lunes, 4 de febrero de 2013

El vuelo, de Robert Zemeckis


“Por cierto que de este mundo no podemos caernos. 
Estamos definitivamente en él.” 

Christian Dietrich Grabbe*

Darlo vuelta. Lo primero que vemos en la película es el breve plano de un avión en ascenso. Y luego, un pezón. Una mujer se levanta de la cama, mareada, inestable, y camina totalmente desnuda por una habitación, buscando sus prendas. Su cuerpo llama la atención, no sólo porque es bellísimo, sino porque el tiempo que el relato le dedica a esa desnudez no es algo común dentro del cine mainstream. Hablamos de unos segundos apenas, y en ese momento quizás no seamos del todo conscientes, pero esa decisión de puesta en escena intenta trascender la simple sensualidad (o la provocación, si quieren) para imponerse como un acto de franqueza, un pacto de cercanía que anticipa el verdadero tema de El vuelo (Flight): el dolor de estar irremediablemente expuestos, sin abrigos, ni control, ni consuelo. La inversión de expectativas es sólo una de las diversas maniobras sorpresivas que contiene la película, pues el trailer nos había preparado para las curvas de un film catástrofe y de repente uno se encuentra sumergido en la desolación de un hombre adicto al alcohol. Y no hay secuencia de acción que pueda superar el espectáculo de esa primera y caudalosa lágrima que vierte Denzel Washington cuando despierta en el hospital y le comunican quiénes murieron en el accidente.

Act of God. Más allá de este bienvenido desplazamiento de géneros (agreguemos que John Goodman aparece dos veces trayendo la comedia pura en su mochila), toda la narración de la película es absolutamente diáfana y sincera. Y ya desde el comienzo, a través de un montaje paralelo, el film advierte que por allí también ronda Nicole (Kelly Reilly), una chica adicta a la heroína que terminará involucrada con el protagonista. Al explicitar por adelantado ese cruce dramático, Zemeckis parecería asumir que como demiurgo detrás de la fábula él puede conocer y predecir los destinos de los personajes, mientras la historia en sí misma postula que en lo real sucede justamente lo opuesto: hay que convivir con el azar y el absurdo. La narración jamás especula ni oculta la información esencial sobre la conducta del capitán Whip Whitaker (Washington), y es por eso que uno se siente tan absorbido por este relato, que logra convencernos siempre, incluso frente al delirio del vuelo invertido. Es lícito pensar que el vodka y la cocaína fomentaron en parte el arrojo y la lucidez del héroe para franquear los límites de lo factible. O tal vez no, quién sabe. Lo que queda claro -para el espectador agnóstico, al menos- es que casi cien personas se salvaron gracias a un hombre que tomó las decisiones correctas en el instante preciso. Otros prefieren hablar de un milagro. Pero... "¿qué tuvo que ver Dios en esto?", se pregunta Whip mientras en el fondo del cuadro vemos la cúpula de la capilla que quedó destruida por el aterrizaje forzoso. Y ahí recordamos la escena en la que el ala del avión le arranca literalmente la cruz a la iglesia, un momento que Zemeckis elige mostrar en cámara lenta, aun cuando eso implica frenar el ritmo de la vertiginosa caída. Podría deducirse que con ese gesto la película anula la posibilidad de la fe religiosa. Pero también podría ser todo lo contrario. 

Wilson. Debe ser que a Dios lo necesitamos en la ficción, aunque sólo sea como un personaje más, como función o compulsión. Dios mete su cola en esta historia y se calza distintos trajes con sigilo, casi sin que nos demos cuenta. Para algunos, los mortales no somos más que dados sacudidos en un cubilete planetario, y lo único que Dios puede darnos es la certeza del azar, como dice el joven enfermo de cáncer en una de las escenas más memorables de la película (“Perdemos demasiado tiempo intentando controlarlo todo”). Para otros, hay que rezarle al Señor porque él es el gran organizador, el tapón del caos: para muchos sobrevivientes el accidente fue un prodigio divino que hay que leer desde la lógica de la predestinación. Whip Whitaker no cree en nada ni en nadie, y sin embargo en su desesperación final también recurre a Dios. Pero el dios del protagonista, junto con todos los otros dioses que deambulan por el film, no hacen más que replicar aquí el rol que la pelota Wilson cumplía en Náufrago: simplemente, se trata de inventar un amigo con quien hablar. Imaginar que estamos un poco menos solos.

