viernes, 20 de enero de 2012

The Help, de Tate Taylor


Aclaraciones: 1) Esta película se estrenó en Argentina con el vacuo título “Historias cruzadas”, pero aquí prefiero utilizar el título original, The Help. 2) Se revelan algunos detalles de la trama.

En una notable escena de Milk (Gus Van Sant, 2008), el protagonista les pide a todos sus seguidores que admitan públicamente su condición sexual. “Debemos abandonar el gueto”, ruega Milk a aquellos que se niegan a salir del clóset. Algunos aducen que puede ser peligroso, otros reclaman su derecho a la privacidad, pero el político sabe que asumir esa verdad es la única forma de ganar poder. “En este momento, en esta hora, la privacidad es nuestra enemiga”, dice Harvey, recordando lo que señalaba Hannah Arendt al estudiar las revoluciones modernas: si se quieren conquistar nuevos derechos civiles, será necesario sacar a la luz las angustias más íntimas. Atravesar la vergüenza. Desnaturalizar la humillación. De eso se trata esencialmente The Help, y en la exploración de ese doloroso proceso reside el punto más sólido de la película. Así comienza el film, con una empleada doméstica (Viola Davis) que decide exponer su historia de vida, con todos los riesgos que eso implica en plenos años sesenta, en el estado de Mississippi, donde conviven la segregación racial, el terror del Ku Klux Klan y también una esperanza llamada Martin Luther King.

The Help podría haber resultado mucho mejor si no estuviera a cada paso coartada por el didactismo tan propio del cine mainstream aspirante al Oscar y al mensaje modélico (que debe ser bien nítido, aunque eso excluya los matices). En el diseño de personajes abundan los brochazos y ciertas situaciones pueden lucir exageradas, pero no creo que esto sea lo más grave, pues el relato no nos deja olvidar que las actitudes más inverosímiles eran parte integral de la “legalidad” de la época. La caricatura habilita una forma de crítica, y en este sentido me parece lograda la interpretación de Bryce Dallas Howard como la villana de la alta sociedad. Hay una escena en donde su personaje pronuncia un discurso frente a la agrupación "de caridad" que ella lidera. Observen la pared a su lado, con un empapelado de flores. Allí cuelga un cuadro que también tiene flores, casi idénticas a las de la pared. Es tan solo un detalle de decorado capaz de describir al personaje en su chatura, en su real falta de distinción.

Pero la película está muy lejos de honrar el arte de los pequeños indicios. Por el contrario, el verdadero problema del film es la insistencia, la compulsión a hacer un doble o triple nudo sobre hechos que ya estaban claros para el espectador. Ejemplo: Howard fomenta un proyecto destinado a construir baños separados para el personal de servicio, y entonces le pide a su amiga periodista (Emma Stone) que difunda la noticia en el diario del pueblo. Stone no lo hace, Howard se lo pide por segunda vez, y Stone finalmente publica una nota tergiversando satíricamente el texto original. Mientras lo escribe, la periodista toma una fotografía de ella junto a su amiga reaccionaria, y la tira al tacho de basura. Para que no queden dudas de lo que se quiere decir. La narración se somete a la vieja norma del guión clásico de Hollywood que sugería aludir al menos tres veces a la intriga central. The Help va aún más allá y reitera las explicaciones continuamente: cada gesto, cada réplica, cada lección resulta potenciada al cubo al punto de perder impacto. Incluso el anticipado acto de venganza de la criada pastelera (Octavia Spencer) termina disolviendo su gracia al ser exprimido una y otra vez.

De todas maneras, si uno se permite esquivar las evidentes convenciones, The Help encuentra espacios para la emoción genuina. El film hace sentir el enorme miedo que agobia a las víctimas del racismo. El relato respeta los tiempos íntimos y sabe poner en su justa dimensión el desgarro que representa confesar el oprobio. Emma Stone comienza a esbozar el libro gracias a la venia de una editora (Mary Steenburgen) que compra la idea aunque con ciertas exigencias. “Vas a necesitar al menos una docena de domésticas para el libro”, le dice a la protagonista, una orden que cae mal porque parece apelar antes a lo comercial que a lo humano (es la jerarquía del periodismo: primero el número, la encuesta vistosa; después el compromiso social). Pero el requisito de sumar más testimonios entrega la clave del cambio. La voz se torna colectiva. Y es muy interesante acompañar el trayecto que va del anonimato al inevitable reconocimiento. Aunque las sirvientas no aparezcan con sus nombres verdaderos en la publicación, en el fondo todos en el pueblo saben quién es cada una de ellas. De allí las firmas solidarias estampadas en el libro, porque junto a estas mujeres están todos los nombres de una raza que llegó a un límite. Porque para la lucha política resulta fundamental ser individuo. Marcar la diferencia. Y salir a la calle, la propia calle, con dignidad. Como lo hace Harvey Milk en la hoy emblemática calle Castro de San Francisco. Como lo hace Viola Davis en el hermoso final de The Help.

5 comentarios:

Ana dijo...

No es la película que más me llama la atención de la "temporada", pero quiero verla.

Andrés dijo...

Yo diría que lo que señalás al principio (la necesidad política de hacer visibles las angustias íntimas) es lo único interesante que ofrece la película. Todo lo demás es sumamente elemental, una sucesión de subrayados subrayadísimos y personajes de caricatura burda (como la madre de la protagonista, que se da vuelta como una media en cuestión de segundos). Una película lo suficientemente valiente como para denunciar el tema 50 años tarde, cuando hubo obras que ya en esa época trataron el asunto de modo mucho más interesante (se me ocurre ahora la no muy vista "The Intruder", 1962, de Roger Corman).

En fin, que no me gustó nada.

Un abrazo

Eleonora Eberle dijo...

Anoche vi "The Help" y coincido plenamente con tus palabras. Es una película para gustar a todos y no tiene nada de malo, pero a mí no es del tipo de las que más me conmueven por ser tan obvias y explícitas.
Sin embargo, yo también me sentí atraída por la solidaridad que se establece entre los excluidos y marginados en esa sociedad. Por su color, por ser viejos y enfermos, por ser niños, por ser "mujeres ligeras"... No nos tranquilicemos pensando que es historia pasada. El mundo ha avanzado en las reivindicaciones de las minorías pero aún subsiste una xenofobia y una intolerancia aterradoras. Por eso amé las relaciones que se establecen entre Minny y la voluptuosa Celia y entre Aibileen y la comestible niña rubia a su cuidado. "Sos hermosa, sos inteligente, sos importante", "No te creas las estupideces que la gente dice sobre vos". Consejos llenos de sabiduría de estas negras sabias que llevan en la sangre siglos de pelearle a la injusticia. Ellas les enseñan a sus "amitas", que también son víctimas, que hay que sacarle pecho a los que no pueden soportar que en esta sociedad todos somos iguales y por suerte hermosamente diferentes.

mge dijo...

Acertada crítica. Lástima que la película no lleve la revolución a la forma. Supongo que de haberlo hecho no la estaría rompiendo en el circuito mainstream.

Eso sí, la malvada de la alta sociedad es Bryce Dallas Howard, Jessica Chastain es la borrachina solitaria. Yo también me las confundo :P

Caro dijo...

Gracias, Martín. Ya lo corregí.