domingo, 29 de octubre de 2017

Se acerca la edición 2017 del festival ASTERISCO

Del miércoles 1º al domingo 5 de noviembre se realizará en Buenos Aires la cuarta edición del Festival Internacional de Cine ASTERISCO, una muestra dedicada a la temática LGBTIQ (lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales, queers) que apunta a difundir “las diversas y múltiples maneras de ser, de amar y de estar en el mundo; de relacionarse y formar familias, de convivir en equidad y respeto por las diferencias”. 

A lo largo de cinco jornadas, el público podrá disfrutar de una amplia programación de películas y cortos seleccionados por Albertina Carri, Fernando Martín Peña, Leandro Listorti y Diego Trerotola (director del festival), y de una atractiva agenda de actividades especiales.

Uno de los invitados destacados este año es Lionel Soukaz, pionero francés del cine queer, que integrará el Jurado de la Competencia Argentina de Largometrajes y presentará una retrospectiva de su obra, un cine que los programadores describen como “subversivo, impetuoso, enérgico, libertario y experimental”. También habrá un foco dedicado al joven actor y realizador alemán Axel Ranisch, de quien se verán Chicas pesadas (2011) y Ladrón (2013), entre otros títulos.

Por otra parte, el notable periodista Enrique Raab, desaparecido en 1977, será el centro de una sección destinada a recordar “el punto de vista de un pionero de la cinefilia queer para programar una serie de películas que pueden ir de la idolatría de las figuras de Isabel Sarli y Tita Merello hasta una excéntrica defensa del cine publicitario.” La selección de películas incluye a Una mariposa en la noche, de Armando Bo (1977), La morocha, de Ralph Pappier (1958), y La tregua, de Sergio Renán (1974), entre otras.

La nutrida sección “La piel que habito” forma la columna vertebral del festival, combinando algunos rescates y diversas producciones de los últimos años. Dentro de los estrenos podemos destacar Boys for sale, de Itako (Japón), Brothers of the Night, de Patric Chiha (Austria), Casa Roshell, de Camila José Donoso (México/Chile), Gender Troubles: The Butches, de Lisa Plourde (EE.UU.), NOSOTROS, el documental, de Gabriel Rugiero (Argentina), RIU, lo que cuentan los cantos, de Pablo Berthelon (Chile), Trans-Ur, de Sofía Saunier (Uruguay), Out and About, de Koen Suidgeest (Países Bajos), y Ulrike’s Brain, el nuevo trabajo del emblemático Bruce LaBruce (Alemania/Canada).

Dentro de “La piel que habito” también podrá conocerse Eastern Boys, film francés de 2013 del realizador Robin Campillo, quien sorprendió este año en Cannes con 120 battements par minute, en la que se lució el argentino Nahuel Pérez Biscayart. Otro título a tener en cuenta es Detrás del velo, interesante documental canadiense de 1984 dirigido por la canadiense Margaret Wescott, centrado en la histórica lucha de las monjas dentro del universo religioso. Finalmente, recomendamos un rescate: la comedia Señor, ¡usted es viuda! (1971), del director checo Václav Vorlíček.

Las sedes en donde se desarrollará el festival son: 
Malba Cine (Av. Figueroa Alcorta 3415) / Entrada: 60 pesos
Sala Cine.ar Gaumont (Av. Rivadavia 1635) / Entrada: 30 pesos
ENERC (Moreno 1199) / Entrada gratuita
Universidad del Cine (Pasaje Giuffra 330) / Entrada gratuita

Hay muchas más películas y focos para descubrir, así como una importante cantidad de actividades paralelas que pueden consultar el Twitter y la página de Facebook de Asterisco: https://www.facebook.com/festivalasterisco

martes, 24 de octubre de 2017

El Rati Horror Show, de Enrique Piñeyro


“Ya no percibimos la realidad, 
sino la representación televisiva de la realidad”.  

