viernes, 30 de septiembre de 2011

López-Gallego 2: El rey de la montaña


En plena ruta desierta hacia un destino difuso, fuera del área de cobertura, arrojados sin claves de lectura sobre ominosas laderas, refugiados en la última grieta entre el latido y la nada, decimos que lo que ocurre no tiene sentido, que no puede ser, que no debemos dejarnos quebrar por un demiurgo despiadado que sólo aspira a explotar nuestra fragilidad, saboreando nuestro desamparo. Decimos que se trata de un cuento irreal, una historia sin viabilidad terrenal, un simple rodeo de guión, una trampa. Queremos creer que ese mundo no es el nuestro. Hasta que lo es.

Un hombre conduce su auto en medio de un paisaje montañoso. Se detiene en una estación de servicio y, mientras hace una llamada telefónica, observa cómo una muchacha roba unas golosinas del kiosco. Segundos después ambos personajes se encuentran en el baño. Ella le suplica que no la delate. Tienen sexo. Se separan. El hombre retoma la ruta pero elige la curva equivocada. Un disparo. Una ráfaga agudísima, límpida, contundente, el primer impacto dentro de un tejido acústico impresionante que nos hace sentir todas las amenazas en un nivel muy tangible, muy físico. Una aventura hecha cuerpo. ¿Una provocación? Una trompada.

Antes de dirigir Apollo 18 en Hollywood, Gonzalo López-Gallego rodó tres largometrajes en España, y el tercero de ellos es este film protagonizado por Leonardo Sbaraglia sobre una idea de Javier Gullón. Aunque en principio parezcan proyectos muy diferentes, Apollo 18 y El rey de la montaña comparten ciertos trazos estéticos que invitan a pensar en las inquietudes cinematográficas del realizador. Minimalistas desde lo argumental, limitadas a pocos elementos para el cultivo de la tensión, ambas películas intentan desmenuzar el punto de vista óptico de forma tal que el espectador cobre verdadera dimensión del sitial que ocupa en la estructura formal del film.

Un ojo que oscila entre el pozo y el águila. Una progresiva asunción de poder. Es el trono incómodo que no siempre desearíamos detentar una vez que la trama avanza y nos vuelve cómplices del victimario, y sin embargo es el pacto al que nos entregamos -con placer- cada vez que comienza una ficción. Pero mientras las tácticas de Apollo 18 finalmente se tornan previsibles, El rey de la montaña nos hace rodar con mayor ambigüedad dentro del dispositivo, por eso es una película mucho más eléctrica, fluctuante y arriesgada, una obra que -además- tiene algo para decir sobre el presente, explorando cómo nos vinculamos hoy con la violencia y cómo hemos legitimado con naturalidad un mercado que factura enormidades comerciando sofisticados puntos de mira que, en el fondo, no se contentan con ser solo virtuales.



El rey de la montaña (España, 2007)
Dirección: Gonzalo López-Gallego
Guión: Gonzalo López-Gallego
Intérpetres: Leonardo Sbaraglia, María Valverde, Pablo Menasanch.
Film inédito en Argentina

martes, 27 de septiembre de 2011

López-Gallego 1: Apollo 18


El breve trailer de Apollo 18 despertaba curiosidad y anticipaba que el film abrazaría la propuesta del “falso documental”, aunque para ser precisos hay que decir que se trata de un caso de found footage. Es decir, una película confeccionada con materiales fílmicos hallados en algún sitio y que por lo general implican alguna suerte de revelación. Como dice Sergio Wolf, el found footage es el inesperado encuentro “de lo que estaba destinado a perderse”. El último viaje a la luna oficial fue realizado en 1972 por el Apollo 17. Luego hubo otro viaje que la NASA intentó soterrar y que esta película reconstruye a través de imágenes capturadas por diversas cámaras que registraron la actividad de los tres astronautas responsables de la misión. Uno de ellos permanece en órbita dentro de la nave Freedom mientras los otros dos se dedican a rastrillar el satélite y convivir en el minúsculo módulo lunar.

