miércoles, 22 de octubre de 2008

Fast Food Nation, de Richard Linklater

Richard Linklater (nacido en Houston, 1960) no sabe hacer películas malas. No le salen. Desde su primer trabajo importante, Slacker, estrenado en 1991 (hoy un film de culto), su cine ha logrado sostener un piso de calidad técnica y narrativa que convierte a cada nuevo film suyo en una garantía de disfrute.

Digamos que nos "malacostumbró" a su buena cintura para resolver toda clase de propuestas: desde películas de género de brioso clasicismo (Escuela del Rock, The Newton Boys) hasta experiencias nacidas de la más pura libertad (el dibujo animado en la filosófica Despertando a la vida, la filmación con textura casera en Tape), sin olvidar por supuesto ese díptico de implacable nervio romántico que conforman Antes del amanecer y Antes del atardecer. No todas las películas son perfectas, pero sí tienen el peculiar don de lucir frescas, plenas, haciendo gala de su talante independiente. Es que Linklater hace lo que tiene ganas y, por lo general, lo hace muy bien (claro que esta actitud también le acarrea complicaciones en la financiación y el estreno comercial de sus films).

Fast Food Nation (2006) se presenta como una abierta crítica a la sociedad norteamericana, combinando varias líneas narrativas alrededor de la industria de la comida rápida. El realizador escribió el guión junto al periodista Eric Schlosser, autor del libro que inspiró el film y cuyo subtítulo es The Dark Side of the All-American Meal. Sin haber leído el libro, uno puede intuir que aquello que en el papel es material de denuncia, análisis e información estadística, en la pantalla se metamorfoseó en una ficción que intenta cubrir las diversas aristas del asunto.

Tenemos entonces a un ejecutivo de la cadena de fast food Mickey’s (Greg Kinnear), que se preocupa cuando le dicen que las hamburguesas podría estar contaminadas, hecho que lo impulsa a indagar en el pueblo de Cody, Colorado, en donde se asienta la planta procesadora de carne. Allí el empresario se cruza con Amber (Ashley Jonson), una adolescente empleada en un local de Mickey's, que vive modestamente con su madre (Patricia Arquette) y comparte algunas inquietudes políticas con sus amigos del colegio. Por último, el relato introduce a un grupo de inmigrantes que llegan desde México buscando mejores condiciones laborales. Raúl (Wilder Valderrama), Sylvia (Catalina Sandino Moreno) y Coco (Ana Claudia Talancón) acaban tarde o temprano en la planta frigorífica, en donde no solo conocen la explotación sino también el acoso sexual y el riesgo permanente a sufrir un accidente.

El cuadro es ambicioso. La película pretende agotar todos los ángulos que hacen al negocio de la comida chatarra, mostrando por un lado a los responsables (la multinacional, el matadero) y, por el otro, a las víctimas del sistema, y esto contempla en el mismo nivel tanto a los desesperados inmigrantes ilegales como a los jóvenes norteamericanos que deben lidiar con sus trabajos precarios y la falta de esperanzas en un país al que reconocen en su hipocresía. De un bando y del otro están los consumidores, que permiten que toda la maquinaria productiva-comercial-criminal siga funcionando; por eso, sugiere el film, todos somos cómplices en alguna medida.

Dijimos que el director no hace malas películas y Fast Food Nation no rompe el invicto. El film se deja ver con interés y la narración -a pesar de sus muchas subtramas- es clara y transcurre con buen ritmo. El problema es que la puesta en escena no heredó la mayor virtud de Linklater: la naturalidad. Cuesta conectarse con el universo ficcional porque en cada secuencia el guión parecería dictar qué es lo que exactamente debemos sentir y pensar (asco por aquí, indignación por allí, humillación por allá, etc). Por ejemplo, hay ciertos diálogos sobre dilemas éticos y políticos que son muy atractivos (y totalmente inusuales en el cine norteamericano), pero pierden impacto al delatarse como parlamentos sujetados con débiles pinzas a la trama general.

