miércoles, 31 de agosto de 2011

Palabras heridas


“La escala del horror se ha convertido en algo difícil de describir. ¿Cómo relatar eso sin banalizarlo ni contribuir al espanto? También las palabras están heridas de muerte. Los locutores de televisión dicen que alguien fue ‘levantado’ en vez de decir que fue secuestrado. Tenemos un doble desafío: combatir el horror y crear un espacio que no sea horror. No se puede combatir el mal sin prefigurar al mismo tiempo una esperanza.”

Juan Villoro
(En una entrevista publicada en la revista Ñ del diario Clarín. 13/08/11)

La imagen pertenece al film Secret Sunshine, dirigido por Lee Chang-dong.

sábado, 27 de agosto de 2011

El planeta de los simios: (R) Evolución, de Rupert Wyatt




“El decir «No» es una de las declaraciones más importantes que un individuo puede hacer. A través de ella asienta tanto su autonomía como su legitimidad como persona y, por lo tanto, es la declaración en la que, en mayor grado, comprometemos nuestra dignidad.”

Rafael Echeverría (Ontología del lenguaje)


Dentro de las diversas clases de evoluciones auscultadas por la película, quisiera detenerme en una, la que involucra directamente al arte narrativo: la evolución dramática. Porque hay un camino que conduce a ese No trascendental, ese manifiesto político que nos deja atónitos, con la ovación en la sangre, con toda nuestra fe abalanzada sobre la inminente revolución. Antes de llegar ahí, el guión no dudó en dedicarle todo el tiempo necesario a la progresión de un alma, la construcción de una conciencia, el cincelado de un cáracter. Como espectadores, somos testigos privilegiados de la crianza de César en un ámbito humano, acompañándolo en su relato de (confundida) iniciación. Pero a la vez somos los únicos que registramos la dimensión de su soledad, su anhelo de ser igual a todos y su obligación de recluirse por ser diferente. Hay muchas escenas extraordinarias en el film, pero si tuviera que quedarme con una, elegiría aquel momento en el que el pequeño César mira a través de la ventana del altillo y observa cómo juegan los chicos en la calle. Esto lo hace más de una vez, en una serie de escenas que desarrollan su vínculo con el afuera, situaciones cotidianas, sencillas en apariencia aunque magistralmente articuladas en función de la mirada.

César, en esos instantes, es una figura vicaria del espectador, un observador fascinado por la imagen. La imagen de otra cosa, maravillosa e inaccesible, porque está ahí, tan lejos y tan cerca, pero siempre del otro lado del velo. La imagen le permite a César comparar, barajar dialécticamente instinto y razón, deseo y resignación: libertad, identidad, hogar. Quiere salir del encierro, pero cuando lo intenta, los otros le demuestran con violencia que él no tiene derecho. No pertenece. No es. Tiene un hogar que le ofrece amor pero, al crecer, César ya no entiende qué rol cumple en ese espacio. “¿Qué soy? ¿Una mascota?”. Cuando conozca la verdadera cárcel, César extrañará su casa y, a modo de protesta, dibujará la ventana de su habitación en la pared de su celda, dibujo que se convertirá en símbolo. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, César prefiere no volver a esa casa, porque descubrió otro hogar que lo hace sentir más entero: su comunidad. Entonces, ¿por qué elegir esa ventana como símbolo de lucha? Porque no queda otra que romper el vidrio para salir a la calle y actuar. Porque se trata de no aceptar el recorte que ese marco nos impone: la imagen debe ser aquello que decidimos cambiar. La nueva familia de César sólo quiere ser feliz. No tiene otra intención que respirar pacíficamente en su hábitat, siempre y cuando los humanos respeten su lugar y no pretendan cruzar el límite. Y en esta historia el límite es un puente. ¿Pero acaso el puente no representa la unión? A veces sí, y a veces es excusa para la invasión. Así que habrá que estar atentos. Pensar -y esto César ya lo sabe- es vivir en la contradicción. 

