miércoles, 5 de diciembre de 2018

Mar del Plata 2018 - Burning


Burning 
(Beoning / Corea del Sur, 2018) 
Dirección: Lee Chang-dong 
Sección: Panorama

Burning no me deja en paz. Hoy puedo decir que Lee Chang-dong hizo una obra maestra (otra más), pero durante el visionado uno está muy lejos de esa certeza. En una primera impresión, Burning puede tornarse espesa y ambigua hasta la desazón. La opacidad parecería querer imponerse sobre la empatía, y éste no es un mecanismo habitual en el cine del director. Pero a la vez hay algo que arde silenciosamente en esta película esquiva. Algo que reclama volver sobre todos esos instantes resplandecientes de puro enigma que quedaron adheridos a los ojos y al cuerpo como brasas invisibles. Pasan los días y el desconcierto original se convierte en decidida fascinación. Una fascinación colmada de tristeza, porque se trata de una película concebida desde el más absoluto pesimismo por el estado de la humanidad. 

Un chico (Jong-su) conoce a una chica (Haemi) en las calles agitadas de Seúl. En realidad ya se conocían porque habían sido vecinos, pero él hoy no la reconoce porque ella se operó la cara, acomplejada porque la llamaban fea (sin subrayarlo demasiado, el film empieza a señalar una serie de horrores propios del presente diseminados por el globo: el bullying, el terrorismo y más). Haemi entonces le cuenta al chico que pronto hará un viaje a África y necesita que alguien cuide de su gato. Jong-su acepta hacerle el favor. Él es claramente un adolescente introvertido que no sabe bien cómo llevar la relación con la chica, pero se engancha. Algo cambia para él desde que están juntos, aunque cuesta leerlo en su rostro impenetrable. El chico vive solo, en una casa con una granja situada cerca de la frontera con Corea del Norte. Su madre lo abandonó y su padre está preso. Jong-su quiere ser escritor. 

La película presenta, por lo menos, tres niveles de análisis. Primero tenemos la fábula en sí misma, apoyada en el difuso triángulo conformado por el protagonista, la chica y otro muchacho que aparece después, Ben. El relato nos ubica en un espacio y un tiempo bien concretos: un noticiero televisivo informa que el desempleo juvenil crece en Corea y que Trump busca reforzar sus políticas antimigratorias. La violencia está en todos lados y todos identificamos ese paisaje. Pero la narración de a poco se enrarece, y lo que había comenzado como un drama con tintes sociológicos se desplaza hacia una especie de thriller volátil ahogado en el extrañamiento. ¿Acaso hay zonas de la historia distorsionadas por la subjetividad del protagonista? Acá tenemos otro nivel de lectura, el metaficcional. Al igual que en Poetry, Burning tiene en su centro a un personaje que aspira a encontrar en el arte algún consuelo, quizás el último recurso para filtrar una realidad que lo aplasta. Jong-su está intentando escribir una novela. Su perplejidad es la del propio Lee Chang-dong, también artista, también vencido y angustiado por un mundo que no comprende. En distintas entrevistas sobre la película, el director dice que él quería narrar la furia. La furia y la impotencia que sienten hoy las personas, sobre todo los jóvenes. Tomó como base un cuento de Murakami, se inspiró también en William Faulkner, sumó sus propios temores y así salió esta película atípica poblada de trazos intrigantes que trasciende ampliamente el marco del “retrato generacional”. 

¿Por qué Haemi estudia pantomina? ¿Por qué Jong-su se detiene siempre en esa ventana que lo atrae como un imán? ¿Por qué bosteza tanto Ben? ¿Qué le pasa? ¿Será que el Mal está aburrido? Lo sentí de repente, sí. Sé que esta intuición suena pretenciosa y trivial, pero creo que Burning efectivamente habilita diversas puertas para que uno baraje un análisis alegórico. El fino doblez de los personajes, las situaciones nebulosas, las discretas epifanías, todo nos impulsa a descifrar las ideas latentes en numerosos símbolos del film que se resisten a la interpretación unívoca. Y eso es lo genial, esa sensación de estar ante una película abierta al futuro, una obra con una potencia todavía agazapada, en la que los signos y los juegos textuales recién empezaron a rodar. 

Si me animo a hablar del Mal con mayúsculas como uno los muchos posibles temas de Burning, es porque Lee ya había abordado esta cuestión en otras películas. En su impresionante Peppermint Candy, film de 1999, trataba de comprender el carácter violento y autodestructivo del protagonista como un producto de la historia del país. Sin embargo, los actos de perversión narrados en Secret sunshine (2007) y Poetry (2010) parecen inscribirse en otro orden, más ominoso y bestial. Sí, existen sujetos que hacen daño sin sentir culpa, y esos sujetos son parte del género humano. No siempre la maldad encuentra explicación. Lee la expone, acompaña a las víctimas, pero no puede entender. Por eso sus últimas películas resultan tan devastadoras, y en este aspecto Burning es la más terminal. No hay salida de ningún tipo. Ni una sola lucecita.


Pero hay desesperación. Eso es lo que arde, lo que llora. En pleno festival de cine, al lado de muchas películas que se muestran imperturbables frente al estado del mundo, Burning se eleva en su maestría mientras más la recordamos y la asumimos en todo su dolor. En una de las primeras escenas, la joven Haemi le cuenta a Jong-su que los pueblos bosquimanos, en el desierto de Kalahari, interpretan la palabra "hambriento" desde dos dimensiones. “Poco hambriento” es aquel que tiene hambre físicamente, y “muy hambriento” es el que tiene hambre por el sentido de la vida. Lee Chang-dong coloca ese diálogo a modo de manifiesto artístico, una filosofía que uno también puede aplicar como parámetro para diferenciar cuáles son las películas menores y cuáles las verdaderamente importantes. Lee quizás no tenga esperanza, pero evidentemente tampoco elige recluirse y permanecer callado. Su hambre es voraz.

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