No es novedoso el tema abordado en el film, ni es demasiado sutil la metáfora (se insiste con la idea de que hace rato que todos “comemos mierda”); por eso mismo la nota diferencial debería provenir del tratamiento estético. Curiosamente, y aunque el núcleo de Fast Food Nation es la voluntad de protesta, Linklater eligió moderar la energía y neutralizar su estilo en pos de una extrema corrección formal. Una película que lo tenía todo para gruñir y ser feroz, en este caso apenas se limita a rasguñar con timidez.

domingo, 19 de octubre de 2008

El director Jia Zhang-ke habla sobre Naturaleza Muerta

Naturaleza muerta (Still life) es una película fascinante. Íntima y política. De esas que atontan un poco, porque al mismo tiempo que respira belleza en cada una de sus escenas, transmite una desolación inmensa. La sigo pensando, sus imágenes regresan con su color verde agua, las palabras que esbozo le quedan pequeñas. Es una buena excusa para dejar que el mismo director, el chino Jia Zhang-ke, hable sobre esta obra.

Lo que sigue son fragmentos de una entrevista realizada por David Williams, y publicada en el diario Página/12.


Naturaleza muerta es su segundo proyecto relacionado con la construcción de la represa de las Tres Gargantas. Previamente usted había filmado Dong, documental sobre un artista plástico, cuyo tema son los habitantes de la zona. ¿Cómo tuvo la idea de filmar un film de ficción sobre el mismo asunto?

–La idea se impuso por sí misma. El proyecto de la represa es tan desmesurado y dramático, que es casi inevitable filmar una película de ficción sobre él. Tenga en cuenta que a la larga la construcción de esa represa ubicada en el río Yangtzé va a terminar dejando trece ciudades bajo el agua, obligando al éxodo a dos millones de personas. Yo nunca había estado en la zona antes de visitarla para filmar Dong, y cuando llegué me shockeó la rapidez con que se tiraban abajo todas esas ciudades. Era una imagen digna de una invasión extraterrestre, o de la caída de una bomba nuclear.


En este film reaparece el que tal vez sea un eje fundante de su obra: las tensiones entre los individuos y las fuerzas de la Historia. Tensiones que en este caso se manifiestan a través de la construcción de esa represa que deberá proveer de energía a “la nueva China”.

–Creo que más que de mi obra, el de los cambios históricos es un tema clave del mundo contemporáneo. En particular en mi país, donde la modernización se da en forma masiva y dramática. No es algo nuevo: ya sucedió en el Japón de posguerra. Y en Taiwán, cuando se derrotó al comunismo. El proceso de mutación que el sistema entero está viviendo hoy en día en China es de dimensiones gigantescas, dando la sensación de estar más allá del control de la gente.


En Naturaleza muerta ese choque adquiere forma física: un mundo, una cultura, un pasado común son sumergidos, de modo literal.

–Mis compatriotas parecen no advertir hasta qué punto los cambios llevados adelante en la última década tienden a sepultar el pasado, la historia previa. Es necesario que cada uno sepa cómo proceder, qué hacer para seguir en control de la propia vida. De eso habla Naturaleza muerta: de la necesidad de hacer elecciones personales, para no perder la libertad.

–¿Cuál es su opinión sobre este gigantesco proceso de cambios en el que su país se halla embarcado?

–Me da la impresión de que es como un dragón que devora su propia cola. El país marcha hacia adelante, pero lo que se obtiene como producto de ese avance es desproporcionado en relación con lo que se pierde.


Traducción de Horacio Bernades
Entrevista publicada en Página/12 (17-10-08)

viernes, 17 de octubre de 2008

Añoro esa lejanía
como a mi propia felicidad.
(Aunque a veces se añora en la vida
algo que nunca llegó a pasar.)

Jorge Drexler ("Camino a La Paloma")

jueves, 16 de octubre de 2008

"Y no hay remedio. Hay que resistir..."

