domingo, 30 de octubre de 2011

Win - Win, de Thomas McCarthy


Algo retumba con metálica persistencia. Es una caldera ubicada en el sótano de la oficina de Mike (Paul Giamatti). Hay que arreglarla o reemplazarla porque en cualquier momento va a explotar, arruinando todas las cajas con archivos que abarrotan el lugar. Pero ahora no se puede, no hay dinero. Lo atamos con alambre y Dios dirá. Habrá que acostumbrarse a ese ruido insoportable, recordatorio de aquello que cotidianamente falla en nuestro entorno y que aun así debemos postergar para atender otras prioridades.
No puede decirse que a Mike la crisis económica lo haya sorprendido. Se nota que es de esos tipos que la pelearon duro toda la vida. Sin embargo, hoy, al cuerpo y a la mente les cuesta mucho más subir la pendiente, por eso se terminan tomando decisiones que tiempo atrás hubiesen sido inconcebibles. Y de repente, aunque no azarosamente, aparece ese otro que viene a desbaratar la rutina obligándonos a reacomodar todas las fichas de nuestro tablero de preconceptos y actitudes automatizadas.

Sólo se trata de convivir: ésa es la historia que viene narrando Thomas McCarthy desde su primer film. En aquella película, The Station Agent, un conmovedor Peter Dinklage pretendía volverse ermitaño para constatar que esa meta era imposible, porque había otros seres muy cerca suyo, igual de solos, que le entregaban genuinamente un afecto irrevocable.  Luego llegó The Visitor, una de las películas más bellas de los últimos años, un elegante manifiesto político en el que Richard Jenkins descubría al mismo tiempo la felicidad de un amor maduro y la humillación producto de la persecución racial (o “antiterrorista”, si prefieren ese término diplomático). En su tercer trabajo, Win-Win, McCarthy potencia la veta humorística aunque sin relativizar en ningún grado la plataforma dolorosa y urgente.

Aquí otra vez el relato impone una convivencia que no estaba en los planes de nadie y que se asume, en principio, con malestar y confusión, hasta que el prejuicio cede y los hechos confirman que el otro no es un enemigo. Resulta absurdo aclarar esta evidencia, pero en un mundo al revés parecería ser necesario forzar la cercanía física, el cuerpo a cuerpo, para por fin observar y comprender al otro en su real dimensión. Las películas de McCarthy ponen la lupa justo ahí, en ese cruce inesperado, para revelar hasta qué punto el más imperceptible gesto solidario puede transformar completamente una existencia.

Cuando se estrenó The Visitor, algunos críticos le reprocharon la excesiva candidez con la que eran retratados los personajes, como si todos fueran “casi ángeles” en medio de un paisaje oscuro. Es raro lo que ocurre: en nuestra demanda de verosimilitud a veces acabamos exigiendo una cuota básica de cinismo a películas que nunca tuvieron esa aspiración. Lo que me pregunto es por qué es tan difícil aceptar que en el planeta real -y por ende, en la ficción- es posible encontrarse con buenas personas. En Win-Win, más allá de todos los errores (sanamente humanos), los protagonistas son buena gente, gente que se hace querer de verdad, y eso es algo que el director transmite con particular talento. Por eso ese estallido que metafóricamente se anuncia al comienzo del film nunca llega a consumarse como tal. Hay decepción, hay angustia, hay tristeza, pero no hay espacio para el odio radical. No vale la pena.    


Win - Win (EE. UU., 2011)
Estrenada en dvd con el título Ganar – Ganar.
Dirección: Thomas McCarthy
Guión: Thomas McCarthy
Intérpretes: Paul Giamatti, Amy Ryan, Jeffrey Tambor, Melanie Lynskey, Bobby Cannavale
Editada por el sello Fox.

sábado, 29 de octubre de 2011

Pedacitos


“Lo que pasa es que el tiempo que se nos da en este mundo, una vez que lo tomamos, ya no regresa. Entonces, las películas sirven para unir esos pedazos de tiempo unos con otros.”


Naomi Kawase

En una entrevista publicada en el diario Página/12 (28/10/11). Ir al texto completo

La imagen pertenece al film Shara.

viernes, 28 de octubre de 2011

Un corto extraordinario

“Lo que nos hace ver el mundo es también lo que nos impide verlo, nuestra ideología.”

