miércoles, 25 de mayo de 2011

Bafici 2011 - Parte 9


El fabricante de cepillos (Francia, 2011)
Dirección: Alberto Yaccelini
Sección: Foco Alberto Yaccelini

“Cuando debo filmar a ese otro que me produce temor a la vez que me seduce, no lo imagino, no puedo pensarlo como un ángel o un cordero. Lo supongo, al contrario, con toda su violencia, la de su deseo, la de su miedo. E imagino perfectamente que, como a mí, el film que va a hacerse a la vez lo tienta y lo estremece. Es precisamente esa violencia que existe entre nosotros, latente, no declarada, lo que me importa.”

Jean-Louis Comolli

El fabricante de cepillos tiene como protagonista a Emil Dupont, un señor oriundo de Bélgica y luego habitante de la ciudad bonaerense de Saladillo, dueño de un pasado que constituye el eje del film: fue nazi. Murió en 2006, pero en los años previos a su fallecimiento su testimonio de vida quedó registrado en una serie de entrevistas realizadas por Alberto Yaccelini, el documentalista argentino radicado en Francia a quien el 13º Bafici le dedicó una retrospectiva.

Tal como lo hacía en esa espléndida película llamada Volvoreta, aquí Yaccelini se convierte en un partícipe clave del relato desde la locución: narra en primera persona y explicita todas las ansiedades y las dudas que lo asaltan durante la filmación. En efecto, como advierte Comolli, se trata de un combate entre el director y el objeto del documental. Ese otro -el objeto de estudio- en este caso es un anciano que no tiene remordimientos porque no se considera un criminal. Sin embargo, Yaccelini quiere juzgarlo, quiere hacerlo declarar, quiere empujarlo a aceptar que aquella decisión política estuvo mal. El personaje sólo cuenta con su persona -su cuerpo, su conciencia- mientras que el director cuenta con todo el arsenal que otorga el cine, porque la cámara es a la vez armadura y ballesta. La lucha es desigual y Yaccelini no lo oculta, por eso esta película, detrás de una fachada de aparente sencillez, encierra una compleja reflexión sobre lo que significa ser documentalista.

De un lado, Dupont y su historia. “No me siento belga, sino flamenco. A nosotros durante años nos aplastó el gobierno central”, explica el personaje, y uno intuye que ese sentimiento de inferioridad fue uno de los motivos por los cuales se afilió al nazismo (inferioridad, humillación, búsqueda de un nuevo padre: los temas de La cinta blanca). Fue empleado de una compañía alemana constructora de aviones, luego se enroló en el ejército y alcanzó el rango de suboficial. “Aprovechá la guerra porque la paz va a ser terrible”, era una de las frases que Dupont solía escuchar en Alemania antes de exiliarse en la Argentina. Según recuerda él, este país en aquella época “era un paraíso”, y fue en Saladillo en donde se asentó, formó una familia y montó una fábrica de cepillos. Es evidente que fue un hombre respetado por sus hijos y muy querido en el pueblo. Pero resulta ontológicamente imposible registrar de qué forma el personaje se representa a sí mismo la idea del holocausto.  

Del otro lado, Yaccelini y su ambición. En su investigación descubre que, después de la Segunda Guerra, Dupont fue condenado a tres años de cárcel por traición a la patria. Más allá de este dato, el director carece de pruebas fehacientes que incriminen a Dupont como ejecutor de algún crimen. Entonces hay que presionar. Cada vez que el personaje desliza una frase inquietante, Yaccelini aplica una pausa en la imagen e interpela a su adversario desde la voz over (desde el tiempo presente de la edición). El otro queda acorralado en el silencio. Congelar la imagen no es un recurso simpático, y sin embargo el realizador lo repite más de una vez: en definitiva, es él quien detenta el poder.

Y la cámara puede causar daño. Daño moral y también físico. Ya en Volvoreta Yaccelini ensayaba esta posibilidad: allí la yegua protagonista se lastimaba durante una práctica y el director-narrador temía que los errores se debieran a su propia presencia en el escenario. Por supuesto, toda naturalidad queda anulada frente al efecto-cámara. Durante la filmación de El fabricante de cepillos ocurrió algo incluso más delicado: la salud de Dupont comenzó a debilitarse aceleradamente luego de un encuentro con Yaccelini. “Me arrepentí… me arrepentí…”, es todo lo que balbucea Dupont en su último testimonio, pero no llega a decir de qué se arrepintió. ¿Acaso se arrepintió de su adhesión al nazismo? ¿De algo indecible que él hizo en esos años? ¿O del hecho de haber dejado entrar en su vida a un cineasta inquisidor? No lo sabremos nunca, porque Dupont murió.

Mientras pretendía materializar la culpa en el otro, Yaccelini terminó cercado por vallas incómodas, preguntándose si no habrá sido él mismo el verdadero culpable de esta historia. Hay que tener mucho coraje para asumir que con su coacción obsesiva el documentalista también puede transformarse en victimario.  

4 comentarios:

Eleonora Eberle dijo...

¡Qué impresionante, Carolina!
Parece un tema para un cuento de Borges, sobre el traidor y el héroe, sobre la expiación de la culpa...

Un abrazo.
Lili

Andrés dijo...

El duelo entre entrevistador y entrevistado es muy interesante porque Dupont es un tipo inteligente. Recuerdo cuando hablan del Holocausto y Dupont dice que hasta un solo muerto es inadmisible (y dice inadmisible, no condenable o repudiable). Coincido con que las dudas finales del director son las que le dan otra dimensión a la película.

Muy buen post, Carolina. Y celebro que el Bafici siga vivito y coleando...

Un abrazo

Caro dijo...

La obra de Yaccelini es realmente fuera de lo común. Lamentablemente, como pude constatar, las películas de su retrospectiva no tuvieron buena convocatoria de público.

Y sí, aunque parezca que el Bafici fue hace mucho, sigo con él porque hay películas a rescatar. No puede convertirse en otro evento efímero como todo lo que sucede en el mundo acelerado de hoy.

Un abrazo y gracias por pasar.

Nuno dijo...

La vi en Cineuropa (Santiago de Compostela) el sábado pasado. Hubo quien, en el coloquio posterior con el director, definió a Dupont como un "vivales". Personalmente me recordó más a la figura de Knut Hamsun, una especie de superviviente no exento de una "idea", por la que es capaz de aliarse con el demonio si cree que con ello va a conseguir aproximarse a ella.