sábado, 31 de julio de 2010

Del subte

El subte “A” (Plaza de Mayo – Primera Junta)

esa señora que muerde
tristemente su galletita
y encima en el andén
te meten esa maldita música melancólica
te hacen sentir un personaje
de película alemana de posguerra

estoy encerrado en un ropero
lleno de trajes con las personas puestas

Rodolfo Edwards



(La fotografía es de Gonzalo Ar.)

miércoles, 28 de julio de 2010

La maravilla de la primera vez

Hace unas semanas la revista ADN publicó un anticipo del libro “Cartas a los Jonquières”, editado por Anagrama, que reúne 127 cartas inéditas escritas por Julio Cortázar entre 1951 y 1953. Cortázar conoció a Eduardo Jonquière cuando ambos estudiaban en la Escuela Normal Maniano Acosta. Quien se ocupó de conservar toda la correspondencia fue la mujer de Eduardo, María Rocchi.

No puedo dejar de preguntarme… ¿qué será del futuro de las cartas? ¿Quién se encargará de acopiar los intercambios vía correo electrónico? O mejor dicho… ¿los escritores guardan sus e-mails? ¿Hacen back-up de su bandeja de enviados? ¿Hacen copy&paste en alguna carpeta de aquellos e-mails que les resultan importantes, que los marcan? ¿O acaso desaparecerán las compilaciones de misivas?

Antes de derrapar hacia la melancolía apocalíptica, los dejo con Julio y una carta que me gustó mucho (los destacados son míos).


París, 24 de febrero de 1952

Mi querido Eduardo:


[...] Es la noche del domingo, y descanso un poco, solo en mi cuarto, después de una semana llena de cosas, idas y venidas, curiosas experiencias, “peladas de frente” y grandes maravillas. Hay un gran silencio en la Cité porque es medianoche, los últimos grupos de estudiantes se han disuelto, y callan los aparatos de radio -uno o dos- de mi piso. Tengo conmigo a un gatito, que me toca alimentar y guardar esta noche, pues es el hijo colectivo de los habitantes del tercer piso. (Hace una semana lo salvé de morirse helado en la nieve, y como recompensa el tipo me chupó de tal modo un pulóver que había a los pies de la cama, que me lo dejó arruinado para siempre.) Pienso que hace dos años justos yo estaba en Venecia, disponiéndome a venir al misterioso París. Ya llevo aquí cuatro meses, y anoche, al hacer un balance mental de este tiempo, me daba cuenta de la asombrosa familiaridad con que me muevo en este mundo. Ahí está, ahora, el peligro. Es ahora que debo vigilar mi visión, mi manera de situarme frente a cosas que cada vez conozco mejor; es ahora que debo impedir que los conceptos me escamoteen las vivencias. Me aterraría (¡no me ha sucedido, por suerte!) pasar un día apurado frente a Notre-Dame y echarle apenas la ojeada sin intencionalidad que se dedica a los bancos o a las casas de renta. Quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada. Puedo darme el lujo de pasar cerca del Museo de Cluny y decirme: “Entraré otro día”. Pero entrar ahí tiene que seguir siendo una cosa grave, última, la verdadera razón de mi presencia en París. Nos reímos de los turistas, pero te aseguro que yo quiero ser hasta el final un turista en París, el hombre que anota en su agenda: Jueves, ir a ver el San Sebastián de Mantegna… Es tan horrible advertir a cada minuto cómo las facultades intelectuales empiétent [desbordan] sobre las intuiciones puras, tratando de esquematizarte el mundo… Lo atroz de B.A. es que es materia mucho más intelectual que estética, y apresura ese horrendo proceso de cristalización de un hombre. Por eso los argentinos son gente de tanto “carácter” (!), de tanta “personalidad” -repertorios de ideas definitivamente fijas, cuajadas, sin movimiento posible. Todo el mundo tiene allí su opinión sobre las cosas, pero coincidirás conmigo en que basta opinar sobre una cosa para, en el mismo acto, dejar de verla. La idea de Wilde en su “Retrato de Mr. W. H.” es realmente profunda: si en el acto de probar que una cosa es A o B, ocurre que de golpe se siente una angustia terrible y la sensación del descreimiento total en lo afirmado, ello se debe a que todo hombre inteligente y sensible sabe que una prueba es siempre otra cosa, que no toca para nada la realidad esencial de eso de que se habla. Yo quisiera que París se me diera siempre como la ciudad del primer día. Llevo aquí 4 meses: pero llegué anoche, llegaré otra vez esta noche. Mañana es mi primer día de París. [...]

