miércoles, 27 de abril de 2011

Bafici 2011 - Parte 7


Burrowing (Man Tänker Sitt / Suecia, 2009)
Dirección: Henrik Hellstrøm, Fredrik Wentzel
Sección: Panorama

“Nos movemos continua y sinceramente obligados a vivir, reverenciando nuestra vida y negando la posibilidad del cambio. Es el único camino, decimos; pero hay tantos caminos como radios pueden trazarse desde un centro.”

Henry David Thoreau

Burrowing es algo así como la historia de un barrio cifrada en la mirada de uno de sus habitantes, un niño de unos nueve o diez años llamado Sebastian. En sus paseos solitarios por los bucólicos paisajes de Suecia, Sebastian enseguida nos recuerda el drama de The Girl, film presentado en el Bafici del año pasado, aunque ideológicamente deberíamos describir al muchachito como una versión precoz de Chris McCandless, el joven aventurero a quien Sean Penn retrató en la estupenda Into the wild. La voz narradora de Sebastian surca toda la película. Él camina, escucha, juega, observa. Les gusta especialmente perderse en el bosque, chapotear en el lago y, cada tanto, hacer lo que no hay que hacer. No entiende qué es la civilización. No odia a los hombres pero confirma cada día que algo en la sociedad no funciona, y para ilustrarlo su relato merodea por las vidas de tres vecinos que atraviesan situaciones difíciles. Ellos están desamparados, al borde de abandonarlo todo para internarse en la naturaleza. Tal vez para siempre.

Película pequeña, flotante, melancólica, más poética que narrativa, envuelta en sinfonías místicas y coros gregorianos, Burrowing combina momentos de belleza hipnótica con otros en donde la extrema estilización conlleva cierta frialdad (la música, por ejemplo, a veces quiebra el clima metafísico en lugar de acompañarlo). Pero son apenas detalles en una película que nace del riesgo, que se desplaza constantemente hacia zonas inesperadas, pantanosas, lejos de los cimientos realistas. Los realizadores Hellstrøm y Wentzel trabajan sobre una textura impresionista que sabe explotar a su favor el goce de lo incompleto.

Las imágenes que nos llegan son hilvanadas por la mente de un chico que hace asociaciones libres mientras escudriña el escenario social que lo rodea. Claro que no es un chico cualquiera. La sensación de extrañeza se instala desde el instante en que oímos esa voz de niño que nos habla con solemnidad profiriendo conceptos filosóficamente densos, entre los cuales hay muchas citas textuales del "Walden" de Thoreau. “Mi instinto me dice que mi cabeza es un órgano cavador, como los hocicos y garras anteriores de algunos animales, y con ella yo minaría y horadaría mi camino a través de estas colinas”, dice el protagonista, citando la frase del escritor norteamericano que inspiró el título del film. Así como los topos cavan (burrowing) sus refugios en la tierra, la película intenta auscultar los túneles imaginarios que el sujeto necesita forjarse para lidiar con lo real.

En definitiva, se trata de escapar, salir del marasmo existencial para inventar un mundo propio, más sencillo, más sano. Pero mientras Sebastian (vía Thoreau) se permite apostar a la creación, ponderando el crecimiento espiritual que implicaría la independencia, el espectador comprueba que los otros personajes no tienen tanto margen para la reflexión y si se fugan lo hacen sumidos en la desesperación. De allí que en la última parte del film se produzca una interesante colisión de impulsos. El idealismo choca contra las capacidades del ser concreto. El destino de los personajes es ambiguo, delegado a la interpretación del espectador. Y en este punto hay que ver cuánto confiamos realmente en las virtudes "liberadoras" del individualismo. 

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