Régis Debray



Sólo lleva seis minutos ver unos de los cortometrajes más notables de los últimos años. Se llama El empleo y es una creación de Santiago Bou Grasso. Aquí está el link a YouTube.

jueves, 27 de octubre de 2011

Sujetos

Por José Pablo Feinman *

Los medios de comunicación colonizan las subjetividades y crean una totalidad informativa tan abrumante que aniquila toda verdad. No hay verdad, hay informaciones. Pero tenemos que creer en medio de todo este aquelarre de imposibilidades, que el hombre está vivo. Está vivo para torturar, para someter, para conquistar y, arduamente, para rebelarse. Y es cierto que nadie puede fundamentar una ética porque no podemos en medio de tantas diferencias y prácticas enfrentadas establecer valores universales. Pero tiene que haber éticas zonales, verdades zonales. Tiene que haber «algo» que me permita decir que Bush es un terrorista. Que Bin Laden otro. Que son malas personas, malos tipos. Que están por la muerte. Y nosotros -o, al menos, unas cuantas personas que conozco- estamos por la vida. Si eso no es así, si eso no es posible, entonces seamos pasivos observadores de la destrucción, del sometimiento y esperemos sin esperanza alguna el día del Gran Tsunami. Porque hacia allí nos llevan. “El hombre que se rebela es inexplicable”, dijo el mejor Foucault, el de Irán, el que se conmovió con la sublevación de “las manos vacías”. Puede ser. Ante los condicionamientos feroces del lenguaje, de la etnología, del inconsciente, de la semiología, de la lingüística, de la estructura, del positivismo lógico, del ser heideggeriano y del pensamiento estratégico sin sujeto, es posible que toda rebelión se haya tornado inexplicable. Seamos inexplicables.

* Fragmento del libro La filosofía y el barro de la historia. (Ed. Planeta)

miércoles, 26 de octubre de 2011

Canción


Ese corazón cabía en un zapato
y era abierto como un cuaderno abierto,
con garabatos restas y sustantivos propios.
Por ese corazón es que yo canto.

Ese corazón subía los techos a besar goteras,
después creció y aunque pasó de grado
no tuvo bicicleta ni entradas para el circo.
Por ese corazón es que yo canto.

Ese corazón golpeaba fiero en las camisas
tendidas en las sogas de los patios
y apuntó con canciones de esperanza.
Por ese corazón es que yo canto.

Ese corazón subía los techos.
Ese corazón cabía en un zapato.
Ese corazón estaba abierto, incluso,
sábados y domingos y feriados. 

Jorge Boccanera

La imagen es de la película Medianeras, de Gustavo Taretto.

La idea de este post pertenece al lector Daniel Rufach.

lunes, 24 de octubre de 2011

4 días en Guantánamo, en la sala Lugones


"Cuando vi a mi cliente, un niño encadenado al piso -y nunca lo vi de otra forma que no fuera encadenado al piso-, cuando me reuní con él en esa celda, Omar no había hablado con nadie durante meses". Lo dice Dennis Edney, abogado a cargo de un caso desolador, uno de los tantos casos de oprobio que existen en el mundo, una historia fuera de lo común y a la vez -tristemente- tan sólo una pincelada más en el nutrido mural de crímenes  que sin pudor siguen pintando los jerarcas del Imperio.  Nos referimos a Omar Khard, joven canadiense que está preso en Guantánamo desde 2002 y es el involuntario protagonista de A Ud. no le gusta la verdad: 4 días en Guantánamo.
En plena “guerra contra el terrorismo”, Khard fue detenido en Afganistán, cuando tenía 15 años, acusado de matar a un soldado norteamericano.  “Era como un pajarito herido, estaba ciego de un ojo, no podía ver del otro y tenía todo el cuerpo severamente lesionado. No podía creer que los estadounidenses pudieran encerrar a chicos en un lugar como Guantánamo”, continúa el abogado. Hubo condena, aunque eso no significa que haya existido una verdad. La verdad no gusta, no sirve, no interesa. Justamente por eso, hay que ver este documental.

Dirigido por Patricio Henríquez y Luc Côté, el film narra el drama de Omar y se concentra en los hechos que él padeció durante cuatro jornadas en las que fue interrogado por un equipo de la “policía secreta canadiense” (uso comillas al citar la gacetilla de prensa porque hay términos que casi parecen eufemismos, más aun luego de ver la película, que nos hace dudar de todos). Esos momentos de extrema tensión fueron capturados por una cámara de vigilancia cuyo registro constituye la fuente visual central de este film. Son imágenes dañadas, esquivas, quizás distantes, pero de una contundencia inapelable. Y no se asusten porque no hay violencia física explícita (por decirlo de alguna manera, ya que en definitiva la violencia es tan ubicua com visceral). Los verdugos de esta historia son ante todo grandes simuladores especialistas en la trampa verbal y la performance cínica.