Ahora sí me quedé solo. El aire a mi alrededor se aligeró. Me costaba trabajo trabajo aceptar la soledad. Me costaba aprender a autoabastecerme. Yo seguía creyendo que era imposible. O que era inhumano. "El hombre es un ser social", me habían repetido muchas veces. Eso, más el calor del trópico, la sangre latina, mi mestizaje fabuloso, todo conspiraba alrededor, como una red, incapacitándome para la soledad. Ese era mi problema, y mi reto: aprender a vivir y a disfrutar dentro de mí. Y el asunto no es sencillo: los hindúes, los chinos, los japoneses, todos los que tienen culturas milenarias, han dedicado buena parte de su tiempo a desarrollar filosofías y técnicas de vida interior. Así y todo, cada año se suicidan en el mundo unos cuantos miles, aplastados por su propia soledad. Y no es que uno elija estar solo. Es que, poco a poco, uno se queda solo. Y no hay remedio. Hay que resistir. Llegas a esa inmensa llanura desértica y no sabes qué coño hacer. Muchas veces crees que lo mejor es huir. A otro país, a otra ciudad, a otro sitio. Pero sigues atrapado. Otras veces crees que lo mejor es no pensar mucho en ti y en tu cabrona soledad, que ese agudiza cuando te quedas aislado y en silencio. Bueno, pues hay que ponerse en acción. Y sales por ahí. A buscar un amigo, o una mujer que te dé un poco de sexo. No sé. Alguien, para no estar solo, porque ya sabes que cuando estás así el ron y la mariguana te deprimen más aún. Un poco de sexo tal vez. Y si no, por lo menos un amigo.

Pedro Juan Gutiérrez - Anclado en tierra de nadie

martes, 14 de octubre de 2008

"El mundo de hoy es un mundo demasiado vanamente cruel. La crueldad consiste en violar la personalidad de alguien, en presionar a alguien para que haga una confesión completa y gratuita. Si fuera una confesión con miras a una meta determinada, lo aceptaría, pero como se trata de un ejercicio de voyeur, resulta vicioso. Digámoslo con claridad: es cruel. Creo firmemente que la crueldad es siempre una manifestación de infantilismo. El arte todo de nuestro tiempo se vuelve cada vez más infantil. Expresa el loco deseo de ser lo más infantil posible. No digo ingenuo, sino infantil... Actualmente el arte es lamento o crueldad. No existe otra medida: o nos quejamos, o realizamos un ejercicio absolutamente gratuito de pequeña crueldad. Consideremos, por ejemplo, la especulación (es preciso llamar a las cosas por su nombre) que se hace en relación a la incomunicabilidad, a la alienación; no encuentro en ello ninguna ternura; sí, en cambio, una enorme complacencia..."

Roberto Rossellini

(Citado por Gilles Deleuze en el libro Conversaciones, 1996)

lunes, 13 de octubre de 2008

"La vida es eso que pasa mientras estamos ocupados haciendo planes".

John Lennon

domingo, 12 de octubre de 2008

La piel


La piel
es ambiciosa: lo cubre todo
cuerpos frutos legumbres cosas días
la ambición la gana y por eso
es débil
y tenue al mismo tiempo
¿delgada?
quisiera estar en todas partes
afuera y adentro
endotelio es en ese caso
quisiera
ser total
pero la gana la irregularidad
la imperfección
es tan falible
como el que más
se llena
en ocasiones
de horribles evidencias
pero es sincera
¿quién diría lo contrario?
avisa
si algo anda mal
tanto adentro
en lo más profundo
y afuera
en lo más visible

Noé Jitrik

sábado, 11 de octubre de 2008

Appaloosa (Entre la vida y la muerte), de Ed Harris

Nostalgia. Certeza de un cine que se fue para no volver jamás. Un cine que esculpió su belleza en otra época, aquella en donde todavía era posible confiar en el gesto épico como prueba de lealtad. Si hoy es muy poco frecuente encontrar a un guardián de la ley honrado como Virgil Cole (Ed Harris), es aún más difícil dar con un amigo de fierro como Everett Hitch (Viggo Mortensen, grandioso). La ética de sus personajes no tiene lugar en el cine de la modernidad líquida.

