miércoles, 27 de noviembre de 2013

Mar del Plata 2013 - Choele / Los insólitos peces gato


Choele (Argentina, 2013)
Dirección: Juan Sasiaín
Los insólitos peces gato (México, 2013)
Dirección: Claudia Sainte-Luce
Sección: Competencia Latinoamericana

Primer domingo del festival. Primeras dos películas exhibidas en la Competencia Latinoamericana. Llegábamos con todas las ganas de sorprendernos, o de empezar a entusiasmarnos, al menos. Pero ocurrió algo curioso y a la vez incómodo. Probablemente sintomático. En una escena de Choele, el púber protagonista le pide a una joven (unos diez o quince años mayor que él) que le enseñe a dar un beso en la boca. La escena en sí no tendría nada de memorable si no fuera porque la película proyectada justo antes de Choele, Los insólitos peces gato, había mostrado una escena similar, casi calcada: chico en el umbral de la adolescencia, chica linda con experiencia, madre ausente y el beso-ensayo-cliché. No es una mera coincidencia, sino la evidencia de que ciertas fórmulas anodinas del cine ternurista afligen incluso a aquellas películas que aspiran a lucir frescas y personales. 

Luego de co-dirigir junto a Federico Godfrid esa pequeña gran película llamada La Tigra, Chaco, Juan Sasiaín se lanza en solitario con un film en donde los arrobadores paisajes de Río Negro ocupan un rol central en el diseño de la ficción, a tal punto que en muchos momentos las acciones de los personajes parecerían importar menos que la forma en que los rayos del sol rebotan sobre el lente de la cámara. Por esta geografía de lagos, puentes y gozosos verdores corretea y se escabulle Coco (Lautaro Murray), a quien todavía le cuesta aceptar que papá (Leonardo Sbaraglia) no regresará nunca más con mamá (que tiene peso en el drama, aunque permanece siempre fuera de campo). Para colmo, papá ahora tiene una novia muy joven y bella (Guadalupe Docampo) por la cual Coco siente celos y fascinación. “No andes enamorándote así, a lo loco”, le dice al chico un carnicero del pueblo, un personaje que con su dicción y singularidad logra recuperar provisoriamente esa autenticidad artesanal que enaltecía La Tigra, Chaco y que no es tan fácil de hallar en el nuevo trabajo de Sasiaín. Porque Choele es un film esencialmente convencional, con intenciones nobles y un buen ritmo narrativo pero condicionado por su ostensible voluntad de agradar, con una música tan almibarada como invasiva y con clips ilustrativos del clásico candor infantil que se acercan más al efecto publicitario que a la emoción real que debería nacer naturalmente del devenir cinematográfico.

Al igual que Choele, la ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce, Los insólitos peces gato, podría insertarse en esa zona que los anglosajones denominan feel-good movies, la clase de películas que parten de un dolor profundo para luego matizarlo con adecuados atisbos de esperanza. Aunque se trate de un esquema muchas veces propicio para la manipulación del espectador, no creo que éste sea el caso. La realizadora quiere de verdad a sus personajes, los cuida, los deja respirar para que edifiquen sus subjetividades, y así consigue activar una empatía que se sostiene a lo largo de toda la película, más allá de algunas concesiones de guión ya mencionadas al inicio de esta nota. Y allí donde el film argentino prefiere el marco seguro de la fábula de iniciación, la película mexicana intenta en un principio preservar la ambigüedad sobre el contexto existencial de su protagonista, la veinteañera Claudia (Ximena Ayala). Debido a un malestar físico que no puede combatir, ella termina internada en un hospital en donde conoce a Martha (la notable Lisa Owen), una mujer que tiene cuatro hijos y padece HIV.


El cariño es instantáneo, y apenas Martha recibe el alta médica, le propone a Claudia ir a almorzar con los suyos en su casa. A través de un lúcido plano-secuencia, la cámara nos introduce en ese hogar desde la perspectiva de la invitada, quien flota en medio del bullicio familiar como si ese abrigo fuera algo totalmente ajeno a su imaginario. Y lo es, de hecho. Más tarde descubriremos hasta qué extremo la vida de esta muchacha está marcada por la soledad. Es la elegante enunciación fílmica, en esa primera reunión alrededor de la mesa, la que afirma la relevancia de ese espacio vacante que Claudia ahora viene a llenar. Un rol, un lugar, un esencia. Ella será, alternativamente, hija, amiga, hermana mayor, confidente y madre. La prueba de que la familia no brota de la sangre sino del afecto franco y de las funciones que el sujeto es capaz de asumir en esa red de solidaridad.

La película fluye con gracia, dueña de un humor tan sobrio como efectivo. Aunque las recaídas de la madre son recurrentes, llega un momento en que esos episodios están tan incorporados a la rutina que los hijos parecerían no tener real dimensión de la inminente pérdida. Y ahí es cuando la narración nos estremece al filtrar una escena en donde vemos cómo Wendy (Wendy Guillén), la hermana más chispeante del clan, se prepara un licuado con bananas, alcohol puro y pastillas de todo tipo. Claudia llega justo a tiempo para frenarla con un gesto sutil, sin emitir palabra, y entonces sí, la película se hace cargo del miedo que necesariamente se viene incubando en ese hogar. Es cierto que en diversos tramos de la historia y en el final el tono sobrevuela lo típicamente dulzón y colorido, pero eso no le quita mérito a la mirada inteligente y sensible que supo imponer la directora sobre el conjunto del film.