Denzel. Así y todo, Wilson también se alejaba, y Tom Hanks volvía a estar solo y a la deriva. En Náufrago Zemeckis suprime a Wilson para confirmar la intangibilidad del símbolo frente a la soledad ontológica del ser humano. Hoy es una pelota, mañana será una fotografía, mucho antes fue el sol. Pero ningún símbolo se sostiene sin voluntad, y a esto también se refiere El vuelo. Y aquí es cuando el director decide hacer foco en el cuerpo, pues frente a todos los discursos que buscan darle peso al "espíritu", en este film la voluntad no puede disociarse del cuerpo y su obstinada materialidad. ¿Qué puede hacer la razón cuando el cuerpo se empecina en tironear para el otro lado? Nunca lo habíamos visto a Denzel Washington así, tan titánico y a la vez tan frágil, con tanta tristeza y con tanta necesidad de hundir la cabeza como una tortuga. Él, un actor de porte volcánico, de grandes parlamentos, sonrisa insuperable y dicción contundente, aquí muchas veces se ve obligado a hablar entre dientes, avergonzado, como cuando le pide a una colega que mienta por él, cuando no lo vemos directamente mascullar incongruencias mientras agita una botella vacía. Es extraordinaria toda la secuencia en el hotel previa al temido interrogatorio: allí el actor condensa en cada temblor toda la ansiedad del personaje y su subversiva abstinencia, para llegar finalmente a ese plano brutal que lo muestra tumbado en el baño, con un rastro de sangre que certifica su estado de inconsciencia. Denzel nos da la espalda, casi no vemos su cara, pero uno no puede dejar de sentir sobre los propios hombros la gravedad de ese físico inmenso y vencido que desde algún lugar callado clama por auxilio, y al que a la vez sólo le queda resto para entregarse al abandono. Es así nomás... de este mundo no podemos caernos. 

* Christian Dietrich Grabbe en su obra Hannibal, citado por Sigmund Freud en El malestar en la cultura. 

Esta reseña surgió de una charla sobre El vuelo que mantuve con el amigo Andrés Fevrier, autor del blog Cinematófilos. (¡Gracias por las ideas!).

12 comentarios:

Ana dijo...

Me gustó mucho tu texto. Esa secuencia de escenas en el hotel es increíble. Comprobamos que su minibar tiene sólo agua, después ese ruido y pum! su entrada al paraíso. Impresionante.

En la primera escena, se enciende la radio del radio-reloj. La canción que suena es Alcohol de Barenaked Ladies...

Eleonora Eberle dijo...

Vi el avance ayer cuando fui a ver Django. O sea que es una de las pocas pelis buenas que llegan a Quilmes ¡No me la pierdo, me fascinó el comentario!

Andrés dijo...

Muy buena película. Creo que al final se cae un poco, porque la historia de la chica (Kelly Reilly) se va desvaneciendo para dar lugar a la entrada del hijo (que no aparece hasta bien avanzada la historia) y así meter un final medio edulcorado. Pero igual es muy buena y bastante jugada para lo que es el mainstream actual.

No había advertido la canción de Barenaked Ladies que menciona Ana, pero la música es otro punto fuerte. Es genial cuando Denzel se está dando con coca, después de una noche pasada de alcohol, y suena "Feelin' Alright" en la voz de Joe Cocker.

Muchas gracias por la mención.

¡Saludos!

mge dijo...

Quizás la vi en un día que no era el indicado pero noté el declive que menciona Andrés y la abandoné antes del final.

Evidentemente algo me perdí porque si amerita una crítica así debe ser una película rica. Más allá del buen arranque y la mezcla de géneros me dio bronca que virara hacia la pedagogía sensiblera. Me hubiera gustado que el avión siguiera dado vuelta más allá del inicio pero bueno, tendré que darle otra chance.

Caro dijo...

Gracias a todos por los comentarios, y disculpen la demora en la respuesta. Es que sigo pensando en El vuelo y efectivamente creo que es un film mucho más atípico de lo que parece a simple vista. Algunos puntos:

El final: estoy de acuerdo, el final con moño le resta puntos a la película. Me refiero a la secuencia final en la cárcel, con el discurso de Denzel frente a los presos y la visita del hijo. Es un moño "esperanzador" demasiado impuesto. Sabemos poco del hijo, pero entiendo que su aparición final es una forma de sugerir que ese vínculo quebrado era lo que más lastimaba al protagonista. Pero antes del final tenemos la “confesión” ante la audiencia de investigación, y esa escena sí me parece lograda. Concisa y cero ampulosa. Muchos vieron todo este tramo como el típico giro de “mensaje con lección moral”. Algunos críticos incluso sugieren que la película no va a fondo porque al final se vuelve conservadora y no se juega por este piloto descontrolado pero igualmente “cool”. Veamos:

