miércoles, 25 de abril de 2012

Bafici 2012 - Parte 3


Esas voces que curan (Perú / EE.UU., 2011)
Dirección: Delia Ackerman y Heather Greer
Sección: Panorama / Imágenes paganas

Ellas cantan solas. Cantan para los demás, sí, cantan para curar, pero antes de llegar al otro deben saber cantarse a sí mismas, abstraerse, acoplarse con otros cielos, con lo ancestral, con el tiempo, la clase de link que uno envidia porque se intuye mucho más real y sincero que toda nuestra prosaica hiperconectividad global. En los cantos (ícaros) de Herlinda Agustín y su mamá quedaron cifrados algunos de los momentos más bellos de este festival. Son cantos tan tiernos como imperiosos. Irrumpen cuando las palabras no funcionan, cuando las protagonistas ya no pueden (o no quieren) seguir ajustándose a la glosa del testimonio clásico. Por eso las realizadoras de este documental se acercan a su objeto con absoluto respeto y cautela. Entramos en el relato y enseguida sentimos que debemos caminar en puntas de pie.
Esas voces que curan presenta la historia de una chamana y su familia, pertenecientes a la etnia Shipibo-Conibo, comunidad aborigen que vive en la zona del Amazonas peruano. Herlinda era mujer muy activa, muy solicitada y admirada en su pueblo. En 2010 falleció luego de padecer durante años un cáncer cervical. Cuando empezó la proyección, y en base al vago recuerdo de lo que había leído en el catálogo, pensé que el film se centraría en el conflicto entre la medicina occidental y la concepción chamánica de la sanación. Pero el documental no ahonda demasiado en ese dilema, o por lo menos no tanto como yo esperaba, y esto en parte fue una decepción. En la charla posterior con Delia Ackerman y Heather Greer pudo notarse que varios espectadores nos quedamos con ganas de conocer muchos más detalles sobre el mundo retratado. De todas maneras la película no tiene por qué hacerse cargo de las expectativas que inspira el catálogo del festival (ya sabemos que puede ser una trampa, y caemos igual). Ante la situación delicada de Herlinda las directoras eligieron el pudor: aunque el caso pudiera resultar apasionante desde lo filosófico, no parecía propicio exigirle a la mujer reflexiones epistemológicas con el fin de compararlas con una racionalidad ajena. Simplemente, había que dejarla ser. Como bien señalaron las realizadoras, lo que nos queda finalmente es la inquietante certeza de la fragilidad humana, más allá de cualquier abrigo simbólico.