Luego de presentarse en la reciente edición DocBuenosAires, la película se proyectará durante seis días consecutivos en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Av.  Corrientes 1530). El film podrá verse desde el martes 25 al domingo 30 de octubre en diversos horarios: 14.30, 17, 19.30 y 22.


* Las declaraciones de Dennis Edney pertenecen a una entrevista publicada por la agencia Télam (18/10/11).

viernes, 21 de octubre de 2011

Deber ser


"Siempre nos adaptamos a lo que dicen los demás, 
aunque estén equivocados."

Gabriele (Marcello Mastroianni), 
en el film Una giornata particolare, de Ettore Scola. 

jueves, 20 de octubre de 2011

Madrigal


Heredé un bosque sombrío donde rara vez voy.  Mas llegará un día en que los muertos y los vivos cambien de lugar. Entonces, el bosque se pondrá en movimiento. No estamos sin esperanzas. Los crímenes más difíciles continúan sin aclarar a pesar de los esfuerzos de muchos policías. Del mismo modo, hay en nuestra vida un gran amor sin aclarar. Heredé un bosque sombrío pero hoy yo camino en otro bosque, el luminoso. ¡Todas las criaturas que cantan, serpentean, mueven la cola y se arrastran! Es primavera y el aire es muy fuerte. Tengo un diploma de la universidad del olvido y estoy tan vacío como la camisa que se seca en el cordel. 

Tomas Tranströmer

En la imagen, la detective Linden (Mireille Einos) en la serie de televisión The Killing, uno de los hallazgos del año.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Fisura


"Cuando ya no se cree en el amor, aún se puede amar, igual que se puede combatir sin convicciones. Sin embargo, en uno y en otro caso algo se ha roto. Un edificio en el que la fisura equivale al estilo."

E. M. Cioran
(Cuadernos, 1957-1972)

En la imagen: Jeanne Moreau en La notte, de Michelangelo Antonioni.

viernes, 14 de octubre de 2011

La vida nueva, de Santiago Palavecino


Lo dicen todos y yo no tengo más remedio que confirmarlo: la actuación de Alan Pauls es efectivamente extraña. Al encarar La vida nueva no sabía absolutamente nada sobre el film, aunque sí me había llegado este “rumor” que advertía sobre el fallido desempeño del escritor argentino en su primer protagónico en el cine. En la ficción Pauls habla como si estuviera en otro lado, en otra frecuencia, lejos de ahí. Su dicción suena impostada, su timbre quiebra los climas y su expresión roza lo anémico, pero todos estos rasgos son demasiado notorios como para no intuir que fueron deliberadamente enfatizados por el realizador del film. En una entrevista escuché a Santiago Palavecino sugerir que el perfil bressoniano de Pauls tenía una motivación, pero no explicó cuál (y está muy bien, porque el artista no tiene que explicarlo todo, no necesita justificar sus búsquedas por más inauditas que sean, pues en definitiva es el espectador quien evaluará si funcionan o no). Dado que los demás actores responden a una marcación naturalista, el rostro de Pauls se nos torna todavía más pétreo y su voz se vuelve esquiva y por momentos exasperante. Habría que ver si en este hombre-iceberg no se esconde la punta que permite pensar toda la película.
Juan (Pauls) y Laura (Martina Gusmán) viven en algún pueblo de la provincia de Buenos Aires. Él es veterinario de animales de campo y ella es profesora de piano. Su vínculo está en crisis. Una noche Juan es testigo de una riña callejera que termina con un adolescente en estado de coma. Como el culpable del caso es el hijo del hombre más poderoso del lugar, a Juan lo obligan a callar. Mientras tanto, alguien regresa al pueblo para acompañar a la familia del muchacho internado: es el tío del chico, Benetti (Germán Palacios), quien hace años se marchó para dedicarse a la música. El relato replica triángulos: los jóvenes se pelean por una mujer; los adultos alguna vez padecieron lo mismo pero parecen no haber aprendido nada. La única respuesta es la violencia. Pero existe otro triángulo cuyas líneas son más difíciles de fotografiar, porque no son visibles, porque hoy se hicieron cuerpo, biología: la red trazada entre el sujeto, el otro y el sistema.

