viernes, 29 de mayo de 2009


Encuentro.

Ya me encontré a mi mismo
en una esquina del tiempo.
No quise dirigirme la palabra,
en venganza
por todo lo que me hecho con saña.
Y me seguí de largo
y me dejé hablando solo
-con gran resentimiento
por supuesto-.

José Emilio Pacheco



(En la imagen, Bill Pullman en “Lost Highway”, de David Lynch).

miércoles, 27 de mayo de 2009

Evolucionar

Hace poco más de un mes (el 22 de abril) la científica italiana Rita Levi-Montalcini cumplió 100 años. Neuróloga, Premio Nobel de Medicina en 1986 y Capa Total (si este título no existe, debería inventarse para ella). Una amiga me mandó una hermosa entrevista en donde Rita habla de su vida y sus ganas, que puede leerse aquí.

Pero googleando un poco llegué a otra entrevista en donde explica algunas cuestiones muy interesantes sobre la condición humana. Estos son algunos fragmentos de un diálogo que la científica mantuvo con Enric González (en una nota publicada hace unos años en el diario El País).


P.: ¿Nos queda margen para seguir evolucionando?

Rita Levi-Montalcini: No desde el punto de vista somático. Sí desde el punto de vista de la informática. La informática nos da acceso a otro mundo que para nuestros predecesores, hace sólo medio siglo, no existía. A falta de un nuevo desarrollo de la neocorteza, disponemos de los ordenadores.

P.: En teoría, disponemos también de la manipulación genética.

R.: Odio esa opción. La manipulación genética no debe ser utilizada. No tenemos derecho a hacer nacer bebés a la carta. No es aceptable fabricar niños con los cabellos rubios, los ojos verdes, tal característica o tal otra. Eso va más allá de los límites de la moral. Lo rechazo absolutamente.

P.: Nosotros hemos cambiado parcialmente. ¿Por qué somos más inteligentes que hace 50.000 años, pero no somos más buenos?

R.: No somos más buenos por el componente límbico cerebral que sigue dominando nuestra actividad. Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y por impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emotivo, el agresivo en particular. Seguimos siendo animales guiados por la región límbica palocortical, sustancialmente igual en el hombre y en otros animales. Nuestras opciones de mejora moral pasan por las circunvoluciones neocorticales que afortunadamente tenemos.

P.: Dice usted “afortunadamente”. Esa peculiaridad en la corteza del cerebro, ¿es una suerte, una casualidad?

R.: Quién sabe. No estamos dirigidos. Como todas las evoluciones, la nuestra ha sido casual, una reacción frente a la necesidad. Esa es nuestra historia. No se ha tratado de un desarrollo dirigido por un ente divino. Nos hemos desarrollado como otros animales; algunos han adquirido ciertas capacidades, nosotros hemos conseguido la neocorteza, y eso nos ha llevado a dominar el planeta y a situarnos por encima de las leyes de causalidad que nos han conducido hasta aquí.

P.: Este “aquí” significa, por ejemplo, el siglo XX, que dice poco en favor del humano. No es fácil mantener la fe en nosotros mismos.

R.: ¿Por qué lo dice?

P.: Usted, que ha vivido casi todo el siglo XX, conoce sus errores mejor que yo.

R.: Sí, hemos sufrido el horror de la shoah, el horror del nazismo, el horror del fascismo, todos los frutos del componente palocortical. He escrito bastante sobre eso. Mire, no sé hacia dónde vamos, pero estoy segura de que debemos librarnos de ese pasado nefasto. Porque si asumimos una visión catastrofista del ser humano, estamos acabados. La vida se hace inútil. Yo también me siento interiormente incapaz de ser optimista, pero hay que serlo, cueste lo que cueste. Hay que mantener la confianza en el futuro.


Fuente: El País, 15 de mayo 2005.

martes, 26 de mayo de 2009


Qué pena

Qué pena
que esta noche no haya luna llena
para que me coman toda entera
los lobos que vienen detrás
y alivien mi soledad.

Qué pena
que no pase nunca lo que esperas,
que la sangre corra por mis venas
y no se desborde jamás,
se rinde antes de pelear.

Qué pena, el deseo me quema,
qué pena, y el cerebro me frena,
qué pena que esta noche amanezca
y que yo no te pueda encontrar.