En la superficie de la luna hay huellas. Pisadas. Parecen recientes y no pertenecen a los visitantes norteamericanos. Hay alguien más ahí. Y decir huella es decir rastro constatable, indicio, prueba de algo que ocurrió, algo que efectivamente estuvo ahí con todo el peso de su materialidad. Una presencia. Cuanto más dañada luce la cinta más deberíamos creer en lo que muestra, porque se supone que su función esencial es dar testimonio, construir algún grado de veracidad. Es el mismo objetivo del documental clásico, sólo que en el found footage -sobre todo en la línea de Apollo 18- la estrategia de certificación busca ser aún más radical, más vehemente, ya que aquí todo procedimiento de connotación pretende aparecer velado. Debe quedar claro que, hipotéticamente, quien compila las imágenes se limita a editar y nunca a interceder en lo real. Lo único que importa es rescatar la cinta por su misma existencia, por su capacidad de denunciar el lado B de ciertos mitos contemporáneos, por la resurrección heroica de seres devenidos polvo espacial. Sin embargo, la simple exposición del Mal no es suficiente: el relato no convence. A nivel de proyecto la idea es genial, pero en su resolución estructural la película se vuelve desvaída y hasta un poco ridícula, principalmente porque le cuesta aminorar el escepticismo de base que hoy detenta el espectador mínimamente informado. ¿Por qué hacer el esfuerzo de confiar en un producto que desde la misma promoción se intuye como “falso”? ¿Cómo reconquistar la vibración de lo espontáneo para el receptor post Blair Witch? Apollo 18 asusta con un par de golpes de efecto pero no logra sostener la solvencia en la revelación del enigma.

Por supuesto, hay otro ángulo desde el cual podemos abordar el film, aquel que reclama pensarlo como dispositivo, más allá de los rótulos impuestos por la crítica y el marketing. Frente al metraje encontrado sabemos perfectamente que existe un enunciador que lo organiza para articular un determinado relato: aquí se sigue la linealidad del episodio original con el fin de develar un hecho crucial para la historia de la humanidad. Lo interesante es que no siempre somos conscientes, durante la proyección, de que como espectadores somos testigos de los acontecimientos en sintonía con los observadores de la NASA. El film nos hace creer que cada tanto los astronautas pierden conexión con la Tierra, pero al final resulta evidente que todo se trató de una maniobra ampliamente calculada. Es inquietante comprobar, entonces, que nosotros siempre estuvimos en el punto de control del panóptico. Siempre fuimos Houston, acompañando al poder desde la ubicuidad cínica y distante del ojo homicida.

Apollo 18 es una producción de los hermanos Weinstein dirigida por el cineasta español Gonzalo López-Gallego. Probablemente esperaba mucho más del film porque tenía muy presente el atractivo trabajo anterior del realizador, El rey de la montaña, que comentaré en un próximo post.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Signos


Por Michelangelo Antonioni *

“Creo que se ha producido una gran transformación antropológica que acabará por cambiar nuestra naturaleza. Ya se aprecian los signos, algunos banales, otros inquietantes, angustiosos. No reaccionamos como reaccionábamos antaño ni al sonido de una campana, ni a un disparo, ni a un homicidio, por poner algunos ejemplos. Incluso algunos ambientes que, tiempo ha, podrían parecer distendidos, convenciones, lugares comunes de un determinado tipo de relación con la realidad, ahora podemos mirarlos de forma trágica. El sol, por ejemplo. Lo miramos de forma distinta que en el pasado. Sabemos demasiado sobre él. Sabemos qué es el sol, qué ocurre en el sol, las ideas científicas que tenemos han terminado por modificar nuestra relación con él. Yo, por ejemplo, a veces tengo la sensación de que el sol nos odia, y el hecho de atribuir un sentimiento a una cosa que es siempre igual a sí misma significa que ya no es posible un determinado tipo de relación tradicional, que para mí ya no es posible. Y digo el sol como podría decir la luna o las estrellas, o el universo entero.”

* Fragmento de una entrevista realizada por Alberto Ongaro publicada en la revista L’Europeo en 1975. Ir al texto completo.