Un muy gran abrazo, y que ésta te encuentre bien.

Julio *

* Carta publicada como anticipo en el suplemento "ADN Cultura" del diario La Nación (19/06/10). Ir al artículo completo.

martes, 27 de julio de 2010

Partir, de Catherine Corsini

 
El prólogo. Antes de los títulos, una serie de imágenes anuncian la tragedia. Un tiro en la noche anticipa que esta historia no terminará bien. En una crítica de la película publicada en Página/12, Luciano Monteagudo sostiene que la decisión de empezar por el final representa el “primer rasgo de honestidad en un film modesto pero sincero”. Estamos de acuerdo. Partir es una película cristalina, breve, pragmática. La directora Catherine Corsini no aspira a otra cosa que narrar sin ambages las delicias y los costos de un amor apasionado vivido en la madurez. Aunque la fábula no sea original, uno puede dejarse llevar por los amantes y sus arrebatos, anzuelo que funciona en la primera parte del film. Hasta que la protagonista comienza a adoptar actitudes que distorsionan la simpatía.

La dama, el vagabundo y el villano favorito. Alguna vez un crítico escribió que en el cine actual no existe boca más perfecta que la de Kristin Scott Thomas. Yo añadiría que no hay muchas actrices que impongan tanta elegancia como ella, aun cuando le toca pilotear un film a cara lavada y gris como lo hizo en Hace mucho que te quiero (dirigido por Phillipe Claudel, melodrama atractivo pero no del todo logrado, estrenado en 2009). Scott Thomas es la sofisticación hecha mujer. Aquí interpreta a Suzanne, una mujer casada, aburrida, con ganas de retomar su trabajo como kinesióloga, abandonado hace años para dedicarse a ser madre y esposa. Quien aparece para despabilarla es Ivan (Sergi López, ¡obvio!), un inmigrante español que estuvo preso y ahora recorre Francia haciendo changas. La primera vez que Suzanne lo ve, Ivan luce una remera gastada y una mosca revolotea sobre su cabeza. Un albañil que emana todas las fragancias de la fantasía. Del marido (Yvan Attal) se puede decir que es un médico prestigioso, tiene un dinero interesante y llega a la violencia cuando lo sacan de quicio. Que el marido sea tan (innecesariamente) brutal es el único motivo por el cual uno se pone un poquito del lado de la protagonista. Hasta ahí.

El anexo. En Partir todos los días son soleados. Suzanne habita una casa moderna y hermosa, con pileta, amplios ventanales, paredes de una blancura relajante. Los obreros están refaccionando un cuarto destinado a ser un espacio de ella, quizás el inicio de un proyecto personal. Un anexo, un palpitar alternativo en su estructurada rutina burguesa. Hacía mucho tiempo que el plan estaba en danza. “Si ya esperaste quince años, un mes más no importaría”, propone el esposo, y así uno confirma que esta mujer creció a la sombra de un cacique proveedor y despectivo. Dejar esos almohadones no será nada sencillo para ella, y sus intentonas de adolescente enamorada resultarán un tanto extravagantes para una dama de su estilo.


Lejana. De todas maneras, el gran descuido dramático del film es la relación entre Suzanne y sus hijos. Se entiende que ella esté sumida en la desesperación, pero el problema es que se la muestra demasiado ciega, con nulo registro del dolor que está causando. No, no es cuestión de juzgarla ni de pedirle un proceder más racional: es solo la impresión de que la protagonista se nos va tornando fría, necia, ajena, para comprobar hacia el final que se trata de un personaje débilmente construido, una heroína con un pasado cómodo, con una identidad tan obturada que ni siquiera logra conquistarnos con el precipitado amor fou de su presente. No le echemos toda la culpa al marido.

lunes, 26 de julio de 2010

Derechos

“La historia del progreso está escrita con la sangre de hombres y mujeres que se han atrevido a abrazar una causa impopular, como, por ejemplo, el hombre negro al derecho de su cuerpo, o el derecho de la mujer a su alma.”