Qué pena, si la piel me condena,
qué pena, lo demás me encadena,
qué pena, cuántos labios esperan
que otras bocas los quieran besar.

Qué pena
que nunca nos soltemos de la rienda,
que no se despierte aquella fiera
que duerme en el fondo de ti
y no se atreve a saltar.

Por eso digo yo qué pena
no perder a veces la cabeza,
no ponerse el mundo por montera,
y dejar de pensar
y al final jugar sólo por jugar.

Ana Belén



(En la imagen, Mirella Pascual en la película “Whisky”, de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll)

lunes, 25 de mayo de 2009

Profundidad

He aprendido a mirar

de una manera más viva:
como si mis abuelos

por mi sangre miraran;
como si los futuros habitantes
alzaran mis pestañas.

Yo no miro la piel

sino lo que en la piel
es fuego y esperanza.
Lo que aún en los muertos
sigue nutriendo razas.
Lo que es vida y es sangre
tras la inmovilidad de las estatuas.

Jorge Debravo

jueves, 21 de mayo de 2009

El silencio de Lorna, de Jean-Pierre y Luc Dardenne

“Las obras de arte más atractivas son las que crean en nosotros la ilusión de que el artista no tuvo alternativa, de tan plenamente identificado que está con su estilo”.

Susan Sontag

Al menos hasta El silencio de Lorna (Le silence de Lorna), la filmografía conocida de los hermanos Dardenne es un ejemplo inobjetable de lo que propone Sontag. Desde el instante en que uno se sumerge en cualquiera de esas películas (La promesa, Rosetta, El hijo, El niño), ni siquiera hay tiempo para preguntarse si los directores podrían haber hecho las cosas de otra manera: somos imantados por una cadena de imágenes imperiosas que no admiten alternativa alguna. Es como si la misma cámara fuera un sobreviviente más, un mendigo que sale a calle a buscar alimento (historias) y se abraza con uñas y dientes al primer pobre diablo que pasa, no importa si se trata de un padre sumido en la tristeza, una niña desesperada por un empleo, o un muchacho inconsciente que vendió a su bebé recién nacido. Personajes desolados, carne y hueso del presente, cuerpos y almas en fuga para una cámara que no tiene otra opción que moverse, reaccionar, seguir adelante, hasta volverse piel, testimonio, arte. La cámara se enciende con la respiración de los personajes: un cine de la necesidad.


La nueva película carece de esa urgencia a la que estábamos acostumbrados. Por primera vez nos preguntamos por qué los realizadores no tomaron otras opciones, dado que las elegidas evidentemente no son las mejores.

Lorna (Arta Dobroschi) es el primer personaje de los Dardenne que tiene un “proyecto de vida” que va más allá de la mera supervivencia: quiere montar un pequeño bar en Liége (Bélgica), una vez obtenida la carta de ciudadanía, claro. Porque Lorna es albanesa y para conseguir la residencia tuvo que arreglar casarse con Claudy (Jérémie Renier), un joven drogadicto belga que intenta curarse y no puede. El plan de Lorna era divorciarse de él para luego cumplir su sueño junto a Sokol (Alban Ukaj), su verdadero novio. Pero la misma mafia que organizó su matrimonio tiene ahora una oferta para la chica: cobrar un dinero importante por casarse con un ruso que también necesita la ciudadanía, lo que implicaría eliminar a Claudy (literalmente).

Al relato ingresamos sin preámbulos, in media res, cuando el conflicto íntimo de la muchacha ya está activado: la cuestión es ser o no ser cómplice del crimen. Es un dilema ético, en definitiva, nervio fundamental en el mundo Dardenne, ese mundo paradójico que a la vez que se empeña en ser concreto, visceral, muy físico, por otro lado confronta a sus personajes con la idea de la dignidad, baluarte metafísico en pleno ocaso de la metafísica. De allí la belleza de un cine que recupera al ser humano justo cuando está al borde de dejar de serlo. A pesar de todas las pulsiones en juego (el hambre, el miedo, el egoísmo, la sed de venganza), los protagonistas de estas ficciones tarde o temprano hacen un “click”, reacomodan sus fantasmas y repiensan sus actos desde otra perspectiva, hecho que si bien no transforma el derruido contexto, al menos los salva en su calidad de personas. El mismo trayecto se le plantea a Lorna, pero ciertas debilidades del film hacen que de a poco uno se distancie de ella en vez de acompañarla hasta el final. (Ojo: voy a revelar detalles del desenlace).

