensión de la naturaleza de este crimen y no el culto de la memoria. Para conjurar la repetición rechazando la ceguera y la ignorancia."


* Fragmento de un artículo escrito por Pahn titulado “Soy un agrimensor de memorias”, publicado en la revista Cahiers du Cinema/España (Marzo de 2009), a propósito de su desoladora película S-21:La máquina de matar de los jemeres rojos (2003), sobre el genocidio perpetrado en Camboya durante la dictadura de Pol Pot.

lunes, 23 de julio de 2018

Serie recomendada: The Keepers


Sucedió en 1969, en la ciudad de Baltimore, en Maryland, Estados Unidos. En noviembre de ese año una joven monja fue declarada desaparecida y dos meses después fue hallada muerta, con el cuerpo congelado y mutilado, cerca de un vertedero en el sur de la ciudad. Hasta hacía poco ella había trabajado como docente en el instituto Arzobispo Keough, un colegio católico para señoritas. Ella sabía que en ese lugar pasaban cosas siniestras. Una alumna se había animado a contarlo. Y algo había que hacer al respecto.

Nunca se pudo determinar quién mató a la hermana Cathy Cesnik. El crimen quedó impune. Tienen que ver The Keepers, excelente miniserie documental original de Netflix, dirigida por Ryan White. No quiero anticipar más detalles sobre el caso, aunque a partir de la sinopsis seguramente ya pueden intuir la oscuridad de una historia desoladora. Lo es. Pero al mismo tiempo es la historia de una lucha que perdura y que tiene como motor a un grupo de mujeres aguerridas, unidas por el dolor y la búsqueda de justicia.


La compaginación narrativa es especialmente acertada en su ritmo. Logra una delicada intimidad con los personajes. Genera un inesperado suspenso al final de cada episodio, sin necesidad de apelar al sensacionalismo. Todas las entrevistas resultan interesantes, incluso aquellas que nos llevan hacia hipótesis algo apresuradas. Y hay tres protagonistas que concentran el corazón anímico del relato. Dos de ellas son señoras que hace años abrieron una página en Facebook para mantener vigente el caso. Ellas fueron alumnas de la hermana Cesnik y hoy están abocadas a averiguar qué pasó. La tercera protagonista de esta historia es una de las víctimas del capellán del instituto. También es una testigo clave. 

Si bien la investigación se despliega en una estructura arbolada que abre el conflicto hacia diferentes ramificaciones, The Keepers avanza sobre todo en dos aspectos: por un lado, la trama policial sobre la muerte de la monja junto a la revelación de los delitos cometidos por la Iglesia; por otro lado, la aproximación a las secuelas psicológicas que tallaron las vidas de las personas afectadas. ¿Por qué denunciar un abuso veinte años después? Hay causas que prescriben y son casi imposibles de probar. A veces solo existe la palabra de la víctima, y allí es cuando los poderes institucionales aparecen en bloque para silenciarla. 

No importa. De eso trata, precisamente: atravesar el horror para llegar a la orilla de las palabras. Decirlas, asumirlas, compartirlas, multiplicarlas. Porque hoy la Historia es otra. Ya no nos callan.
 
 
Por último, cuando vemos el material de archivo incluido en la miniserie, confirmamos una vez más el enorme valor que guardan los registros hogareños en Super8 o VHS, tanto en su vigor indicial como estético (la presencia invasiva del tracking, por ejemplo, se impone como la encantadora marca de una época). Uno se pregunta cómo se conservarán a futuro tantos videos o fotos que hoy capturamos frágilmente con el celular. Los realizadores de The Keepers demuestran que también son muy conscientes del vínculo fundamental que existe entre tecnología y memoria. 

jueves, 19 de julio de 2018

Un gesto, una palabra


“Muy pocos poseen la requerida paciencia para mirar y escuchar. Y, sin embargo, basta un gesto, una palabra, para modificar una relación.

El hombre sentado frente a mí en el compartimento vacío me es antipático; después me dice «¿Puedo abrir la ventanilla?», y todo cambia. Y cuanto más se profundiza en la realidad, más se analizan los hombres y las situaciones, más se destacan las relaciones de coincidencia, y más se pone el acento en la comunidad de los intereses. En una palabra, se trabaja para salir de las abstracciones.”

Cesare Zavattini
(“Tesis sobre el neorrealismo”)

La imagen pertenece al film Umberto D., dirigido por Vittorio De Sica.

martes, 17 de julio de 2018

Una imagen para todo


- Estoy cansada, Cassiel. Es agotador amar a quienes huyen de nosotros. ¿Por qué las personas nos evitan cada vez más?
 

