Lo queremos, y por eso tratamos de comprenderlo. Crecimos con él. Es como ese tío que siempre sabe amenizar con inteligencia los cumpleaños. El tío que al principio hace chistes hilarantes y que, más tarde, cuando la noche avanza junto con las copas, empieza a filosofar y barajar dilemas existenciales nada desdeñables. Es innegable que el tío Woody nos dio mucho y eso nos vuelve un poco incondicionales.
Pero también es cierto que el universo Allen se ha reducido. Su cine se ha simplificado. El director abandonó hace años la búsqueda formal para acotarse al dibujo de anécdotas elementales narradas con eficacia. El último título digno de su trayectoria es Dulce y melancólico y data de 1999. Tal vez podría también rescatarse la voluntad reflexiva de Melinda y Melinda (2004), en la que dos escritores se cuestionan si la vida es trágica o cómica, y así postulan dos historias divergentes para un mismo personaje. La película es endeble, pero marca la entrada de Allen en un período de irredimible escepticismo, en donde no deja lugar a dudas: vivir es una cosa bastante fea. Y todo lo que viene haciendo es girar obsesivamente en torno de una premisa excluyente: “lo único que mueve al hombre es la ambición”.
Luego de Match Point y Scoop, El sueño de Cassandra (Cassandra’s dream) cierra la Trilogía de Londres, ciudad que ahora aloja a los hermanos Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell), jóvenes de la clase trabajadora que ya están grandecitos pero siguen dependiendo de sus padres. Ambos necesitan dinero con urgencia: mientras el trepador Ian planea usarlo para invertir en “negocios importantes” y conquistar a una señorita, el más débil Terry lo quiere para pagar una deuda acumulada por su adicción al juego. Entonces aparece el tío Howard (Tom Wilkinson), un hombre rico que para deshacerse de un sujeto que podría perjudicarlo, les propone a sus sobrinos “eliminarlo” a cambio de dinero. Ellos aceptan.
El azar hará de las suyas para complicar las cosas, y después llegará la culpa, la locura, el castigo y todo lo demás. Nuevamente se plantea el conflicto moral de Crímenes y pecados (1989), en donde el protagonista prefiere convertirse en asesino antes de perder su status social. Pero hay una diferencia con los años '80: el Allen actual ya no disfruta a la hora de crear.
Toda la complejidad que componía su mundo -las deliciosas disquisiciones sobre el amor, la muerte, la frustración, el arte, la religión, el sexo, la responsabilidad- parece haberse reducido a un principio poco novedoso: el dinero es más fuerte. Es lo que impone el capitalismo, bajo su yugo vivimos y es lo que tenemos por delante (en un diálogo de Cassandra's dream se afirma que China será el próximo Imperio. “Son mejores capitalistas que nosotros”, dice Wilkinson, extrañado). Pero aun con premisas igual de oscuras, el Allen de antaño elegía hurgar en lo contradictorio del ser humano, en lo cruel, en lo lúdico, en lo sarcástico, incluso en la confrontación con el propio pasado familiar. Al Allen de hoy ya ni siquiera le interesa convocar a la ironía.
Una puesta en escena desganada; un relato monótono sin suspenso ni humor; una partitura ridículamente severa de Phillip Glass; y aunque Farrell está bastante bien (su atormentado Terry es lo único en el film que despierta alguna emoción), es el gran McGregor quien aquí luce inverosímil. No hay mucho más para decir sobre El sueño de Cassandra. Allen tiene todo el derecho a seguir dando vueltas sobre la desvencijada calesita, solo que el tío ya no es un niño y uno también tiene derecho a pedirle un poco más de seriedad.












Hay algo un tanto disparatado en todo este cuadro… ellas y ellos se quedan al margen de la fiesta porque están sujetos a leyes arcaicas que no tienen justificación posible. El director Jafar Panahi es un experto a la hora de pintar las contradicciones que atraviesan su cultura, tal como lo demostró en sus películas anteriores, las excelentes El Círculo (2000) y Crimson Gold (2003). Offside es su quinto film y es el más gracioso de su carrera, pero no por ello menos crítico. En una escena el relato menciona la tragedia ocurrida tras un partido entre Irán y Japón en 2005. En las notas de prensa de la película, Panahi describe este hecho: “Los soldados empezaron a empujar a la multitud y siete personas murieron pisoteadas. Sin embargo, la prensa iraní solo publicó fotos de seis de los fallecidos. Se rumoreó que la séptima víctima era una chica. No tenemos pruebas, pero sí sabemos que entre los heridos había una chica disfrazada de chico”.

En la ciudad de Sylvia es un poema fílmico sobre la belleza. Sobre lo tontos que somos. Sobre lo ciegos y sordos y mudos que estamos.