La narración es dispersa, elíptica, tejida con ramalazos de géneros canónicos (melodrama, policial, western) y abierta a un devenir incierto que despierta un genuino interés para dejarnos finalmente desazonados, hundidos en un paisaje reconocible del cual nos gustaría huir. Porque más allá de todas las sutilezas estilísticas que juegan con el desvío hacia la abstracción, Palavecino logra enraizar su fábula en un mundo concreto, brutal y corrupto en donde ya nadie se inmuta cuando los crímenes se ocultan, los inocentes son condenados y las felicitaciones se compran. La película, sin embargo, no impone un tono de denuncia ni pretende juzgar a sus personajes. Al contrario, una lectura apresurada indicaría que el film apaña la conducta de Juan en el conflicto judicial (es decir, la hace comprensible al mostrarlo presionado por el contexto). Pero el asunto es mucho más complejo. La mentira es una rueda natural de la dinámica social. Fingir es un modo de ser. ¿La clave será salir del pueblo, entonces? ¿Para qué? ¿Para acabar como Benetti, soberbio y desesperado? En esta historia nadie está demasiado convencido de las palabras enunciadas, por eso es mejor atender el mensaje de los cuerpos, los gestos inevitables, los reflejos intempestivos, como la inquietante escena de los animales liberados en la estancia, en la cual el hábil montaje permite que lo simbólico se deslice tenue, lúcidamente, sin caer en la evidencia.
Volviendo al personaje de Juan, es escasa la información que tenemos sobre él. Ahora no recuerdo si en algún momento del film lo vemos curar a un animal, pero sí queda claro que puede sacrificar una yegua con un disparo si el jefe se lo pide. Por otro lado, Juan reside con Laura en una casa que vamos descubriendo de a poco; primero a través de planos cortos del interior para luego constatar, con planos generales, que están en una bella casa con pileta, seguramente una dependencia más dentro de la estancia de su empleador. Ahí empezamos a entender que, en el fondo, Juan desea otra cosa, algo que sea suyo, algo real. Siempre fue consciente de que respiramos en una maqueta, y tal vez por eso su extraña voz se haya entrenado para interpretar una apariencia, para encubrir un sentir. Juan no tiene nada. Cuando le dice a Laura que la quiere y que quiere formar una familia, ella se ríe. “Una vida juntos”, afirma él, y como espectadores nos preguntamos qué es lo que tuvieron hasta ahora. ¿Una vida solitaria, prestada, ajena, en suspenso? Y sí. La vida determinada por el poder, por la clase, por el miedo. Combatir todo eso sería comenzar a delinear algo distinto, la nueva vida, la vida auténtica. Si la película nos deja sumidos en la amargura es porque no ofrece suficientes guiños para pensar que esa otra vida sea posible. De todas maneras, el final evita la clausura. Quizás Juan no se quede tan solo. Pero eso no importa ya. Terminó la ficción y nos queda el mundo. La tristeza crece, como el desierto.

jueves, 13 de octubre de 2011

Comienza el DocBuenosAires

  

Hoy arranca el DocBuenosAires, la excelente muestra de cine documental que ya lleva once ediciones y que siempre permite conocer grandes películas a las que sería muy difícil acceder si no fuera por este este ciclo que cada primavera exalta la cartelera porteña. Desde hoy y hasta el sábado 22 de octubre se proyectarán diversos films en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530) y en la Alianza Francesa (Av. Córdoba 946, aquí las entradas son gratuitas).

Dentro de la programación quisiera destacar algunos nombres. En principio, la retrospectiva “Alexander Sokurov, páginas ocultas”, que presenta un foco con quince films del cineasta, muchos de ellos inéditos en Argentina. La selección reúne varias de sus “elegías”, una forma poética con la que Sokurov viene trabajando desde sus primeros comienzos. En otro de los focos se podrán ver cuatro títulos de François Caillat, documentalista francés que lleva veinte años de carrera pero tiene una obra poco conocida (Caillat es una de las visitas de esta edición del Doc). El país galo también estará presente con una sección que exhibirá diversas películas bajo el nombre "Punto de fuga", con films a tener en cuenta como Entrada de personal y Polvo de América.

