viernes, 27 de mayo de 2016

Rompecabezas, de Natalia Smirnoff

“En el arte, no se trata exactamente de saber lo que las cosas son sino, más bien, de sostenerse ante el hecho prodigioso de que sean…” 

Santiago Kovadloff

Mucho se habló de la primera secuencia de esta película, quizás porque tiene una elocuencia concisa que bien podría hacerla funcionar como un cortometraje autónomo. Vemos a una mujer que está cocinando, apresada por una cámara tan cercana que termina fusionándose con su rostro, sus manos, el delantal, los bollos recién amasados, el pollo esmerilado. Cuesta un poco calibrar los ojos frente a esos primerísimos primeros planos, porque la imagen se va de foco, o porque es la mujer la que se va de la imagen, muy concentrada ella en su labor, acostumbrada a que nadie se digne a observarla en esos momentos. Hasta que llega el cine para recordarnos que, tal vez, aún no hemos aprendido a mirar. (“Tengo un catalejo, con él la luna se ve, Marte se ve, hasta Plutón se ve, pero el meñique del pie no se me ve”, cantan los cubanos del grupo Buena Fe).

Porque nadie presta atención al mundanal hábito, aun cuando el hábito engendra continuas obras de arte efímero, que van del horno a la bandeja para extinguirse al instante en la boca de algún lobo. Y no, no es el snobismo de la nouvelle cuisine y sus insípidas pocas nueces, porque la mujer sabe que los suyos todavía adoran lo clásico, o sea, los platos generosos y sabrosos. Y lo que en los segundos iniciales parece ser una cena de todos los días para la familia, enseguida se revela como un gran festejo con amigos y parientes, en donde ella renueva sin cesar el reparto de pizzas y empanadas, y su hijo le grita que se acabó el salame, y su suegra le dice que esta vez la carne mechada sí le salió rica.

Alguien por ahí la llama Carmen o María del Carmen, mientras ella sigue con los malabares, de la cocina al comedor y viceversa. La vemos sacar una pizza del horno mientras con la otra mano escribe un Feliz Cumple de dulce de leche sobre una torta. Jamás pierde el cronómetro en sus tareas, pero es la cámara la que muestra cómo ella se pierde entre los otros, confundida con los otros, como si los contornos de su ser no pudieran separarse de la mesada, la harina o la escoba que barre los trozos de un plato roto. Ella y los otros son un todo, una unidad a partir de un rol social. Hasta que un día, jugando, descubre lo que siempre supo: que un todo se forma a partir de pequeñísimas piezas.

De cómo perderse con los años y volver a encontrarse sin dejar de ser esencialmente el mismo todo, el mismo ser. Eso es lo que la directora Natalia Smirnoff quería contar en Rompecabezas. Que no es, y esto hay que remarcarlo, la historia de una victimización. Porque a María del Carmen (una esquiva y a la vez terrenal María Onetto) no le interesa dejar de ser madre y esposa. Ahora es, simplemente, un poco menos anónima para el mundo (su mundo, el que ella sola se armó, y eso es lo que importa). Ahora ella es una parte fundamental de su propio paisaje. Y el próximo año volverá a dedicarle un día entero a la cocina para invitar a todos y celebrar el mejor de los cumpleaños. Que no será el de su hijo o el de su marido, como el montaje pícaro de la primera escena nos quiso hacer creer. Será ella quien sople las 51 velitas. Y los cumplirá feliz.

 
Esta película se encuentra disponible en "Odeón", plataforma argentina de contenidos audiovisuales online, de acceso gratuito.

2 comentarios:

Eleonora Eberle dijo...

Acatando tus sabias sugerencias, las mismas amigas viajaron desde el sur (Quilmes o Turdera, da igual) al Complejo Tita Merello, donde no hay baldes de pochoclo sino reminiscencias del esplendor de la época dorada de nuestro cine.
Así, salimos, como María del Carmen a buscar la pieza para completar nuestro rompecabezas con cada película u obra de teatro que nos enseñe algo más de nosotras mismas.
La película de Smirnoff muestra con sutileza y ternura los espacios interiores y exteriores que va ganando la protagonista que va haciéndole lugar al deseo, al juego, a un espacio de soledad necesaria y ansiada donde puede ser ella misma.
El trabajo de María Onetto es deslumbrante, nos enamora con esos gestos medidos, con esos mínimos movimientos de su cuerpo que va abriéndose al baile, a la efusión, al erotismo de las nuevas sensaciones ( el aroma del té, la suavidad de la porcelana, el brillo y la tersura de las piezas del rompecabezas de Nefertiti, la reina).
Pero María del Carmen no se marea, tiene los pies en la tierra, sabe que es feliz en su reino doméstico con un marido que sigue despidiéndose con un beso en la boca y un "gusto de vos", con dos hijos que aplauden sus logros y la consideran necesaria en sus vidas. María del Carmen se demostró a sí misma lo que vale, se dio permiso para la aventura y con su libertad dejó más sueltas las riendas del hogar para que sean también más libres las personas que ama. Luego se armó en su vida ese espacio que le alcanza, le bastó ganar el cuartito del fondo, no necesitó usar el pasaje a Alemania.
La cámara también le da su espacio, por eso en la última, bucólica, escena, ya no está encima de ella sino que retrata de lejos formando parte del paisaje, como decís vos.
Bellísima película, gracias por recomendarla.

Caro dijo...

¡Gracias, Lili!