Lo mejor de la película es la relación entre la chica y el joven adicto, precisamente porque en los momentos que comparten refulge una gracia peculiar, algo del orden de lo inefable, ese afecto genuino que la maquinaria especuladora no había contemplado en sus cálculos. El film parece despegar cuando los cuerpos temblorosos y desnudos de Lorna y Claudy transpiran esa verdad, pero esa secuencia es solo el amago de la película que no fue. Lo que queda entonces es la sordidez, un cuadro de miserabilidad al que le cuesta evitar el trazo grueso, especialmente al delinear a “los villanos” (el taxista, el ruso y el novio, por ejemplo, no son más que estereotipos de un solo color). Desde ya que esta clase de vilezas existen y abundan en la Europa de hoy, nadie niega su verosimilitud, solo que aquí ciertos giros, elipsis y actitudes contradictorias enmarañan a cada paso la narración, como si estuviéramos ante el borrador de un guión vacilante. Y aunque la cámara ya no se limita a los rostros y el encuadre es más amplio de lo habitual, lo social no termina de integrarse al conjunto, funcionando apenas como sordo trasfondo.

Algo es seguro: El silencio de Lorna es el trabajo más oscuro de los Dardenne. En los cuatro títulos previos los desenlaces siempre tenían a dos personas en la escena. Antes del abrupto fundido a negro del final, los relatos dejaban abierta la posibilidad de que esos dos seres se unieran para forjar una relación constructiva. La pequeña esperanza que fantasea con reptar hacia otras escalas: esta es la apuesta política.

Pero Lorna se queda sola, quizás con el consuelo de un futuro hijo, lo que le daría un motivo para resistir. O quizás está alucinando, lo que indicaría que la locura es la única manera de escapar del sistema. O incluso podríamos pensar que en esa cabaña húmeda perdida en un bosque (cual cuento de hadas en clave negra), la muchacha encontró su lugar en el mundo, siempre y cuando acepte pagar el precio del aislamiento. Como sea, ese cuerpo lloroso tiritando en la penumbra representa el final más escéptico de toda la carrera de los Dardenne.

Esperemos que este film -atendible, pero fallido- solo se trate de un paso en falso. No quisiera creer que Luc y Jean-Pierre están perdiendo la fe.

Admirados hermanos, por favor, no cedan.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Satisfacciones

La primera mirada por la ventana al despertarse
el viejo libro vuelto a encontrar
rostros entusiasmados
nieve
el cambio de las estaciones
el periódico
el perro
la dialéctica
ducharse
nadar
música antigua
zapatos cómodos
comprender
música nueva
escribir
plantar
viajar
cantar
ser amable.

Bertolt Brecht

martes, 19 de mayo de 2009

Tentativas


“La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son provisorios”.

Jorge Luis Borges


(En “El idioma analítico de John Wilkins” – Otras inquisiciones)

domingo, 17 de mayo de 2009

Arco Iris

A veces
por supuesto
usted sonríe
y no importa lo linda
o lo fea
lo vieja
o lo joven
lo mucho
o lo poco
que usted realmente
sea

sonríe
cual si fuese
una revelación
y su sonrisa anula
todas las anteriores
caducan al instante
sus rostros como máscaras
sus ojos duros
frágiles
como espejos en óvalo
su boca de morder
su mentón de capricho
sus pómulos fragantes
sus párpados
su miedo

sonríe
y usted nace
asume el mundo
mira
sin mirar
indefensa
desnuda
transparente


y a lo mejor
si la sonrisa viene
de muy
de muy adentro
usted puede llorar
sencillamente
sin desgarrarse
sin desesperarse
sin convocar la muerte
ni sentirse vacía

llorar
sólo llorar


entonces su sonrisa
si todavía existe
se vuelve un arco iris.


Mario Benedetti
(1920-2009)

viernes, 15 de mayo de 2009

El artista y su tiempo

Por Albert Camus*

“Las dos estéticas que durante mucho tiempo se hicieron frente, la que recomienda un repudio total de la actualidad y la que pretende rechazar todo lo que no sea la actualidad, terminan sin embargo por reunirse, lejos de la realidad, en una misma mentira y en la supresión del arte. El academicismo de derecha ignora la miseria que el academicismo de izquierda utiliza. Pero en los dos casos, la miseria queda reforzada y el arte negado.