Michael Haneke

“Robar, huir… y matar”. Con este homenaje a Woody Allen Telenoche anunciaba en un videograph la denominada “Masacre de Pompeya”. No importó que aquel famoso film de los ‘70 fuera una comedia y esta noticia fuera una tragedia. “Esta película de horror comenzó…”, rezaba la voz en off del cronista del noticiero, otra obvia apelación a las etiquetas del cine, en cuyas formas nobles pretende escudarse el discurso televisivo. Pero es la pantalla chica la única responsable de parir y modelar cada día el subgénero del morbo policial. “Un grupo de delincuentes”. “Tres malvivientes”. “Un amoral que jugó con la vida ajena”, protestaba Julio Bazán. Los locutores parloteaban sin tener idea de nada. Años después aplaudieron a los jueces por la “condena ejemplar”.

El Rati Horror Show parte de estas imágenes y las edita como si estuviéramos saltando entre fragmentos de YouTube que tocan la misma historia pero están llenos de incongruencias. Las imágenes circulan, pasan, saturan, y como plantea Domènec Font, “traducen una carga pulsional inmediata para la vista o para la manipulación táctil, pero no exigen mayor calado que su evidencia.” (1) Estamos acostumbrados a muchas cosas que no cierran y sin embargo “no nos inmutamos”, como dice el abogado de Fernando Carrera. Cuando Enrique Piñeyro recaló en esas incongruencias, no se limitó a gruñir por “lo mal que está este país, qué cosa”. El Piñeyro-espectador se preocupó, ató los cabos y actuó en consecuencia, porque advirtió enseguida que con la condena a Carrera lo que estaba flagrantemente en juego es la presunción de inocencia, “la piedra angular de la aplicación del Derecho en la Argentina y en la mayoría de los países democráticos”. (2)

En su cuarto film como director, Piñeyro hace una rotunda denuncia contra el sistema policial y judicial, además de exponer la volubilidad mediática cotidiana. Y también hace una película repleta de recursos atractivos que reconstruyen el hecho a la vez que intentan explorar eso que llamamos “percepción”. Una investigación rigurosa y una reflexión sobre la relatividad de lo que creemos ver y oír. Un film gratamente tecnológico que imprime movimiento a las impalpables conjeturas. Un relato que analiza, contrasta y aporta datos mientras nos seduce evocando los trazos de diversos géneros. Climas de ciencia-ficción cuando el film despega en el espacio exterior, cual ojo extraterrestre que aterriza en la Tierra (y los dispositivos ultramodernos de la oficina de trabajo tienen mucho de nave espacial). Pedacitos de western cuando de repente todos se van al campo (western híbrido, en verdad, porque luego veremos a un hombre de color azul en un granero). Un chispazo de humor político a cargo de Tato Bores corona los pasos de comedia cínica ensayados por el realizador-orador-guía y su inefable dicción. Con todos estos cruces, algunos más pertinentes que otros, El Rati Horror Show busca ir más allá del llano informe periodístico, y lo logra, principalmente porque desde el inicio tiene muy claro su objetivo.

Porque el drama de Fernando Carrera no es simplemente un caso alarmante o curioso o potable desde lo cinematográfico. Al asociarlo, en el comienzo del relato, con los asesinatos de Kosteki y Santillán, Piñeyro exhibe una idea de la Historia, eligiendo unir dos hechos supuestamente distanciados para armar una narración, una trama de responsabilidad política que no se agota en el acontecimiento individual. Los medios de comunicación sí, todo lo agotan cuando se “seca” el espectáculo, y si acuden a los antecedentes es sólo para atizar el fuego en vez de ayudar a comprender su raíz. En una era colapsada por los acontecimientos efímeros y olvidables, el film rescata las conexiones de sentido que identifican a una sociedad. Es el cine  el que todavía puede detenerse a hilar y pensar la trama profunda. Claro que la justicia no siempre puede darse el lujo del tiempo.

1 - Domènec Font en su ensayo titulado "Estética del relato audiovisual".
2 - Enrique Piñeyro en un artículo publicado en el suplemento "Radar", de Página/12 (12/09/10).