- Porque tenemos un enemigo poderoso, Raphaela. 
La gente cree más en el mundo que en nosotros.
 

- Y para creer aún más han creado una imagen para todo. Esperan que las imágenes mitiguen sus temores, cumplan sus sueños, les ofrezcan placeres, colmen sus anhelos. Los seres humanos no lograron dominar a la Tierra. Se doblegaron ante ella.
 
Nastassja Kinski y Otto Sander, los ángeles de Wim Wenders en su película Tan lejos, tan cerca (In weiter Ferne, so nah!).

lunes, 16 de julio de 2018

Bergman y aquella fotografía

 
En el bello libro titulado “Imágenes”, que reúne recuerdos, notas de rodaje, reflexiones sobre el cine y otras catarsis, el director sueco escribe estas líneas en torno de su película Persona (1966):

Por Ingmar Bergman *

La señora Vogler ansía la verdad. La ha buscado por todas partes y a veces ha creído encontrar algo sólido, algo duradero, pero de pronto el suelo ha cedido. La verdad se ha diluido y desaparecido o en el peor de los casos se ha convertido en una falsedad.

Mi arte no puede digerir, transformar u olvidar a aquel niño de la fotografía. Tampoco al hombre que arde por su fe.

Soy incapaz de entender las grandes catástrofes. Dejan mi mente impasible. Posiblemente pueda leer la narración de esos horrores con una especie de voluptuosidad -una pornografía del horror. Pero jamás logro librarme de esas imágenes. Convierten mi arte en payasadas, en algo sin importancia, en cualquier cosa. La cuestión es, tal vez, la siguiente: ¿tiene el arte posibilidades de sobrevivir si no es como actividad de tiempo libre?

¡Esos tonos, esos números de circo, todas esas pamplinas, esa engreída autosatisfacción! Si a pesar de esto sigo trabajando como artista, ya no lo hago como excusa y juego de adultos, sino con plena conciencia de que trabajo con una convención aceptada que, en algunos raros instantes, nos puede dar, a mí y a mis prójimos, algunos segundos de alivio y reflexión. La misión fundamental de mi profesión es, finalmente, proporcionarme sustento y, mientras nadie cuestione en serio este hecho, seguiré realizando mis obras por puro instinto de conservación.


* Fragmento del libro de memorias “Imágenes”, publicado por Tusquets (Barcelona, 1992).

La fotografía del Ghetto de Varsovia es el eje de una estremecedora escena del film Persona.

sábado, 14 de julio de 2018

La doble vida de Walter, de Jodie Foster


Texto publicado en 2011

Estrenada en Argentina con el título La doble vida de Walter, The Beaver es una película difícil de asimilar, uno de esos ovnis que muy esporádicamente despegan de Hollywood y que nadie sabe muy bien cómo rubricar. En estos casos lo más práctico es decir que se trata de un film “fallido”, ya que hay razones evidentes para respaldar ese juicio. Pero ahí corremos el riesgo de descartar la película sin sondearla por lo que realmente es: un artefacto inclasificable, un reto al optimismo de manual, una voz osada -la de Jodie Foster- que logró colarse en el mainstream para narrarnos un cuento de inusitado dolor.

Walter Black (Mel Gibson) es un padre de familia que está profundamente deprimido. El relato comienza cuando su mujer (Foster) le pide que la deje sola con sus hijos. Él pasa una noche terrible y a la mañana siguiente se despierta dialogando con un títere que tiene forma de castor. El muñeco da órdenes y conmina al protagonista a recuperar el timón. No es una fantasía: Walter efectivamente porta el títere y habla a través de él, explicando a todos que la mediación del roedor representa una especie de terapia. Todo resulta incómodo e insólito y, sin embargo, las piezas de a poco parecen volver a encajar, salvo en la tensa relación que Walter tiene con su hijo adolescente, Porter (Anton Yelchin). Aquí el relato abre un conflicto paralelo -y bastante banal- que muestra a Porter en el colegio, en donde es conocido por dedicarse a redactar trabajos prácticos para terceros. La idea, claro, es subrayar que padre e hijo se asemejan mucho y que ambos son, de alguna manera, ventrílocuos que se esconden en la voz de otros porque no consiguen hallar la propia. Pero mejor dejemos de lado al chico. Y también a la esposa y a la empresa de juguetes y a todo el ostensible relleno de guión. The Beaver es Mel Gibson. 

