lunes, 28 de noviembre de 2011

Mar del Plata 2011 - El premio

El Premio 
(México/Francia/Polonia/Alemania, 2011)
Dirección: Paula Markovitch
Sección: Competencia internacional

"¿Qué quiere decir “pesimista”?", le pregunta Cecilia a su mamá. La niña intuye el significado, puede inferirlo a través de su propio viaje, pero verbalizar la pregunta implica también un desafío, una forma de protesta. Poner en palabras. De eso se trata el concurso literario que un joven sargento anuncia en el colegio: será premiado aquel alumno que redacte el mejor texto en honor a la bandera. Y entonces Cecilia aprenderá que, para sobrevivir, a veces las palabras verdaderas deben someterse a las que nos son impuestas.

El citado concurso escolar y sus consecuencias se desarrollan en la segunda mitad de la película, que busca combinar la alegoría con la lección de vida (coyuntural) para delatar la siniestra hipocresía imperante en los años de la dictadura. Las acciones de Cecilia generan una situación de suspenso genuino que incluso suma matices al personaje de la maestra, rol que al principio parecía sólo tangencial. Sin embargo, en su último tramo el relato pierde cierta fuerza porque se hace notar la pauta del guión, la insistencia en el sentido del mensaje, con un subrayado en los diálogos que luce innecesario para un film que hasta entonces había respirado con notable espontaneidad. De hecho, en su primera parte El premio es una película casi perfecta.
Como en El Polonio, el escenario aquí vuelve a ser una playa en invierno gobernada por un sol perezoso y un viento tenaz. Estamos en algún rincón de la costa bonaerense. Cecilia trata de deslizar sus patines de rueditas sobre la arena húmeda, y no puede y se queja y dice que quiere irse, pero a la vez descubre que en esa playa puede escaparse, jugar, tener intimidad, soñar, lanzarse a rodar por los médanos con la más pura felicidad. Y ahí nomás, pegadito a la euforia, también está el mar, que aquí no es precisamente sinónimo de lo sublime infinito. Al mar se lo mira de soslayo. Es el límite, el monstruo que no siente culpa a la hora de devorar las pocas cosas que las protagonistas atesoraban. En esa escena frente al mar la realizadora Paula Markovitch exhibe una finísima concepción simbólica del encuadre, virtud responsable de algunos de los momentos más bellos del film.

Otra escena estupenda es aquella en la que una tormenta en plena noche comienza a inundar la cabaña que habitan Cecilia y su mamá. Subió la marea y resulta imposible detener el agua que se filtra por debajo de la puerta. La madre lo intenta, aunque sea una batalla perdida. En el mismo plano vemos a la mujer moverse con bronca mientras a su lado la pequeña no deja de saltar y chillar frente a la ventana, como si estuviera celebrando el acontecimiento, alienada en su propio mundo. Pero Cecilia es demasiado inteligente como para no ser consciente de lo que ocurre. Su papá ya no está y su mamá se ahoga en el pánico. Hay que usar un nombre falso y escribir con eufemismos. Los mejores amigos también pueden traicionar. En medio de la tempestad, la alegría inoportuna de Cecilia es sólo un gesto de rebeldía, una manera de proteger el pedacito de infancia que aún merece, los últimos restos de libertad real. Es su forma de decir que ella no tiene miedo, o que al menos tiene derecho a no sentirlo todavía, porque antes debería respetarse su derecho a ser niña. Debería.    

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