martes, 23 de agosto de 2011

Fieles a la excepción


Por Alain Badiou *

"En la situación de crisis y de desorientación actual lo más importante es guardar las manos sobre el timón de la experiencia que estamos llevando a cabo, sea en el amor, en el arte, en la organización colectiva, en el combate político. Hoy, lo más importante es la fidelidad: en un punto, aunque sea en uno solo, hay que tratar de no ceder. Y para no ceder debemos ser fieles a lo que pasó, al acontecimiento. En el amor hay que ser fiel al encuentro con el otro porque vamos a crear un mundo a partir de ese encuentro. Claro, el mundo ejerce una presión contraria y nos dice “cuidado, defiéndase, no se deje abusar por el otro”. Con eso se nos está diciendo “vuelvan al comercio ordinario”. Entonces, como esa presión es muy fuerte, el hecho de mantener el timón hacia el rumbo, de mantener vivo un elemento de excepción, es ya extraordinario. Hay que pelear por conservar lo excepcional que nos ocurre."

* Fragmento de una entrevista publicada en el diario Página/12 (06/11/10). 


La imagen pertenece al film Los Marziano, de Ana Katz.

lunes, 22 de agosto de 2011

CINE - HISTORIA - LOCURAS

Taller de análisis cinematográfico
Cine - Historia - Locuras

Comienza el 29 de agosto de 2011 /  LUNES de 19:00 a 21:00 / Cuatro encuentros / En el barrio de Almagro

Cuatro películas, cuatro países, cuatro autores. Cuatro formas diferentes de narrar al hombre, sus vínculos afectivos y sociales, y los ecos psicológicos de la Historia.

-          La cinta blanca, de Michael Haneke (Alemania, 2009)
-          Vincere, de Marco Bellocchio (Italia, 2009)
-          La isla siniestra (Shutter Island), de Martin Scorsese (EE.UU., 2010)
-          Police, adjective, de Corneliu Porumboiu (Rumania, 2009)

Analizaremos a fondo cuatro de los mejores estrenos de 2010, teniendo en cuenta el estilo cinematográfico de cada realizador, el contexto histórico de cada historia, las relaciones con otras películas y directores, con todos los nexos que ya conocen: teoría del cine, filosofía, política y estética.

Antes de iniciar el taller, tendrán la opción de solicitar un pack de cuatro dvds con las películas correspondientes (o sólo aquellas que necesiten).

Inicio: Lunes 29 de agosto (hasta el 19 de septiembre). Todos los lunes de 19:00 a 21:00.

Lugar: Barrio de Almagro. Vacantes limitadas.

Para más detalles por favor escribir a datosparacaro@yahoo.com.ar, o llamar al teléfono 4865-3317 (dejar nombre y número de contacto).

domingo, 21 de agosto de 2011

Recount, de Jay Roach


Hace poco más de una década, allá por noviembre de 2000, hubo elecciones generales en Estados Unidos. Como sabemos, George W. Bush fue consagrado presidente, pero su principal contrincante, Al Gore, demoró unas semanas en concederle la victoria ya que surgieron dudas con respecto a la votación y el escrutinio en el estado de Florida. Recount narra en detalle y con asombroso ritmo los hechos ocurridos entre la elección y el fallo final de la Corte Suprema de EE.UU. que terminó favoreciendo al candidato republicano.

Por un lado están las noticias, la pulseada mediática, con los televisores siempre encendidos registrando el devenir público del conflicto. Y por otro lado están los diálogos privados, las corridas tras bastidores, las resistencias y las decepciones, todos los intersticios vedados a los ciudadanos-títeres que observamos con estupor cómo la ley se convierte en un chicle que cualquiera puede estirar, inflar, doblar y hasta pegar debajo del escritorio (como los chicos "piolas" de la escuela, salvo que aquí eso también lo hacen los jueces más importantes del país). Ver Recount es detentar el poder de una mosca que vuela entre un búnker y otro mientras crecen las zancadillas y las roscas burocráticas, una mosca fisgona aunque quizás algo “fumada”, porque cuando los personajes empiezan a discutir sobre la metafísica de los agujeritos en las boletas-mariposa, es difícil no sentir que entramos en una dimensión surrealista.

