miércoles, 31 de julio de 2019

Frente a una hoja en blanco


En una entrevista publicada hoy en Página/12, Silvina Friera le pregunta a Paul Auster, en referencia a una inquietud del escritor que circula en su libro Diario de invierno

¿Por qué se ha pasado toda su vida de adulto "vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel"? ¿Ha encontrado una respuesta a este misterio?

Y Auster responde: "Todo artista, ya sea que se dedique a las artes visuales o a la escritura, es gente lastimada, dañada, herida. La compulsión de hacer este trabajo viene de ese dolor que uno ha experimentado. A lo mejor sucedió cuando era tan joven que ni siquiera se puede acordar cuando fue que comenzó todo. Por supuesto que esto se opone a la aproximación psicoanalítica que trata de de entender literalmente todo lo que ha pasado. A menudo pienso que la escritura es una enfermedad, pero que uno lo tiene que hacer porque el mundo no es suficiente. Yo estoy tan impresionado con la gente que le encanta vivir en el presente y está conforme con el mundo, con la idea de ir a trabajar, tener amigos, tener familia, disfrutar los días lo mejor que puede sin estar encerrada en una habitación todo un día enfrente de una página. Entonces no puedo explicar lo que es."

*El artículo fue publicado hoy en el diario Página/12 (Ir texto completo)

En la imagen: la maravillosa Cigarros (Smoke), dirigida por Wayne Wang, con guión de Paul Auster.

martes, 30 de julio de 2019

Crisis vitales


"Los momentos de crisis te concientizan a la fuerza. ¿Qué vas a hacer, cómo? Tienen vitalidad cinematográfica. Viste cuando se para el subte y de golpe la gente que estaba en la suya se empieza a mirar, hay gente que habla, que hace caras... sin esa situación de ruptura no aparecen las personas."

Ana Katz

En una entrevista publicada en el diario Clarín.  

En la imagen: Mi amiga del parque, de Katz.

lunes, 29 de julio de 2019

La reina del miedo, de Valeria Bertuccelli y Fabiana Tiscornia


“No sé si se fue o si me dejó”, dice en un momento Robertina (Bertuccelli) en referencia a su marido. Esas palabras se cuelan en su verborragia nerviosa y pasan casi inadvertidas, casi divertidas, aunque en ellas se esconda un verdadero huracán existencial. Me importa poco el diagnóstico clínico del personaje o que sus miedos se deban a traumas no resueltos que arrastra desde siempre: ser abandonado sin aviso (sin la dignidad de una despedida, al menos) debería alterar la psiquis de cualquier persona con un mínimo grado de sensibilidad. Todo en nuestro entorno queda borroneado, agrisado, corrido de eje, al borde del colapso, aunque la rutina siga y debamos atender con solvencia todos los compromisos previamente pactados (para eso elegimos ser profesionales independientes, ¿no?). Y encima ese amigo del alma a quien quisiéramos abrazar hoy está muy lejos… muy pronto ya no estará más. Los temas esenciales en esta historia son la soledad y la muerte, justamente esos frentes que nadie puede dominar. Sin embargo, según muchas de las reseñas publicadas sobre La reina del miedo, parece que resulta muy fácil distanciarse de la protagonista, catalogarla como un caso excéntrico y reducir sus conflictos al cuento de una mujer fóbica/insegura/histérica, con un plus de estrés por el inminente estreno de una obra de teatro. Desconfío de toda persona que se jacte de controlar con éxito su inestabilidad emocional. Esa persona miente, o no está realmente viva.

Un grácil pero persistente temblor atraviesa todo el relato. Bertuccelli sabe perfectamente cómo matizar la congoja con humor y simpatía, pero aun así en cada escena la incertidumbre termina ganándole a cualquier otra sensación. La aparición de Lisandro (Diego Velázquez) resulta clave, ya que él trae la ternura que Robertina necesitaba. Pero también trae el abismo, involuntariamente. La mejor escena del film -por su precisión y su calado- transcurre durante una noche en el departamento de Lisandro, en Copenhague. El viento golpea las ventanas y Robertina no consigue dormir. De repente percibe una sombra detrás suyo. De repente aterrizamos en una película de terror. Ahí está su amigo devenido fantasma, sentado en la escalera, encorvado, abstraído. Lo que leemos en el rostro de Lisandro no es miedo: es pavor. Un pavor inconmensurable. En ese instante ella parece intuir una profundidad desconocida. Tal vez sea una intuición-bisagra.


En la ficción, Bertuccelli debe montar el unipersonal “El tiempo es oro”, título que confirma la vocación existencialista que impulsa la película. En varias escenas el reloj se hace sentir en su urgencia opresiva y uno teme que Robertina no logre llegar nunca, ni a los ensayos, ni al aeropuerto, ni a la noche del gran debut, ni a ningún puerto sereno. Y además a cierta edad -y esto es un hecho, aunque la ciencia y el discurso de autoayuda pretendan negarlo- también comienzan a acortarse los tiempos para alcanzar esas otras cosas, esas metas que supuestamente son las que le imprimen un sentido a nuestro tránsito por la Tierra: tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol. 

