martes, 7 de junio de 2011

Insidious, de James Wan


Si el terror como género les cae simpático y tienen ganas de pasar un rato realmente entretenido, les aconsejo ponerle unas fichas a Insidious (estrenada aquí como La noche del demonio), la clase de film que merece verse -y sufrirse- en una sala de cine. Ojo que a continuación voy a contar algunos detalles.

El crítico Horacio Bernades definió Insidious como un “pararrayos de tormentas de ideas ajenas”. En efecto, como señalaron todas las reseñas, el film de James Wan despliega muchísimos lazos con famosas películas del género, desde el ya clásico Carnaval de almas hasta las más recientes Arrástrame al infierno y Actividad paranormal, aunque evidentemente el faro de los autores es la irremplazable Poltergeist. Aquí también hay un niño asediado por fuerzas malignas y una familia zarandeada por la incertidumbre. Bueno, en realidad es la madre (Rose Byrne) quien está desesperada, porque percibe cosas raras y teme por la vida de su hijo. Al padre (Patrick Wilson), en cambio, se lo nota un poco más tranquilo.

Ampliando la ingeniosa metáfora del “pararrayos”, podría decirse que Insidious enaltece a sus referentes porque absorbe lo mejor de ellos, su electricidad, y a la vez evita el cepo del reciclaje mecánico. Los ecos externos recubren la película pero no la ahogan, porque no se anteponen a la construcción de los climas. Es curiosa la dualidad que sentimos: sabemos que no estamos ante nada nuevo, pero al mismo tiempo nos rendimos gozosos frente a ese horror labrado con artesanía y sagacidad, en donde las argucias genéricas de siempre se depuran para mostrarnos sólo la punta del ovillo, la eficacia de lo mínimo. Esta dosificación funciona sobre todo en la primera mitad del relato, porque en la segunda el guión abandona toda sutileza para lanzarse a un barroquismo desatado, y allí la película pierde esa humildad que transmitía en el comienzo. Sin embargo, Insidious es una experiencia que se justifica de punta a punta, más aun cuando la proyección termina y uno comprueba que las garras que nos rozan no pertenecen precisamente a los monstruos nocturnos.

Porque lo cierto es que el infierno respira cerca nuestro, ahí nomás, tan pegado al día a día que no podemos (no queremos) distinguirlo. Hay un detalle de Insidious que parece sacado de otra película, de otro género, un apunte que junto a otros que pueblan el film invitan a relegar el hilo sobrenatural para hurgar en algo más siniestro... y más humano y bien actual. En una escena el matrimonio se prepara para ir a dormir: mientras la mujer cae vencida en la cama, agotada por el trabajo y el cuidado del bebé, su marido se coloca con delicadeza una crema antiarrugas alrededor de los ojos. Sí, tal cual. Ella está nerviosa por una rutina que ya se perfila colmada de sobresaltos, mientras él sólo es capaz de concentrarse en sus patas de gallo. Ahí el director le hace un primer plano a Patrick Wilson para confirmar que este hombre tiene la piel increíblemente tirante. Irreal. Pero no es un efecto especial. Es simplemente el mundo del revés. El nuestro. Y acá no hay exorcismo que valga.