En definitiva, el film es una lupa sobre todas esas minucias que no podemos saber a ciencia cierta pero que la representación cinematográfica intenta inferir en imágenes, aun cuando eso implique dibujar gestos improbables en ciertos personajes. En este sentido, pienso en la escena en la cual vemos a James Baker (supervisor de la campaña de Bush) alejarse en su auto junto a su esposa luego del cierre de la contienda. En ese instante el actor que encarna a Baker, Tom Wilkinson, sugiere con sus ojos que su conciencia no dormirá totalmente en paz. Pero ese gesto no es más que un impulso de la ficción, la distancia entre lo verídico y la recreación: hacer de la imagen el lugar en donde la posibilidad (la fantasía) de la nobleza desea reemplazar a lo real.


Recount (Estados Unidos, 2008)
Dirección: Jay Roach
Guión: Danny Strong
Intérpretes: Kevin Spacey, Tom Wilkinson, Denis Learey, Laura Dern, John Hurt, Bob Balaban.
Película producida para la televisión por HBO.

sábado, 20 de agosto de 2011

Raúl Ruiz (1941-2011)

“Un viejo refrán de Hollywood pretende que una cinta tiene éxito cuando el espectador logra identificarse al protagonista: es él quien conduce la acción, es él quien debe vencer. Yo creo más bien que en un film digno de ser visto uno debe identificarse con el film mismo, y no con uno de los personajes. La identificación debe hacerse con los objetos manipulados, con los paisajes, con los múltiples personajes, desdoblamiento este que sólo puede tener lugar una vez pasado, sobrepasado, el punto hipnótico. A partir de ese momento, uno se encuentra en otro film. Antes del punto hipnótico estamos delante de un espectáculo: las imágenes vienen a nosotros; ahora habría que decir mejor que las imágenes despegan del aeropuerto que somos nosotros, y se van volando hacia la película que vemos. Somos de repente todos los personajes del film, todos sus objetos, sus decorados; vivimos aquellas conexiones invisibles con la misma intensidad que la secuencia visible.”

Raúl Ruiz (en su libro Poética del cine)

viernes, 19 de agosto de 2011

Intentos


“Yo soy director, no soy ni político, ni sociólogo, ni psicoanalista. Lo que puedo decir yo, lo puede decir cualquiera. Hay una inseguridad total. ¿A qué se debe? Es difícil hacer un análisis. Hemos tenido una educación pendiente de los fines, proyectada hacia el mañana. El mañana como posesión, como propiedad. Nunca tuvimos un contacto inmediato con la vida íntima, nuestra vida moral. Son siempre los demás los que deben ser honestos, responsables, altruistas, no cada uno de nosotros. Así vivimos en una sociedad hecha de injusticias terribles, de egoísmos tan estratificados que se volvieron incoscientes, de aberraciones de todo tipo. Nos esperan acontecimientos sociales fatales. Pero yo no puedo proponer otro remedio que hacer un último, un intento extremo por reflexionar. Reflexión que debería tener lugar dentro de cada uno de nosotros, en la esfera individual.”

Federico Fellini
(En el libro Yo, Fellini. Conversaciones con Costanzo Constantini)

jueves, 18 de agosto de 2011

Una cierta luz


"Abrir el diario a la mañana es como tomar una taza de veneno puro, o un vaso de ácido sulfúrico. ¿Por qué entonces no mirar la niebla, una hora del día, una cierta luz, fuera de la neurosis y la angustia? También eso es vida".