Robertina vuelve de Europa y descubre, para su sorpresa, que le han plantado decenas de ficus en el parque de su casa, cuando su prioridad era quitar de allí un cerezo seco para trasladarlo al escenario de su obra. La trama vinculada al teatro, más allá del bucle autorreferencial, funciona principalmente como dispositivo abierto a la circulación de símbolos y preguntas. ¿Por qué llevar al teatro ese árbol incómodo de ramas peladas y tristes? ¿Por qué la insistencia en arrancarlo de raíz? ¿No es mejor plantar un árbol joven, para cuidarlo y verlo crecer? ¿Por qué colocarlo justo allí, en su espacio de creación? ¿Para salvarlo del tornado que aún no terminó de devastar su hogar? ¿Aspira a resucitarlo, quizás? Ya no tenemos 20 años. No podemos plantar un tallo y sentarnos a esperar. Por eso me gusta la idea del crítico Shikhar Verma, quien postuló que esta película, en el fondo, se trata del miedo a empezar de nuevo. Ni siquiera es una cuestión de coraje. Hay que asumirlo nomás. Lo único que realmente importa es aprender a decidir, minuto a minuto, qué hacer con el tiempo que nos queda.

La reina del miedo puede verse completa en YouTube.

miércoles, 24 de julio de 2019

Alma y cuerpo


Por Jean-Luc Nancy*

El cuerpo es material. Es aparte. Distinto de otros cuerpos. Un cuerpo empieza y termina contra otro cuerpo. Incluso el vacío es una especie sutil de cuerpo.


Un cuerpo no está vacío. Está lleno de otros cuerpos, pedazos, órganos, piezas, tejidos, rótulas, anillos, tubos, palancas y fuelles. Un cuerpo también está lleno de sí mismo: es todo lo que es.


El alma es la forma de un cuerpo organizado, dice Aristóteles. Pero el cuerpo es precisamente lo que dibuja esta forma. Es la forma de la forma, la forma del alma.


El alma está extendida por todas partes a través del cuerpo, dice Descartes, está enteramente por todas partes a lo largo de él, en él mismo, insinuada en él, escurrida, infiltrada, impregnante, tentacular, induflante, modelante, omnipresente.


Nada más singular que la descarga sensible, erótica, afectiva que ciertos cuerpos producen sobre nosotros (o bien, inversamente, la indiferencia en que nos dejan ciertos otros). Tal conformación, tal tipo de ligereza, tal color de pelo, un aspecto, cierta distancia entre los ojos, un movimiento o un dibujo del hombro, del mentón, de los dedos, casi nada, pero un acento, un pliegue, un rasgo irremplazable... No es el alma, sino el espíritu de un cuerpo: su punta, su firma, su olor.


El cuerpo es una prisión o un dios. No hay término medio.


*Fragmentos del ensayo "58 Indicios sobre el Cuerpo".

Las imágenes pertenecen a la extraordinaria película Girl, dirigida por Lukas Dhont.

viernes, 19 de julio de 2019

Padre e hijo


En la película lo llaman “el velo negro” (el término en inglés, “blackout”, es un poco menos poético). Lo recuerdan, claro: es el clímax de Apollo 13, esos minutos de suspenso exquisito durante los cuales los astronautas pierden todo contacto con Houston durante su reingreso en la Tierra, y a nosotros se nos corta la respiración esperando saber qué pasó. Y no importa si conocemos la historia real o si hemos visto veinte veces la película: uno igualmente espera. Como si fuera la primera vez, la única. Aunque varios diálogos se ocupen de dar la explicación técnica de lo que ocurre durante el velo, tengo la impresión de que no podemos o no queremos comprenderlo del todo. Alcanza con saber que hay fuego, mucho, y que ese calor impide la comunicación entre la cápsula espacial y el mundo. Todo depende entonces de ese fuera de campo visual y sonoro. Menos los astronautas, todos los demás personajes se convierten en espectadores durante esos tres minutos eternos. Todos, a la espera. Cine purísimo, emoción a la enésima potencia. Ellos y nosotros mirando las mismas pantallas, deseando ver la misma imagen, la única. Que esta vez no es la del superhombre conquistando la Luna. Esta vez el hombre vuelve a casa, resignado, aceptando que es simplemente eso: un hombre.


