viernes, 16 de octubre de 2009

La sociedad de la nieve, de Gonzalo Arijón

Algunos de ustedes conocerán la historia. Otros, los más jóvenes, tal vez no. A unos y otros les recomiendo con fervor esta película.

Por primera vez dan su testimonio los dieciséis sobrevivientes del accidente aéreo ocurrido en los Andes, en 1972. Dirigido por Gonzalo Arijón, La sociedad de la nieve es un documental clásico que tiene como eje el relato de los protagonistas: los recuerdos van rearmando la cronología del drama mientras se intercalan algunas escenas reconstruidas como apoyo visual para la narración. No hay voz en off: sólo las palabras sentidas de los sobrevivientes. Y los rostros de hoy. Y los cuerpos de ayer -hechos añicos- que asoman en las imágenes de archivo, tanto en las fotos como en los noticieros de televisión (un material estupendo).

Algunos de ustedes me dirán -ya los conozco- que no tienen ganas de ir al cine para sufrir con una anécdota tan tremenda. Claro que lo es: veintinueve personas murieron en la montaña. Por otro lado, la opinión pública -siempre ávida de morbo- se encargó de hacer trascender y banalizar el aspecto más delicado del caso (me da mucha pena y vergüenza cuando ante el recuerdo de la historia, en cualquier charla casual, nunca falta el "gracioso" con un comentario de humor negro).

Pero lo cierto es que, más allá de la angustia, hay pocos episodios en la historia de la humanidad que transmitan con tanta potencia lo que representa la fe. La creencia en algo abstracto, intangible, simbólico. Algo que nosotros y sólo nosotros podemos fabricar. Ellos creían en Dios, pero eso es lo de menos. El motor también podría haber sido la confianza en la amistad, en el destino, en el hombre mismo. La fe en una idea.


La fe sólo puede registrarse cuando se traduce en actos. Los escépticos argumentarán que la épica no es tal, que fue el simple instinto de supervivencia lo que motivó la resistencia de estos muchachos. Pero todos sabemos que con eso no alcanza. Y si hay algo que la tragedia de los Andes confirma es que la resistencia resulta inconcebible sin las ganas. La voluntad.

Insisto: vayan al cine a ver esta película. Y no se preocupen si, cuando abandonan la sala, una sensación no identificada les golpea el pecho y pide permiso para pasar. Déjenla entrar. Tiene sólo dos letras y no ocupa lugar.



Para quienes deseen rememorar un poco la historia, copio abajo el prefacio de "¡Viven!", el apasionante libro que Piers Paul Read publicó en 1974.

"El día 12 de octubre de 1972, un Fairchild F-227 DE LAS Fuerzas Aéreas Uruguayas, alquilado por un equipo amateur de rugby, despegó de Montevideo, en Uruguay, hacia Santiago de Chile. Noticias de mal tiempo en los Andes obligaron al avión a aterrizar en Mendoza, una pequeña ciudad en la vertiente argentina. Al día siguiente el tiempo mejoró. El Fairchild despegó de nuevo y se dirigió hacia el paso Planchón, y a las 15,24 sobre la cuidad de Curicó, en Chile. Recibió la autorización de virar hacia el norte y de iniciar el descenso hacia el aeropuerto de Pudahuel. A las 15,30 comunicó que volaba a una altura de 5.000 metros, pero cuando un minuto más tarde, la torre de control de Santiago intentó comunicar con el Fairchild, no obtuvo respuesta.

Chilenos, argentinos y uruguayos buscaron el avión durante ocho días. Entre los pasajeros no sólo se encontraban los quince componentes del equipo de rugby, sino además veinticinco amigos y parientes de los jugadores, todos ellos pertenecientes a influyentes familias uruguayas. La búsqueda no obtuvo resultados. Era evidente que el piloto había calculado erróneamente la posición y había virado hacia el norte, hacia Santiago, cuando aún se encontraba en medio de las montañas. Era el comienzo de la primavera en el hemisferio sur, y en los Andes había nevado en gran abundancia. El techo del avión era blanco. Así pues, había muy pocas posibilidades de encontrarlo, y todavía menos de que alguno de los cuarenta y cinco pasajeros y tripulantes hubieran sobrevivido a la catástrofe.

Diez semanas después un campesino chileno que apacentaba el ganado en un valle perdido en las profundidades de los Andes vio, al otro lado de un torrente, las figuras de dos hombres. Los hombres empezaron a gesticular y se clavaron de rodillas en actitud suplicante, pero el pastor, creyéndolos terroristas o turistas, desapareció. Cuando al día siguiente volvió al mismo lugar, las dos figuras seguían allí y volvieron a hacerle gestos indicándole que se acercara. Se acercó a la orilla del río y lanzó al otro lado un papel y un bolígrafo envueltos en un pañuelo. El barbudo de aspecto harapiento lo recogió, escribió algo en el papel y se lo devolvió al campesino con el mismo método. Decía así:

Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo…

Había dieciséis supervivientes. Ésta es la historia de lo que sufrieron y de cómo consiguieron sobrevivir.”