jueves, 6 de septiembre de 2007

Las Dos Torres, de Peter Jackson

“La literatura de las epifanías, los monstruos y las maravillas -escribe el ensayista Luigi Volta - representa para muchos un vehículo ideal para una verdad soñada, y se torna así literatura ideal y utópica, como por ejemplo, para John Ronald Reuel Tolkien. Tolkien considera lo fantástico como una perfecta alusión a un ‘bien’ imaginario, algo equivalente a un sueño de salvación y elevación”. Para Tolkien, la fantasía constituye una actividad esencial para buscar respuestas a los misterios de la vida. Con ese objetivo concibió “El Señor de los Anillos”, frondosa novela que para muchos es la cumbre de la literatura del siglo XX. Prístina alegoría, con sus insólitas criaturas, sus héroes intrépidos y también tímidos, sus montañas infinitas y reveladores senderos, “El Señor de los Anillos” es una historia que intenta, más allá de lo fabuloso, explicar este mundo concreto que nos contiene para así comprender, aunque sea de manera tentativa, ese peligroso motor que lo mueve y que solemos llamar “alma humana”.

Trasponer a la pantalla un libro tan emblemático requiere una ambición ciega, titánica, quizás más grande que la del propio Tolkien. Con La Comunidad del Anillo, exquisito primer film de la trilogía, el realizador australiano Peter Jackson (Criaturas Celestiales) demostró estar a la altura de las circunstancias. El estreno de la segunda película, Las Dos Torres, disuelve todo resquicio de duda acerca de su talento y confirma que esta saga puede fácilmente convertirse en una de las obras más importantes en la historia del cine, ya que es probable que la última parte -El Regreso del Rey- conserve la calidad.

Sin preámbulos ni raccontos que describan lo ocurrido anteriormente, Las Dos Torres nos ubica directamente en el punto en donde terminaba la primera película. Después de la sorpresiva desaparición del mago Gandalf (Ian McKellen), la Comunidad se encuentra dividida en tres grupos dispersos por la Tierra Media. Estos tres ejes narrativos, de tonos muy diferentes, no confluyen en ningún segmento del relato, aunque la inteligente estructura del guión logra alternar entre ellos sin retraer el dinamismo ni el interés de la historia.


Perdidos en el monte Doom, Frodo (Elijah Wood) y Sam (Sean Astin) intentan retomar la ruta hacia Mordor cuando se cruzan con Gollum (voz de Andy Sarkis), extraño personaje que fue una vez portador del anillo y ahora quiere recuperarlo. Mientras tanto, los hobbits cautivos Merry (Domonic Monaghan) y Pippin (Billy Boyd) logran escapar de los horribles Uruks y hallan refugio en el bosque prohibido de Fangorn, donde descubren a un curioso árbol milenario. Por su parte, el guerrero Aragorn (Viggo Mortensen), el elfo arquero Legolas (Orlando Bloom) y el enano Gimli (John-Rhys Davies) se dirigen hacia el sitiado reino de Rohan para advertirle al rey Théoden (Bernard Hill) que la guerra es inminente. Los habitantes de Rohan, con ayuda de los elfos, deberán luchar contra el ejército de diez mil orcos que responden al brujo Saruman (Christopher Lee), quien desde su fortaleza, la Torre Orthanc, está dispuesto a las crueldades más insospechadas con el fin dominar el mundo. El otro gran villano de la historia, el Señor Oscuro Saurón, aún permanece como un enemigo intangible, recluido en la Torre Barad-dûr en las negras profundidades de Mordor.

Las Dos Torres es una opulenta aventura épica, una arrolladora sinfonía de efectos especiales, con imágenes que superan todo lo visto hasta ahora en materia de diseño visual. En este plano sobresalen las secuencias de la impresionante batalla en el Abismo de Helm, que acapara la mayor tensión de la película. Pero Jackson jamás permite que lo suntuoso obture lo intimista y por eso todos los personajes presentados en el primer film tienen espacio para evolucionar en esta segunda parte. Hay más detalles sobre sus relaciones, más diálogos y más luz sobre las disputas entre pueblos y razas. También está enfatizada con acierto la veta romántica, ya que el guión se adentra en el drama de Aragorn (inolvidable actuación de Mortensen) y la etérea elfa Arwen (Liv Tyler), a quienes se suma ahora la enamorada Eowyn (Miranda Otto), princesa de Rohan, para conformar un triángulo amoroso.

En Las Dos Torres la lucha entre el Bien y el Mal excede a la simple oposición entre bandos o territorios. Esa lucha se traslada al interior de los personajes, a las contradicciones del alma, abriendo la puerta filosófica -y melancólica- del film. Este aspecto está reflejado en el sufrimiento de Frodo (fino trabajo de Wood), que atraviesa confusos estados de ánimo debido al dolor que implica cargar con el anillo de Saurón. Aunque sin dudas el gran protagonista en esta ambigüedad es el rencoroso Gollum, extraordinaria criatura totalmente digitalizada pero tan expresiva en gestos y emociones como cualquiera de los intérpretes de carne y hueso.

Las tres horas de proyección se esfuman fugazmente sin que podamos percibirlo, en pleno trance hacia la efusiva Tierra Media. Un trance fascinante, lúdico, aunque nunca hipnótico. Tal vez sea por la fuerza alegórica de la historia, o quizás gracias al genio artístico de Tolkien, durante la visión aparece un delgadísimo hilo perceptivo que, a partir de la excelsa fantasía, nos mantiene siempre sujetos a la realidad que escapa a la sala del cine. “¿Cómo llegamos a esto?”, se pregunta desconcertado el rey Théoden, inmerso en el caos de la batalla, cuando miles de orcos furiosos están al borde de aniquilar a familias enteras. Es un instante de angustia que parece detener el tiempo para que los espectadores, junto con el film, nos hagamos la misma pregunta: cómo llegamos a esto. Cómo empezó la locura, por qué seguimos. Cómo es posible que el ser humano, dueño de ideales nobles, creador de relatos tan bellos como "El Señor de los Anillos" y artífice de experiencias estéticas tan sublimes como la que puede ofrecer esta película, sea a la vez capaz de tanto odio, de tantas humillaciones cotidianas, eterno verdugo de sí mismo, culpable de la miseria de su raza, impulsor de esta devastación apocalíptica derivada de su sed de poder.