La sección "Proyecciones especiales" incluye algunos de los nombres más atractivos de la muestra, como Genpin, lo nuevo de la prestigiosa cineasta japonesa Naomi Kawase; una curiosa Correspondencia Jonas Mekas-J. L. Guerín (foto), que se anuncia como un intercambio fílmico-epistolar; Ejercicios de desaparición, del belga Claudio Pazienza; Ni Alá ni amo, en donde la realizadora Nadia El Fani narra las recientes revueltas en Túnez; y el esperado film que abre oficialmente la sección: A Ud. no le gusta la verdad: 4 días en Guantánamo. Este documental de Patricio Henríquez y Luc Côté, construido a partir de un material desclasificado hace poco, expone los métodos de coerción y tormento practicados en la prisión estadounidense, ajena a cualquier jurisdicción internacional. Los mismos realizadores presentarán la película y además hoy a las 22.30 participarán de una mesa sobre cine y derechos humanos (sala Lugones).

Por supuesto, hay muchísimo más. Para ver los detalles de la programación y las actividades paralelas les recomiendo visitar la web del DocBuenos Aires. La oferta es amplia y el tiempo es escaso, así que será cuestión de armarse un lugarcito en la rutina. Es muy raro que un buen documental defraude las expectativas, y este ciclo siempre tiene una notable selección. Nos vemos ahí.

Links:
Alianza Francesa

martes, 11 de octubre de 2011

Alucinaciones cósmicas


Por Federico Fellini *
“Cuando los otros días tuve la sensación de morirme, los objetos ya no eran antropomórficos. El teléfono, que siempre parece una inmensa araña gorda y rara, o un guante de boxeo, era sólo un teléfono.  Pero no, ni siquiera es así, no era nada; es difícil decirlo: no sabía qué era porque incluso los conceptos de volumen, color y perspectiva son un modo de entenderse con la realidad, una serie de símbolos para definirla, un mapa, un abecedario oficial utilizable por todos, y era precisamente esta relación intelectual con las cosas lo que de golpe me faltaba.


Como aquella vez en que para complacer a unos médicos amigos que estaban estudiando los efectos del LSD acepté hacer de cobayo y me tomé medio vaso de agua donde habían echado una parte infinitesimal de un miligramo de ácido lisérgico. Aquella vez tampoco la realidad de los objetos, de los colores y de la luz tenía algún sentido conocido. Las cosas eran ellas mismas, sumidas en una gran paz luminosa y aterrorizadora.


En momentos como esos las cosas no te pesan; no empapas todo con tu persona como si fueras una ameba. Las cosas se vuelven inocentes  porque te quitas del medio de ti mismo; una experiencia virginal, como la que pudo haber tenido el primer hombre, los valles, los campos, el mar. 


Un mundo inmaculado palpitante de luz y de colores vivos en todas las cosas; ya no estás separado de ellas, eres como esa nube vertiginosamente alta en medio del cielo, y también el azul del cielo eres tú,  y el rojo de los geranios en el alféizar de la ventana, y las hojas, y la trémula trama del tejido de una cortina. Y esa banqueta que está delante de ti, ¿qué es? Ya no sabes darle nombre a esas líneas, a esa sustancia, a ese dibujo que vibra ondulante en el aire, pero no te importa, eres feliz así.”
* Fragmento de su libro Hacer una película (Ed. Perfil).


Las imágenes pertenecen a la película El árbol de la vida (The tree of life), de Terrence Malick, un film-experiencia que merece sentirse en una sala de cine.

domingo, 9 de octubre de 2011

La doble vida de Walter, de Jodie Foster


Estrenada en Argentina con el título La doble vida de Walter, The Beaver es una película difícil de asimilar, uno de esos ovnis que muy esporádicamente despegan de Hollywood y que nadie sabe muy bien cómo rubricar. En estos casos lo más práctico es decir que se trata de un film “fallido”, ya que hay razones evidentes para respaldar ese juicio. Pero ahí corremos el riesgo de descartar la película sin sondearla por lo que realmente es: un artefacto inclasificable, un reto al optimismo de manual, una voz osada -la de Jodie Foster- que logró colarse en el mainstream para narrarnos un cuento de inusitado dolor.