¿Hay que llegar, pues, a la conclusión de que esta mentira es la esencia misma del arte? Yo diría en cambio que las actitudes de las que hablé hasta aquí no son mentiras, sino en la medida en que no tienen gran cosa que ver con el arte. ¿Qué es, pues, el arte? Cosa nada sencilla, eso es seguro. Y resulta aún más difícil comprenderlo en medio de los gritos de tanta gente dedicada con encarnizamiento a simplificarlo todo. Por una parte se quiere que el genio sea espléndido y solitario: por otra, se le exige que sea semejante a todos. ¡Ay, la realidad es más compleja! Y Balzac hizo sentir esa frase. 'El genio se parece a todo el mundo y nada se parece a él’. Y esto cabe afirmar del arte, que no es nada sin la realidad, y sin el cual la realidad es poca cosa.

¿Cómo podría, en efecto, prescindir el arte de lo real, y cómo podría someterse a lo real? El artista elige su objeto en la misma medida en que el artista es elegido por el objeto. El arte, en cierto sentido, es una rebelión contra el mundo en lo que éste tiene de fugitivo y acabado: no se propone, pues, sino dar otra forma a una realidad que sin embargo él está obligado a conservar, porque ella es la fuente de su emoción. En este sentido todos somos realistas y nadie lo es. El arte no es ni el repudio total de lo que existe, ni la aceptación total de lo existe. Y por eso no puede ser sino un desgarramiento perpetuamente renovado. El artista se encuentra siempre en esta ambigüedad, incapaz de negar lo real y sin embargo eternamente dedicado a discutirlo en lo que lo real tiene de eternamente inacabado”.

* Fragmento de El artista y su tiempo (Buenos Aires, Losada, 1968).



El texto forma parte del estupendo libro de artículos compilado por Marta Zátonyi, titulado Aportes a la Estética desde el arte y la ciencia del siglo XX (Buenos Aires, Editorial La Marca, 2005).

miércoles, 13 de mayo de 2009

El malogrado

Lo supo todo el tiempo: en esta vida
casi nada se logra con trabajo,
casi todo depende de la suerte.
Lo supo todo el tiempo y por tanto
no trató ni siquiera de intentarlo.
No trató como tantos de engañarse
apelando al esfuerzo, al justo premio
que los dioses otorgan a los justos
y a los perseverantes. Supo siempre
que la gloria no es más que una ramera
y la fama un infame proxeneta.
Su mediana fortuna le bastó
para vivir sin prodigar lisonjas
ni depender de nadie. Sus talentos
él prefirió enterrarlos. Mantenerse
al margen de los otros que compiten
como afanosas hienas deseó.
Nadie supo quién era y mucho menos
lo que pudo haber sido: Adolf Hitler
o San Juan de la Cruz, Manson o Ghandi.
Nadie podrá agradecer que no empeñara
su talento y su vida en descubrirlo.

José Fernández de la Sota



En la imagen, Homayoun Ershadi en la película El sabor de la cereza (Ta'm e guilass), dirigida por Abbas Kiarostami

lunes, 11 de mayo de 2009

Algunas favoritas en la Sala Lugones

El ciclo se llama Vidas al límite y despliega un inteligente tutti frutti sobre el cine contemporáneo. Prácticamente todos los títulos son excelentes, pero aquí prefiero recomendar aquellos autores que dibujan el sendero de lo que podría ser el mejor cine del futuro (al menos el que yo creo que vale la pena). El ciclo va del 12 al 24 de mayo, en la sala Leopolo Lugones del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530).

Mis "fijas":

Miércoles 13: Bella tarea (Beau travail, Francia, 1999) Dirección: Claire Denis. A las 17 y 22 horas. Deseos, envidias, vínculos inclasificables entre soldados de la Legión Extranjera. Aterrizamos en un ámbito ajeno, con reglas que ignoramos, pero allí nos quedamos: seducidos. El cine de Denis engalana, desconcierta, crece en el recuerdo.

