miércoles, 24 de diciembre de 2014

Top 20 - Estrenos 2014


 1 - Boyhood (Richard Linklater) 
 2 - El lobo de Wall Street (Martin Scorsese) 
 3 - Esto no es un film (Mojtaba Mirtahmasb/Jafar Panahi)
 4 - Sonidos vecinos (Kleber Mendonça Filho)
 5 - Jauja (Lisandro Alonso) 
 6 - Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée) 
 7 - La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche) 
 8 - Adiós al lenguaje (Jean-Luc Godard)
 9 - 7 cajas (Juan Carlos Maneglia/Tatiana Schembori) 
10 - Perdida (David Fincher) 
11 - ¿Y ahora? Recuérdame (Joaquim Pinto)
12 - Nebraska (Alexander Payne) 
13 - La grande bellezza (Paolo Sorrentino) 
14 - Inside Llewyn Davis (Ethan y Joel Coen)
15 - El desconocido del lago (Alain Guiraudie) 
16 - Nightcrawler (Dan Gilroy) 
17 - Dos disparos (Martín Rejtman) 
18 - El planeta de los simios: confrontación (Matt Reeves) 
19 - Ramón Ayala (Marcos López) 
20 - Ida (Pawel Pawlikowski) 

Apenas un puñado de películas para recordar lo que este año nos dejó. Los links en los títulos llevan a reseñas, poesías, sentires y otras cosas. La lista no tiene necesariamente un orden de preferencia, aunque sí vale señalar que por segundo año consecutivo un film de Richard Linklater aparece en la cumbre del top (la mejor de 2013 había sido Antes de la medianoche). 

lunes, 22 de diciembre de 2014

El cine auténtico

Por Leopoldo Torre Nilsson*

Pienso que el creador no es un sociólogo. Casi nunca da, estéticamente, solución a la realidad. El creador produce un mundo, el ámbito con el que ha estado relacionado. Es muy raro encontrar en la historia del arte obras que signifiquen una solución social, o que interpreten el pensamiento científico. Toda obra es una suerte de interrogante. Es valiosa en la medida en que el interrogante es profundo y responde a fenómenos testimoniales de su época. El creador que siente que no maneja con seguridad los temas que está desarrollando, es porque es un creador que no vive con intensidad una problemática; ésta puede tener carácter social, temporal, pertenecer al orden de la realidad o de la irrealidad, pero pienso que si son escapistas, son inauténticos. El mundo irreal es tan importante como el mundo real. No es más válida la película que muestra el problema actual de los cañeros del norte que la que muestra la incertidumbre del hombre ante el amor; las dos pueden ser igualmente valientes. Están en estratos distintos, simplemente. Pienso, sí, que no es válida artísticamente la impostación: pensar cuáles son los grandes temas y según resulten ser los de la tierra o del amor, me pongo a hacerlos porque son grandes temas, a priori. Eso es impostación. Lo auténtico es aquello que siento necesidad de hacer.

*Fragmento de una entrevista publicada en 1960 en la revista Contracampo Nº4, y reproducida en el libro colectivo Leopoldo Torre Nilsson, una estética de la decadencia (Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken/Grupo Editor Altamira, Buenos Aires, 2002).

En el último Festival de Cine de Mar del Plata vi por primera vez El secuestrador (1958), quizás la mejor película de Torre Nilsson y sin dudas una de las más grandes obras del cine argentino todo. La película puede verse en YouTube.  

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Mar del Plata 2014 - El resto del mundo


El resto del mundo (México/España, 2014)
Dirección: Pablo Chavarría Gutiérrez
Sección: Competencia latinoamericana


"Paisajes, ciudades, cuerpos, objetos, calles, ventanas... no importa. 
Filmar para volver a mirar lo ya visto, lo contiguo. 
El milagro, siempre, lo hace la mirada."

Gustavo Fontán*

Recuerdo El resto del mundo por ese atardecer insuperablemente anaranjado que domina los primeros segundos de la película. Estamos en una playa, mirando hacia la perfección del horizonte. De repente, la imagen se disuelve y sobre la pantalla aparece un texto, una pregunta: “Papá… ¿cómo puede uno morir feliz?”

Inferimos que la pregunta debió ser formulada por la protagonista de esta historia, una niña de unos ocho años que vive junto a su padre en un pueblo del sur mexicano. Es muy probable que Pablo Chavarría, director del film, haya escuchado alguna vez a la nena pronunciar un interrogante similar. Pero la cámara no estuvo ahí con ella para registrar sus propias palabras. Otro cartel, en otro momento del relato, indica que ella también aspira a comprender quién es Dios. El texto se impone nuevamente sobre el sujeto retratado. La enunciación busca decretar la trascendencia filosófica del film mientras uno percibe que esta nena, que se llama Kiara, con muchas menos pretensiones, simplemente quiere ser.

