domingo, 3 de mayo de 2009

El Lector, de Stephen Daldry


"¿Por qué? ¿Por qué lo que fue hermoso, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo al saber que ocultaba verdades amargas? ¿Por qué se oscurece el recuerdo de unos años felices de matrimonio cuando nos enteramos de que el otro tuvo un amante durante todo ese tiempo? ¿Acaso porque en semejante situación no se puede ser feliz? Y, sin embargo, ¡éramos felices! A veces un final doloroso hace que el recuerdo traicione la felicidad pasada. A lo mejor es que la única felicidad verdadera es la que dura siempre. Porque sólo puede tener un final doloroso lo que ya era doloroso de por sí, aunque no fuéramos conscientes de ello, aunque lo ignorásemos. Pero un dolor inconsciente e ignorado, ¿es dolor?”

Bernhard Schlink (El Lector)

En la novela de Bernhard Schlink abundan las preguntas, sobre todo las que no tienen respuesta. Preguntas que lanzamos al cielo con esa nostalgia furiosa que insiste en desandar el enigma de lo que podría haber sido y no fue. O de lo que creemos que debería haber sido, si habitáramos un mundo transparente en donde toda acción fuera consecuente con un ideal. Pero mientras lo ideal sólo se analiza en la retrospección comparativa de lo ya vivido, o se sueña como meta para lo que viene (si es que aún hay fuerzas para cultivar anhelos), todo lo que nos queda es resbalar en el presente, en el abismo abierto entre lo que somos y lo que deberíamos. El arte nació precisamente para recorrer esa distancia, una y otra vez… hasta aliviarla. Algún día.

El libro original, sin ostentar grandes hallazgos poéticos, tiene la virtud de ser preciso y universal al plantear esta clase de inquietudes filosóficas. Con un tono melancólico y reflexivo, en su primera parte la narración avanza con un suspenso creciente y bien controlado, dada la forma en que el autor anticipa y desarrolla el famoso secreto que signará el destino de los personajes. En términos de estructura temporal, en lo que hace estrictamente a la intriga, "El Lector" parece haber sido escrita para ser llevada a la pantalla grande, cualidad que el director Stephen Daldry (Billy Elliot, Las horas) y su guionista David Hare no supieron (o no quisieron) aprovechar. Por una razón muy simple: prefirieron la seguridad de la corrección política a las imprevisibles arenas de la opacidad.

El conflicto central se sitúa en la Alemania de posguerra. Michael Berg (David Kross) tiene quince años cuando inicia un romance con Hannah Schmitz (Kate Winslet), una mujer que lo dobla en edad. Sexy, misteriosa, bastante parca, ella adora que su “niño” le lea en voz alta los clásicos de la literatura, antes y después del amor. El affaire dura apenas un verano y ellos pronto dejan de verse. Años más tarde, cuando Michael es estudiante de Derecho, le toca presenciar un juicio contra un grupo de mujeres que fueron guardias de un campo de concentración durante el régimen nazi. Hannah es una de las acusadas. El drama se extenderá a lo largo de las décadas, con un Michael adulto (ahora encarnado por Ralph Fiennes) que continuará toda su vida convulsionado por las llagas de esa relación, detrás de la cual también afloran las contradicciones -la culpa, la parálisis, el Horror- de toda la sociedad alemana.

Es fácil dejarse encandilar por ciertos giros de la trama, ya que la dilatada historia de amor entre Michael y Hannah es tan extraordinaria que por momentos hace olvidar las frágiles columnas que sostienen al film en términos específicamente cinematográficos. En el intento de no saturar la banda sonora con la omnipresencia del monólogo, el guión descarta la voz en primera persona del protagonista, aspecto clave para la psicología de la novela. Sucede entonces que al abandonar el perturbado punto de vista de Michael, la película pierde el fulgor intimista de la prosa de Schlink y la puesta en escena se ve constreñida a una exterioridad funcional, de una impostación que a veces roza lo metálico. Por otro lado, aunque uno ame sin medida a la actriz de Titanic, cuesta mucho verla como verdadera criatura de ficción sin sentir que esa mujer que está allí no es otra que Kate Winslet fingiendo un acento extranjero, Kate Winslet ultra maquillada como anciana, Kate Winslet por fin premiada por el rol más chillón y "oscarizable" de su carrera.

No vamos a sumarnos al coro de críticos que afirman que El Lector (The Reader) pretende atemperar la culpa del pueblo alemán con respecto al Holocausto (ese argumento deriva en el mismo reduccionismo automático con que se despachó hace un tiempo al film Slumdog Millionaire al calificarlo de "abyecto"). Mostrar la desesperante carencia de Hannah no la torna menos responsable de sus actos: se trata de una historia única, especial, situada en un marco de delicadas ramificaciones sociopolíticas. Lo que Schlink busca, como todo artista serio, es adentrarse en la complejidad de su pasado para así repensar los hechos y las decisiones de sus personajes desde una perspectiva contemporánea, con la mirada de las generaciones que hoy siguen asimilando esa trágica herencia. Pero a la versión fílmica le falta nervio, piel, fricción. En vez de hurgar en los pliegues incómodos de la trama, el escándalo, la confusión ideológica, el lado oscuro de los afectos, Daldry se distrae repasando una y mil veces todas las costuras de su pulcro mantel para que ningún espectador tropiece con los reales desgarros de la Historia. La bella anécdota original se diluye finalmente en una película demasiado tenue, sin pasión ni relieves.

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