martes, 23 de septiembre de 2008

Por sus propios ojos, de Liliana Paolinelli

"No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres o mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar ese "corazón" que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia".

Robert Bresson

Objeto extraño este film. Difícil de asir. Diletante al principio, curiosamente lúcido al final. Liliana Paolinelli conduce el relato a partir de pequeñas bifurcaciones, y así secuestra la orientación del espectador: en cada nueva esquina del guión, el film cambia el tono y gira hacia el lado contrario al que uno espera. La originalidad de Por sus propios ojos reside precisamente en rodear la motivación más íntima del drama, evitándola todo el tiempo. No marea, pero desconcierta. No engaña, aunque pone en riesgo la empatía.

La historia transcurre en Córdoba. Dos estudiantes de cine filman un documental sobre “las mujeres de los presos”, trabajo que representa su tesis de graduación. Alicia (Ana Carabajal, un hallazgo) y su amiga Virginia (Mara Santucho) registran los rostros resignados en la puerta de una prisión, pero no es sencillo encontrar personas que quieran testimoniar frente a la cámara. Hasta que un día alguien se acerca y advierte: “Acá pasan muchas cosas. Yo te voy a contar”. Ella es Elsa (Luisa Núñez) y tiene a su hijo en la cárcel.

Lo que al comienzo parece ser una reflexión sobre el género documental, Paolinelli lo convierte en una ficción esquiva. Las texturas se cruzan y derivan hacia otra cosa. Elsa y Alicia inician una relación en donde los intereses de cada una no están claros. O mejor: no necesitan ser explicados. La directora pinta este mundo desde la exterioridad, aferrada a las miradas y a la superficie de los actos, sin juzgar a sus criaturas, sin desplegar diálogos que ambicionen materializar lo que se siente. Porque lo que se siente es aquello que no tiene imagen posible. Lo que se siente late en los huecos, en las palabras que faltan, en el cuerpo expectante de la joven protagonista.

Porque Alicia pone el cuerpo. Alentada por la madre del interno, Alicia entra en la cárcel para conocerlo. Luis (Maximiliano Gallo) asusta y enternece al mismo tiempo. No le importa a la película contar la causa que lo llevó tras las rejas. Luis susurra alguna excusa, pero en el fondo no interesa. En el aire compiten las pulsiones básicas. En la celda Luis y Alicia comparten uno de esos momentos que parecen durar años. Tan verdaderos que deberían durar toda la vida.

Una película despojada, atípica, refrescante. Es mucho más que una historia sobre mujeres de presos. ¿Es que acaso puede probarse una tesis sobre los sentimientos, cuando ellos por definición son tan ambiguos? Por sus propios ojos es tan solo un borrador -inquietante- sobre los afectos y sus formas impredecibles.