sábado, 5 de enero de 2008

American Gangster, de Ridley Scott


Las películas de Ridley Scott son más grandes que su firma. Los duelistas, Alien, Blade Runner y Thelma y Louise son verdaderos emblemas de ciertos géneros y ciertas épocas, cuyos sus títulos llegan a la memoria antes que el nombre del autor. ¿Alguien recuerda cuáles fueron los últimos films de Scott? Una ayudita: Los tramposos, Cruzada, Un buen año... productos insulsos, lánguidos. Ridley Scott no tiene un estilo distinguido, aunque a veces pueda ser solvente. Scott no es garantía de buen cine, pero ante un guión inteligente puede ser garantía de buen Hollywood. American Gangster es el caso.

En el inicio del film, Bumpy Johnson (Clarence Williams III) -el mafioso más respetado en los ’60 dentro de la comunidad negra de Nueva York- y su mano derecha, Frank Lucas (Denzel Washington), caminan por las calles de Harlem. “Lo que antes era una verdulería, hoy es un supermercado. Donde antes había una tienda de dulces, hoy hay un McDonald’s”, dice con nostalgia Bumpy antes de entrar en un enorme local de electrodomésticos. Mientras de fondo suena un televisor con noticias desde Vietman, Bumpy se queja porque las grandes corporaciones desplazaron al hombre común, al intermediario, al que hacía de puente entre la fábrica y el público. Es que la era del consumo se ha instalado de forma irreversible, y hoy todo es más impersonal, más frío. Mientras en otras partes del mundo se escuchan gritos de libertad, en los grandes centros de poder los mecanismos del Capital de tornan más sofisticados, porque finalmente consiguen volverse invisibles. Lo mismo debe hacer el crimen organizado para estar a la altura. “Ese es el problema. Así es cómo funcionan las cosas ahora: ya no sabés en el corazón de quién clavar un cuchillo”, dice Bumpy antes de morir. Es 1968. Frank Lucas se hace cargo del negocio. Y lo hace con el porte y el cálculo de un prestigioso empresario.

La historia de Lucas es fascinante y eso solo ya justifica la visión de American Gangster. El guionista Steven Zaillian (La lista de Schindler, Pandillas de Nueva York) tomó como base un célebre artículo publicado en 2000 por el periodista Mark Jakobson, en donde cuenta cómo este muchacho pobre, oriundo de Carolina del Norte, se mudó a Harlem y se convirtió en un narcotraficante multimillonario. Hay un aire épico en su figura, aunque el film no pretende pintarlo como un héroe. Lucas era egoísta y muy violento. Por supuesto, manejaba los códigos de la mafia. Podía interrumpir un amable almuerzo con hermanos y primos para salir a la calle y disparar en la frente de alguien que lo había traicionado, para luego regresar a la mesa y continuar la charla, sereno y elegante (como solo Washington puede hacerlo). Pero lo que más le importaba era cuidar su marca, su producto: “Blue Magic”. Era un tipo de heroína que Lucas compraba en Extremo Oriente, gracias a una complejísima red tendida entre los productores de esos países y los traficantes que llegaban en busca de drogas puras, todo esto en el marco de la guerra de Vietman, en donde los militares norteamericanos hacían los contactos para estas transacciones. Un cuadro siniestro que la película narra con vigor, mientras en simultáneo explica lo que sucedía en la vereda de enfrente con las “fuerzas del orden”.

Porque la vida de la mafia no sería tan plena sin una policía corrupta que la ampare. Y si un policía decide no ser corrupto, le toca ser un marginal, como le ocurrió a Richie Roberts (Russell Crowe), el responsable de investigar y capturar a Frank Lucas. Roberts un día encontró un millón de dólares en el baúl de un auto y decidió entregarlo porque, claro, era dinero de origen delictivo. Este gesto le valió la burla y la sospecha de todos sus colegas, pero él siguió siendo un buen policía. Roberts parecía ser un personaje de perfil bajo (Crowe lo interpreta en esa clave), pero como sujeto cinematográfico es ambiguo y está lleno de matices. No fue un padre atento, era muy mujeriego y tenía muchos amigos de dudoso prontuario. Estudió abogacía porque creía en la ley. Nunca se vendió. Y fue el mismo Lucas quien terminó colaborando en la denuncia de los policías comprometidos con el crimen. Según informa el artículo de Jakobson, hacia 1977, 52 de 70 oficiales que habían trabajado en la Unidad de Investigaciones Especiales de la policía de Nueva York, estaban en la cárcel o bajo proceso judicial.

“Jueces, abogados, polis, políticos... si deja de entrar droga en el país, unas cien mil personas se quedarán en la calle”.
Richie Roberts

Hermoso país Estados Unidos, ¿no? Mientras enviaba a miles de jóvenes a una guerra perdida, aniquilaba a tantos otros con el mercado de las adicciones (¿algo cambió?). American Gangster jamás pierde de vista el contexto histórico y social en donde transcurre la anécdota, y esta es la principal virtud de la película. Scott y Zaillian se plantearon un relato robusto y detallista, estructurado en secuencias breves y veloces que agilizan la narración sin por ello caer en la confusión o el vértigo gratuito. Scott no se regodea en la violencia, aunque sí incluye inquietantes imágenes de jeringas penetrando venas, o de cuerpos que yacen intoxicados en las precarias casas de Harlem, o flashes de la guerra, o de un Nixon alarmado por el flagelo de la droga. Imágenes que dicen mucho sobre los intrincados años setenta.

Los problemas del film vienen por el lado de los personajes, que son demasiados, algunos de ellos importantes pero con poca presencia en pantalla, aun cuando están encarnados por actores de talla, como es el caso de Chiwetel Ejiofor (Dirty Pretty Things), que interpreta al hermano menor de Lucas. Con otros personajes la película desliza una leve caricaturización: el mejor ejemplo es la banda de policías malos que encabeza el detective Trupo (Josh Brolin, de espeso bigote), todos con camperas de cuero y mueca jactanciosa.

Pero son falencias menores. La potencia del relato palpita en los dos personajes principales, ambiciosos y pujantes ambos, con objetivos definidos, aunque todo el tiempo se vean jaqueados desde distintos frentes. El film explota todos los recursos dramáticos que permite la narración de dos historias en paralelo, empezando por un sabio trabajo de montaje a cargo de Pietro Scalia. Es cierto que algunos ecos de El Padrino o Sérpico por momentos parecen resonar durante la proyección, pero esas inevitables referencias no restan personalidad a American Gangster, que es efectiva por ser tan rigurosamente clásica en su registro de la acción. Gran película.

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