miércoles, 25 de junio de 2008

El sabor de la noche, de Wong Kar Wai

Tal vez ya no haya nada nuevo para decir. Tal vez ya fue todo dicho. Con 2046 (estrenada en 2005) Wong Kar Wai escribió su testamento artístico y a la vez emitió su último grito de alerta: en el futuro no habrá amor. Las mujeres serán androides y los hombres las mirarán callados, con los ojos húmedos. No habrá amor, no habrá historias que contar. 2046 es mucho más que una hermosa película melancólica: es un diagnóstico terminal sobre el destino de absoluta soledad hacia el que está marchando la raza humana. Más que meramente bella, 2046 es estremecedora. Por eso es sublime.

¿Cómo superarla, entonces? ¿Acaso es necesario? ¿Y por qué hablar de testamento cuando el autor tiene apenas 52 años? Porque lo cierto es que el cine -agradecido- ya no puede pedirle más: su filmografía es una de las más libres y revolucionarias y radiantes de las últimas dos décadas. Inconfundible e inimitable, el cine de Wong Kar Wai detona en la retina, se acurruca en el oído, convulsiona los recuerdos y reclama su derecho legítimo a la fiesta.

La fiesta, sí, la congregación, ese ritual arcaico y comunitario que es precisamente todo lo contrario del aislamiento. Fue el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer quien intentó reivindicar el concepto del arte como fiesta en su libro La actualidad de lo bello: “Celebración es una palabra que explícitamente suprime toda representación de una meta hacia la que se estuviera caminando. La celebración no consiste en que haya que ir para después llegar. La fiesta está siempre y en todo momento allí”. En esto radica la maestría de Wong: sus seres solitarios y lejanos son una imán que nos arrastra instantáneamente al total desenfreno estético, las caricias de las formas, la expansión de los sentidos. Gadamer también dice que la fiesta “ofrece tiempo, lo detiene, nos invita a demorarnos”. Tiempos suspendidos, interiores, gozosos. El arte de Wong persigue lo ido y lo atrapa en imágenes inevitablemente incompletas. La imagen llega tarde… después del amor.

La trilogía compuesta por Days of being wild (1991), In the mood for love (2000) y 2046 ya es suficiente para calificar a este director nacido en Hong Kong como uno de los poquísimos genios del cine contemporáneo. Tal vez no vuelva a rozar esos niveles de calidad, pero Wong todavía es joven y no puede más que persistir, aunque sepa que de aquí en adelante solo encontrará reverberaciones, fábulas pequeñas, gajos nostálgicos de una Historia mayor que no fue.

Su último trabajo, El sabor de la noche (My blueberry nights) se contenta con narrar un puñado de anécdotas como si fueran los desperdigados apuntes de un viaje. La película comienza cuando Elizabeth (Norah Jones), desesperada porque su novio la dejó por otra, busca calmar su ansiedad devorando pasteles en el bar de Jeremy (Jude Law). Elizabeth quiere olvidar y para ello elige irse de Nueva York. Llegará entonces a Memphis y se topará con Sue Lynn (Rachel Weisz) y con Arnie (el siempre supremo David Straithairn), luego recaerá en Las Vegas y conocerá a Leslie (Natalie Portman), para finalmente regresar al punto de partida.

En realidad no importa la geografía, tampoco los hilos dramáticos o las clausuras. El duelo amoroso es imperialista y no reconoce tiempos ni fronteras. Meciéndose en el centro de esa llaga, Wong Kar Wai deleita: con sus serpentinas visuales (la fotografía pertenece al iraní Darius Khondji), con su habitual cámara lenta, con melodías que reúnen lo mejor del blues norteamericano (Cat Power, Ry Cooder, Otis Redding). Detrás del barroquismo de los encuadres y sus colores vivos, la película destila una tristeza profunda que remite a las escenas congeladas del pintor Edward Hopper. My blueberry nights es un film sedoso, por momentos muy intenso, en otros momentos, superficial. Los personajes bien podrían llamarse a silencio y aun así la historia se comprendería perfectamente. Es un cine que funda su expresividad en la cadencia de los cuerpos y la franqueza de las miradas. Un cine de la persistencia...
Tal vez el amor ya no sea posible.
Parece que al menos queda la posibilidad de la compañía.
¿Alcanza entonces la fiesta del arte como consuelo?
A veces sí, y a veces no… no alcanza.

1 comentario:

Eleonora Eberle dijo...

En un curso de Introducción al lenguaje cinematográfico la profesora me enseñó la importancia del punto de vista de la cámara para narrar una historia y en esta película particularmente me parece un manejo subyugante.
Siempre detrás de los cristales, nos recuerda que hay alguien observando... Así como Jeremy, así como Lizzie, contemplan desde detrás del mostrador esos seres rotos, vulnerables que llegan a buscar una copa o un oído o un poco de consuelo...
Alguien con su mirada suaviza tanta soledad.
La historia particularmente me hace acordar a las novelas de Paul Auster, no?
Una película, dulce, tierna que persiste en la retina como ese pastel de mora azul en la boca de la protagonista.
Gracias por tu comentario que me obligó a viajar a Buenos Aires para disfrutar de esta fiesta.
Un beso.
Liliana