El Rati Horror Show puede verse completa en YouTube.

lunes, 23 de octubre de 2017

Necesidad de utopía

Por Marc Augé*

“Tenemos necesidad de utopía, no para realizarla sino para tender hacia ella y proveernos así de los medios para reinventar lo cotidiano. La instrucción debe, por sobre todas las cosas, enseñarnos a hacer mover el tiempo para salir del eterno presente fijado por las imágenes en serie, y para hacer mover el espacio, y por ende para movernos en el espacio, para ir a ver lo que pasa cada vez más cerca y no contentarnos con imágenes y mensajes. Debemos aprender a salir de nosotros mismos, de nuestro círculo, a comprender que es la necesidad de lo universal lo que relativiza las culturas y no al revés. Debemos aprender a salir de nuestro universo cultural restringido y promover un individuo transcultural, capaz de interesarse en todas las culturas del mundo y no considerar extraña a ninguna. Ha llegado la hora de una nueva movilidad planetaria y de una nueva utopía de la educación. Pero apenas estamos al comienzo de esta nueva historia que será larga y, como siempre, dolorosa”.


*Fragmento de un artículo titulado “Utopía de la movilidad”, publicado en la Revista Ñ (02/12/08).


La imagen pertenece al film The Visitor, de Thomas McCarthy.

jueves, 12 de octubre de 2017

Comienza una nueva -y excelente- edición del DOC Buenos Aires

Hoy comienza la 17º edición del DocBuenosAires, edición que vuelve a recuperar a la Sala Lugones como emblématica sede y que tiene una programación que se anticipa como una de las más estimulantes de los últimos años. El festival reúne a las mejores producciones nacionales e internacionales del cine documental de creación. A través de las diversas secciones de la programación, este encuentro buscar introducir al público local en las nuevas tendencias y las distintas formas de escritura dentro del género, además de revisar la obra de realizadores ya consagrados.

Esta noche se inaugura el DocBuenosAires con la proyección del film Hijas del Fuego (Filles du feu), que será presentado por el antropólogo y cineasta francés Stéphane Breton, que es el invitado especial de esta edición, que ha programado una retrospectiva de su obra. “Breton viene trabajando la imagen -informan los programadores- desde sus inicios como realizador, con el propósito de aportar su mirada sobre quienes viven en los más variados rincones del planeta, retratando así la vida humana en sus múltiples formas y condiciones.” El realizador ofrecerá una master class con entrada libre en la Aliaza Francesa, este viernes 13 de octubre a las 18.30.

Otro foco importante es el dedicado al director Jean Rouch, principal referente del cinéma-verité francés. En homenaje al realizador a cien años de su nacimiento, el festival ha programado una selección de cinco trabajos que recorren la diversidad de temas que abordó a lo largo de su vida, incluyendo una serie de cortos y también sus clásicos Crónica de un verano y Yo, un negro.

El realizador Gustavo Fontán será otro de los protagonistas de la muestra, ya que aquí podrá conocerse su "Trilogía del lago helado", integrada por tres nuevos ensayos cinematográficos: Lluvias, El estanque y Son en un patío vacío. Los otros estrenos argentinos programados, con propuestas realmente interesantes, son: La intimidad, de Andrés Perugini; Inconsciente, de Lucas Turturro; Cámara oscura, de Javier Miquelez; Los árboles, de Mariano Luque; y Open doors, de Pavel Marcano.

El crítico y docente Eduardo A. Russo será el encargado de presentar la serie "Los niños de Golzow" (1961-1980), dirigida por Barbara y Winfried Junge, un proyecto audiovisual de larga duración que retrata más de 15 años de la vida de un grupo de estudiantes de Golzow, al separarse tras la construcción del Muro de Berlín. La sede será el Centro Cultural San Martín.

Por otro lado, la sección “360º y realidad virtual” reúne una serie de creaciones que invitan a la reflexión sobre las potencialidades que esta alternativa tecnológica ofrece para los realizadores audiovisuales. Como sostienen los programadores, “poner en contraste la pantalla gigante de un cine tradicional con unos dispositivos o lentes especiales de VR para visualizar este tipo de contenido ha implicado un acto transgresor dentro de la industria cinematográfica. Cada día son más los documentalistas que incorporan estas tecnologías para desarrollar sus proyectos.” Podrán verse películas en este sistema provenientes de Colombia, España, Estados Unidos, Israel, México y Suiza.

