sábado, 23 de abril de 2011

Bafici 2011 - Parte 6


Finisterrae (España, 2010)
Dirección: Sergio Caballero
Sección: Competencia oficial internacional

Leo artículos sobre Finisterrae en Internet y me anonada ver cómo las referencias cinéfilas se van apilando en una alta torre de luxe: Albert Serra, Phillipe Garrel, Eugène Green, Jodorowsky, Bergman, Buñuel, Tarkovsky, Lynch, Tolkien, Cervantes, Homero y así siguiendo. Por supuesto que no se me cruzaron todos estos nombres durante la proyección, sino apenas algunos y de manera muy tangencial (cuando el film terminó sí, quien se me impuso fue el director de Honor de cavalleria, como después voy a explicar). En las reseñas online también se repite la noción de “delirio experimental”, aunque por suerte yo entré en la sala sin esa prevención. No sabía nada de nada, ni siquiera sabía que las dos figuras que aparecían en el afiche eran fantasmas. En esa imagen yo creí ver dos mujeres con burkas en un paseo a caballo, y encaré la película con esa idea hasta que la historia enseguida me llevó para otro lado. Pronto empezó a azuzarme un desconcierto levemente fastidioso ante ese artefacto que no podía atajar con ninguna cuerda interpretativa.

Disculpen si este texto resulta demasiado personal pero reconstruir la experiencia frente a la pantalla es la única forma de hablar sobre Finisterrae, un cine del transcurrir, cine de lo incierto, cine concebido para punzar, pervertir, recalcular el hábito espectatorial, un refrescante efecto colirio que afortunadamente provocaron muchas películas en este festival (pienso en el Film Socialisme de Godard, en el Turin Horse de Béla, en el Aita de Orbe, en Le quattro volte de Frammartino, en la ya comentada Sipo'hi… bendito seas, Bafici). Si Finisterrae nos deja perplejos es porque instintivamente la abordamos apoyados en algún tipo de realismo, el único patrón desde el cual podemos -pretendemos- calibrar la coherencia de aquello que no comprendemos. Y si nos quieren vender un relato fantástico, entonces pediremos que ese mundo alternativo nos presente reglas claras, que se esfuerce en crear su propio verosímil. Estas son nuestras demandas atávicas y Sergio Caballero cuenta con ellas justamente para dinamitarlas, anulando toda posibilidad de un cable a tierra. Lo que busca su película es que dejemos de lado la razón, aunque sea por un rato. La razón adulta, para ser precisos.

La náusea me invade. Estoy cansado de ser un fantasma”, confiesa uno de los dos protagonistas. El otro no sufre tanto pero acompaña a su amigo en el sentimiento. Deciden emprender un viaje a través de los maravillosos paisajes de Santiago de Compostela en dirección hacia los confines del mundo (Finisterrae). Según les indicó un oráculo, recién al final del camino podrán mutar en seres vivientes. Claro que cuesta muchísimo creer que esos personajes puedan ingresar en otro cuerpo porque no tienen en absoluto el carácter impalpable de los espíritus. Al contrario, con esas sábanas sucias estos fantasmas son el colmo de la materialidad, pero así y todo ahí van ellos, uno con sus traumas psíquicos y el otro con sus sueños porno soft, transportándose en un caballo (que a veces es de verdad y a veces es de madera) o, en su defecto, en una silla de ruedas. Hablan en ruso y se orientan usando un cono de viento. No, no hay que adosarle significación a todo. Finisterrae propone lo inverso: relajarse y jugar. Estarán los cinéfilos de fuste que quieran rastrear todas las citas espolvoreadas en el film por Caballero, o aquellos que prefieran discutir más finamente si estamos ante una parodia, un pastiche, un chiste o una genialidad. Aunque el realizador catalán pueda conformar un poco a todos, sospecho que su intención de fondo es todavía más humilde, más cercana al romanticismo que al ademán posmoderno. Porque al final del trayecto el fantasma se hará rana y luego se hará princesa a la espera de su hidalgo, y el film quiere que creamos que eso es posible sin preguntarnos por qué, como cuando éramos chicos y no nos alarmaba que una calabaza pudiera a la vez ser un carruaje, simplemente porque esa opción era una pieza más dentro de nuestro castillo de cuentos. Entre lo fantástico y lo real respira una dimensión que se apaga cuando perdemos la mirada infantil: es una dimensión vital, la de la imaginación inocente aún no contaminada por la lógica.

Albert Serra alguna vez sugirió que con su obra él buscaba destilar “un cine muy puro”. Sus películas sobre Don Quijote y Sancho y sobre los Reyes Magos parecerían ampliar y nutrir lo que en los relatos originales sólo son elipsis, tiempos suprimidos. Serra filma el mientras tanto, las horas pedestres lejos del clímax popular. Caballero ensaya algo similar con sus fantasmas: los acompaña en el intervalo reflexivo entre dos encarnaciones, un lapsus fuera de toda temporalidad conocida. Los pinta con trazos absurdos pero a la vez los observa con fascinación, porque lo cierto es que no sabemos muy bien qué son los fantasmas pero sí sabemos que son entidades inherentes a cualquier tradición cultural.

No sé si todos ustedes tuvieron la dicha de creer en Papá Noel, pero yo creía en él cuando era chica. También creía que venía desde el Polo Norte con su trineo traccionado por esbeltos renos. En Finisterrae uno de los fantasmas finalmente se convierte en reno. El director señaló en una entrevista que la imagen que lo obsesionó desde el inicio del rodaje fue la escena del reno entrando en el palacio vacío. Es una escena bellísima que además culmina con el animal pasando por delante de una chimenea. Ignoro si Caballero tuvo en su mente a Papá Noel, pero recordando los Reyes de Serra, me animé a pensar que sí. Y la verdad es que yo no puedo probar con cuánta certeza en mi infancia confiaba en la existencia de ese anciano barbudo que llegaba en Navidad: no lo sentía como fantasía absoluta, pero probablemente tampoco apostaba a que fuera un ser de carne y hueso como yo. Sin embargo, al igual que los fantasmas, Papá Noel simplemente era. Él latía en esa dimensión intermedia y fundamental, esa zona protectora del alma que hacía que valiera la pena vivir y crecer en ese mundo demencial que tenía bajo mis pies.