lunes, 3 de septiembre de 2007

La Llamada, de Gore Verbinski

Para disfrutar de un film como La Llamada (The Ring), es fundamental tener cierta afinidad por el terror, un género hoy prácticamente derruido por la nulidad creativa de Hollywood, que sólo atina a resucitar a Jason Voorhees, Michael Myers y Hannibal Lecter para conformar a los entusiastas del miedo, cuando no relega el asunto en cansinas estudiantinas o en apresurados empalmes con la ciencia-ficción. Pero el miedo es una materia delicada que exige ingenio, cintura y pulso a la hora de esculpir el escalofrío. The Blairwitch Project (Myrick-Sánchez), Los Otros (Alejandro Amenábar) y Jeeper Creepers (Victor Salva) son algunos de los pocos estrenos atendibles del último tiempo que realmente lograron tensar los resortes del terror, cometido que ahora también cumple La Llamada.

Se trata de una remake del film japonés Ringu, dirigido por Hideo Nakata en 1998 y basado en una serie de novelas escritas por Koji Suzuki. En su país de origen Ringu alcanzó récords de taquilla y se volvió un fenómeno de culto que derivó en secuelas cinematográficas, programas de televisión, revistas y abultado merchandising. Tentada por el furor, la compañía Dreamworks compró los derechos y encargó la adaptación al guionista Ehren Kruger (Scream 3) y al realizador Gore Verbinski (Piratas del Caribe), dos señores cuyos citados antecedentes no eran precisamente alentadores. El papel protagónico de Naomi Watts, la maravillosa actriz de Mulholland Drive, parecía ser lo único atrayente de la La Llamada. Pero resultó una sorpresa: más allá de sus errores, el film posee una innegable capacidad para asustar.

El conflicto gira alrededor de un videocassette "maldito". Según cuenta la leyenda, la persona que mira ese video recibe inmediatamente una llamada telefónica informando que le restan siete días de vida. La periodista Rachel Keller (Watts) se interesa por el caso al sospechar que su sobrina adolescente, recién fallecida, podría haber sido víctima de la extraña maldición. Rachel encuentra el cassette y marca su propia sentencia de muerte cuando decide ver su contenido: imágenes surrealistas, incoherentes, aterradoras. Estas imágenes, otras pistas, las noticias de viejos diarios y algunas intuiciones parecen indicar que hace muchos años una mujer desapareció llevándose un terrible secreto. Y hay una niña que no quiere que ese secreto permanezca oculto.

El terror siempre debe reservar un margen de acción para lo insondable. Esta versión parece iluminar ciertos puntos negros de la historia que el film de Nakata abordaba con mayor sutileza (aunque también hacía que Ringu fuera más fría y lejana). En algunas escenas La Llamada impone explicaciones sin necesidad, especialmente a través del forzado personaje de Aidan (David Dorfman), el hijo de Rachel. Si bien funciona como puente con el más allá y desata los nudos del enigma que son esquivos a su madre, la intervención del chico resulta redundante y apenas consigue ser una gélida copia de otros clásicos niños-psíquicos (Poltergeist, Sexto Sentido). Esto no significa que la película carezca de intriga. Todo el relato está propulsado por un vigoroso misterio, pronunciado por la tétrica atmósfera que surca los paisajes azulados y húmedos de Seattle. Por otro lado, el guión sabe aprovechar el recurso del video para construir esa brumosa frontera en donde lo real se torna pesadilla, y donde las imágenes ponen de manifiesto letales presagios.

Siguiendo la línea de films como Sexto Sentido, Ecos Mortales y El Espinazo del Diablo, en el corazón de La Llamada habita un fantasma de carácter vindicativo, un espectro que aboga por cierta clase de justicia, en busca de testigos que fulminen la impunidad. El espanto vuelve a alojarse en esa dimensión metafísica que divide el marasmo de los vivos del vehemente mundo de los muertos sin paz. Además de perpetuar el infierno circular de los mitos urbanos, el inquietante desenlace del film propone un peculiar giro en las intenciones que tradicionalmente mueven a estos nuevos personajes-fantasmas, convirtiendo a la película en un producto distinto de los arriba mencionados. Una obra más compleja, y también más cruel.