La imagen pertenece al film El eclipse (L'eclisse).

lunes, 19 de septiembre de 2011

Entre nosotros y la naturaleza


Por Henri Bergson *

¿Cuál es el objeto del arte? Si la realidad viniese a herir directamente nuestros sentidos y nuestra conciencia, si pudiéramos entrar en una relación inmediata con las cosas y con nosotros mismos, creo que el arte no tendría razón de ser, o mejor, todos seríamos artistas, pues que en tal caso nuestra alma vibraría de continuo en armonía con el universo. Nuestra vista, con la ayuda de la memoria, recortaría en el espacio y fijaría en el tiempo cuadros inimitables. Nuestra mirada aprehendería al pasar, esculpidos en el mármol viviente del cuerpo humano, fragmentos de estatuas tan bellos como los de la estatuaria antigua. Oiríamos cantar en el fondo de nuestras almas como una música alegre a veces, pero la mayor parte triste, aunque siempre original, la melodía ininterrumpida de nuestra vida interior. Todo esto está en torno de nosotros y en nosotros, y sin embargo nada de eso es percibido distintamente por nosotros. Entre nosotros y la naturaleza, ¿qué digo?, entre nosotros y nuestra propia conciencia se interpone un velo: velo espeso para la mayor parte de los hombres, y leve, casi transparente para el artista y el poeta. ¿Qué hada tejió este velo? ¿Fue por malicia o por amistad? Era preciso vivir, y la vida exige aprehender las cosas desde el punto de vista que guardan nuestras necesidades. Vivir es actuar. Vivir es acoger tan sólo la percepción útil de los objetos para responder con reacciones apropiadas: las demás impresiones deben oscurecerse o llegar a nosotros sólo confusamente. Miro y creo ver, escucho y creo oír, me examino y creo leer en el fondo de mi corazón, pero cuanto veo y oigo es simplemente lo que mis sentidos extraen del mundo exterior para iluminar mi conducta; lo que conozco de mí mismo es lo que aflora a la superficie, lo que tiene que ver con la acción. Los sentidos y la conciencia me brinda, por tanto, sólo una simplificación práctica de la realidad.

* Henri Bergson en La risa, ensayo sobre la significación de lo cómico (citado por Ángel Vassallo en Bergson, una introducción. Ed. Quadrata, Buenos Aires).

La imagen pertenece al interesantísimo film Hachazos, de Andrés Di Tella, dedicado a explorar la enigmática obra del cineasta experimental Claudio Caldini.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El mar


¿Qué es lo real, la furia o la ternura?...
No hay presencia ni ausencia en esta hora,
somos fantasmas. Cambia, desfigura
nuestra leyenda, el mar. O nos ignora,
como antes de la dicha. No murmura
el mar, no gime el mar, no clama ahora.
Vuelto resentimiento es una oscura
forma de desamor. Y mi demora
al borde de esa nada, de la playa
en donde moribunda la ola ensaya
un torpe simulacro de poesía,
se parece a esta página. Vacía,
sin vida. El mar, el mar ya no presagia.
Irse, extinguirse, ésa es su última magia.

Ricardo Herrera

La pintura pertenece a Edouard Manet.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Ojos o palabras


Carmen: Últimamente me he estado preguntando... por qué tengo tanta necesidad de oír palabras. Ya nadie habla.

Silvano: Los ojos están de moda. Las palabras verdaderas se encierran adentro.

Más allá de las nubes (Al di là delle nuvole), de Michelangelo Antonioni y Wim Wenders.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Medianoche en París, de Woody Allen


La ciudad nos envuelve largamente,
como una noche dolorosa.
A nuestro lado ruedan los camiones
como brujas agónicas.
Una campana se queja a lo lejos desesperadamente.
Algún campanero irascible le estará golpeando el corazón.
Caminemos.
Olvídate del mundo.
Piensa solamente en lo que llevas piel adentro
y sabrás qué dulce y qué sabroso es, de pronto, vivir.

Jorge Debravo (“Campanas”)

Medianoche en París (Midnight in Paris) es un cuento de hadas, el film más concientemente infantil de toda la obra de Woody Allen. Un cuento suave y etéreo que se acaba en un suspiro, que disipa cualquier conflicto a velocidad de varita mágica para entregarnos finalmente la sonrisa del príncipe ante su deseo cumplido. Y como niños nos quedamos con ganas de más y queremos que venga otra vez la carroza que nos lleve de parranda con nuestros ídolos del arte. Y como adultos tomamos prudente distancia y nos sentimos un poco frustrados porque sabemos que la fábula es demasiado ingenua, principalmente porque resulta evidente cuál es la variable faltante en este ejercicio de añoranza de épocas doradas: la Historia. A simple vista, es cierto, la trama parecería no necesitarla, pero luego ocurre algo curioso: esa ausencia termina cobrando fuerza, justamente porque se instala como inevitable fuera de campo, el lugar en donde las hadas son espantadas por el horror. Allen abre la ecuación para el espectador.

