miércoles, 21 de noviembre de 2018

Mar del Plata 2018 - La cama (Una entrevista)


La cama (Argentina, 2018) 
Dirección: Mónica Lairana 
Sección: Competencia Argentina

“La soledad... supongo”. 
Hable con ella – Pedro Almodóvar


La cama es una película que duele. Duele ser testigos del derrumbe. Todo se siente demasiado cercano. Aunque no tengamos la edad de los protagonistas, ni llevemos varias décadas en pareja, ni hayamos tenido nunca que vender una casa, todos sabemos perfectamente de qué se trata.

La luz es escasa. Los objetos compartidos durante toda una vida se amontonan como escombros. La casa parece un búnker. Los personajes consumen sándwiches minúsculos, como si esos fueran los últimos suministros de pan disponibles. ¿Qué es lo que hacen Mabel y Jorge? ¿Aguantar? ¿Hay un afuera para ellos, un más allá? ¿Una película post-apocalíptica? Quizás. Pero la catástrofe no es tan fácil de registrar, porque sucede hacia adentro, se aloja en el pecho, así que sólo nos quedan los cuerpos. Entonces volvemos a mirar para confirmar que los espacios del hogar, que por momentos lucen arrasados, a la vez conservan los colores de un paisaje cotidiano y reconocible. Y el relato, muy áspero y seco al principio, va encontrando sigilosamente el respiro del cariño. Mabel y Jorge rondan los sesenta años y se están separando. Pero hay una ternura irrevocable que los une, por eso nunca dejarán de estar íntimamente entrelazados, como sugiere el afiche de la película. 

A la directora del film, Mónica Lairana, la hemos visto actuar en películas como en El cielito, Agua y sal y El patrón (con una interpretación notable). En La cama, su primer largometraje, continúa una exploración estética ya iniciada en sus cortos Rosa y María, obras breves pero intensas con foco en el cuerpo, la sexualidad, la falta de afecto. La cama se estrena esta semana en la sala Leopoldo Lugones y viene de participar en la Competencia Argentina en la reciente edición del Festival de Cine de Mar del Plata, en donde Lairana y la actriz Sandra Sandrini fueron premiadas por sus trabajos. Antes de su presentación en el festival, Morir en Venecia conversó con ellas y con el actor Alejo Mango. 

La realizadora lo dice abiertamente: la película tuvo como origen una tristeza abismal, de esas que lo paralizan todo y descomponen la existencia en mil astillas. “El disparador de la historia -explica- fue una vivencia personal. Yo me separé después de ocho años, y en ese momento experimenté un dolor muy especial. Fue algo que me impactó mucho: ese proceso de tristeza profunda, esa sensación de que el mundo se detiene, de que uno sólo puede vivir en estado de duelo de la mañana a la noche. El cuerpo de uno está totalmente vacío de energía, afectado físicamente. Eso a mí me impactó tanto que luego sentí la necesidad de contar esta historia. Y una cosa que me había pasado a mí, en ese momento, es que había pensado cuánto más fuerte o complejo podía llegar a ser experimentar ese proceso de duelo en una pareja que estuvo junta toda la vida. Me pregunto qué sentido tiene romper un vínculo a esa edad, cuando quizás tenemos la cercanía de la muerte. ¿Tiene sentido? ¿No tiene sentido? ¿A qué le da uno importancia? ¿Qué tan importante es el sexo en una pareja? ¿Qué es el amor? Son preguntas que me hago profundamente.”

Así nació La cama y así fue cómo la realizadora empezó a buscar a los intérpretes con la edad y el perfil adecuados para encarnar a Mabel y Jorge. Sandra Sandrini y Alejo Mango fueron convocados al principio del proceso de casting, pero la elección no fue inmediata. Lairana siguió haciendo pruebas con otros actores, hasta que la intuición la hizo volver a ellos: “Los probé juntos y la magia ocurrió.” 


“Cuando hice la audición con Mónica -cuenta Sandrini- me sentí muy cómoda. Y eso para mí fue importante, porque fue un trabajo muy particular. Para mí. como persona, fue una experiencia maravillosa. Es una película muy expuesta, pero yo me sentí bien. Lo transité desde lo actoral. Tenés que estar desnudo como en tu casa. Tiene que haber una relajación del cuerpo, una sensación de naturalidad, con tu compañero, con tu sábana, con tu cama, con tus cosas. Y eso para mí fue muy rico. Nosotros hicimos una serie de ensayos en donde se transitó la realidad de los personajes. Hicimos también ejercicios de conexión entre nosotros, para que la relación fuera fluida. Hubo mucha naturalidad, mucha comunión. Mónica tiene una entrega tan profunda a eso que ella quiere transmitir, que uno empieza a sentir que su cuerpo, sus emociones, forman parte de ese instante, de esa semilla que hace posible el hecho artístico.” 