Federico Fellini
(En el libro. Yo, Fellini. Conversaciones con Costanzo Costantini).

La imagen pertenece a Amarcord.

miércoles, 17 de agosto de 2011

De los que pierden


“Nunca hice deporte, de ningún tipo. El deporte no me estimula, probablemente porque me falta por completo el espíritu competitivo. Tengo la tendencia a estar siempre del lado del que pierde, en cualquier ocasión.”

Federico Fellini
(En el libro Yo, Fellini. Conversaciones con Costanzo Constantini).

En la imagen: Giuletta Masina en Las noches de Cabiria.

martes, 16 de agosto de 2011

The Adjustment Bureau, de George Nolfi


¿Y si todo esto
sucede en un laboratorio?
¿Bajo sólo una lámpara de día
y miles de millones por la noche?

¿Y si somos generaciones en prueba?

Wislawa Szymborska *

No, Los agentes del destino (The Adjustment Bureau) no es una película de extraterrestres, si bien en el film existen personajes que no encuadran del todo en la lógica mundana. Lo inquietante del poema citado -y del film, en su premisa inicial- es que nos ubica a todos los mortales como conejitos de indias de algún proyecto idealista que se trama secretamente en alguna torre escondida entre rascacielos. Generaciones a prueba, porque como sujetos aún no estamos capacitados para tomar el timón y nuestra historia no es más que un fallido simulacro, apenas el desordenado ensayo de la Historia verdadera que llegará algún día y que, por supuesto, no podremos protagonizar. “La humanidad no tiene la madurez para controlar las cosas importantes”, dice por allí un personaje del film, resumiendo el principio rector de esta organización clandestina que monitorea los horizontes de hombres y mujeres.

Pero no, tampoco se trata de la Matrix ni de rostros que nos amonestan desde cristales líquidos. Ellos, los agentes de esta empresa, quieren pasar inadvertidos. Alegan que los necesitamos para reencauzar nuestra razón, pues de lo contrario no podríamos evitar la autodestrucción. Y aunque algunos resulten pedantes y amenazadores, hay otros que son buenos tipos. Les creemos porque los sentimos de carne y hueso, a pesar de las líneas increíbles que a los actores les toca pronunciar. Son algo así como ángeles de la guarda vestidos de traje. Burócratas del devenir. Algunos son soñadores, otros son cínicos, otros están más hartos que oficinistas kafkianos. Su tecnología se reduce a una especie de guía Filcar que indica los trayectos y encrucijadas vitales de cada persona: allí donde el deseo complica el camino hacia la meta predeterminada, el mapa lanza una señal de alerta. Estos funcionarios, sin embargo, son falibles como cualquier hijo de vecino. Al comienzo del film, uno de ellos se queda dormido en el banco de una plaza y no llega a tiempo para cumplir su tarea. El error tendrá repercusiones ingobernables, ¿pero quién dijo que un ángel guardián no tiene derecho a echarse una siestita al sol de vez en cuando?

La idea, decididamente genial, se la debemos a Phillip K. Dick y su cuento “Equipo de Ajuste”. El realizador George Nolfi cambió el rol del protagonista central (en el film es nada menos que un potencial presidente de Estados Unidos) pero logró filtrar en la pantalla el encanto sabiamente juguetón del relato original. Más allá de la acción y la tensión y los vericuetos fantásticos, si algo se desprende de The Adjustment Bureau es una profunda ternura y una seria confianza en la voluntad de los seres humanos para transformar sartreanamente aquello que han hecho de nosotros. En el fondo, se trata de cuidar el motor íntimo y esencial de cualquier historia y de la Historia, ese metal precioso llamado libre albedrío, un arma que sigue siendo inalienable y bien concreta a pesar de un sistema biopolítico empecinado en convertirla en quimera. 