Vayamos a una escena puntual, aquella en la cual Gil (Owen Wilson) visita junto a Ernest Hemingway la casa de Gertrude Stein, en donde conoce a Picasso y a Adriana (Marion Cotillard, magnífica en su sofisticada sencillez). Un quiebre se produce allí: fascinado con Adriana, Gil deja por primera vez de prestar atención a las celebridades de su entorno y se concentra en la muchacha. Los vemos a ambos entrar solos en una habitación mientras los demás personajes quedan detrás, casi perdidos en un rincón del encuadre. El efecto es extraño, porque como espectadores queremos seguir fisgoneando la rutina de esos genios que ahora quedaron momentáneamente relegados. Aunque sus cuerpos se nos escapen, algo alcanzamos a oír: Stein le dice a Hemingway que la editorial aún le debe una respuesta con respecto al último libro del escritor. En ese diálogo lateral los artistas se abocan al costado menos glamoroso del arte: la burocracia, los intentos fallidos, las frustraciones, las negociaciones, la industria cultural triturando la mística de la vida bohemia.

Es como si Allen estuviera explicitando en esta escena, en este desplazamiento, que en su fantasía no hay espacio ni tiempo para los detalles de lo real cotidiano. En los sueños de Gil no hay lugar para el tedio ni para el dolor social: en sus idealizados años veinte sólo se admiten los highlights (¿acaso en los sueños existen los tiempos muertos, los tiempos de la espera? ¿Acaso un sueño es otra cosa que un clímax detrás de otro?). Sí, es verdad, Hemingway en algún diálogo menciona la guerra y Zelda Fiztgerald amenaza con tirarse al Sena, pero esos momentos funcionan más como datos pintorescos de los personajes que como flujos de tensión. Si los personajes famosos del film se reducen a un puñado de rasgos básicos y reconocibles es porque provienen de la imaginación selectiva del protagonista, que sólo quiere recordar el rostro festivo (y estereotipado) del pasado. Nadie habla de la carga de tristeza que viene con el paquete, y este es el hueco que a nosotros nos toca completar con nuestros propios ecos y temores. Por otro lado, sospecho que confrontar a Gil con un hecho histórico concreto (una imagen de Hitler, por ejemplo) habría sido una opción demasiado fácil para empujarlo a preferir su presente. Pero ésta no es la idea de la película. Todas las peripecias que atraviesa Gil no tienen otro objetivo que hacerlo jugarse por su deseo más profundo, asumiendo lo único que siempre llevó “piel adentro”, ya fuera en la vigilia o en el país de las maravillas. Escribir, París, el amor sincero. Anclas para el hoy. Gil nunca pretendió mudarse al pasado, pero aprovechó para descubrir otras ansiedades y beber de las vehemencias tan admiradas. El viaje en el tiempo le permitió encontrar, sobre todo, el entusiasmo. Que no es otra cosa que el futuro.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Este minuto


De reír, de volar tantas veces me olvido
Del sol cayendo en el mar
De gritar de llorar tantas veces me olvido
Sigo pensando en que… ¿vendrá?

Andrés & Javier Calamaro
(Fragmento de la canción “Este minuto”)

La pintura pertenece a Edward Hopper.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Asumirse


“No es un acto de cobardía, sino una fortaleza, la de ser capaz de reconocer las propias debilidades.”

Nanni Moretti

No dejen de ver Habemus Papam, una de las grandes películas de este año.

viernes, 9 de septiembre de 2011

"Hace tiempo...


...que Mathias no puede escuchar música, dice que le produce dolor, que siente filos acerados en su cuerpo, son cosas que dice. Pero lo que me asusta, señor, quisiera encontrar las palabras adecuadas, lo que más me asusta es a veces su mirada, me parece que ya no le pertenece."