Desde este espacio destacamos especialmente tres títulos imperdibles: Hamlet en Palestina (Francia/Alemania), de Nicolas Klotz (director de la genial La cuestión humana), Mama Colonel (Francia/Congo), de Dieudo Hamadi, y Entre fronteras (Israel/Francia), de Avi Mograbi.

Sedes

Cine.ar Gaumont (Av. Rivadavia 1635)
Sala Leopoldo Lugones (Av. Corrientes 1530)
Centro Cultural San Martín (Sarmiento 1562)
Alianza Francesa de Buenos Aires (Av. Córdoba 946)
MACBA (Av. San Juan 328)
Universidad del Cine (Pasaje Giuffra 330)

En la Lugones, el CC San Martín y el Gaumont la entrada general tiene un costo de 40 pesos. en la Alianza Francesa, la Universidad del Cine y el MACBA la entrada es gratuita.

Para conocer todos los detalles sobre el 17º DocBuenosAires, pueden consultar la página oficial, en donde encontrarán la grilla de programación y las indicaciones para anotarse a los seminarios y actividades paralelas.

miércoles, 11 de octubre de 2017

...donde morir de carne


Hay hombres en los que gime dios
por no encontrar un hombre
donde morir de carne,

pero no llora como quien lo hace
solo,
llora como quien llora abrazado a un niño.

Hugo Mujica
Fragmento del poema "Hay perros que mueren de la muerte de su amo"

La imagen pertenece al film La permanence, de Alice Diop.

martes, 3 de octubre de 2017

El vuelo, de Robert Zemeckis


Texto publicado en 2013

“Por cierto que de este mundo no podemos caernos. 
Estamos definitivamente en él.” 

Christian Dietrich Grabbe*

Darlo vuelta. Lo primero que vemos en la película es el breve plano de un avión en ascenso. Y luego, un pezón. Una mujer se levanta de la cama, mareada, inestable, y camina totalmente desnuda por una habitación, buscando sus prendas. Su cuerpo llama la atención, no sólo porque es bellísimo, sino porque el tiempo que el relato le dedica a esa desnudez no es algo común dentro del cine mainstream. Hablamos de unos segundos apenas, y en ese momento quizás no seamos del todo conscientes, pero esa decisión de puesta en escena intenta trascender la simple sensualidad (o la provocación, si quieren) para imponerse como un acto de franqueza, un pacto de cercanía que anticipa el verdadero tema de El vuelo (Flight): el dolor de estar irremediablemente expuestos, sin abrigos, ni control, ni consuelo. La inversión de expectativas es sólo una de las diversas maniobras sorpresivas que contiene la película, pues el trailer nos había preparado para las curvas de un film catástrofe y de repente uno se encuentra sumergido en la desolación de un hombre adicto al alcohol. Y no hay secuencia de acción que pueda superar el espectáculo de esa primera y caudalosa lágrima que vierte Denzel Washington cuando despierta en el hospital y le comunican quiénes murieron en el accidente.

Act of God. Más allá de este bienvenido desplazamiento de géneros (agreguemos que John Goodman aparece dos veces trayendo la comedia pura en su mochila), toda la narración de la película es absolutamente diáfana y sincera. Y ya desde el comienzo, a través de un montaje paralelo, el film advierte que por allí también ronda Nicole (Kelly Reilly), una chica adicta a la heroína que terminará involucrada con el protagonista. Al explicitar por adelantado ese cruce dramático, Zemeckis parecería asumir que como demiurgo detrás de la fábula él puede conocer y predecir los destinos de los personajes, mientras la historia en sí misma postula que en lo real sucede justamente lo opuesto: hay que convivir con el azar y el absurdo. La narración jamás especula ni oculta la información esencial sobre la conducta del capitán Whip Whitaker (Washington), y es por eso que uno se siente tan absorbido por este relato, que logra convencernos siempre, incluso frente al delirio del vuelo invertido. Es lícito pensar que el vodka y la cocaína fomentaron en parte el arrojo y la lucidez del héroe para franquear los límites de lo factible. O tal vez no, quién sabe. Lo que queda claro -para el espectador agnóstico, al menos- es que casi cien personas se salvaron gracias a un hombre que tomó las decisiones correctas en el instante preciso. Otros prefieren hablar de un milagro. Pero... "¿qué tuvo que ver Dios en esto?", se pregunta Whip mientras en el fondo del cuadro vemos la cúpula de la capilla que quedó destruida por el aterrizaje forzoso. Y ahí recordamos la escena en la que el ala del avión le arranca literalmente la cruz a la iglesia, un momento que Zemeckis elige mostrar en cámara lenta, aun cuando eso implica frenar el ritmo de la vertiginosa caída. Podría deducirse que con ese gesto la película anula la posibilidad de la fe religiosa. Pero también podría ser todo lo contrario. 

