domingo, 9 de diciembre de 2007

Un diálogo con Gustavo Fontán, director de El Árbol

Gustavo Fontán, el director de Donde cae el sol (aquel delicado film-despedida de Alfonso De Grazia), presentó su nueva película, El Árbol, en el marco de la competencia oficial argentina del 8º BAFICI. Durante nuestro diálogo, en más de una ocasión el realizador eligió la palabra “pequeño” al referirse a su trabajo. Y es cierto que se trata de una historia en apariencia sencilla, reducida a pocos personajes y situaciones, con una puesta en escena decididamente minimalista. Y también es verdad que aun el objeto más pequeño -una hormiga, por ejemplo- se agiganta a dimensiones intimidantes cuando una cámara noble lo rescata de la intrascendencia. Lo chiquito se hace grande. Lo cotidiano puede volverse extraordinario. Sólo hace falta una mirada curiosa dispuesta a contarlo. A continuación, reproduzco una parte de la charla:


¿Cómo surgió el proyecto?

El Árbol es una pequeña historia, muy cercana para mí, que tiene que ver con un trabajo específico, en mi casa natal y con mis padres. El argumento es pequeñito: en la puerta de la casa hay dos acacias viejas. Una de ellas aparentemente está seca, pero no lo podemos saber con certeza porque las ramas de los dos árboles están muy enlazadas, y cuando en la primavera le crecen las ramas a uno, no sabemos si no le crecieron al otro. Entonces, Julio y Mary, los protagonistas de la película, que a su vez son mis padres, discuten sobre si la acacia está muerta o no. Mary cree que sí y que hay que tirarla abajo. Julio cree que no, y en un acto de fe la riega constantemente. En este sentido, es una pequeña película que habla del paso del tiempo.

¿Cómo definirías a la película? ¿Es un documental, un ensayo fílmico…?

Creo que es complicado dar una definición. A mí me resulta interesante toda esta tendencia que está surgiendo, que es casi como una exploración, en donde las fronteras son muy permeables, donde las cosas no admiten clasificaciones. Me parece que en estos momentos, tanto en el cine argentino como en el mundial, hay una posibilidad muy grande en relación a esto; es una necesidad de escapar a los modelos, que ya empiezan a ser caducos. En El Árbol, por un lado, hay un trabajo con elementos que son absolutamente reales. La casa es mi casa natal, los personajes son mis padres, las fotos que se ven son de mi familia. Y por otro lado, hay una atención hacia lo que podríamos llamar la mirada. Los hechos y los personajes no son observados con un sentido documental típico, sino que están mirados, con una intención más profunda, que excede lo real.

El hecho de no estar exigido por las normas de una ficción, o del relato tradicional, ¿significa mayor libertad a la hora de trabajar?

Sí, creo que la libertad es una condición del arte. A veces parecería que la libertad está “peleada” con la palabra rigor, pero nosotros nos manejamos con un rigor absoluto. La película se filmó sistemáticamente a lo largo de dos años, y luego se editó durante un año y medio. Pero sí entiendo la libertad en el sentido creativo, donde no hay una respuesta a un debe ser, sino que hay una búsqueda que implica pensar cómo es esto específicamente. Cómo podemos estructurar este relato, y cómo este relato puede vincularse con el espectador.

En la película tiene mucha relevancia la función creadora de la cámara. Es una cámara que descubre y puede dar vida a una gota de agua, a la corteza del árbol, a una baldosa. Si hubo dos años de rodaje, ¿cómo fue entonces el trabajo de montaje?

La verdad es que prácticamente fue un trabajo de escritura desde el montaje, y desde la misma cámara. Nosotros teníamos planteada una pequeña estructura, organizada por secuencias. Por ejemplo, podíamos estar todo un día filmando una secuencia, nos importaba encontrar las imágenes justas, establecer un nivel sensorial. Y como no volvíamos a filmar hasta dentro de un mes, entonces nos dedicábamos a editar ese fragmento y pensar cómo iba funcionando el clima, la atmósfera, la estructura. De algún modo la película se terminaba de escribir en el montaje. Nos llevó dos años porque necesitábamos registrar las cuatro estaciones; sabíamos que en el primer año íbamos a tener el primer armado de la película, pero que íbamos a necesitar un segundo año para recuperar alguna escena que nos faltara del otoño, por ejemplo. Este plan de trabajo fue muy gratificante para mí, y es un esquema que además rompe con el modo tradicional de producción, en donde en general no hay tiempo para reflexionar sobre la obra.

¿Cómo fue trabajar con tus padres?

En principio, fue muy movilizador. Nosotros sabíamos que estábamos haciendo una película muy cercana, y cuando digo “nosotros” me refiero al grupo de trabajo: Diego Poleri en cámara, Javier Farina en sonido, Marcos Pastor en montaje. Sabíamos que esa cercanía nos daba un material muy sensible, pero teníamos que entender que, aunque se tratara de mis padres, para el espectador debían funcionar como dos personajes. Desde lo formal hubo un cuidado constate con respecto a eso. En la práctica, todo fue muy potente, porque en definitiva estábamos hablando del paso del tiempo, de la muerte, en donde yo ponía el cuerpo de mis propios padres en relación a esos temas. Se generó un clima vital de trabajo que nos permitió equilibrar toda esa potencia afectiva que significaba estar en mi propia casa.

Buenos Aires – Abril de 2006

EL ÁRBOL
Argentina, 2006

Dirección y guión: Gustavo Fontán
Intérpretes: Julio Fontán, María Merlino
Fotografía y cámara: Diego Poleri
Edición: Marcos Pastor
Producción ejecutiva: Stella Maris Czernakiewicz

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