* Fragmento del poema "¿Y si todo esto?".

sábado, 13 de agosto de 2011

La lógica implacable

Por Eduardo Grüner * (Fragmento)

Una vez más la violencia represiva y la guerra de clases se ha cobrado vidas en Jujuy, en la Argentina, en América latina, en el mundo. Vidas de pobres, vidas de sin-techo, vidas de trabajadores y superexplotados, vidas sufridas a cuyo sufrimiento sin fin –pero dispuesto a la lucha por sus derechos– ha venido a poner fin la barbarie combinada de la gran propiedad terrateniente, la voracidad asesina del Capital, la negligencia (si no la irresponsabilidad objetivamente cómplice) del Estado, el menosprecio clasista de una “justicia” privatizada, la indiferencia de los grandes medios de des-comunicación. Vidas que se restan de la vida, aunque se suman –por sólo recordar el último año– a las vidas de los aborígenes que pelean por su relación ancestral con la tierra, los militantes populares que luchan junto a los “tercerizados”, los desesperados ocupantes de terrenos donde construir la ilusión de una vida (y ya nos vamos cansando de decir que cada uno de esos episodios es un “punto de inflexión”, sin que parezca “inflexionarse” gran cosa). Vidas sin auténtica vida, a las que se les corta de un balazo la dignidad de luchar por otra vida. En tiempos en que la “corrección política” ordena por doquier emitir ondas de amor y paz, las andanadas de metralla contra los pobres que confiaron en esos mensajes están bien lejos de ser una “anomalía”: al contrario, son la voz de una Verdad que la “buena onda” puede ocultar por un rato, pero que tarde o temprano revienta como una pústula en la superficie. Es la Verdad eterna –no habría por qué temerle a esa palabra– que dice que mientras todo un “sistema” (económico, social y político, desde ya, pero también “cultural”, “moral”, “espiritual”) esté sustentado sobre la explotación de la mayoría y el descarte de los no-explotables, mientras eso siga ocurriendo, mientras esa sea la “estructura” y la lógica de fondo, en algún momento el Poder tendrá que poner el dedo en el gatillo. Porque los vencidos (como los llamaba Walter Benjamin, para no pasivizarlos con el mote de víctimas) tienen la mala costumbre de resistirse a su destino trágico. A veces, puede ser, lo hacen con torpeza, o imprudentemente. La desesperación desorienta, nubla la visión “táctica”. Tan “incorrectos” son. Y entonces hay que enseñarles educación a tiros. Aunque estemos en democracia: también en ella, a veces, se hace entrar la letra con sangre.

* Fragmento de un artículo publicado en el diario Página/12 (11/08/11). Ir al texto completo.

viernes, 12 de agosto de 2011

Hijos de la época


Somos hijos de nuestra época,
y nuestra época es política.


Todos tus, mis, nuestros, vuestros
problemas diurnos, y los nocturnos,
son problemas políticos.
Quieras o no,
tus genes tienen un pasado político,
tu piel un matiz político
y tus ojos una visión política.


Cuanto dices produce una resonancia,
cuanto callas implica una elocuencia
inevitablemente política.


Incluso al caminar por bosques y praderas
das pasos políticos en terreno político.


Los poemas apolíticos son también políticos,
y en lo alto resplandece la luna,
un cuerpo ya no lunar.
Ser o no ser, ésta es la cuestión.
¿Qué cuestión?, adivina corazón:
una cuestión política.


Adquirir significado político
ni siquiera requiere ser humano.
Basta ser petróleo,
pienso compuesto o materia reciclada.


O la mesa de debates de diseño durante meses discutido:
¿redonda?, ¿cuadrada?, ¿qué mesa es mejor
para deliberar acerca de la vida y de la muerte?


Mientras, perecía gente,
morían animales,
ardían casas,
y los campos se quedaban yermos
como en épocas remotas
y menos políticas.


