lunes, 23 de abril de 2012

Bafici 2012 - Papirosen


Papirosen (Argentina, 2011)
Dirección: Gastón Solnicki
Sección: Competencia oficial argentina

Ya que tuvimos un Bafici en el que coincidieron una gran cantidad de películas casi exclusivamente protagonizadas por niños (Nana, Tomboy, Kid-Thing, Crazy & Thief y otras), es una pena que Papirosen no pueda integrar este grupo (aunque sea involuntariamente, claro). Al final del relato Gastón Solnicki aclara que comenzó a concebir este trabajo motivado por el nacimiento de su sobrino Mateo, hace unos cinco o seis años. Cuando apenas tiene unas horas de vida Mateo ya aparece capturado por la cámara de su tío, y así se acostumbra a pasar toda su infancia, a tal punto que en un cumpleaños reciente, cuando frente a las velitas al chico le recuerdan pedir tres deseos, un amiguito en fuera de campo le sugiere una idea (un ruego, en realidad): “¡Que no te filmen más!”. Aún no contaminado por la frivolidad reinante en el clan, el chico está descubriendo el mundo y parece ser el único al que todavía le importa reclamar algún tipo de autenticidad en su entorno, de allí la vehemente discusión que sostiene con su padre acerca de la mentira y la verdad. Pero Mateo no es el centro del relato y su franqueza termina extraviándose ante un desfile de personajes opacos, cómodamente entregados a los argumentos y automatismos de clase. 

En su estupendo documental sobre el músico Mauricio Kagel, süden, Solnicki ya había demostrado que podía prescindir de la benevolencia si el resultado de la observación fílmica deparaba un retrato poco halagüeño del personaje. En Papirosen el blanco es la propia familia. El director ya no se concentra en una única psicología sino que extiende la pintura para incluir al padre, la madre, la hermana mayor, el hermano menor, los sobrinos, la abuela y algunos otros seres cercanos, todos reunidos en un mural de fragmentos sueltos, sin cronología ni trazos geográficos precisos, sin someterlos a una estructura narrativa rígida. Esta libertad depara una película entretenida: había suficiente material como para poder combinar los instantes privilegiados de una década en familia, disparadores a la vez de risa y espanto, junto con acontecimientos más antiguos perfumados por el encanto del Super-8. Pero esta recopilación de apuntes no implica que los personajes -en la pantalla, al menos- resulten particularmente interesantes o reveladores, con la excepción de la abuela y de Mateo.

¿Qué hacer con los personajes, entonces? ¿Rechazarlos, cuestionarlos, quererlos tal como son, fallidos como uno mismo? Cuesta responder estas preguntas cuando uno percibe que el relato no logra encontrar un anclaje emotivo, probablemente debido a la intermediación retórica tan evidente impuesta por la propia naturaleza del film. No es lo mismo una cámara a la pesca de dichos y gestos espontáneos que una cámara que registra escenas que se intuyen algo calculadas (o buscadas), como aquella en la que Víctor Solnicki describe el suicidio de su padre o aquella en la que visita a su madre para pedirle ayuda económica. Allí la intencionalidad del enunciador se hace ostensible, enfriando en cierta medida el vínculo con el espectador, a pesar del contenido dramático de la situación. Parecería haber un bache, un desfasaje entre dos fuerzas: lo que desea transmitir el realizador y lo que la huella de lo real imprime en la imagen. Es una tensión delicada, crucial, pues de allí puede nacer el mejor cine, pero también la confusión, la distancia. Por supuesto, esto depende de ese lazo tan personal que uno teje con el film. Víctor Solnicki carga con un trauma íntimo y Papirosen cuenta con ese trauma para darle profundidad a la historia y elevarla por encima del catálogo de convenciones burguesas. Pero al menos yo no logré conectar con ese núcleo: la angustia no encarnó en imagen. En el cuadro general pesa mucho más la superficialidad de los personajes que la tristeza. No creo en absoluto que el film sea un retrato de “la gran familia argentina”, como leí por allí. En todo caso los Solnicki pertenecen al grupo selecto de los que pueden enmendar el vacío con consumo (algunos lo consiguen, por qué no). Pueden cada tanto subirse a una aerosilla y sobrevolarlo todo, pero no tienen demasiado para decir. Salvo Mateo. Aun suspendido en el aire el chico es capaz de embestir a su abuelo con preguntas complejísimas. Mateo es el cable a tierra para el espectador, por eso digo que en él anidaba la verdadera película.

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