Las responsabilidades: el relato todo el tiempo nos pone del lado de Denzel, y uno sospecha que en la audiencia terminará prevaleciendo su rol heroico a la hora de salvar el avión. El desarrollo de la audiencia es llamativo (me sorprendió), pues claramente separa los tantos y deja en claro que: 1) el avión tenía un problema técnico por falta de mantenimiento; 2) Denzel lo voló de manera admirable. Por lo tanto, él salvó a casi todo el pasaje y claramente no lo deben culpar por las cuatro muertes. El tema del alcohol y la droga pasa por otro carril. Tiene que ver con la esencia del hombre y su responsabilidad, y no con la contingencia de la fábula. No olvidemos que el abogado manipuló esa data para salvar a Denzel (y la reputación del sindicato). Parece no importar hasta qué punto resulta sólido su argumento para descartar el examen toxicológico, pues nosotros estamos del lado de Denzel, lo queremos, pero seamos serios, muchachos: el tipo estaba borracho y ese dato se escondió. ¿Me van a decir que es “cool” viajar en avión sabiendo que el piloto se tomó unas cuantas petacas de vodka? Lo que me parece genial es que Zemeckis no esconde nada: muestra cómo se mueve toda la maquinaria -empresarios, fabricantes, gremios- sin necesidad de vociferarlo con la retórica del cine de denuncia. Las cartas están todas sobre la mesa. Y esta estrategia es una manera de hacernos ver también hasta qué punto es profunda y decididamente parcial la identificación en el cine.

Los contrapuntos: me gustan los contrastes de la película. Ya lo dije: mientras que en la narración hay control del destino, en la vida no, y esto Zemeckis lo hace evidente en la historia. Al mismo tiempo, el personaje de Denzel se dedica a mentir y ocultar información sobre su adicción, mientras que la narración de El vuelo es totalmente transparente. Vemos imágenes de aviones en el cielo, subiendo, y lo vemos a Denzel mirando hacia arriba; sin embargo él tira para abajo, se derrumba cada día y no lo puede evitar. Por otro lado, no creo que El vuelo tenga el sabor de la "moralina" porque ni siquiera creo que intente demonizar las adicciones. Es más complejo. El rol de la música y el personaje de Goodman relativizan la solemnidad de muchas situaciones que otro cineasta hubiera abordado con mayor oscuridad. Otros leyeron la película como pura propaganda católica, cuando justamente Zemeckis a los fanáticos (el copiloto y su mujer, por ejemplo) los mira con una mueca paródica. Creo que la visión del director con respecto a Dios está en la boca del chico enfermo de cáncer, que de convencido tiene poco y nada. Para unos será el alcohol, para otros será la Biblia: son sogas. Por eso insisto: el tema es la soledad.

Saludos a todos.

Samurai Jack dijo...

es muy buena la película y muy bueno el comentario

Luis Faraoni dijo...

Muy buena la crítica y excelente tu comentario posterior. Coincido completamente sobre la estupidez de pensar que el tipo es cool y sobre su irresponsabilidad. Sólo quiero apuntar que la confesión que hace Whip en la audiencia es la que nunca se animó a hacer al menospreciar las reuniones de AA y, como le dice a los presos, se cansó de mentir, que es lo mismo que dice el tipo mientras él se está yendo de la reunión que va con Nicole. Y dejó de mentir cuando tenía que responsabilizar a la azafata.

Luis Faraoni dijo...

Ahhh...y Washington está genial. Los detalles que marcás sobre su actuación son exactamente así. Ya sé que no nos impoorta mucho el Oscar, decimos, pero espero que se lo saque a Daniel Day Lewis. El inglés es un grande, pero prefiero toda la vida una actuación natural como la de Denzel.

Caro dijo...

Samurai y Luis:
Muchas gracias por pasar y comentar.

Ana dijo...

Creo que leí toda la historia desde otro lugar. Me centré directamente en Whip. O sea, la historia de la chica se asocia a esa y no se pierde, sino que le da otra posibilidad. Una que no va a ver válida hasta que no deje de mentir(se). La audiencia pública le da otra.
Y esa escena final con su hijo, me pareció sencillamente triste. El chico va a visitarlo (por primera vez?) y "ese hombre al que nunca conoció" será el objeto de la charla. Terrible.
Me gustó tanto que voy a verla de nuevo.

Caro dijo...

Ana,

Muy buen punto el que marcás con respecto al final. De hecho, me hacés pensar que de alguna manera la película cierra con la idea de un "texto", porque el chico tiene que escribir un relato sobre un personaje. Es un cierre autoconsciente.

Abrazo!

adrian a. ortelli dijo...

msaludos, lo copie en mi blog nuestraaldea.blogspot.com