Por eso Appaloosa es una película nostálgica, a tal punto que Harris y Mortensen parecen ser concientes en sus interpretaciones de esa diáfana melancolía, eligiendo la parquedad y la mirada cómplice de aquellos que saben que están recreando una forma de ver el mundo que al sujeto actual le resulta inconcebible. Esta forma no es otra que la convicción de que la acción cotidiana, aun la más pequeña, tiene un sentido. Y que precisamente por eso, vale la pena.

La anécdota se sitúa en 1882, en la comunidad minera de Appaloosa, Nuevo México. El policía federal Cole y su asistente Hitch son contratados para restaurar el orden en el pueblo y llevar ante la justicia al nefasto ranchero Randall Bragg (Jeremy Irons), quien asesinó al anterior sheriff del lugar. Mientras se desarrolla este conflicto, con sus infaltables careos, balaceras y persecuciones, entra en escena Allie French (René Zellweger, una opción poco acertada para este interesante papel), una mujer que amenaza con quebrar la amistad que durante años unió a los dos protagonistas. Luego de su opera prima centrada en el pintor Jackson Pollock, Ed Harris regresa a la dirección con Appaloosa (Entre la vida y la muerte), cuyo guión escribió junto a Robert Knott a partir de una novela de Robert Parke.


Desde el primer fotograma la película infunde su sabor evocativo, con un riguroso clasicismo aplicado en los encuadres, el montaje, la música y, especialmente, en la narración. El director susurra su historia, la despliega con pacífico alborozo, sabiendo que el espectador hipermediatizado de hoy está acostumbrado a que lo sacudan y le griten. Es un relato sereno, extemporáneo, generoso con sus personajes. No es un producto de este tiempo y, al mismo, lo es.

Es por ese motivo que el film no encubre el truco de la reconstrucción histórica, sino que lo resalta. Toda la escenografía de Appaloosa se percibe claramente en su artificio, en su calidad de decorado: las calles polvorientas, la comisaría, el saloon, el antiguo ferrocarril. Hay escenas en donde el pueblo no parece tener más habitantes que los protagonistas, que muchas veces atraviesan en total soledad el paisaje de la película, como si fueran fantasmas. Un espacio-tiempo que se torna deliberadamente volátil. Es que fue en esos años cuando el Lejano Oeste empezó a abandonar el mito romántico para diluirse en la ambición obscena de la lógica capitalista. La evolución del personaje de Jeremy Irons es elocuente al respecto: un colono criminal a quien le bastó hacer los negocios correctos para cobrar un inmediato prestigio social. Ganó el comercio. Triunfó el ladrón de retórica pulcra y mezquina. Murió el western.

Harris narra el ocaso de un siglo. La despedida del cowboy. En Appaloosa hay un héroe que arriesga su vida por lo que él considera un valor supremo: la amistad. Un héroe que anticipa que el mundo por venir será demasiado siniestro, y que por eso mismo es mejor partir y confundirse con el desierto.

viernes, 10 de octubre de 2008

"Esa necesidad de olvidar su yo en carne extraña, es lo que el hombre llama noblemente necesidad de amar".


Charles Baudelaire

martes, 7 de octubre de 2008

Condiciones y necesidades

“La interrupción, la incoherencia, la sorpresa son las condiciones habituales de nuestra vida.

Se han convertido incluso en las necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes sólo se alimentan de cambios súbitos y de estímulos permanentes renovados...

Ya no toleramos nada que dure. Ya no sabemos cómo hacer para lograr que el aburrimiento dé fruto. Entonces, todo el tema se reduce a esta pregunta: ¿la mente humana puede dominar lo que la mente humana ha creado?” 

Paul Valéry

viernes, 3 de octubre de 2008

Los justos

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.


Jorge Luis Borges

domingo, 28 de septiembre de 2008

El nido vacío, de Daniel Burman

 
Actor mayúsculo, Oscar Martínez no había sido realmente aprovechado por el cine hasta que Daniel Burman lo convocó para El nido vacío. Lo habíamos visto en otras películas, sí (está en La tregua, La cruz invertida, Cómplices), pero nunca antes en su trayectoria la química entre persona y physique du role había funcionado con tan preciosa naturalidad.