Wilson. Debe ser que a Dios lo necesitamos en la ficción, aunque sólo sea como un personaje más, como función o compulsión. Dios mete su cola en esta historia y se calza distintos trajes con sigilo, casi sin que nos demos cuenta. Para algunos, los mortales no somos más que dados sacudidos en un cubilete planetario, y lo único que Dios puede darnos es la certeza del azar, como dice el joven enfermo de cáncer en una de las escenas más memorables de la película (“Perdemos demasiado tiempo intentando controlarlo todo”). Para otros, hay que rezarle al Señor porque él es el gran organizador, el tapón del caos: para muchos sobrevivientes el accidente fue un prodigio divino que hay que leer desde la lógica de la predestinación. Whip Whitaker no cree en nada ni en nadie, y sin embargo en su desesperación final también recurre a Dios. Pero el dios del protagonista, junto con todos los otros dioses que deambulan por el film, no hacen más que replicar aquí el rol que la pelota Wilson cumplía en Náufrago: simplemente, se trata de inventar un amigo con quien hablar. Imaginar que estamos un poco menos solos.

Denzel. Así y todo, Wilson también se alejaba, y Tom Hanks volvía a estar solo y a la deriva. En Náufrago Zemeckis suprime a Wilson para confirmar la intangibilidad del símbolo frente a la soledad ontológica del ser humano. Hoy es una pelota, mañana será una fotografía, mucho antes fue el sol. Pero ningún símbolo se sostiene sin voluntad, y a esto también se refiere El vuelo. Y aquí es cuando el director decide hacer foco en el cuerpo, pues frente a todos los discursos que buscan darle peso al "espíritu", en este film la voluntad no puede disociarse del cuerpo y su obstinada materialidad. ¿Qué puede hacer la razón cuando el cuerpo se empecina en tironear para el otro lado? Nunca lo habíamos visto a Denzel Washington así, tan titánico y a la vez tan frágil, con tanta tristeza y con tanta necesidad de hundir la cabeza como una tortuga. Él, un actor de porte volcánico, de grandes parlamentos, sonrisa insuperable y dicción contundente, aquí muchas veces se ve obligado a hablar entre dientes, avergonzado, como cuando le pide a una colega que mienta por él, cuando no lo vemos directamente mascullar incongruencias mientras agita una botella vacía. Es extraordinaria toda la secuencia en el hotel previa al temido interrogatorio: allí el actor condensa en cada temblor toda la ansiedad del personaje y su subversiva abstinencia, para llegar finalmente a ese plano brutal que lo muestra tumbado en el baño, con un rastro de sangre que certifica su estado de inconsciencia. Denzel nos da la espalda, casi no vemos su cara, pero uno no puede dejar de sentir sobre los propios hombros la gravedad de ese físico inmenso y vencido que desde algún lugar callado clama por auxilio, y al que a la vez sólo le queda resto para entregarse al abandono. Es así nomás... de este mundo no podemos caernos. 

* Christian Dietrich Grabbe en su obra Hannibal, citado por Sigmund Freud en El malestar en la cultura. 

Esta reseña surgió de una charla sobre El vuelo que mantuve con el amigo Andrés Fevrier, autor del blog Cinematófilos. (¡Gracias por las ideas!).