Pero hay algo más en esta película. Apenas un instante, un enclave extraordinario, una fracción de segundo que hace la diferencia. Desde la primera vez que vi Apollo 13 hasta hoy me pasa lo mismo con esta escena: quisiera traducirla, descifrar esa imagen del tiempo, aunque sé que no puedo ni debo. Porque ahí, justo ahí, es cuando habla el silencio del cine. O la fe, que es casi lo mismo. Pero algo nos dice esa mirada sobre el vínculo entre padre e hijo. No me refiero a un núcleo espiritual o místico. Pienso más bien en una transmisión y un aprendizaje. Esperar. El hijo adolescente de Jim Lovell está en el colegio mientras la televisión sigue en directo la misión de regreso a la Tierra. El montaje paralelo va mostrando cómo viven el acontecimiento los familiares, los periodistas, el personal de la NASA en Houston, y también el muchacho en la escuela. Pasaron los tres minutos del velo ya. Todos los rostros se transforman. Los expertos intentan contener su desesperación. Cuando todo parece perdido, el chico alza su vista y mira el reloj. Un instante. Un segundo más. Y entonces sí, se abre el paracaídas y vuelve la comunicación. 


Ahora sí. A celebrar. Dos últimas fotos para el cuadrito: mientras todos aplauden y se abrazan, Gene Kranz (Ed Harris), el jefe de la misión, cae vencido de cansancio y alivio en su silla. Por su parte, Ken Mattingly (Gary Sinise, transpiradísimo) tiene ganas de llorar pero antes debe cumplir con el reglamento y decirle a Lovell "Welcome back". Y en medio de la felicidad uno siente que a veces no hay nada más lindo que el protocolo. Después de tanta angustia, es hermoso que las palabras por venir sean exactamente aquellas que uno espera escuchar. 

jueves, 18 de julio de 2019

Imperdible estreno: Las facultades, de Eloísa Solaas


Vayan a ver Las facultades, excelente documental de Eloísa Solaas, ganador de la Competencia Argentina en el último BAFICI. Es una de las grandes películas de este año.

Esta semana la película se proyecta en el cine del MALBA los domingos de julio a las 18:00.

martes, 9 de julio de 2019

Por una patria más justa


LA TRAVESÍA

A pesar de este frío antiguo,
de los crueles vigías y sus leyes,
a pesar de este miedo que atenaza,
muchos volverán esta noche
a recorrer los campos con antorchas.
Indóciles, errantes, ateridos,
labrarán resplandores en lo oscuro,
fulgores que debieran persistir.
Saben qué les aguarda, saben
que al fuego que sostienen y comparten
lo envolverá la oscuridad, la húmeda sombra,
pero ellos –qué encendida travesía,
qué alta siembra de pasos decisivos–
proseguirán su paciente tarea,
su pródigo tránsito, su derrota:
hacer que una luz nueva alumbre el mundo,
render el tiempo, fundar claridades.

José María Gómez Valero

La fotografía pertenece a Jorge Rodríguez.

domingo, 7 de julio de 2019

Contra el arte consumible


"Dicen que el sistema se lo come todo, que lo asimila todo. No es cierto, hay cosas que el sistema no puede asimilar, no puede digerir. Una de ellas, por ejemplo, es precisamente la poesía: en mi opinión, es inconsumible. Uno puede leer miles de veces un libro de poemas y no consumirlo. La consumición la sufre el libro, pero no la poesía. 

Por tanto, para concluir, sé perfectamente que la poesía es inconsumible en lo más profundo, pero yo quiero que sea lo menos consumible posible también exteriormente. Lo mismo vale para el cine: haré cine cada vez más difícil, más árido, más complicado, y quizá incluso más provocador, para que sea lo menos consumible posible, exactamente igual que con el teatro, que no puede convertirse en un medio de masas, por lo que el texto permanece sin consumir."

Pier Paolo Pasolini 
En una entrevista con Giuseppe Cardillo, reproducida aquí.

miércoles, 3 de julio de 2019

Preguntas precisas


En el mundo del cine,  ¿la ilusión y el engaño son hermanos gemelos o sólo están fuertemente relacionados?
¿Son mentira las respuestas?
¿Las respuestas son más preguntas?
¿Es el fragmento una respuesta estética a la naturaleza incompleta de nuestra percepción?
¿Es el montaje la simulación del todo?
¿Es la precisión una categoría estética o una categoría moral?
¿Puede la alusión sustituir a la descripción?
¿Es más preciso lo que está fuera de cámara que lo que está dentro?
Michael Haneke
Algunas notas elegidas dentro de las incluidas en el dossier de prensa de la película Código desconocido. (Publicadas en el libro Michael Haneke’s cinema. The ethic of the image, de Catherine Wheatley).

lunes, 1 de julio de 2019

En otro tren


"¿Estoy en el lugar equivocado o en la vida equivocada? ¿No reconocí, en una estación que pasó volando y en la que el tren no paró, que estoy sentado en el tren equivocado?"

Werner Herzog
(en su libro Conquista de lo inútil)

En la imagen: Stroszeck, de Herzog.