No es muy frecuente, pero a veces ocurre. Persona real y personaje se necesitan mutuamente y se fusionan al punto de engullir la puesta en escena completa. Es como si no importara nada más, como si la trama toda fuera pura guata que sólo ocupa el lugar de una convención habilitante, una fachada para narrar otra cosa, precisamente eso que el dogma comercial (y light) suele desaconsejar. Con su barniz de “lección de vida”, la historia del hijo sólo sirve para disfrazar el corazón irremediablemente negro de la película, y ése es el abismo que Foster quería tantear. Es extraño encontrar en el cine industrial una angustia tan opresora, tan terminal como la que se respira en esta película. Porque Walter lo intentó todo pero hay algo que no lo deja en paz, y lo desesperante es que sólo alcanzamos a imaginar muy difusamente los motivos del derrumbe. No es un film sobre las causas, sino sobre la imposibilidad de superar las consecuencias, aun cuando -supuestamente- se poseen “todas las herramientas” para lograrlo (por nombrar sólo una de las tantas fórmulas de consuelo que profieren quienes no sufren). En su colosal entrega Gibson pone alma, cuerpo y miseria para decirnos que, a veces, la única opción es tocar fondo… y a no confiarse, porque ni siquiera eso garantiza el retorno. 

Todavía no sé cómo definir The Beaver pero ahora sospecho que, en esencia, la intención fue cristalizar la entereza de un actor. La directora tuvo que fabricar una película y estampar una historia, es cierto, pues estas son las reglas del juego. Sin embargo, se percibe aquí la humildad de un ojo-cámara que podría haber sido perfectamente feliz limitándose a explorar en detalle el rostro de Gibson, su ceño vencido, su fractura, su extremismo, su transparencia, para comprobar que existe una inagotable fuente de magia camuflada en cada arruga.

La doble vida de Walter (EE.UU., 2011)
Título original: The Beaver
Dirección: Jodie Foster
Guión: Kyle Killen
Intérpretes: Mel Gibson, Jodie Foster, Michelle Ang, Anton Yelchin, Jennifer Lawrence.
Editado en dvd por el sello TVE.

miércoles, 11 de julio de 2018

Centenario Bergman, en la sala Lugones

Este jueves 12 de julio comienza la muestra "Centenario Bergman", en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín, en coincidencia con el 100º aniversario del nacimiento del emblemático realizador sueco, el 14 de julio de 1918. El ciclo tiene la particularidad de que cada película -salvo Saraband- está precedida por unas breves declaraciones de Ingmar Bergman en las que el cineasta introduce personalmente la película en cuestión.

El programa está integrado por siete de los largometrajes más representativos del director, todos ellos recientemente restaurados. Además podrá verse el documental La isla de Bergman, dirigido por Marie Nyreröd, en el cual el realizador desnuda sus miedos, obsesiones, rutinas y fobias en primerísima persona, a lo largo de una serie de conversaciones que deben figurar entre las más abiertas de toda su vida

Programación:
Jueves 12
Un verano con Monika (Suecia, 1953 / 96’)
A las 16.30, 19.30 y 21.30 hs

Viernes 13
Cuando huye el día (Suecia, 1957 / 91’)
A las 16.30, 19 y 21.30 hs

Sábado 14
Fanny y Alexander (Suecia/Francia/Alemania, 1982 / 188’)
A las 16 y 20 hs

Domingo 15
El séptimo sello (Suecia, 1957 / 96’)
A las 16.30, 19 y 21.30 hs

Lunes 16 
Persona (Suecia, 1966 / 85’)
A las 16.30, 19 y 21.30 hs

Martes 17
Soñata otoñal (Suecia/Francia/Alemania Federal, 1978 / 99’)
A las 16.30, 19 y 21.30 hs

Miércoles 18
La isla de Bergman (Suecia/Dinamarca/ Noruega/Finlandia, 2006 / 84’)
Documental sobre el realizador, dirigido por Marie Nyreröd
A las 14 hs
Saraband (Suecia/Dinamarca/Noruega/ Finlandia/ Alemania, 2003 / 107’)
A las 16.30, 19 y 21.30 hs

Jueves 19
La isla de Bergman (Suecia/Dinamarca/ Noruega/Finlandia, 2006 / 84’)
Documental sobre el realizador, dirigido por Marie Nyreröd
A las 14 y 16.30 hs
Fanny y Alexander (Suecia/Francia/Alemania, 1982 / 188’)
A las 20 hs

Las funciones se realizan en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530). El precio de las localidades es de 40 pesos (20 para estudiantes y jubilados). Para conocer más detalles sobre las películas y horarios de las funciones, pueden consultar el sitio web del Teatro.