François Emmanuel ("La cuestión humana")

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Tener que mirarnos


“Antes del desarrollo que adquirieron los autobuses, los trenes, los tranvías, en el siglo XIX, la gente no tenía la ocasión de poder, o de deber, mirarse recíprocamente durante minutos u horas, de manera continua y  sin hablarse. Los medios modernos de transporte ofrecen únicamente al sentido de la vista, con mucho, la mayor parte de todas las relaciones sensoriales entre hombres, y esto en una proporción que crece cada vez más, lo que debe cambiar, de cabo a rabo, la base de los sentimientos sociológicos generales. El hecho de que un hombre que se presenta exclusivamente a la vista revista un carácter enigmático más marcado que el hombre cuya presencia se revela por medio del oído, tiene, con seguridad, su parte en este estado de inquieta incertidumbre, en este sentimiento de desorientación con respecto al conjunto de las vidas, este sentimiento de aislamiento, este sentimiento de que, en todos lados, nos enfrentamos a puertas cerradas.”

Georg Simmel
(En Sociologie et épistemologie, citado por André Le Breton en su libro “Antropología del cuerpo y modernidad").

La imagen pertenece a Extraños en un tren (Strangers on a train), de Alfred Hitchcock.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Documentales de Thomas Heise en la Lugones


Este martes 6 de septiembre comienza un ciclo dedicado a la obra del documentalista alemán Thomas Heise. Esta completa retrospectiva, integrada por catorce películas, se titula “Thomas Heise, o la arqueología del presente” y se realizará en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530).

Proveniente de la ex República Democrática Alemana, este director se caracteriza por reflexionar acerca de la Historia y los efectos que el paso del tiempo genera sobre los individuos y las pequeñas comunidades. El ciclo se inicia con sus primeros films -censurados antes de la caída del Muro- e incluye toda su obra hasta Sistema solar (foto), una producción de 2011, rodada en el norte argentino sobre la comunidad del pueblo Kolla Tinkunaku.

Escribe Gabriela Massuh: “Por haberse fraguado en una realidad tan inestable como ambigua, la compasiva y oblicua mirada de Heise resulta de una extraña familiaridad. Sin haberlo pretendido, él se transformó, a través de sus documentales, en un testigo privilegiado de rupturas y continuidades. Su experiencia personal con la censura le enseñó a manejar el lenguaje de la sugerencia y a cargar de sentido los silencios. Nada de estrepitoso en sus films, incluso los skinheads neonazis de su primera versión de los conflictos xenófobos en Halle parecen jóvenes perdidos dentro de su propia miseria. Después de su estreno en 1992, aquel film (Atascados - Pongámonos en movimiento) logró acercarse a una realidad como nadie lo había hecho antes: su película es un documento ineludible sobre adolescentes demoníacos que dicen tener manos de plomo y confiesan su necesidad de que alguien les explique qué hacer; adolescentes que expresan el tedio a través de la agresión y, cuando se les pregunta qué los impulsa, se quedan mudos de horror ante la cámara”. (Catálogo del docBsAs/06)

Claramente estamos ante una obra interesante que valdrá la pena investigar. El ciclo se extenderá hasta el miércoles 14 de septiembre, con funciones programadas a las 14.30, 17 y 19.30 hs. Pueden consultar la programación completa en la web del Teatro General San Martín.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Married Life, de Ira Sachs


Mientras escuchamos a Doris Day interpretar una canción juguetona durante la secuencia de créditos, en la pantalla desfilan animaciones ilustrando el sueño burgués americano tan típico de mediados del siglo XX, dibujos de cuño naïf con contornos idealizados que la película se dedicará a borronear. Cuatro son los personajes esenciales sobre los que se erige la ficción: un matrimonio (Chris Cooper y Patricia Clarkson), la joven amante (Rachel McAdams) y el tradicional amigo de confianza (Pierce Brosnan). “Película de personajes”, “comedia de situaciones” y “pieza de cámara” son algunos de los rótulos que abundaron en las reseñas sobre Married life, etiquetas que aciertan en la descripción aunque suelen esconder un guiño peyorativo, como si al implantarlas el crítico estuviera diciendo que, básicamente, estamos ante una propuesta llana y limitada (e incluso “televisiva”, un calificativo utilizado con excesiva gratuidad). Por otra parte, al ser casi por reglamento comparada con Lejos del paraíso (Far from heaven) de Todd Haynes, Married life salió inevitablemente desfavorecida. Pero, ¿para qué hacer esa comparación inmerecida? ¿Por qué dar por hecho que el director Ira Sachs quería replicar el cometido de Haynes? Dejemos esa manía de pedirle a las películas aquello que no pretenden ser.