Desde el comienzo Burman blanquea que este film está inspirado en el universo de Woody Allen. El jazz viste el ambiente con un ritmo especial, a la vez cálido y distraído, mientras Leonardo (Martínez) y su mujer, Martha (Cecilia Roth), cenan en un restaurant con un grupo de amigos y alguna conversación recuerda el inicio de Melinda y Melinda.
Leonardo está ahí sin querer estar ahí. Incómodo, elegiría salir volando si le dieran la oportunidad. Preferiría desaparecer en el escote de una joven morocha sentada en otra mesa de ese mismo restaurant. Ha llegado a un punto en su vida en donde todo le indica que se está quedando al margen, y que si no quiere empantanarse para siempre en la perplejidad, deberá torcer el timón hacia algún nuevo sentido. La cuestión es decidir qué sentido, y cómo estar seguro de que será el correcto.

Una cámara flotante acompaña el derrotero de Leonardo, que no sabe hacia dónde camina y se debate continuamente entre lo establecido y la necesidad de la sorpresa. Leo es un escritor en crisis, bloqueado, que al no lograr poner en palabras lo que siente, termina empujando la fantasía hasta confundirla con el orden de lo real. Los tres hijos de Leo y Martha crecieron y ahora viven lejos del hogar; Martha quiere “renovarse” y retomar sus estudios universitarios; Leo intenta ajustarse al entorno cambiante, pero está fuera de foco, como aquel memorable personaje de Los secretos de Harry. El perfume alleniano impregna todo el film: está en las cimbreantes melodías de Nico Cota, en la neurosis y la cobardía madura del protagonista, en los diálogos vivaces con timing perfecto. Burman es franco en su veneración al maestro neoyorquino y El nido vacío bien podría pensarse como un agradecimiento a Woody por tantos momentos de felicidad cinéfila. 


Pero ojo, a no escaparse: la experiencia de Leo la conoce cualquiera. No hace falta ser un escritor ni tener más de cincuenta años ni extrañar a los hijos para sentir ese perturbador complot contra uno, cada vez más frecuente en esta realidad amarga y salvaje que impone una carrera de postas virtuales hacia un éxito mentiroso. Es esa sensación de haber perdido el tren, la certeza de que finalmente acabaremos por estrellar el avión que con tanto esfuerzo construimos, esa bronca por no saber fingir la felicidad con la misma máscara que los otros, hasta despertar un día para comprobar que muchos de esos mundos son solo fantasmas fabricados porque no toleramos el abismo de la página en blanco, que no es más que el desafío solitario de reescribir nuestra propia y única Historia, todos los días.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Si muriera esta noche


Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
alcanzara su colmo
y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.

Idea Vilariño

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Orfandad

"Toda vida es un pozo de soledad que va ahondándose con los años. Y yo, que vengo más que otros de la nada, a causa de mi orfandad, ya estaba advertido desde el principio contra esa apariencia de compañía que es una familia. Pero esa noche, mi soledad, ya grande, se volvió de golpe desmesurada, como si en ese pozo que se ahonda poco a poco, el fondo, brusco, hubiese cedido, dejándome caer en la negrura. Me acosté, desconsolado, en el suelo, y me puse a llorar. Ahora que estoy escribiendo, que el rasguido de mi pluma y los crujidos de mi silla son los únicos ruidos que suenan, nítidos, en la noche, que mi respiración inaudible y tranquila sostiene mi vida, que puedo ver mi mano, la mano ajada de un viejo, deslizándose de izquierda a derecha y dejando un reguero negro a la luz de la lámpara, me doy cuenta de que, recuerdo de un acontecimiento verdadero o imagen instantánea, sin pasado ni porvenir, forjada frescamente por un delirio apacible, esa criatura que llora en un mundo desconocido asiste, sin saberlo, a su propio nacimiento".