Viernes 15: La promesa (La promesse, Francia/ Bélgica, 1996) Dirección: Jean-Pierre y Luc Dardenne. A las 14.30 y 17 horas. Los hermanos belgas demostraron hace tiempo que están a la vanguardia. No fueron los primeros en utilizar la cámara en mano, pero su forma cercana, cerrada y obsesiva de seguir a sus criaturas ya se convirtió en un marca que muchos directores han adoptado. Un cine urgente, imprescindible.

Sábado 16: Recursos humanos (Ressources humaines, Francia, 1999) Dirección: Laurent Cantet. A las 14.30 y 17 horas.

Domingo 17: El empleo del tiempo (L’ emploi du temps, Francia, 2001) Dirección: Laurent Cantet. A las 14.30 y 17 horas.

Casi casi me animo a decir que la reciente Entre los Muros ya pica en punta en el top ten de este año, así que estoy en pleno enamoramiento con el señor Cantet, por lo cual me tienta sugerir que todas sus películas son obras maestras. Quizás no sea para tanto. Vayan y luego me cuentan.

Miércoles 20: Las horas del día (España, 2003) Dirección: Jaime Rosales. A las 14.30 y 19.30 horas. En esta película la atmósfera se corta con un cuchillo, pero es tan seca que no salpica. Eso sí: ¡piel de gallina! Abel es uno de los grandes personajes-enigma de la historia del cine, encarnado por el inquietante Álex Brendemühl (foto). Ésta es una de mis favoritas de siempre, posta.

Jueves 21: Felices juntos (Happy Together, Hong Kong, 1997) Dirección: Wong Kar-wai. A las 17 y 22 horas. ¿Qué decir? Que hay que verla en compañía (la pareja, algún amigo/a, un hermano/a). Es hermosa, pero no es la opción ideal si una noche de otoño buscan un paliativo para la soledad. O sí… el arte funciona de maneras misteriosas.

Viernes 22: Todo comienza hoy (Ça Commence Aujourd'Hui, Francia, 1999) Dirección: Bertrand Tavernier. A las 14.30 y 17 horas. Otra historia ambientada en un colegio, con docentes que luchan contra la corriente (que son muchos en el mundo, aunque nadie los ve). Que el drama sea conocido no lo hace menos interesante. No sé si lo percibieron, pero lo cierto es que hoy, toda discusión seria -sobre cualquier tema- en algún momento concluye con la misma idea: “el problema es la educación que tenemos”. Debería ser tan esencial como el pan y el agua. Voy a empezar a recordármelo cada día, desde hoy.

Ir a la programación completa.

domingo, 10 de mayo de 2009

Las bases

“Desde el momento en que no hay un tejido básico de fuerzas reales en la sociedad para concebir la política, lo que queda es una constatación de la ausencia. Y es importante que observemos esto, porque es trágico: es preciso recuperar ese sentido de lo político. Lo político es necesario, porque si no cualquier sociedad es imposible”.

Oliver Marchart

En una nota publicada en el diario Crítica (10-05-09).

sábado, 9 de mayo de 2009

Certezas

“En el fondo, el secreto de la vida consiste en obrar como si tuviéramos lo que más dolorosamente nos falta”.

Cesare Pavese



Acá estoy, compañeros, con ganas de compartir esta obra maestra, simulando que tengo algo para decir. Pero sinceramente no se me ocurre nada. Cuando el cine es tan elocuente, las palabras solo hacen papelones (hacia eso voy).

Puedo contar que lloré a mares cuando vi esta película por primera vez. Pasaron casi quince años (la pucha… ya pasó media vida). En aquel entonces no sabía lo que era estar enamorada de verdad. Menos aun imaginaba lo que significaría descubrirlo y luego perderlo. Pero en aquella primera visión, esa falta de experiencia no importó: lloré de lo lindo, como si mi cuerpo ya conociera todos los síntomas. El arte es esa magia que hace carne aun aquello que ignoramos.

Esta clase de certeza aparece solo una vez en la vida”, le dice Robert (Clint Eastwood) a Francesca (Meryl Streep). Pero es difícil pensar en la felicidad cuando se sabe que estará signada por la culpa. Es por eso que ella renuncia. Porque nada es completo, para nadie, nunca, salvo por esos instantes de gracia. Los momentos privilegiados.

