lunes, 31 de diciembre de 2012

Padre e hijo


En la película lo llaman “el velo negro” (el término en inglés, “blackout”, es un poco menos poético). Lo recuerdan, claro: es el clímax de Apollo 13, esos minutos de suspenso exquisito durante los cuales los astronautas pierden todo contacto con Houston durante su reingreso en la Tierra, y a nosotros se nos corta la respiración esperando saber qué pasó. Y no importa si conocemos la historia real o si hemos visto veinte veces la película: uno igualmente espera. Como si fuera la primera vez, la única. Aunque varios diálogos se ocupen de dar la explicación técnica de lo que ocurre durante el velo, tengo la impresión de que no podemos o no queremos comprenderlo del todo. Alcanza con saber que hay fuego, mucho, y que ese calor impide la comunicación entre la cápsula espacial y el mundo. Todo depende entonces de ese fuera de campo visual y sonoro. Menos los astronautas, todos los demás personajes se convierten en espectadores durante esos tres minutos eternos. Todos, a la espera. Cine purísimo, emoción a la enésima potencia. Ellos y nosotros mirando las mismas pantallas, deseando ver la misma imagen, la única. Que esta vez no es la del superhombre conquistando la Luna. Esta vez el hombre vuelve a casa, resignado, aceptando que es simplemente eso: un hombre.


Pero hay algo más en esta película. Apenas un instante, un enclave extraordinario, una fracción de segundo que hace la diferencia. Desde la primera vez que vi Apollo 13 hasta hoy me pasa lo mismo con esta escena: quisiera traducirla, descifrar esa imagen del tiempo, aunque sé que no puedo ni debo. Porque ahí, justo ahí, es cuando habla el silencio del cine. O la fe, que es casi lo mismo. Pero algo nos dice esa mirada sobre el vínculo entre padre e hijo. No me refiero a un núcleo espiritual o místico. Pienso más bien en una transmisión y un aprendizaje. Esperar. El hijo adolescente de Jim Lovell está en el colegio mientras la televisión sigue en directo la misión de regreso a la Tierra. El montaje paralelo va mostrando cómo viven el acontecimiento los familiares, los periodistas, el personal de la NASA en Houston, y también el muchacho en la escuela. Pasaron los tres minutos del velo ya. Todos los rostros se transforman. Los expertos intentan contener su desesperación. Cuando todo parece perdido, el chico alza su vista y mira el reloj. Un instante. Un segundo más. Y entonces sí, se abre el paracaídas y vuelve la comunicación. 


Ahora sí. A celebrar. Dos últimas fotos para el cuadrito: mientras todos aplauden y se abrazan, Gene Kranz (Ed Harris), el jefe de la misión, cae vencido de cansancio y alivio en su silla. Por su parte, Ken Mattingly (Gary Sinise, transpiradísimo) tiene ganas de llorar pero antes debe cumplir con el reglamento y decirle a Lovell "Welcome back". Y en medio de la felicidad uno descubre que a veces no hay nada más bello que el protocolo. Después de tanta angustia, es hermoso que las palabras por venir sean exactamente aquellas que uno espera escuchar. 

6 comentarios:

Eleonora Eberle dijo...

Qué bella y novedosa entrada, Caro! Vos me enseñaste a valorar y amar escenas de películas que mi prejuicio había dejado de lado en su momento.
Todavía recuerdo el fragmento de la carta de "Rescatando al soldado Ryan" que nos mostraste en el curso. A mí me había pasado desapercibida y vos me la regalaste para siempre.
Gracias por todo, y por mucho más Morir en Venecia!

Anónimo dijo...

Me alegra mucho leer que alguien tan entendida en Cine como vos Caro haga una crítica tan favorable a esta película. Siempre me pareció muy buena sinó excelente. Más allá que me apasiona la astronomía y la astronáutica me parece que como película cumple holgadamente lo que se puede esperar, y siempre fue muy denostada por las críticas que leí, más que nada tildándola de excesivamente "patriota" y sin dar mucho más argumentos. En este aspecto me pareció bastante moderada, y no dejo de pensar que si algún otro país llegara a lograr algo semejante sería mucho más exultante en demostrarlo, aunque Estados Unidos esté lejos de llenar mis simpatías, gracias!!

Caro dijo...

Lili: gracias por tus palabras tan cariñosas. Es bueno saber que estás ahí. Muchas felicidades para vos.

Anónimo: gracias por el comentario, aunque me gustaría saber quién sos.

alby dijo...

Muy buena entrada, muy esclarecedora. Se me ocurre que puede ser un recurso bastante utilizado en el cine. como cuando el héroe reaparece de entre los restos de la explosión por ejemplo, donde los personajes y el espectador esperan durante un momento la revelación de una misma imagen. solo que es verdad que en esta escena se riza el rizo porque se utiliza la retransmisión de un evento lejano y parece que casi se está hablando del propio montaje cinematográfico.
gracias por otra inspiradora entrada

alby dijo...

por cierto, muy buena tu imagen de perfil. El ángel de la historia, no? :)

Caro dijo...

Alby,
Como bien decís, el hecho de que los personajes en la ficción (junto con nosotros, espectadores) deban estar pendientes de una pantalla es un recurso muy común, sobre todo si se trata de un rescate de último momento. Sin ir más lejos, ayer en el cable estaban pasando la gran “Imparable”, de Tony Scott, en donde la televisión en vivo sigue paso a paso lo que ocurre con el tren enloquecido.

Creo que lo interesante de Apollo 13 es que durante el velo nos hacen sufrir la falta de contacto. Al principio sí muestran lo que ocurre en módulo de comando: se ve a los astronautas, el fuego, todo. Pero luego el punto de vista se queda con los personajes que están en tierra, y ahí es donde uno siente la angustia de la nada. No hay señal. Es una imagen que se niega a ser. La desaparición misma. De todas maneras, como digo en el post, lo que más me inquieta es lo que ocurre con el hijo de Lovell en ese instante límite. Fijate cómo el encuadre muestra los chicos mirando el televisor, mientrás él mira para otro lado, buscando apoyo en otro signo. Me resulta genial ese raccord de mirada: muy pero muy enigmático.

Un abrazo grande, y ojalá 2013 llegue con las mejores perspectivas posibles.

Caro