Juan José Saer - El Entenado

martes, 23 de septiembre de 2008

Por sus propios ojos, de Liliana Paolinelli


"No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres o mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar ese "corazón" que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia".

Robert Bresson 

Objeto extraño este film. Difícil de asir. Diletante al principio, curiosamente lúcido al final. Liliana Paolinelli conduce el relato a partir de pequeñas bifurcaciones, y así secuestra la orientación del espectador: en cada nueva esquina del guión, el film cambia el tono y gira hacia el lado contrario al que uno espera. La originalidad de Por sus propios ojos reside precisamente en rodear la motivación más íntima del drama, evitándola todo el tiempo. No marea, pero desconcierta. No engaña, aunque pone en riesgo la empatía.

La historia transcurre en Córdoba. Dos estudiantes de cine filman un documental sobre “las mujeres de los presos”, trabajo que representa su tesis de graduación. Alicia (Ana Carabajal, un hallazgo) y su amiga Virginia (Mara Santucho) registran los rostros resignados en la puerta de una prisión, pero no es sencillo encontrar personas que quieran testimoniar frente a la cámara. Hasta que un día alguien se acerca y advierte: “Acá pasan muchas cosas. Yo te voy a contar”. Ella es Elsa (Luisa Núñez) y tiene a su hijo en la cárcel.

Lo que al comienzo parece ser una reflexión sobre el género documental, Paolinelli lo convierte en una ficción esquiva. Las texturas se cruzan y derivan hacia otra cosa. Elsa y Alicia inician una relación en donde los intereses de cada una no están claros. O mejor: no necesitan ser explicados. La directora pinta este mundo desde la exterioridad, aferrada a las miradas y a la superficie de los actos, sin juzgar a sus criaturas, sin desplegar diálogos que ambicionen materializar lo que se siente. Porque lo que se siente es aquello que no tiene imagen posible. Lo que se siente late en los huecos, en las palabras que faltan, en el cuerpo expectante de la joven protagonista.


Porque Alicia pone el cuerpo. Alentada por la madre del interno, Alicia entra en la cárcel para conocerlo. Luis (Maximiliano Gallo) asusta y enternece al mismo tiempo. No le importa a la película contar la causa que lo llevó tras las rejas. Luis susurra alguna excusa, pero en el fondo no interesa. En el aire compiten las pulsiones básicas. En la celda Luis y Alicia comparten uno de esos momentos que parecen durar años. Tan verdaderos que deberían durar toda la vida.

Una película despojada, atípica, refrescante. Es mucho más que una historia sobre mujeres de presos. ¿Es que acaso puede probarse una tesis sobre los sentimientos, cuando ellos por definición son tan ambiguos? Por sus propios ojos es tan solo un borrador -inquietante- sobre los afectos y sus formas impredecibles.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Treinta primaveras

Solamente

ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida

Alejandra Pizarnik

sábado, 20 de septiembre de 2008

Palabras de Jean-Paul...

La palabra genio siempre me había parecido sospechosa; llegué a tenerle realmente asco. Si yo tuviera el don, ¿dónde estaría la angustia, la prueba, la tentación frustrada o el mérito? Soportaba mal tener un cuerpo y la misma cabeza siempre, no me dejaría encerrar todo el tiempo con el mismo paquete. Aceptaba el nombramiento a condición de que no se apoyase en nada, que brillase gratuitamente en el vacío absoluto. Sostenía conciliábulos con el Espíritu Santo. "Escribirás", me decía. Y yo me retorcía las manos: "Señor, ¿qué tengo yo para que me hayas elegido?". "Nada en particular". "Entonces, ¿por qué yo?". "Sin ninguna razón". "¿Tengo al menos alguna facilidad para la pluma?". "Ninguna. ¿Crees acaso que las grandes obras nacen de las plumas fáciles?". "Señor, si soy tan nulo, ¿cómo podría hacer un libro?". "Aplicándote". "Entonces, ¿cualquiera puede escribir?" "Cualquiera, pero te he elegido a ti".

Jean-Paul Sartre - Las Palabras