Married life es un film más que digno, de narración concentrada, tersa ambientación y pulso de relojería. Hay una frase que los personajes pronuncian más de una vez, una idea en torno de lo que significa la felicidad propia en relación a la dicha de los otros. No voy a reproducir aquí la frase exacta -tienen que ver el film- pero me llamó la atención que el guión insistiera tanto en ella, ya que se corría el riesgo de explicitar demasiado la premisa subyacente a la estructura total (y la premisa es algo que conviene más bien sugerir progresivamente). La cuestión es que esa idea (o aforismo) se revelará en la historia como una retórica espuria para la manipulación a varias puntas. Y al mismo tiempo se trata de un problema filosófico de atávica relevancia que apunta directamente al núcleo de la humanidad, al edificio moral que supimos construir. Sachs aborda la ambigüedad del dilema sin arrancarlo de sus azares terrenales, combinando negrura y absurdo, sosteniendo el relato con pasos firmes pero discretos, acordes con el aura de sumisión al cual el protagonista parece destinado. Puede ser que percibamos cierta asepsia chabroliana en el trayecto, como si estuviéramos detrás de un cristal observando un estudio de conductas opacas que no nos rozan. Mentira. Autoengaño. Cada diálogo del film nos toca de una manera u otra. Quien duerme a nuestro lado nunca dejará de ser un enigma.


Married Life (Estados Unidos, 2007)
Dirección: Ira Sachs
Guión: Ira Sachs y Oren Moverman a partir de la novela "Five roundabouts tu heaven", de John Bingham.
Intérpretes: Chris Cooper, Pierce Brosnan, Patricia Clarkson, Rachel McAdams, David Wenham, Annabel Kershaw.

sábado, 3 de septiembre de 2011

La obra del genial Demián Aiello, en la Alianza


Mañana se celebra el Día de la Historieta Argentina y para la ocasión la Alianza Francesa se da un verdadero lujo al exponer la obra de Demián Aiello, un talentoso dibujante argentino dueño de un estilo que sabe ser agudo e irónico sin olvidar -cuando el tema lo pide- la ternura. La exposición incluye historietas, dibujos, fotografías y trabajos inéditos. La muestra se inauguró ayer y podrá verse durante todo septiembre, con entrada libre y gratuita. La cita es en la Alianza Francesa de Palermo (Billinghurst 1926), de lunes a viernes de 9 a 19 hs, y los sábados de 9 a 13 hs. En serio, ¡no la dejen pasar!

viernes, 2 de septiembre de 2011

Ventanilla


"Durante el vuelo pasaron una película. Como siempre, intenté no prestarle atención. Como siempre, terminé mirando. Sin sonido, esas imágenes allí adelante, en la pantallita, parecían mucho más vacías . Una forma hueca, una simulación de sentimientos. Mejor mirar por la ventanilla mientras pensaba: si uno sólo pudiera filmar la forma en que a veces se abren los ojos. Solamente para mirar, sin pretender mostrar nada...".

Wim Wenders (en el film Tokyo-Ga)

En la imagen, una de las obras más hermosas de Wenders: Alicia en las ciudades (Alice in den Städten).

jueves, 1 de septiembre de 2011

Cuatro años del blog

Ayer, temprano, antes de la desoladora noticia, repliqué una idea de Juan Villoro: “Tenemos un doble desafío: combatir el horror y crear un espacio que no sea horror. No se puede combatir el mal sin prefigurar al mismo tiempo una esperanza.” Ayer, temprano, confiaba en la fuerza de la última palabra. Hoy, no lo sé. En este preciso momento, justo hoy, estoy triste. Lo siento. A veces las cosas se dan así. Al revés, como el mundo mismo.

En septiembre Morir en Venecia cumple cuatro años. Les agradezco mucho a todos por estar ahí. La seguiremos remando.

Sonatas y destrucciones

Después de mucho, después de vagas leguas,
confuso de dominios, incierto de territorios,
acompañado de pobres esperanzas,
y compañías infieles, y desconfiados sueños,
amo lo tenaz que aún sobrevive en mis ojos,
oigo en mi corazón mis pasos de jinete,
muerdo el fuego dormido y la sal arruinada,
y de noche, de atmósfera obscura y luto prófugo,
aquel que vela a la orilla de los campamentos,
el viajero armado de estériles resistencias,
detenido entre sombras que crecen y alas que tiemblan,
me siento ser, y mi brazo de piedra me defiende.

Pablo Neruda (fragmento)