lunes, 13 de diciembre de 2010

El perseguidor, de Víctor Cruz

Escurrir la trama hasta que sólo queden las gotas más elocuentes. Dejarlas que suban como negro vapor, que espesen el aire donde se coagula la culpa, donde cada movimiento es confinado a la sospecha. Pero si nadie sabe qué forma tiene lo escondido, ¿cómo capturarlo?

¿Existe el remordimiento en soledad, sin la mirada del otro? ¿Se sufre por saber que uno hizo daño, o sólo se sufre por temor al castigo, a ser descubierto? 

Ellos son marido y mujer, profesionales, socios. Hipócrita armonía funcional al sistema. Nadie controla las elipsis mejor que una entrenada conciencia de clase. Una cámara los desnuda creyendo que puede vencerlos. Los deja manchados, sí, lo vemos al comienzo. Pero… ¿vencerlos? 

Hoy igual que ayer, como siempre, son los ojos de la víctima los que están en juego.