Emma Goldman


La imagen pertenece a Te doy mis ojos, gran película dirigida por Icíar Bollaín.

sábado, 24 de julio de 2010

7 años, de Jean-Pascal Hattu


Vincent (Bruno Todeschini) está en la cárcel. La condena es de siete años, una eternidad para la piel. Maité (Valérie Donzelli) lo visita dos veces por semana. Le lleva ropa limpia y perfumada. Ella no quiere pensar ni mirar calendarios. Pero algo crece, irrefrenable: el miedo a no poder esperar. 

Vincent dice que está aprendiendo a ser prisionero. “Tengo que olvidar que el tiempo pasa. Es algo mental, un ejercicio”. Miente. La cabeza no se detiene jamás. Mil visiones se le disparan como pelotitas de pinball. Mil pulsiones por segundo. Entonces aparece Jean (Cyril Troley) con su carita de niño asustado. Él es guardia de la cárcel y un día conoce a Maité.

Tres personajes, tres signos de interrogación, tres exterioridades. Dos de los extremos siempre mirarán al tercero, con celos, culpas, venganzas imaginarias. Con la esperanza de que ese otro, invasor, algún día se desvanezca. Jean-Pascal Hattu se distancia, los estudia con reservas, sabe que la psiquis tiene motivos que el cuerpo no comprende. Y viceversa. Cunde un aroma parco, bressoniano, que parecería secar el cauce del erotismo. Hasta que la necesidad humedece la imagen, las mejillas de Maité, los ojos de Jean. Y el film se abre como tímido volcán.



7 años
(7 ans, Francia, 2006)
Dirección: Jean-Pascal Hattu
Editado en dvd por Impacto Cine

viernes, 23 de julio de 2010

Última luna

Por qué esta sensación de ir a buscarte
hacia donde por mucho que vuele
no he de hallarte.
Qué terror sin tiempo ahora me impele
a por sobre tanto terror siempre evocarte.
No ha de encontrar sosiego nuestra pena
(que hallarlo sería comenzar otra condena)
y por lo mismo jamás cesaré de contemplarte.
Luna, una vez más aquí estoy detenido
en la encrucijada de múltiples espantos.
El pasado es todo lo perdido
y si del presente me levanto
es para ver que estoy herido
(y de muerte)
porque ya el futuro lo he vivido.
Ésa, indiscutiblemente, ésa es la suerte
que por venir del infierno arrostro.
Extraña amante,
sólo me queda contemplar tu rostro
(que es el mío)
porque tú y yo somos un río
que recorre un páramo incesante,
circular e infinito:
un solo grito.

Reinaldo Arenas



En la imagen: Javier Bardem en la película Antes que anochezca (Before night falls), dirigida por Julian Schnabel, inspirada en la vida del escritor cubano Reinaldo Arenas.

domingo, 18 de julio de 2010

Philadelphia, de Jonathan Demme

 
Philadelphia es una película con grandes momentos que conviven con otros de cuño esquemático (entre estos últimos incluyo ciertas coreografías efectistas en la Corte y el clip-Oscar de Tom Hanks con Maria Callas de fondo). Al verla hoy uno sabe que muchas cosas cambiaron para bien, y que la homofobia y el sida ya no se podrían representar apelando a un dispositivo de pavor como el que aquí diseña Jonathan Demme. El film es exactamente lo que la industria necesitaba en 1993 para narrar estos temas, con una retórica marcada por personajes que miran casi casi directo al objetivo de la cámara, interpelándonos, para recalcar que todos estamos en juicio. También son recurrentes los travellings rápidos que nos estampan contra las lesiones, las manchas, los estigmas de una enfermedad que debía cobrar visibilidad de una vez por todas. Lo interesante de Demme es que, aun con el traje mainstream y ciertos didactismos, logra exprimir el lenguaje para dar real espesor cinematográfico a las situaciones que lo merecen. Hay escenas impecables que han perdurado y que hoy siguen haciendo de Philadelphia un film difícil de resistir.

