...en el 14º BAFICI, para devorarnos todo.
Nos vemos en estas mismas aguas.

Desde el final de la Segunda Guerra hasta nuestros días, Tendler navega la Historia y se pregunta qué pasó con el proyecto socialista y antiimperialista. Según dice el realizador hacia el final del relato, veinte años le llevó redondear esta película, y uno entiende que la dificultad principal debió estribar en el trabajo de edición, en el hecho de tener que elegir las imágenes propicias entre las miles y miles que ha dejado el siglo XX. Justamente, ya en el inicio la película se presenta como un film de montaje, reuniendo escenas emblemáticas del periodismo y del cine (algunas muy conocidas, otras no tanto) mientras intercala testimonios de figuras notables (sorprende la cantidad de entrevistados que aparecen en el film, aunque no siempre queda claro si están hablando con Tendler o si son reciclajes de archivo). En su ambición desmedida la narración termina resultando abrumadora, con tramos en donde los acontecimientos directamente se atropellan unos a otros, borroneando los contextos específicos de cada cultura. Sospecho que al film no le interesa tanto dilucidar por qué no se impuso el paradigma marxista, sino recuperar lo que sí puede filmarse y perdurar: las imágenes de la lucha. Multiplicarlas, amplificarlas, exponerlas una y otra vez, dejarlas tatuadas en el recuerdo, para no olvidar que hay un vector, un martillo contra el muro, una pulsión emancipadora que es universal, inherente a la condición humana. Porque los humillados, como escribió alguna vez Eduardo Grüner, “tienen la mala costumbre de resistirse a su destino trágico”. El film no es una elegía nostálgica ni tampoco un imperativo a futuro: es sólo la constatación de una potencia.