viernes, 26 de noviembre de 2010

Mar del Plata 2010 - Silent souls


Silent souls (Ovsyanki / Rusia, 2010)
Dirección: Alexei Fedorchenko
Sección: Competencia internacional

Aunque resulta fácil confundirla con un óleo, la imagen de arriba es un instante de cine y pertenece a la película rusa Silent Souls (Almas silenciosas), filmada en Cinemascope y exhibida en el festival con la gloriosa tecnología HD. Daban ganas de pulsar un imaginario botón de Pausa para detener cada tanto el relato y gozar con los encuadres de Alexei Fedorchenko, que estuvo acompañado por la fotografía de Mikhail Krichman (destacado por su trabajo en la exitosa El regreso, de Andrei Zvyagintsev). Lástima que al realizador se lo note tan embobado con su propio pincel y la persecución de la "belleza académica", por lo cual el film no logra ir más allá de la colección de postales (preciosas, pero a la vez congeladas).

La historia busca rescatar la lengua, los mitos y las costumbres del pueblo meria, cuya cultura hoy está prácticamente olvidada. Esta reivindicación es explicitada por el protagonista y narrador, Aist, un hombre que comienza confesando haber vivido sin familia por los últimos 40 años. Aist es muy amigo de su jefe, Marion, quien acaba de perder a su esposa. Los hombres deciden ocuparse del cuerpo sin vida de la mujer, respetando una antigua tradición: deberán acicalar el cadáver y llevarlo hasta un río, en donde montarán un ritual.

El agua elige a las personas. El río es el juez más alto”, dice el personaje desde la voz over, por citar sólo una de las numerosas reflexiones que atraviesan el relato para recordarnos que estamos ante un viaje de indagación metafísica. Acá surgen los dilemas. Porque, por un lado, Silent souls necesita de la palabra para describir y explicar las particularidades étnicas del pueblo, lo que hace al costado informativo del film. Pero, por otro lado, muchas de las frases pronunciadas son tan obvias y cursis que se arriesgan a desactivar la potencia sugestiva de las imágenes, además de asfixiar a los personajes con el denso protocolo elegíaco. La película se empantana entonces en esta pulseada de expresividades entre lo icónico y lo verbal, una paradoja que Fedorchenko no consigue resolver. 

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