Wislawa Szymborska

En la imagen: The Host, film dirigido por Bong Joon-ho.

miércoles, 10 de agosto de 2011

The Robber, de Benjamin Heisenberg


Al hombre le gusta mucho correr. Maratones, sobre todo. También le gusta robar bancos. Más que gustos parecen adicciones, o esas cosas que uno hace porque no puede hacer otra cosa. Robar y correr se anudan y retroalimentan en imparable compulsión, como si escapar continuamente fuera lo único que le permite al hombre confirmar que tiene sangre en las venas. Así es Johann Retennberger, el protagonista de esta película inspirada en una historia real que cobró notoriedad en Austria durante los años 80, la típica extravagancia verídica que el cine no puede dejar pasar, menos cuando el personaje central invita a la propulsión incesante.

El realizador Benjamin Heisenberg sabe por dónde rumbear: el cine-elástico, el relato clínicamente controlado, las formas metódicas que limitan emotividades para responder sólo a la mecánica corporal del personaje, a su exterioridad. Cada pulsación de Johann debe salirse de su piel, debe objetivarse y medirse en cronómetros, en las curvas montañosas de un análisis cardíaco. Eludiendo los alardes acrobáticos, la cámara elige el compás elocuente, respeta la justa distancia con el protagonista y así consigue algunos travellings soberbios al mostrar sus carreras, como la secuencia en la cual Johann atraviesa diversos escenarios a velocidad de gacela, titilando en el paisaje, perdiéndose como una pincelada en plena hipnosis impresionista. Estos paréntesis gozosos justifican por sí mismos la visión de The Robber (Der Räuber, que se estrena en Argentina con el título Sin escape), pues no hacen más que recuperar la fascinación primitiva de la imagen en movimiento, la efervescencia plástica en estado puro, más allá de cualquier marco argumental.

En el centro del film, sin embargo, hay un ser que no puede resultarnos indiferente. Para seguir su aventura no es imprescindible comprender su psicología o su pasado ni sintonizar moralmente con su accionar, aunque sí es necesario para el espectador conectar de alguna manera con su mundo actual, con sus expectativas inmediatas, por más estrambóticas que éstas sean. Y esa conexión se torna ardua. The Robber quiere evitar la exaltación del “significado latente” y por eso se concentra en la sensualidad de la superficie, pero con este conductismo glacial el film paulatinamente nos aleja del latido esencial, humano.

La primera vez que vi la película, en el Bafici del año pasado, me pareció demasiado escuálida a nivel dramático, sensación que se repite en una segunda visión, así como se hacen evidentes los hallazgos visuales antes mencionados. Hay una escena que puede ilustrar cierta lógica maquinal que ahoga la narración: al terminar su segundo maratón, Johann cruza la meta y se derrumba totalmente extenuado (a diferencia del primer triunfo, celebrado con sonrisas). En esos instantes, por fin, el personaje deja su traje robótico para dar paso al sufrimiento, a la debilidad. Corte de montaje y el hombre ya está recuperado, trofeo en mano, buscando el próximo arrebato de adrenalina. El relato no se permite respirar y entre una situación y la siguiente uno se pierde la posibilidad de ver otra cara, otros matices del personaje en su relación con la meta, la deseada frontera por la cual él decide entregarlo todo. En una entrevista, citando al autor de la novela original sobre el famoso ladrón atleta, el director de The Robber señaló: “Martin Prinz había dicho desde el principio: el libro y también la película, tratan de la llegada”. Aunque esta declaración indique que a Heisenberg le interesaba la idea de la meta (¿existencial?), el film no profundiza en el símbolo y sólo propone la llegada más previsible, la que todos esperamos. Una película extraña, con un personaje vitalista en apariencia pero demasiado cerebral y cerrado como para movilizar en serio a quienes estamos de este lado de la pantalla. La clase de película que quema todas sus fibras en el camino para concluir sin misterio y con un rostro absolutamente pálido.

martes, 9 de agosto de 2011

Compaginaciones


"Que quede claro, de una vez por todas, que estar enamorado es un asunto personal que no concierne al objeto amado -ni siquiera si éste corresponde-. Se intercambian, incluso en este caso, gestos y palabras simbólicas en los que cada cual lee cuanto tiene en su interior y por analogía supone vigente en el otro. Pero no hay motivo, no hay necesidad de que los dos contenidos se compaginen. Se necesita un arte muy especial para saber aceptar e interpretar favorablemente esos símbolos, ilusionándose con que la correspondencia sea real."