No hay certezas, Francesca. Nadie las tiene. Sólo se trata de vivir. Pero te entiendo, vaya si te entiendo. Para qué hablar de “certezas” cuando ni siquiera nos animamos a explorar los deseos más pequeños. Y no es cuestión de una vez, en absoluto. Abundan las encrucijadas, los impulsos, los cosquilleos... parecería que, en el siglo del miedo, es preferible no atenderlos. Cada día el precipicio de la decisión. El semáforo. La puerta del auto. Cada día el anhelo de dar ese salto. En el amor o en lo que sea. Y no lo damos…

No lo damos.

Esta secuencia de Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County) puede verse en YouTube. (Y disculpen la melancolía... luego no digan que no les avisé).


“Explicar
con palabras de este mundo
que partió de mí un barco
llevándome…”

Alejandra Pizarnik

jueves, 7 de mayo de 2009

De la fe y el darse cuenta

"Creo que la fe es injusta: me parece muy injusto que algunas personas tengan fe y otras no la tengan. Cuando somos felices no nos damos cuenta. Eso también es injusto”.

Cosas que nunca te dije (Things I never told you), pequeña gran película de Isabel Coixet.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Debe el artista

Debe ser, casi fatalmente
de frágil condición
en lo físico y lo social
bueno para preguntar
soñador a destajo
y ausente del trabajo
con permiso para pensar
Debe amar

insurrectamente
con todo el corazón,

curado de su soledad
buscador empedernido y eterno agradecido
por lo que pudiera encontrar
Y aunque no es excluyente
es mejor si resulta buena gente

Debe andar testarudamente los fracasos de rigor
y negarse a obedecer, se sufre para aprender
se sufre para adelante
no es mucho, pero es bastante
saber cuánto vale saber
Y si lo que quiere no supiera
es bueno que sepa lo que no quisiera

Debe ver cotidianamente en los otros su dolor
y animarse a decidir que no hay otra que insistir
que es hermoso ver la luna que goza de gran fortuna
quién se muere de vivir
Y aunque no es excluyente
es mejor si resulta buena gente

Debe pactar de antemano con la plaza y su perfume
no ser voluntariamente motivo de estatua o de busto
y que si accidentalmente lo honraran con esa suerte
para gozar de la muerte acaso hasta Dios permita
que le dejen la sombrita que prefieren los que toman,
donde lo rayen los novios y vengan a cagarlo las palomas

Hugo Fernández Panconi

martes, 5 de mayo de 2009

Recuerdo

Por Martín Caparrós *

(Fragmentos)

Yo recuerdo cuando los hombres no nos besábamos. Recuerdo cuando la televisión tenía cuatro canales en riguroso blanco y negro. Recuerdo cuando un porro era una novedad aterradora. Recuerdo cuando una computadora era un delirio de las películas de ciencia ficción. Recuerdo cuando el mundo iba a ser mucho mejor. Recuerdo cuando las villas miseria estaban llenas de trabajadores. Recuerdo cuando las mujeres no usaban pantalones. Recuerdo cuando un blue jean era una muestra de rebeldía casi intolerable. Recuerdo cuando los ricos tenían apellidos que sonaban a bosta. Recuerdo cuando nadie sabía qué corno era la soja. Recuerdo cuando los coches tenían la palanca al volante. Recuerdo cuando la Unión Soviética era el gran poder y mandaba al espacio perros y astro­nau­tas. Recuerdo cuando tomar un avión era un evento extraordinario. Recuerdo cuando los viejos usaban sombrero. Recuerdo cuando muchas etiquetas decían industria argentina. Recuerdo cuando los curas decían misa en latín. Recuerdo cuando había mujeres vírgenes. Recuerdo cuando los chicos debutaban con putas. Recuerdo cuando Perón era un general derrotado en Madrid y Guevara un guerrillero que iba a ganar una revolución en algún lado.

(…)

Decir recuerdo es decir, por supuesto, estoy grande, pero también es decir que el mundo no siempre fue como es. Es decir que las cosas –los objetos, las conductas, las sociedades– suceden en la historia, son dinámicas, cambian, siempre cambian: que nada dura para siempre. Parece una tontería, pero el mito más fuerte de esta época de cambios incesantes es que no hay cambios posibles. Tampoco es nuevo: ya ha circulado en otros momentos de la historia.