Creo que el mejor momento es el que transcurre en la biblioteca pública. Como todo en la película (como todo en el buen cine), se trata de una puja de miradas. Miradas en un ring disputando el derecho a estar (a ser) en un mismo espacio. Primero un vigilante pasa y mira con cara de malo a Joe Miller (Denzel Washington), que está comiendo cuando no debería. Ahí es cuando Miller descubre que Andrew Beckett (Hanks) está leyendo en una mesa cercana. Miller observa. Recuerda que días atrás no aceptó ser el abogado de un enfermo de sida. Llega un empleado de la biblioteca y le “sugiere” a Andrew que vaya a trabajar a una sala privada. Miller se esconde detrás de una pila de libros -y nosotros con él- para contemplar sin culpa el acto de discriminación. Hasta que no lo tolera.

Sobre la mesa, en los estantes, miles de libros de derecho garantizan la igualdad. Pero los ojos riñen. Ojos confundidos, ojos desconfiados. Los de Andrew, resistentes. Miller intercede con la mirada de la solidaridad. Lo que sigue después es perfecto, por los precisos pasos que da la cámara, por los gestos precavidos que sellan el pacto entre los dos protagonistas. Andrew no quiere volver a sufrir un rechazo. Miller todavía tiene muchas dudas y temores (que no perderá a lo largo del film, todo un acierto en la construcción del personaje), pero no hay vuelta atrás. Las rodillas flaquearon ante ese hombre que decidió pelearla solo. Punto de giro, timón hacia la dignidad.



 Philadelphia (EE.UU, 1993).
Dirección: Jonathan Demme
Con Tom Hanks, Denzel Washington, Jason Robards, Antonio Banderas.

La escena comentada puede verse en You Tube.

sábado, 17 de julio de 2010

A single man, de Tom Ford

People,
You can never change

the way they feel,
Better let them do

just what they will,
For they will,
If you let them
Steal your heart from you,
People,
Will always make a lover

feel a fool,
But you knew I loved you,
We could have shown them all,
We should have seen love through.

George Michael

(Kissing a fool)


A single man (Inglaterra, 2009)
Título local: Sólo un hombre
Dirección: Tom Ford
Con Colin Firth, Julianne Moore, Nicholas Hoult, Matthew Goode.

jueves, 15 de julio de 2010

Los muchachos no lloran, de Kimberly Pierce

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Alejandra Pizarnik


(fragmento del poema El despertar)



Boy don’t cry (EE.UU, 1999)
Título local: Los muchachos no lloran
Dirección: Kimberly Pierce
Con Hilary Swank, Chloë Sevigny, Peter Sarsgaard.

miércoles, 14 de julio de 2010

It's my party, de Randal Kleiser

Es un clásico del cable. Si la conocen, seguramente la pescaron haciendo zapping. La vi hace más de diez años largos, creo. Sé que la volví a ver al día siguiente, y una semana después la vi otra vez. No exagero si digo que la historia de Nick y Brandon fue una de las que más me conmovió en toda mi vida. Sublime Eric Roberts en el papel de un hombre que se despide del mundo organizando una gran reunión para amigos y familiares, una fiesta que representa la última chance para que el amor de su vida se acerque y acepte que cometió un error. En una inteligente introducción, Randal Kleiser resume los años de felicidad de la pareja. Justo cuando empezamos a encariñarnos, la relación se fractura por la enfermedad que contrae Nick. Pero resulta tan nítida, tan respirable la devoción que ambos personajes se prodigan, que todo el relato aparece envuelto por ese aura de destino, esa flecha lastimada, aunque ellos ya no estén más en contacto.