Cesare Pavese ("El oficio de vivir")

lunes, 8 de agosto de 2011

Después


"Cuando todo ha sido dicho, cuando la escena principal parece haberse cerrado, está el después; y me parece importante mostrar al personaje precisamente en estos momentos, de frente y de espaldas, su gesto y su actitud, porque sirven para aclarar todo lo que ha sucedido y lo que, de todo lo sucedido, permanece en el interior del personaje."

Michelangelo Antonioni

domingo, 7 de agosto de 2011

Alturas


"Nunca estás a la altura de tus propios sueños. No es miedo a lo que diga la crítica o tu tía, es ante vos mismo, ante lo que soñaste: lo que deseaste hacer con aquello y lo que te salió. Aunque vengan muchos y te digan que estuviste muy bien, vos sabés lo que hubieras querido hacer y no te salió."

Alfredo Alcón

En una entrevista imperdible publicada hoy en el diario Clarín (07/08/11). Ir al texto completo.

La imagen pertenece a la película El ladrón de orquídeas (Adaptation), dirigida por Spike Jonze.

sábado, 6 de agosto de 2011

Periódicamente


Periódicamente,
es necesario pasar lista a las cosas,
comprobar otra vez su presencia.
Hay que saber
si todavía están allí los árboles,
si los pájaros y las flores
continúan su torneo inverosímil,
si las claridades escondidas
siguen suministrando la raíz de la luz,
si los vecinos del hombre
se acuerdan aún del hombre,
si dios ha cedido
su espacio a un reemplazante,
si tu nombre es tu nombre
o es ya el mío,
si el hombre completó su aprendizaje
de verse desde afuera.

Y al pasar lista
es preciso evitar un engaño:
ninguna cosa puede nombrar a otra.
Nada debe reemplazar a lo ausente.

Roberto Juarroz


La imagen pertenece a Messidor, interesantísima película de Alain Tanner vista ayer en el ciclo de la Lugones dedicado al realizador suizo.

miércoles, 3 de agosto de 2011

True North, de Steve Hudson


“En la vida aceptamos cosas que en la ficción consideraríamos inaceptables”.

J. M. Coetzee (“Foe”)

Uno, dos, varios hombres le hablan a la cámara haciendo un breve racconto de sus vidas. Son chinos que huyen de su país perseguidos por la miseria. No queda muy claro a quién le hablan, pero esa voz detrás de la cámara los presiona, les recuerda que deben “tener una historia” si quieren ingresar a Inglaterra. Algo así como un motivo, una justificación, un relato. ¿Algo que convenza o que conmueva a las autoridades de inmigración? La voz sin rostro (¿un traficante?) parecería estar personificando a un policía frente al cual los chinos ensayan un discurso “vendible”. Entonces la cámara se posa sobre una niña que no sabe cómo inventar una historia. Dice que su familia tuvo que ahorrar dinero para que ella pudiera escapar y ahora se ve obligada a trabajar. Dice que ella ya no tiene derecho a existir en China pues su mamá va a tener otro hijo. Pero este drama, su verdad desnuda, no alcanza. No entendemos por qué. Ella debe tener una historia. De nuevo, uno quisiera saber quién está ahí atrás, quién reclama una mentira. El dispositivo narrativo no explica con precisión en qué contexto los personajes vierten sus testimonios. Y la cuestión más llana, la más difícil de aceptar, es que esos seres le están hablando al espectador. Puede tratarse, simplemente, de una provocación, esa clase de trampas de la enunciación tan afines, por ejemplo, a un Michael Haneke. Por cierto, el cine tiene derecho a hacerlas.