(…)

Durante estos dos siglos subvertidos, la idea de cambio fue central: la sociedad no funcionaba, sus mecanismos debían ser reemplazados. Se inventaron sistemas de reemplazo que, en general, no funcionaron. En las últimas décadas, su derrota se llevó puesta, en gran medida, la idea de que hay otras opciones. De ahí el mito dominante: que nuestras sociedades nunca van a ser demasiado distintas porque no hay otras posibilidades, que el capitalismo de mercado con gobierno elegido y delegado es la única forma de organización posible y va a quedarse para siempre.

Para creerse eso, antes que nada, había que aprender a no pensarnos en términos históricos: a olvidar que este momento es un momento. Es curioso, hacía mucho que no se hablaba tanto de historia en la Argentina, pero esas referencias sirvieron, en general, para lo contrario: para mostrar que, supuestamente, siempre fuimos como somos, que ya éramos corruptos en el siglo XVII, que ya éramos mentirosos en el XIX, que –según sintetizó nuestro filósofo mayor– “estamos como estamos porque somos como somos”. La historia, la disciplina que muestra que nada es permanente, se transformó en un medio para sostener lo contrario.

Que es perfectamente insostenible. Una cosa es que no sepamos imaginar los cambios: es cierto que es difícil, que los grandes cambios sociales se producen cada tanto, que son procesos largos, inesperados, generalmente dolorosos –pero siempre suceden–. A menos que se produzca el mayor cambio posible, lo que nunca en la historia del hombre: que todo siga igual. Es muy improbable. Los atenienses de Pericles, tan ilustrados, se habrían reído si alguien les hubiera dicho que el mundo podía funcionar sin esclavos; los franceses de Luis XIV, tan elegantes, no habrían creído que pudiera existir un país sin un rey; los argentinos de Yrigoyen, tan orgullosos, habrían escupido si alguien les hubiera dicho que algún día iríamos a la rastra de Brasil. Yo recuerdo todas aquellas cosas, y recuerdo cuando los helados de dulce de leche no sabían a dulce de leche. Después, de pronto, aparecieron unas heladerías que los hacían con mucho gusto, y fue una gran sorpresa: aquellos helados medio sosos eran los únicos que conocía, y nunca había pensado que pudieran cambiar. Con el tiempo, dejé de sorprenderme ante la finitud de cada cosa. Pero recuerdo –todavía recuerdo– cuando era tan chiquito que no sabía que vivía en la historia.



* Artículo publicado en la revista El Malpensante. Ir al texto completo.
Muy agradablemente hago el amor con ella. De pronto me despierto. Le digo:

- Qué vergüenza. Me dormí.
- Yo también -contesta.
- ¿Seguimos? -le pregunto.
- Pero es claro -me dice.

Estoy en eso cuando realmente despierto y me encuentro en mi cuarto, en mi cama, solo.



Adolfo Bioy Casares ("Descanso de caminantes" - Diarios íntimos)

domingo, 3 de mayo de 2009

El Lector, de Stephen Daldry


"¿Por qué? ¿Por qué lo que fue hermoso, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo al saber que ocultaba verdades amargas? ¿Por qué se oscurece el recuerdo de unos años felices de matrimonio cuando nos enteramos de que el otro tuvo un amante durante todo ese tiempo? ¿Acaso porque en semejante situación no se puede ser feliz? Y, sin embargo, ¡éramos felices! A veces un final doloroso hace que el recuerdo traicione la felicidad pasada. A lo mejor es que la única felicidad verdadera es la que dura siempre. Porque sólo puede tener un final doloroso lo que ya era doloroso de por sí, aunque no fuéramos conscientes de ello, aunque lo ignorásemos. Pero un dolor inconsciente e ignorado, ¿es dolor?”

Bernhard Schlink (El Lector)

En la novela de Bernhard Schlink abundan las preguntas, sobre todo las que no tienen respuesta. Preguntas que lanzamos al cielo con esa nostalgia furiosa que insiste en desandar el enigma de lo que podría haber sido y no fue. O de lo que creemos que debería haber sido, si habitáramos un mundo transparente en donde toda acción fuera consecuente con un ideal. Pero mientras lo ideal sólo se analiza en la retrospección comparativa de lo ya vivido, o se sueña como meta para lo que viene (si es que aún hay fuerzas para cultivar anhelos), todo lo que nos queda es resbalar en el presente, en el abismo abierto entre lo que somos y lo que deberíamos. El arte nació precisamente para recorrer esa distancia, una y otra vez… hasta aliviarla. Algún día.