De eso se trata It’s my party: de abogar y sufrir por ese contacto que se demora una y otra vez, mientras no podemos dejar de oír el tortuoso tic tac. Ahora que escribo comienzo a entender por qué adoro esta historia: creo que nunca antes había estado frente a una película en la que deseara con tantas ganas ver el abrazo amoroso entre dos hombres. Sólo importó el beso. Fue mi primera vez, como atravesar un umbral privilegiado hacia la empatía absoluta. ¿Sería un extrañamiento muy íntimo lo que hasta entonces no terminaba de vencer? Antes había visto otras películas con relaciones homosexuales, claro, pero a mí me tocó hacer clic con Nick y Brandon, seres ficticios a quienes estoy agradecida por una sinceridad que se hizo piel, conciencia, igualdad.



It’s my party (EE.UU, 1996).
Título local: Fiesta de despedida
Dirección: Randal Kleiser
Con Eric Roberts, Gregory Harrison,
Marlee Matlin, Lee Grant, Olivia Newton-John, Bruce Davison.

Happy Together, de Wong Kar Wai

“Y aunque ahora estás lejos de mí
Aunque no me puedas escuchar
Esta luna que me alumbra hoy
Es la misma que te alumbra a vos.”

Darling (Man Ray)



Happy Together (Hong Kong, 1997)
Dirección: Wong Kar Wai
Con Leslie Cheung y Tony Leung

martes, 13 de julio de 2010

Adiós a Harvey Pekar

Lo conocí a través de una película que narra su proeza. Le escapaba a los héroes y al idealismo de las historietas clásicas. Él mismo fue la materia de sus viñetas, con sus frustraciones, sus vicios, sus desopilantes compañeros de oficina, su mujer Joyce, las calles de Cleveland, las refulgentes minucias de lo cotidiano... ayer murió Harvey Pekar. Tenía 70 años.

Si no vieron la película American Splendor (2003), no se la pueden perder. Fue dirigida por Robert Pulcini y Shari Springer Berman, y tiene a los perfectos Paul Giamatti y Hope Davis en los papeles principales. Un film extraordinario para un artista ídem.


"No creo en toda esa pavada de crecer. Todos dicen que las malas experiencias te ayudan a crecer y todo ese cliché. Tengo malas experiencias y crecimiento para largo rato. Ahora mismo me gustaría canjear algo de crecimiento por felicidad".

Harvey Pekar (Paul Giamatti) en el film Esplendor Americano.

domingo, 11 de julio de 2010

El refugio, de François Ozon

¿Me puedes acunar?”, le pregunta Mousse (Isabelle Carré, pura suavidad) al señor que acaba de seducir en un bar con mesas al sol. Ante la perplejidad del hombre, cuya intención tan solo era encamarse con la apetecible joven, ella aclara: “Te pones ahí, te sientas detrás de mí… y me acunas”. Él accede, ella le toma las manos y ambos comienzan a recorrer la enorme panza. Porque dos manos no alcanzan para abarcar todo ese mundo.

Si una película puede definirse a partir de una escena, en El refugio (Le refuge) me quedo con ese encuentro pasajero entre la protagonista y ese hombre desconocido que se confiesa adorador de las embarazadas. Ella acepta acompañarlo a su casa, pero en la intimidad no consigue relajarse. Hasta que ruega un abrazo, y llega el abrazo, y el rostro de la mujer se enciende de paz, con las manos del otro templando ese vientre que ella venía acariciando en soledad. La piel luce brillante y tensa, tal vez vidriosa, como ojos que no se lanzan del todo a llorar. Una piel que nos recuerda que algo falta, que es muy difícil ser sola y a la vez caminar firme hacia el abismo que significa parir una vida. Que se necesitan dos, no importa quienes conformen el par. Mousse no habría sobrevivido sin la sensibilidad de su cuñado Paul (Louis-Ronan Choisy). En esos cuerpos que la cámara imanta, con todos sus roces, ansiedades y temblores, François Ozon fecunda su utopía: recuperar la idea de que de a dos la aventura puede ser mejor. Más dulce y más divertida.

