domingo, 2 de septiembre de 2007

Nada que hacer, de Marion Vernoux

“Cuando miro para atrás, siento que nada pasó”, le confiesa Marie (Valeria Bruni Tedeschi) a Pierre (Patrick Dell’Isola). Así sufren el presente los protagonistas de Nada que hacer (Rien à faire, 1999). Tristeza al intuir que a los cuarenta años se llega al final del camino. Miedo a descubrir que, quizás, también puede ser el comienzo de un cambio profundo y una clave para ansiar un poquito (aunque sea una pizca fugaz) de felicidad.

Desempleada, desgastada por la rutina hogareña, con un marido apático (Sergi López) y dos hijos pequeños, Marie se siente terriblemente sola. Una mañana, haciendo compras en un supermercado, cruza miradas con Pierre, un hombre que está desocupado como ella. Y abatido por la misma soledad. Perseguido por las obligaciones, mantenido por su segunda esposa y con una hija a su cargo, Pierre descubre en Marie al único ser que puede darle un palabra de contención, una mano cálida en las tardes heladas del invierno francés. Van juntos a las entrevistas de trabajo, llenan los días con anheladas charlas y deseos solapados. Nace el amor y con él la infidelidad, tan dolorosa y tan necesaria.

Nada que hacer es una película humilde, chiquita, cargada de emoción. La directora francesa Marion Vernoux capta las escenas más intensas de la historia con cámara en mano, eligiendo movimientos que traducen los nervios de la clandestinidad afectiva y embellecen el film con un registro cercano, sincero. Impactante realismo que disimula una fina y lúcida confección detrás de la sencillez.

El pulso femenino de Vernoux late en el rostro luminoso de Valeria Bruni Tedeschi, actriz ideal para dibujar aquellas contradicciones con las que cualquier mujer puede identificarse. Casi todo el relato está conducido por su personaje, aunque hacia el último tramo se produce un quiebre y se pasa al punto de vista de Pierre. Para el espectador resulta más difícil penetrar en las motivaciones de él, por momentos demasiado rígido y distante. Puede flotar la sensación de que el cuadro queda desequilibrado porque el guión no aporta suficientes datos sobre el personaje masculino.

Este punto no reduce, sin embargo, el interés que despierta Nada que hacer. Una película amena que, con seriedad, expone las frustraciones cotidianas, la soledad en la madurez y la necesidad vital del afecto en épocas de crisis. Crisis que hace tiempo dejaron de ser pasajeras para convertirse en eternas compañeras de ruta.