martes, 2 de diciembre de 2014

Mar del Plata 2014 - Melbourne


Melbourne (Irán, 2014)
Dirección: Nima Javidi
Sección: Competencia internacional

Todo indica que estamos ante una cierta tendencia dentro del cine iraní. Podríamos atribuirla al “efecto Farhadi”. Si durante décadas esta cinematografía trascendió por su forma de abordar cuestiones culturales específicas desde una búsqueda distintiva -y a la vez reconocible- dentro la plataforma global, ahora se trata de elegir temas filosóficos aptos para identificación universal a partir de estilos más cercanos al clasicismo. Lo interesante de la obra de Asghar Farhadi (La separación, About Elly) es que supo articular conflictos sólidos de resonancia masiva sin renunciar al trasfondo político particular. No todos los nuevos cineastas pueden estar a su altura, aunque algunos intenten seguir un sistema similar. Melbourne recuerda mucho a Bright Day, otro film iraní que compitió el año pasado en el festival: ambos proponen una trama controvertida que corre contra reloj y acaba debilitada por una puesta en escena mecánica y sin relieves.

En sus títulos de apertura, Melbourne presenta imágenes hipnóticas. Por unos instantes cuesta descifrarlas, aunque pronto detectamos que la cámara está casi pegada a la superficie de una pila de abrigos a punto de ser envueltos para equipaje. Un plástico transparente se adhiere poderosamente a la ropa mientras todo el aire desaparece por acción de una aspiradora. Asfixia. Anticipo de lo que está por venir.

Todo transcurre en un departamento de clase media de Teherán, en donde una pareja joven prepara las valijas horas antes de irse a vivir a Australia. Es un día caótico, con diversos personajes que entran y salen del lugar mientras Amir y Sara intentan controlar la ansiedad. Ellos no tienen hijos pero resulta que ese día -justo ese día- hay un bebé durmiendo en la casa. Alguien lo dejó ahí, por un ratito. Y de repente el bebé se muere, sin motivo ni explicación.

Es una pena que el director Nima Javidi nunca vuelva a encontrar la sutileza enunciativa lograda en el comienzo. Si la idea era reflexionar sobre el desamparo de los niños frente al egoísmo y la alienación de los adultos, ¿era necesario utilizar como disparador el argumento tan extremo e inapelable de la muerte súbita? Una vez planteado el problema, todo lo que sigue en la historia suena forzado y calculado para instalar “el gran dilema moral”, con un relato que sólo busca inyectar suspenso sin preocuparse por el verosímil de la evolución dramática. Golpeados por la culpa y el estupor, los protagonistas no saben cómo hacerse cargo de la situación, una reacción absolutamente comprensible y lógica dentro del contexto. Lo que no se puede creer es la cadena de improvisaciones y mentiras (algunas llamativamente imaginativas, por no decir demasiado guionadas) en las que se embarca el personaje masculino con el fin de evadir la responsabilidad. Melbourne podría leerse como una tragicomedia de enredos si no fuera por el dolor inconmensurable que implica la pérdida de un bebé.  

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