Basta conocer un poquito la obra del director francés para adivinar que su nuevo film no es una cruzada contra la libre elección de criar a un hijo sin tener pareja, ni es tampoco una defensa del matrimonio tradicional (el relato prueba que un homosexual ostenta las mismas condiciones que cualquier madre o padre hetero). Lo que sí le interesa a Ozon es frenar un poco este tren en el que todos viajamos colgados, sin mirar, blandiendo la muletilla de que “hoy las cosas son así”, y nos convencemos de que no tenemos muchas opciones porque la soledad es un saldo de la época, y nos decimos que a pesar de estar solos no deberíamos privarnos de ser padres, o madres, o todo junto, etcétera, etcétera. (Hablo de ese hipotético "nosotros" que nos arrastra y que también llamamos "opinión pública").


Ozon duda de que todas estas sumisiones al destino moderno-monoparental resulten tan naturales. Su cine nos obliga a formularle preguntas al presente a partir de estrategias narrativas tan ambiguas como agudas (recordemos la desconcertante Ricky). ¿Por qué una mujer llega a ser madre soltera? ¿Qué miedos la abrazaron antes? ¿Qué la lleva a decir que "no existe" el papá del bebé? ¿Por qué un muchacho necesita escapar clavándose heroína en la vena del cuello? Este es el látigo de Ozon, una estética que lastima incluso en la que se presenta como una película luminosa, plena. Y todas son preguntas que engendra la sociedad de hoy, angustias que nos tumban antes de que podamos empezar a procesarlas. Para Ozon el hombre aún está muy lejos de ser ese "sujeto programador de los deseos" que el individualismo cree haber moldeado a gusto y piacere. Apenas somos cachorritos hambrientos de ternura.

viernes, 9 de julio de 2010

Se me cayó una parte

En una noche que debió ser lluvia
o en el muelle de un puerto tal vez inexistente
o en una tarde clara, sentado a una mesa sin nadie,
se me cayó una parte mía.

No ha dejado ningún hueco.
Es más: pareciera algo que ha llegado
y no algo que se ha ido.

Pero ahora,
en las noches sin lluvia,
en las ciudades sin muelles,
en las mesas sin tardes,
me siento de repente mucho más solo
y no me animo a palparme,
aunque todo parezca estar en su sitio,
quizá todavía un poco más que antes.

Y sospecho que hubiera sido preferible
quedarme en aquella perdida parte mía
y no en este casi todo
que aún sigue sin caer.


Roberto Juarroz

La imagen pertenece al film Bleu, dirigido por Krzysztof Kieślowski.

miércoles, 7 de julio de 2010

La paradoja

"Para mí el arte es subversivo respecto de la civilización. Y es una paradoja, porque en la ecuación freudiana la civilización es represión. Lo estoy simplificando, pero básicamente no hay civilización sin represión del inconsciente, del Ello. Por lo tanto, es subversivo. Y además, al mismo tiempo, parece ser necesario para la civilización. No hay civilización sin arte."

David Cronenberg

(Citado por la revista El Amante Nº 32, octubre de 1994)


En la imagen: Mario Bello en Una historia violenta (A history of violence), de David Cronenberg.

jueves, 1 de julio de 2010

Cambiar

Algunos fragmentos de un hermoso texto escrito por Luis Gruss y publicado hace unos años en la revista Latido.

Cambio luego existo

"Conozco a muchas personas que viajan por el mundo sin llegar jamás a ningún sitio. Eso no quiere decir que la pasen mal. Es más, casi todos los turistas vuelven encantados de sus fascinantes recorridas. Admito que un cambio de lugar, una movida de esas que ponen todo patas para arriba, puede replantear la vida del mejor plantado. Pero eso, no nos engañemos, ocurre sólo en contadas ocasiones. Escuché la historia de una joven de la antigua China que había resuelto emprender un largo viaje; se había propuesto romper con la monotonía de sus días. Comunicó la decisión a su maestro, hombre sabio y prudente como todos los chinos, el cuál reaccionó con acritud. ¿Cómo puedes salir de viaje si los tres reinos del país aún no se han unido?, le preguntó con visible enojo. La joven de la antigua China era una chica de barrio; no tenía muchas pretensiones. Consideraba incluso, y con razón, que la unión de aquellos reinos estaba completamente fuera de su alcance. Cuando así se lo hizo saber a su maestro, éste severamente le replicó: la unión de esos tres reinos es en efecto un objetivo remoto. Pero más remota que un objetivo remoto es la carencia de objetivo. Tu viaje no tiene objetivo.