Padre, hija y todo lo demás. Cine de retazos y tenues merodeos, de hallazgos pasajeros e imágenes que se van de foco para transformarse en puras texturas, como sucede en las películas más hipnóticas de Gustavo Fontán. Y entonces me pregunto, volviendo a la cita del inicio, por qué a veces no se da ese milagro del que habla el realizador argentino. Y tengo la impresión de que hay una amplia zona del cine actual que apuesta a que los milagros se produzcan solos, como si para lograr la efectividad del montaje poético sólo bastara con acopiar una serie de planos surtidos y pegarlos bajo el amparo del siempre flexible ensayo fílmico: un par de personajes simpáticos, más algunas capturas bonitas de la naturaleza, más dos o tres escenas de manifestaciones políticas que adosen algo de compromiso... y listo. Lo curioso es que esta sumatoria rara vez da cero, ya que gracias a la libertad característica de este género heterogéneo, aun en los ensayos fallidos o desparejos uno a menudo encuentra ciertas partículas potables para pensar las búsquedas expresivas del autor. Pero no es libertad, precisamente, lo se respira en El resto del mundo.

La voz del director, desde el off, interviene sólo esporádicamente en la película. Cuando lo hace, es para interrogar a Kiara, para empujarla a contar recuerdos traumáticos que poco aportan a su historia, como esa escena incomodísima en donde la nena debe responder qué sintió cuándo perdió una hermanita. Los milagros en el cine no son imposibles pero necesitan tiempo, y en esta película el observador no espera: se impone, se anticipa, quiere conmover y también generar conciencia (y allí se cuelan los rostros mudos de los militantes zapatistas, sin mayor profundización en el tema). El cine a veces parece olvidar que no cualquier persona que resulte encantadora en lo real puede convertirse automáticamente en carne de película. Es evidente que Kiara preferiría no hacerlo. Preferiría no estar ahí. 

*Revista Las Naves Nº1

lunes, 15 de diciembre de 2014

Foto antigua


A las cosas no les importan los mortales.
Ayer encontré esa foto
que ni recordaba,
y te juro que parecíamos tranquilos
en ese simulacro del papel y de la luz.
 


Fabián Casas 
("Foto 1965")

 
En la imagen: Perdida (Gone Girl), de David Fincher

domingo, 14 de diciembre de 2014

El poeta y el soldado


Pasha: ¿Tú eres el poeta?

Zhivago: Sí

Pasha: Yo solía admirar tu poesía.

Zhivago: Gracias.

Pasha: Ahora ya no. La encuentro absurdamente personal, ¿no crees? Sentimientos, introversión, afecto. De repente todo eso se volvió trivial... aunque veo que para ti no es así. Te equivocas. Ya no hay vida privada en Rusia. La mató la Historia.



Tom Courtenay y Omar Sharif en el film Doctor Zhivago, de David Lean

sábado, 6 de diciembre de 2014

Mar del Plata 2014 - Haemoo


Haemoo (Corea del Sur, 2014)
Dirección: Shim Sung-bo
Sección: Panorama - Autores

Eran altas las expectativas que despertaba este primer film como director de Shim Sung-bo, que tenía como principal antecedente ser el coguionista de una de las obras más perfectas del Nuevo Cine Coreano, Memories of Murder (2003), sin dudas el mejor trabajo de Bong Joon-ho (quien a su vez es productor y coguionista de Haemoo). Ambientada a fines de los ’90, en medio de la crisis financiera que sufrió el sudeste asiático, Niebla marina (esa es la traducción del título original) narra la historia de un grupo de pescadores empujados al contrabando de inmigrantes ilegales.

Hay algo fascinante en las películas de barcos: siempre azuladas y húmedas, animadas por esa infalible fusión de melancolía y aventuras, estas películas poseen un encanto atemporal que ya desde el vamos promete momentos de excelente cine. Haemoo no es la excepción. Durante la proyección, sin embargo, el entusiasmo inicial se fue disolviendo a medida que el relato avanzaba, ya que muchos giros narrativos de la trama resultaban llamativamente similares a los de True North, aquel interesantísimo film británico reseñado hace unos años en el blog. La sorpresa se perdió camino al clímax, pues la conmoción que provoca True North es muy difícil de igualar.

Haemoo es una película partida en dos. Sin transiciones pasamos del drama social al horror más cruel que uno pueda imaginar. Una maniobra -demasiado brusca- del capitán desencadena una carnicería imparable y el barco se transforma en un infierno arrasado por la violencia primitiva. El director decide ir a fondo con la locura, montando una gran ópera pesadillesca que apuesta al extremo, a la contundencia del género. Pero llega un momento en que uno empieza a distanciarse de ese paisaje brumoso en donde las acciones se anulan mutuamente debido a la pomposidad macabra que lo inunda todo sin dejar ningún espacio para la ambigüedad o la empatía. Y entonces carece de sentido detenerse a pensar la cuestión de la desigualdad social ante un discurso que asegura con tanta certeza que la barbarie acabará triunfando, siempre. Es el pozo del facilismo en el que a veces puede caer el cine del pesimismo terminal.

