jueves, 19 de febrero de 2009

El luchador, de Darren Aronofsky


"Ya no tengo ni encuentro palabras para pedir misericordia. Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma. Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne de mil bocas, de dos mil labios gritadores. A mis oídos llegan voces distantes, resplandores pirotécnicos, pero yo estoy aquí solo, agarrado por mi tierra de miseria como con nueve pernos".

Roberto Arlt (El juguete rabioso)

No llegó a caer. Desde hace décadas venía resbalando, arrastrado por el lodo, pero abrió los ojos a tiempo como para clavar sus uñas en el último peñasco antes del precipicio. Quedó colgando. Nadie lo ve. Las uñas sangran.

El periodismo ha establecido que se trata de un "regreso con gloria". Hablan del actor y no del personaje, como si tuviera sentido ensayar esa escisión. Pero no hay real resurrección en la historia de Randy "The Ram" Robinson (Mickey Rourke), que ya tiene el corazón literalmente partido y es evidente que no podrá aguantar mucho más. Ni los aplausos de mil galaxias juntas alcanzan para aplacar tanta soledad.


Un hombre y su cuerpo, eso es El luchador (The Wrestler). Músculos brillantes y un rostro fuera de control. Un hombre que lo perdió todo y al que sólo le queda explotar cada fibra de su físico, demasiado castigado a esta altura como para evitar que la carne empiece a deshilacharse. No importa cuánto gimnasio ni cuántos esteroides el tipo le siga metiendo, el cuerpo se aja con los años y con los dolores en el pecho. Acá los espectáculos de catch incluyen coreografías con alambres de púa, ganchitos engrapados en las cejas, cortes autoinfligidos para simular hondas llagas. Lejos de la festiva salud de nuestro "Titanes en el ring", en sus shows Randy se expone a lo que sea y ya ni siquiera su piel funciona como digna frontera.

"The Ram" está en ruinas como lo están esas calles de New Jersey que le toca transitar, un paisaje frío y fiero por donde se lo mire, desde los bosques de árboles pelados hasta esos centros comerciales que ponen a la venta ropas imposibles. De día los bares están vacíos. De noche los burdeles se llenan de clientes hoscos, esos que rechazan a Cassidy (Marisa Tomei) porque ya está entrada en años. Cassidy también se viene abajo, aunque sea una mujer despampanante. Ambos descastados sobreviven en un escenario hace tiempo abandonado, en donde el último gramo de entereza moral siempre está al borde del derrumbe. Frente a un cuadro que anula cualquier resquicio para la confianza, jugársela por el cariño implica vencer el cansancio con la fuerza de lo nuevo. Pero sucede cada vez más a menudo: nos quedamos sin resto antes de arrancar.


Lo señaló el crítico Jim Hoberman en The Village Voice: la película parece filmada por los hermanos Dardenne, con una cámara que se aferra a la anatomía del personaje -a sus ímpetus y a sus retiradas- y no se despega nunca, como si estuviera urgida por una necesidad biológica. Fue precisamente en el film Rosetta (otra eximia luchadora) donde los directores belgas llevaron a la cumbre expresiva esta simbiosis visceral entre cámara y cuerpo. Darren Aronofsky elige ese mismo realismo sucio y con su cámara-lija lo vuelve aún más rasposo, más chillón, más lacerante. En The Wrestler hay escenas que exigen cerrar los ojos, y lo curioso es que en esos momentos se supone que la violencia está sobreactuada. Los límites son difusos pero la pelea es una sola, larga y cotidiana. Porque la violencia mayor, la que excede al cuadrilátero y a la intimidad, hace ya mucho tiempo que atravesó y maceró los cuerpos de todos los mortales.

5 comentarios:

Andrés dijo...

Aronofsky acertó al situarse más cerca del documental que del estilo recargado de sus anteriores películas. Pero me parece que la pifió con algunos excesos y subrayados que atentan contra el pretendido registro seco y austero. Y que no supo/pudo/quiso resolver algunos de los lugares comunes que suelen plantear este tipo de películas.

Es una pena, porque creo podría haber sido una gran película.

Saludos

mge dijo...

Muy poco que reprocharle a El Luchador, me gustó de principio a fin.

Me hizo acordar, salvando distancias, a Encarnación (de Anahí Berneri) por la manera en que el director aborda el cuerpo del protagonista, siendo este el escenario principal en que se desarrolla la película.

Un gusto leer tu crítica, Carolina.

Hernán dijo...

Me gustó mucho esta película. La verdad es que fui al cine sin muchas expectativas y la sorpresa fue muy grande. Sólo me hizo ruido durante la proyección el comentario de Cassidy sobre la película de Gibson, pero más tarde entendí el peso que tiene este diálogo en el juego que mantiene la pelicula entre lo real y lo falso (Cassidy no cita la biblia, sino una película). Algún que otro uso del sonido apunta también en esa dirección.
Interesante eso de la cámara-lija y la comparación que hace Hoberman (que todavía no leí) con los hermanos Dardenne.

Saludos.

gabriel dijo...

Coincido que es una película de cuerpos. Y la historia del cuerpo es inexorablemente impiadosa: un cuerpo sano, bello es también un cuerpo enfermo, químico, ajado. Desde esta perspectiva no es difícil que el personaje "Ram" Robinson remita a la persona Mickey Rourke y viceversa, pero espejos aparte me parece que la película no logra (por diversos motivos) generar ese sentimiento de piedad ( no de lástima) que esos cuerpos perdidos, maltratados merecerían.
Saludos.

Julián Abreu dijo...

ESPERO QUE THE WRESTLER SEA MEJOR QUE LA ANTERIOR ENTREGA ARONOFSKY.THE FOUNTAIN ES DIFICIL DE TRAGAR.!