Walter Black (Mel Gibson) es un padre de familia que está profundamente deprimido. El relato comienza cuando su mujer (Foster) le pide que la deje sola con sus hijos. Él pasa una noche terrible y a la mañana siguiente se despierta dialogando con un títere que tiene forma de castor. El muñeco da órdenes y conmina al protagonista a recuperar el timón. No es una fantasía: Walter efectivamente porta el títere y habla a través de él, explicando a todos que la mediación del roedor representa una especie de terapia. Todo resulta incómodo e insólito y, sin embargo, las piezas de a poco parecen volver a encajar, salvo en la tensa relación que Walter tiene con su hijo adolescente, Porter (Anton Yelchin). Aquí el relato abre un conflicto paralelo -y bastante banal- que muestra a Porter en el colegio, en donde es conocido por dedicarse a redactar trabajos prácticos para terceros. La idea, claro, es subrayar que padre e hijo se asemejan mucho y que ambos son, de alguna manera, ventrílocuos que se esconden en la voz de otros porque no consiguen hallar la propia. Pero mejor dejemos de lado al chico. Y también a la esposa y a la empresa de juguetes y a todo el ostensible relleno de guión. The Beaver es Mel Gibson. 

No es muy frecuente, pero a veces ocurre. Persona real y personaje se necesitan mutuamente y se fusionan al punto de engullir la puesta en escena completa. Es como si no importara nada más, como si la trama toda fuera pura guata que sólo ocupa el lugar de una convención habilitante, una fachada para narrar otra cosa, precisamente eso que el dogma comercial (y light) suele desaconsejar. Con su barniz de “lección de vida”, la historia del hijo sólo sirve para disfrazar el corazón irremediablemente negro de la película, y ése es el abismo que Foster quería tantear. Es extraño encontrar en el cine industrial una angustia tan opresora, tan terminal como la que se respira en esta película. Porque Walter lo intentó todo pero hay algo que no lo deja en paz, y lo desesperante es que sólo alcanzamos a imaginar muy difusamente los motivos del derrumbe. No es un film sobre las causas, sino sobre la imposibilidad de superar las consecuencias, aun cuando -supuestamente- se poseen “todas las herramientas” para lograrlo (por nombrar sólo una de las tantas fórmulas de consuelo que profieren quienes no sufren). En su colosal entrega Gibson pone alma, cuerpo y miseria para decirnos que, a veces, la única opción es tocar fondo… y a no confiarse, porque ni siquiera eso garantiza el retorno. 

Todavía no sé cómo definir The Beaver pero ahora sospecho que, en esencia, la intención fue cristalizar la entereza de un actor. La directora tuvo que fabricar una película y estampar una historia, es cierto, pues estas son las reglas del juego. Sin embargo, se percibe aquí la humildad de un ojo-cámara que podría haber sido perfectamente feliz limitándose a explorar en detalle el rostro de Gibson, su ceño vencido, su fractura, su extremismo, su transparencia, para comprobar que existe una inagotable fuente de magia camuflada en cada arruga.

La doble vida de Walter (EE.UU., 2011)
Título original: The Beaver
Dirección: Jodie Foster
Guión: Kyle Killen
Intérpretes: Mel Gibson, Jodie Foster, Michelle Ang, Anton Yelchin, Jennifer Lawrence.
Editado en dvd por el sello TVE.

sábado, 8 de octubre de 2011

Hay alargue


“Me planteo qué sentido tiene seguir desarrollando tecnología para vivir más años en una sociedad que siente un enorme rechazo por los viejos. Los jóvenes que trabajan en los laboratorios y que convocan al periodismo científico para exponer sus innovaciones no quieren morir... ¡pero tampoco quieren llegar a viejos! ¿Cómo se resuelve esa contradicción? Hay una perversión en alargar la vida y, al mismo tiempo, despreciar a los viejos. Pensemos: ¿adónde puede ir a divertirse una persona mayor? ¿Adónde puede ir sin que le digan "viejo verde" o le critiquen cómo se viste?”

Esther Díaz
En una entrevista publicada en la revista ADN Cultura, del diario La Nación (7/10/11). Ir al texto completo.

La imagen pertenece al film About Schmidt, dirigido por Alexander Payne.

jueves, 6 de octubre de 2011

Consistencia


“La justicia, por su parte, no consiste en abrir unas prisiones para cerrar otras. Consiste, en primer lugar, en no llamar “mínimo vital” a lo que apenas si basta para hacer que viva una familia de perros, ni emancipación del proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la clase obrera desde hace cien años. La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa”.

