lunes, 2 de junio de 2008

El sueño de Cassandra, de Woody Allen


Lo queremos, y por eso tratamos de comprenderlo. Crecimos con él. Es como ese tío que siempre sabe amenizar con inteligencia los cumpleaños. El tío que al principio hace chistes hilarantes y que, más tarde, cuando la noche avanza junto con las copas, empieza a filosofar y barajar dilemas existenciales nada desdeñables. Es innegable que el tío Woody nos dio mucho y eso nos vuelve un poco incondicionales.

Pero también es cierto que el universo Allen se ha reducido. Su cine se ha simplificado. El director abandonó hace años la búsqueda formal para acotarse al dibujo de anécdotas elementales narradas con eficacia. El último título digno de su trayectoria es Dulce y melancólico y data de 1999. Tal vez podría también rescatarse la voluntad reflexiva de Melinda y Melinda (2004), en la que dos escritores se cuestionan si la vida es trágica o cómica, y así postulan dos historias divergentes para un mismo personaje. La película es endeble, pero marca la entrada de Allen en un período de irredimible escepticismo, en donde no deja lugar a dudas: vivir es una cosa bastante fea. Y todo lo que viene haciendo es girar obsesivamente en torno de una premisa excluyente: “lo único que mueve al hombre es la ambición”.

Luego de Match Point y Scoop, El sueño de Cassandra (Cassandra’s dream) cierra la Trilogía de Londres, ciudad que ahora aloja a los hermanos Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell), jóvenes de la clase trabajadora que ya están grandecitos pero siguen dependiendo de sus padres. Ambos necesitan dinero con urgencia: mientras el trepador Ian planea usarlo para invertir en “negocios importantes” y conquistar a una señorita, el más débil Terry lo quiere para pagar una deuda acumulada por su adicción al juego. Entonces aparece el tío Howard (Tom Wilkinson), un hombre rico que para deshacerse de un sujeto que podría perjudicarlo, les propone a sus sobrinos “eliminarlo” a cambio de dinero. Ellos aceptan.

El azar hará de las suyas para complicar las cosas, y después llegará la culpa, la locura, el castigo y todo lo demás. Nuevamente se plantea el conflicto moral de Crímenes y pecados (1989), en donde el protagonista prefiere convertirse en asesino antes de perder su status social. Pero hay una diferencia con los años '80: el Allen actual ya no disfruta a la hora de crear.
 

Toda la complejidad que componía su mundo -las deliciosas disquisiciones sobre el amor, la muerte, la frustración, el arte, la religión, el sexo, la responsabilidad- parece haberse reducido a un principio poco novedoso: el dinero es más fuerte. Es lo que impone el capitalismo, bajo su yugo vivimos y es lo que tenemos por delante (en un diálogo de Cassandra's dream se afirma que China será el próximo Imperio. “Son mejores capitalistas que nosotros”, dice Wilkinson, extrañado). Pero aun con premisas igual de oscuras, el Allen de antaño elegía hurgar en lo contradictorio del ser humano, en lo cruel, en lo lúdico, en lo sarcástico, incluso en la confrontación con el propio pasado familiar. Al Allen de hoy ya ni siquiera le interesa convocar a la ironía.

Una puesta en escena desganada; un relato monótono sin suspenso ni humor; una partitura ridículamente severa de Phillip Glass; y aunque Farrell está bastante bien (su atormentado Terry es lo único en el film que despierta alguna emoción), es el gran McGregor quien aquí luce inverosímil. No hay mucho más para decir sobre El sueño de Cassandra. Allen tiene todo el derecho a seguir dando vueltas sobre la desvencijada calesita, solo que el tío ya no es un niño y uno también tiene derecho a pedirle un poco más de seriedad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Escuché tu comentario sobre esta peli en la radio y ahora doy con esta crítica. Yo no la ví aun y creo que la voy a ver para constatat esto que ya se veía venir. Creo que este estancamiento- de algún modo hay que llamarlo- en la producción artística de Woody tiene que más que ver con una especie de molicie: le va demasiado bien. Nunca creí en la felicidad personal como motor de lo creativo, es eso. Uno tiene que tener un cierto disconformismo para crear. O NO? bESO!! mARTHA

Eleonora Eberle dijo...

Anoche vi "El sueño de Casandra" y hoy saqué para ver otra vez "Match Point" y puedo asegurar que juntas funcionan por oposición. Azar versus predestinación. La tragedia en el más griego de los sentidos, desde el mismo título de su última película que nos sugiere el sueño loco de los hermanos que los hace cruzar esa línea que nunca debieron haber cruzado ( la hybris para los griegos...) Y sí, la tragedia seduce al gran Woody que solo quiere contar historias, viejas como el mundo.
A mí me siguen gustando sus historias, las disfruto.No le pido más que eso: que me muestre las ciudades que ama(antes Manhattan ahora Londres), tan bellamente que uno sueña con estar allí, que nos hable de los temas de siempre: la ambición,la culpa y el destino.