"Además del sabio maestro chino, otro de los mayores aguafiestas que conozco en este campo es cierto poeta portugués —soberbio y austero como pocos— que despreciaba los viajes, los cambios, la gente nueva y todas esas cosas lindas que tiene la vida. El tipo rechazaba cualquier acto, por mínimo que fuera, que lo sacara de sus frecuentes caminatas por la calle de los Doradores, en la vieja y recóndita Lisboa. Se sentía tan a gusto dentro de su órbita que ni siquiera quería leer libros diferentes a los que ya había leído. "Siento el tedio anticipado de las páginas desconocidas", escribió una tarde, oscuramente, antes de bajar a la tabaquería por la Calle de la Aduana.

"¿Adónde pretendía llegar este señor? Voy a exponer al respecto una hipótesis personal. Creo que Fernando Pessoa (de él estoy hablando) decía una cosa pero deseaba otra. En realidad estaba harto de su apatía endémica y hasta la padecía. Quería cambiar, quería ser otro, pero sólo pudo lograrlo a través de su inclasificable obra literaria. A veces no puedo dejar de identificarme con sus idas y vueltas, con sus contradicciones, con esa cosa de quiero y no puedo que finalmente se convertía en no quiero, no voy, no puedo. Cómo no entenderlo. Yo, sin ir más lejos, me la paso hablando mal de las fiestas, pero cuando finalmente voy a alguna me dejo llevar por la situación y la disfruto (críticamente, eso sí, no se vaya a pensar que soy un frívolo). Predico la inmovilidad porque es profunda, sólida, verdadera y todo eso, pero casi lo único que hago es moverme de aquí para allá buscando no se qué aventura maravillosa. Pessoa mismo llegó a escribir un manifiesto contra toda relación amorosa —contra cualquier compromiso terrestre, en realidad, que lo desviara de su misión sagrada— pero cuando las papas quemaban no se podía contener. Un día que se cortó la luz en la oficina donde trabajaba con Ofelia Queiroz —la única mujer que se le conoce— casi la viola sobre el escritorio. Ella misma contó el episodio en una carta. De repente la empujó contra la pared y sin que mediara una palabra (él, justamente, que en eso era un campeón) la agarró por la cintura, la abrazó y la besó apasionadamente como si estuviera loco.

(…)

"Quedarse, partir, unirse, cambiar, escapar, insistir. Quizás la transgresión suprema en la era de las autopistas rápidas consista en permanecer, en comprometerse al menos con el entorno más cercano, ahondar en lo que uno es hasta el extremo de la terquedad. Antes (y debo aclarar que la palabra antes ya me está cansando) yo creía en la posibilidad de una transformación total y colectiva. Creía en la revolución. Pretendía "cambiar la vida", como pedía Rimbaud. Soñaba con el hombre nuevo, con un mundo trastocado hasta en sus últimos pliegues. No es que piense ahora que todo eso ya pasó. El mundo me sigue pareciendo un lugar peligroso, inhumano, egoísta, donde cada uno pretende salvarse por la suya. Sólo que ya no sé si puedo cambiarlo a fuerza de voluntad. No tengo un discurso, no sé de teorías, no cultivo el análisis político y social. A veces pienso incluso que la historia universal sucede a no más de veinte metros de cada uno. Y que es ahí, en ese breve territorio, donde puedo intentar alguna cosa. Quiero hacerlo. Todavía siento una responsabilidad por lo que pasa y lo que deja de pasar. Una necesidad de entrega que sigue en pie como un tronco seco dispuesto a florecer."

Luis Gruss

Recomiendo acercarse al sitio Señales de vida y leer el texto completo. Al autor también pueden leerlo en el blog Suspendelviaje.

En la imagen: Bill Murray y Andie McDowell en Hechizo del tiempo (Grounhog day), obra maestra de Harold Ramis.