El libro original, sin ostentar grandes hallazgos poéticos, tiene la virtud de ser preciso y universal al plantear esta clase de inquietudes filosóficas. Con un tono melancólico y reflexivo, en su primera parte la narración avanza con un suspenso creciente y bien controlado, dada la forma en que el autor anticipa y desarrolla el famoso secreto que signará el destino de los personajes. En términos de estructura temporal, en lo que hace estrictamente a la intriga, "El Lector" parece haber sido escrita para ser llevada a la pantalla grande, cualidad que el director Stephen Daldry (Billy Elliot, Las horas) y su guionista David Hare no supieron (o no quisieron) aprovechar. Por una razón muy simple: prefirieron la seguridad de la corrección política a las imprevisibles arenas de la opacidad.

El conflicto central se sitúa en la Alemania de posguerra. Michael Berg (David Kross) tiene quince años cuando inicia un romance con Hannah Schmitz (Kate Winslet), una mujer que lo dobla en edad. Sexy, misteriosa, bastante parca, ella adora que su “niño” le lea en voz alta los clásicos de la literatura, antes y después del amor. El affaire dura apenas un verano y ellos pronto dejan de verse. Años más tarde, cuando Michael es estudiante de Derecho, le toca presenciar un juicio contra un grupo de mujeres que fueron guardias de un campo de concentración durante el régimen nazi. Hannah es una de las acusadas. El drama se extenderá a lo largo de las décadas, con un Michael adulto (ahora encarnado por Ralph Fiennes) que continuará toda su vida convulsionado por las llagas de esa relación, detrás de la cual también afloran las contradicciones -la culpa, la parálisis, el Horror- de toda la sociedad alemana.

Es fácil dejarse encandilar por ciertos giros de la trama, ya que la dilatada historia de amor entre Michael y Hannah es tan extraordinaria que por momentos hace olvidar las frágiles columnas que sostienen al film en términos específicamente cinematográficos. En el intento de no saturar la banda sonora con la omnipresencia del monólogo, el guión descarta la voz en primera persona del protagonista, aspecto clave para la psicología de la novela. Sucede entonces que al abandonar el perturbado punto de vista de Michael, la película pierde el fulgor intimista de la prosa de Schlink y la puesta en escena se ve constreñida a una exterioridad funcional, de una impostación que a veces roza lo metálico. Por otro lado, aunque uno ame sin medida a la actriz de Titanic, cuesta mucho verla como verdadera criatura de ficción sin sentir que esa mujer que está allí no es otra que Kate Winslet fingiendo un acento extranjero, Kate Winslet ultra maquillada como anciana, Kate Winslet por fin premiada por el rol más chillón y "oscarizable" de su carrera.

No vamos a sumarnos al coro de críticos que afirman que El Lector (The Reader) pretende atemperar la culpa del pueblo alemán con respecto al Holocausto (ese argumento deriva en el mismo reduccionismo automático con que se despachó hace un tiempo al film Slumdog Millionaire al calificarlo de "abyecto"). Mostrar la desesperante carencia de Hannah no la torna menos responsable de sus actos: se trata de una historia única, especial, situada en un marco de delicadas ramificaciones sociopolíticas. Lo que Schlink busca, como todo artista serio, es adentrarse en la complejidad de su pasado para así repensar los hechos y las decisiones de sus personajes desde una perspectiva contemporánea, con la mirada de las generaciones que hoy siguen asimilando esa trágica herencia. Pero a la versión fílmica le falta nervio, piel, fricción. En vez de hurgar en los pliegues incómodos de la trama, el escándalo, la confusión ideológica, el lado oscuro de los afectos, Daldry se distrae repasando una y mil veces todas las costuras de su pulcro mantel para que ningún espectador tropiece con los reales desgarros de la Historia. La bella anécdota original se diluye finalmente en una película demasiado tenue, sin pasión ni relieves.

viernes, 1 de mayo de 2009

Yo confío... tú confías



"Siempre es más noble engañarse alguna vez que desconfiar siempre".


Jacinto Benavente