Albert Camus
En una entrevista publicada en Le Progrès de Lyon en 1951. (Ir al texto completo.)

La imagen pertenece al film Il Caimano, dirigido por Nanni Moretti.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Las primeras miradas


Nadie sabe en qué noche de octubre solitario,
de fatigados duendes que ya no ocurren,
puede inmolarse la perdida infancia
junto a recuerdos que se están haciendo.

Qué sorpresa sufrirse una vez desolado,
escuchar cómo tiembla el coraje en las sienes,
en el pecho, en los muslos impacientes
sentir cómo los labios se desprenden
de verbos maravillosos y descuidados,
de cifras defendidas en el aire muerto,
y cómo otras palabras, nuevas, endurecidas
y desde ya cansadas se conjuran
para impedirnos el único fantasma de veras.

Cómo encontrar un sitio con los primeros ojos,
un sitio donde asir la larga soledad
con los primeros ojos, sin gastar
las primeras miradas,
y si quedan maltrechas de significados,
de cáscara de ideales, de purezas inmundas,
cómo encontrar un río con los primeros pasos,
un río -para lavarlos- que las lleve.

Mario Benedetti

En la imagen: el inaprensible Matteo (Alessio Boni), en el film La mejor juventud (La meglio gioventù), de Marco Tullio Giordana.

lunes, 3 de octubre de 2011

Justicia final (Conviction), de Tony Goldwyn


Alguien murió de forma brutal. Lo confirma una cámara que recorre una pequeña casa y sigue los rastros rojos hasta detenerse en un cuerpo cubierto de sangre. Es lo primero que vemos en la película. Inmediatamente después esa cámara hace un paneo sobre una pared cubierta de fotos, dibujos y cartas en las que puede leerse “No me gusta la cárcel”. Alguien escribe desde allí, quizás el hombre que aparece en las fotos. Pero en las cartas las letras son grandotas, redondas, como las de un niño. Tal vez ese hombre antes no sabía escribir. Tal vez aprendió en la misma cárcel. Un solo plano puede resumirlo todo: información, empatía, historia de vida. Es una toma breve y a la vez fecunda. Comunica lo necesario, nos orienta en el relato y enseguida pasa a la siguiente escena. Pronto inferimos cuál es el conflicto de Conviction: una mujer (Hilary Swank) moverá cielo y tierra para que su hermano (Sam Rockwell) recupere la libertad.  El título del film es genial porque combina la idea de la condena (conviction, en su acepción legal en inglés) con la extraordinaria convicción (la certeza) que empuja a la protagonista.

Lo que Justicia final despliega es un cine solidario, con la solidaridad más sincera posible: la que actúa en silencio, ladrillo a ladrillo, como si fuera invisible. Ojo: no me refiero aquí al tema sino a la forma. El tema de la película es la perseverancia. La gracia de la forma pasa inadvertida porque, bueno, es clásica, demasiado “convencional” según el reclamo de muchos críticos para quienes esta película fue apenas un mediano telefilm sólo preocupado por “el mensaje”. Debe ser la ansiedad por lo diferente la que nos impide valorar el trabajo fino del mejor clasicismo, aquel que se apoya en dos columnas esenciales: la discreción y la generosidad. La dirección de Tony Goldwyn destina a cada escena la duración justa, aleja la cámara cuando la intimidad así lo pide, y evita que los protagonistas resbalen hacia el desborde actoral. Al mismo tiempo, el guión -un ejemplo de economía narrativa- va entregando todos los datos que necesitamos para  acompañar desde el afecto la gesta de Betty Anne Waters, sin enroscar la intriga ni especular con el suspenso o las dudas que podría despertar el caso judicial. Crecemos con el personaje plano a plano, aun cuando la montaña empieza a convertirse en interminable cordillera. Por eso decía que se trata de un cine solidario con el espectador, que a partir de un bordado fraternal facilita una experiencia codo a codo con ese otro que habita en la pantalla y que sólo sabe luchar. Una aventura de amor y dignidad ciudadana como las de antes, como las que Frank Capra sabía contar. Claro que hoy la podredumbre del sistema es demasiado grande y obscena, y la esperanza cuesta mucho más. 


Conviction (EE. UU., 2010)
Dirección: Tony Goldwyn
Guión: Pamela Gray
Intérpretes: Hilary Swank, Sam Rockwell, Melissa Leo, Minnie Driver, Juliette Lewis, Peter Gallagher.