Mango coincide con su colega y comparte su propia experiencia: “También me sentí bárbaro con Mónica en el vínculo personal, y no nos conocíamos. Ella me contactó mediante un mensaje de Facebook, donde me decía que había visto mis laburos en otras películas. Yo tengo algunos trabajos en cine (La niña santa, El perseguidor), aunque soy más bien un actor de teatro. Paradójicamente, me encanta hacer cine. Y creo que Mónica trabajó muy bien el tema de la exposición. Poder hacerlo para mí tiene que ver con un punto en mi vida al que he llegado en mi trabajo como actor. Quizás si me hubieran ofrecido este papel hace veinte años, no lo aceptaba, por pudor, por vergüenza, porque me inhibiría. Pero en esta película, y creo que a Sandra también le pasó, nosotros nos mostramos naturalmente.”

La película comienza con un contundente plano-secuencia en donde el espectador se ve obligado a observar las maniobras cansadas de una pareja que no logra concretar una relación sexual. Los cuerpos lucen vencidos aunque todavía inquietos... o perdidos. La fijeza del encuadre se encarga de densificar los tiempos internos de cada emoción: las esperas, la frustración, las ganas de rendirse, el apremio por llorar. Esta primera escena de la película fue la primera en rodarse. “Eso fue increíble. Fue tirarse a la pileta en el primer día de filmación”, asegura Mango, y reflexiona: “Parece inevitable que el tema de la desnudez sea lo que primero surge, tanto en el rodaje como ahora que la película ya se conoce. La presencia del desnudo aparece como un ingrediente muy fuerte, y a veces temo que eso opaque otra posible discusión o investigación que se haga sobre la película. Los personajes no están desnudos en todas las escenas. Pero evidentemente, cuando Mónica decide arrancar con esa escena en la cama, le está poniendo un marco a la propuesta.” 

“Siempre me imaginé la película así”, asegura la directora. “El guión ya está planteado con esos cuerpos desnudos, despojados de artificio. La decisión de filmar todo adentro de la casa se debió a que a mí no me interesaba la información adicional. Yo quería despojarlos de toda esa información y tener solo a los seres humanos: un hombre y una mujer que está atravesando esta situación y tienen este vínculo. Todo lo demás sobraba, ni siquiera era importante para mí definir por qué se separaban. Porque para mí lo importante era que uno pudiera focalizar en el vínculo y no en las justificaciones o pensar quién es culpable. Por otro lado, el hecho de filmar todo adentro de la casa tenía que ver con invitar al espectador a ser testigo de la privacidad de la pareja. Creo que la casa es el tercer personaje de la película”.


En efecto, como decíamos al inicio de esta nota, somos testigos. Aun cuando muchos planos incorporan el marco de las puertas, quizás sugiriendo cierto límite, cierta “justa distancia” con los personajes, igual estamos ahí y somos mirones. Lairana nos hace mirar y nos hace escuchar, porque sabe que ahí, en el rincón más íntimo y reservado, es donde aparecen muchas claves para pensar la subjetividad e incluso la política: “La intimidad es una temática que me interesa muchísimo, porque yo siento que en el mundo privado de las personas es donde se pueden revelar un montón de cosas respecto de lo humano, desde la cuestión más noble hasta cuestiones que revelan la miseria o la fragilidad del ser humano. Y luego está también la otra intimidad, la más cruda, que es la intimidad de uno con uno mismo. En los trabajos que hago este tema es muy troncal, como también lo es la cuestión de los cuerpos y la desnudez. Me interesa reivindicar la belleza del cuerpo adulto: el cuerpo con signos del paso del tiempo tiene para mí una belleza infinita, y me enoja mucho que en la sociedad en donde vivimos haya un desprecio hacia eso. Hay una locura tan grande que te dice que tenés que despreciar tu propio cuerpo, en vez de valorarlo y amarlo. Y eso me parece terrible. Por eso yo adhiero a estos nuevos movimientos que proponen los cuerpos disidentes. En la película no se busca el embellecimiento de los cuerpos ni con la iluminación, ni con la puesta de cámara, ni con la actuación. Buscamos que esos cuerpos se vean reales, reconocibles, naturales.”

La cama se proyectará en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530), del 22 al 29 de noviembre, a las 19 y 21.30 hs. Más información, aquí

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