miércoles, 7 de enero de 2009

Rudo y Cursi, de Carlos Cuarón

Lo primero que escuchamos cuando arranca Rudo y Cursi es la voz de Guillermo Francella, cuyo relato en off interviene cada tanto para impartir alguna reflexión seudofilosófica sobre las vueltas de la vida, la familia y el éxito. Esa voz banal e innecesaria amenaza con guiarnos a través de una película cuadrada en donde toda acción será anticipada y todo sentir será cuidadosamente encausado hasta ahogarse en la fórmula. Y eso es lo que ocurre, en gran medida, porque se trata de un film comercial hecho y derecho, que debe antes que nada asegurarse la eficacia y la taquilla. Pero también es cierto que la historia se torna mucho más negra de lo que aparenta en un principio, y en ese paulatino trayecto de los personajes hacia la desesperación, la película respira y consigue minimizar las notas falsas.

Beto (Diego Luna) y Tato (Gael García Bernal) son dos hermanos que trabajan en una plantación de bananas. Beto tiene su propia familia y Tato aún vive con sus padres y su hermana menor, pero todos se ven a diario porque habitan dos ranchos contiguos en un pueblo del caluroso norte de México. Salir de pobres es el gran sueño: Tato quiere ser cantante romántico y Beto prueba suerte con las apuestas. Los hermanos también juegan al fútbol y un día Batuta (Francella) los avista en un potrero, así que se ofrece como manager y los lleva al DF, en donde los muchachos nunca habían estado. El primero en triunfar en las ligas mayores es Tato (a quien en la cancha apodarán “Cursi”), y más tarde le llega la gloria al “Rudo” Beto. Lauros, dinero, casa, autos, mujeres bellas. Espejitos de colores que inevitablemente estallarán en mil pedazos.

En su debut como director, Carlos Cuarón (hermano del más famoso Alfonso Cuarón, con quien suele colaborar como guionista) retacea las escenas de fútbol -no es la típica película deportiva- porque prefiere describir cómo el cambio de vida opera sobre la conducta de los dos jóvenes. El film entretiene: en la historia suceden muchas cosas y los dos protagonistas están muy bien en sus papeles, especialmente el volcánico Diego Luna. Francella cumple, pero fue el menos favorecido por un guión que le sella la frente con el cartel de “argentino chanta” y lo limita al preconcepto que muchos extranjeros tienen de nuestro castellano (esto significa que al personaje le obligan a decir “boludo” o “no me hinches los huevos” una cantidad exagerada de veces).

Ascenso y caída del estrellato de dos pobres diablos. Conocemos la canción, por eso lo más interesante del film no está tanto en la figura de los hermanos sino en el retrato del contexto social en el que están atrapados, al igual que todos los demás personajes de su clase, porque cuando no es la mafia del fútbol, es el negocio del juego, y si nos vamos de la ciudad, entonces será el narcotráfico de provincias o serán los nuevos discursos del marketing volátil que estafan a cualquiera (la esposa de Rudo se hace distribuidora de una marca de productos naturales). No hay esfuerzo honesto que valga cuando todo está contaminado. Las pocas risas que la película despierta no llegan a aplacar el hecho de que Rudo y Cursi es, finalmente, otro cuento sobre la desolación del individuo en el mundo de hoy.

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