martes, 2 de diciembre de 2014

Mar del Plata 2014 - Melbourne


Melbourne (Irán, 2014)
Dirección: Nima Javidi
Sección: Competencia internacional

Todo indica que estamos ante una cierta tendencia dentro del cine iraní. Podríamos atribuirla al “efecto Farhadi”. Si durante décadas esta cinematografía trascendió por su forma de abordar cuestiones culturales específicas desde una búsqueda distintiva -y a la vez reconocible- dentro la plataforma global, ahora se trata de elegir temas filosóficos aptos para la identificación universal a partir de estilos más cercanos al clasicismo. Lo interesante de la obra de Asghar Farhadi (La separación, About Elly) es que supo articular conflictos sólidos de resonancia masiva sin renunciar al trasfondo político particular. No todos los nuevos cineastas pueden estar a su altura, aunque algunos intenten seguir un sistema similar. Melbourne recuerda mucho a Bright Day, otro film iraní que compitió el año pasado en el festival: ambos proponen una trama controvertida que corre contra reloj y acaba debilitada por una puesta en escena mecánica y sin relieves.

En sus títulos de apertura, Melbourne presenta imágenes hipnóticas. Por unos instantes cuesta descifrarlas, aunque pronto detectamos que la cámara está casi pegada a la superficie de una pila de abrigos a punto de ser envueltos para equipaje. Un plástico transparente se adhiere poderosamente a la ropa mientras todo el aire desaparece por acción de una aspiradora. Asfixia. Anticipo de lo que está por venir.

Todo transcurre en un departamento de clase media de Teherán, en donde una pareja joven prepara las valijas horas antes de irse a vivir a Australia. Es un día caótico, con diversos personajes que entran y salen del lugar mientras Amir y Sara intentan controlar la ansiedad. Ellos no tienen hijos pero resulta que ese día -justo ese día- hay un bebé durmiendo en la casa. Alguien lo dejó ahí, por un ratito. Y de repente el bebé se muere, sin motivo ni explicación.

Es una pena que el director Nima Javidi nunca vuelva a encontrar la sutileza enunciativa lograda en el comienzo. Si la idea era reflexionar sobre el desamparo de los niños frente al egoísmo y la alienación de los adultos, ¿era necesario utilizar como disparador el argumento tan extremo e inapelable de la muerte súbita? Una vez planteado el problema, todo lo que sigue en la historia suena forzado y calculado para instalar “el gran dilema moral”, con un relato que sólo busca inyectar suspenso sin preocuparse por el verosímil de la evolución dramática. Golpeados por la culpa y el estupor, los protagonistas no saben cómo hacerse cargo de la situación, una reacción absolutamente comprensible y lógica dentro del contexto. Lo que no se puede creer es la cadena de improvisaciones y mentiras (algunas llamativamente imaginativas, por no decir demasiado guionadas) en las que se embarca el personaje masculino con el fin de evadir la responsabilidad. Melbourne podría leerse como una tragicomedia de enredos si no fuera por el dolor inconmensurable que implica la pérdida de un bebé.  

lunes, 1 de diciembre de 2014

Mar del Plata 2014 - What we do in the shadows


What we do in the shadows 
(Nueva Zelanda/Estados Unidos, 2014)
Dirección: Jemaine Clement y Taika Waititi
Sección: Hora Cero

Comienzo la cobertura con la última película vista en el festival, una comedia de vampiros proyectada en un clima de contagiosa alegría cinéfila, algo habitual en las funciones de la sección Hora Cero. “Si nunca vieron Flight of the Conchords, deberían hacerlo ya”, dijo el programador Pablo Conde al presentar el film, en referencia a una serie televisiva de HBO cuyos creadores, los neozelandeses Jemaine Clement y Taika Waititi, son también los realizadores y protagonistas de What we do in the shadows. 

Es de noche. Suena el despertador y un sujeto de tez muy pálida sale de un ataúd para hablarle a la cámara y contar cómo son sus días en un penumbroso castillo junto a otros tres amigos de la misma especie. Así arranca el film, como si fuera un documental sobre las costumbres de los vampiros, un paseo por todos esos tópicos que conocemos desde siempre y que aquí sirven de base para la parodia. El vampiro anfitrión tiene el look de un Drácula clásico, enamoradizo y algo ingenuo. Hay otro muy parecido al Nosferatu de Murnau y otro con el perfil de Gary Oldman en el film de Coppola. El cuarto vampiro debió huir de Europa por haber militado en las huestes de Hitler. A la convivencia se suma más tarde un vampiro novato que provoca desastres al no poder aceptar su condición.

Veloz y compacto, el relato ofrece una verdadera lección de timing: uno intuye que cada gag ingenioso podría haber disparado con facilidad un abanico de chistes similares, pero si hay algo que el guión evita es precisamente caer en la redundancia y la saturación grotesca. Tampoco abusa de los efectos digitales, que son discretos aunque muy efectivos y funcionales al verosímil que el film busca construir. Los directores se ríen de muchas taras de los vampiros, pero se nota que los conocen a fondo y los adoran. No aspiran a desactivar los clichés del género sino más bien a verificar la resistencia de esa raíz particular, tan mágica como arbitraria, sobre la que se erige una mitología. La película recupera con inteligencia esos signos vitales que soportan el paso del tiempo más allá de todos los reciclajes anodinos impuestos por la industria cultural en las últimas décadas.