martes, 10 de julio de 2018

Luz, cámara... frío y barro


Por Krzysztof Kieślowski*

Hacer cine no significa público, festivales, reseñas, entrevistas. Significa levantarte cada día a las seis de la mañana. Significa frío, barro y tener que cargar luces pesadas. Es algo que te destroza los nervios y llega un punto en donde tenés que dejar a un lado todo lo demás: familia, emociones, vida privada. De acuerdo, los maquinistas, los comerciantes y los banqueros podrían decir lo mismo, y tendrían razón, pero yo escribo aquí sobre mi trabajo. Tal vez ya no debería seguir haciendo esto. Estoy llegando al final de algo esencial para un director de cine: la paciencia. No tengo paciencia con los actores, ni con los iluminadores, ni con el clima, ni con los tiempos muertos. Y a la vez no puedo permitir que todo esto se note. Es un gran esfuerzo ocultar mi impaciencia frente al equipo técnico, si bien creo que los más sensibles saben que no me agrada este aspecto de mi personalidad.

Hacer cine es lo mismo en todo el mundo. Me dan un rincón en un pequeño estudio; hay un sofá, una mesa, una silla. En este interior de mentira, mis severas instrucciones suenan grotescas: ¡Luz! ¡Cámara! ¡Acción! Una vez más me tortura la idea de que lo que hago es insignificante. Hace unos años el diario francés Libération preguntó a un grupo de cineastas por qué hacíamos películas. Yo me destaqué porque di la respuesta más corta: Hago películas porque no sé hacer otra cosa.

* Fragmento del libro Kieslowski on Kieslowski, Danusia Stok (ed.) (Ed. Faber and Faber, Londres, 1993).

La imagen pertenece a El aficionado (Amator, 1979), genial film del realizador polaco.

lunes, 9 de julio de 2018

¿Por qué seguir entonces?


"El arte no salva ni al mundo ni a la gente. Viene después. Luego demasiado tarde. Viene después de que el asesinato haya sucedido. Permite recordarlo pero no impedirlo, ni volver a cometerlo. ¿Por qué seguir entonces? ¿Por qué seguir filmando? ¿Por qué? ¿Por qué, si estamos seguros de que una obra de arte nunca detendrá el brazo del asesino? Quizás no estemos tan seguros."

Luc Dardenne 
(Fragmento del libro Detrás de nuestras imágenes. Plot Ediciones-Madrid)

martes, 3 de julio de 2018

Cosquillas


"Este momento.
¿Almacenará ella este momento el resto de su vida?
No grandes cosas. Un par de nubes. Sol. Decir tonterías.
No decir nada. Una risa subterránea. Cosquillas.
Hace días que no piensa en mí. Quizás sea este sitio.
Estar aquí.
Ojalá durara mucho.
Ojalá durara para siempre..."


Isabel Coixet
(Del guión de su película La vida secreta de las palabras)

domingo, 1 de julio de 2018

Muestra de Cine Colombiano, con entrada gratuita

Este lunes 2 de julio comienza la primera edición del Festival de Cine Colombiano, ciclo que exhibirá una selección de películas que dan cuenta de la diversidad y la riqueza que ha alcanzado la cinematografía colombiana en los últimos años. Las funciones se realizarán en el cine Cosmos y en el Cultural San Martín, con entrada gratuita. La muestra surge de una iniciativa de la agrupación Cine.ca y la Asociación Civil Cine Fértil, quienes comprenden al cine como una herramienta para pensar la complejidad del país.

Además de una sección competitiva en donde se verán ocho largometrajes y trece cortometrajes, el festival ofrecerá una retrospectiva dedicada a Luis Ospina, una de las figuras más importantes del cine colombiano, incluyendo cinco largometrajes y cinco cortos, entre los cuales se encuentran Pura sangre, Nuestra película y Todo comenzó por el fin. También se realizará un foro de coproducción entre Argentina y Colombia, y un taller titulado “Mujer, imagen e industria”, donde se trabajará la representación de la mujer en el cine argentino y colombiano y su rol en la industria cinematográfica. 

Programación – Largometrajes en competencia: 

Amazona, de Clare Weiskopf 
Señorita María, la falda de la montaña, de Rubén Mendoza
Siembra, de Ángela Osorio y Santiago Lozano 
Matar a Jesús, de Laura Mora 
Epifanía, de Anna Eborn y Oscar Ruiz Navia 
Mariana, de Chris Gude 
La mujer del animal, de Víctor Gaviria 
Jericó, el infinito vuelo de los días, de Catalina Mesa

El festival tendrá dos sedes: el Cine Cosmos UBA (Corrientes 2046) y las salas del Cultural San Martin (Sarmiento 1551). La entrada es libre y gratuita. Para más información sobre las películas programadas y las actividades paralelas, consultar el sitio web del festival.