Luego de este prólogo comienza la trama central de True North, film británico que se estrenó directo a dvd hace un par de años bajo el título A la deriva. Casi toda la acción se desarrolla arriba de una pequeña embarcación pesquera que representa el único sostén económico para un padre y su joven hijo. Están al borde de la bancarrota, y aunque la pesca se ha tornado un negocio imposible, el capitán se niega a desprenderse del buque, a pesar de los consejos de su hijo, que en el fondo añora una vida más sana para su padre. Una noche el barco atraca en un puerto de Bélgica y allí el muchacho recibe una propuesta: llevar a Inglaterra a un grupo de chinos, escondidos en la bodega. Y entonces ocurrirá lo que imaginamos. Y lo que no imaginamos, también. Con absoluta conciencia Steve Hudson apuesta a la hipérbole, al martillazo irrefutable, y justamente por esto la película fue cuestionada, rechazada sobre todo por su perfil de parábola “aleccionadora”, por sus aires de "castigo". Pero la lección fracasa cuando rezuma arrogancia, cuando se notan los piolines, tal como señalaba hace poco al comentar el film noruego Aguas turbulentas. En True North hay otra estrategia en juego, mucho más inteligente.  

¿Cuál es el límite de lo verosímil? ¿A partir de qué punto nos resulta imposible seguir creyendo en una ficción? ¿Acaso existe alguna divina proporción, un número de oro? ¿Por qué impugnar el artificio, entonces? ¿Y cuánto falta para que lo real termine superándolo todo?

El asunto es que todo lo visto en la película podría representar esa historia que la niña china finalmente logró inventar.

O no.

Cada día el mundo se supera a sí mismo en su oferta de estupor. Por eso, como ejercicio cotidiano, uno se resiste a naturalizar el horror. Pero hay ciertas noticias que me anonadan profundamente, que me anulan la palabra y la razón. Y luego el hecho se diluye, se mezcla con todo lo demás, tan solo una noticia olvidada entre tantas. True North también es una película más, entre tantas. Pero aquí hay un plus, pues esto es cine. Y el arte existe para amplificar el alarido, para que no dejemos de oírlo aun cuando la agenda mediática ya se haya fugado a otro puerto.


A la deriva (Reino Unido, 2006)
Título original: True North
Dirección y guión: Steve Hudson
Intérpretes: Peter Mullan, Martin Compston, Gary Lewis, Angel Li.
Editada por AVH

lunes, 1 de agosto de 2011

Alain Tanner en la sala Lugones


Este martes 2 de agosto comienza una retrospectiva dedicada al cineasta suizo Alain Tanner que se desarrollará hasta el martes 16 en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín. El ciclo trece largometrajes y dos cortos realizados por el director, todos ellos en copias 35mm enviadas especialmente por Swiss Films, a los cuales se suma un cortometraje-homenaje dirigido por Jacob Berger.

Dice Luciano Monteguado: “¿Quién es Alain Tanner? Las generaciones más jóvenes de cinéfilos seguramente lo desconocen y los más veteranos probablemente lo tengan un poco olvidado. Pero se trata, ni más ni menos, que de uno de los grandes cineastas europeos de la generación del ’60, un suizo que hizo suyo el ideario vital y libertario de Mayo del ’68 y que no lo abandonó jamás, desde que cuatro décadas atrás se llevó de aquí mismo, de Locarno, el Leopardo de Plata por su sorprendente ópera prima, Charles, mort ou vif (1969).” (En un artículo publicado en Página/12, desde el Festival de Locarno de 2010)

El detalle de las películas y los horarios puede consultarse en la web del Teatro San Martín.

En la imagen: La salamandre (1971), de Alain Tanner.