viernes, 20 de octubre de 2017

Cuestión de prinpicios (adiós a Federico Luppi)


Hoy murió Federico Luppi. 
Desde aquí lo recordamos con esta reseña de una película protagonizada por él. (El texto fue publicado en este espacio en 2009).

Confesémoslo: uno sabe qué busca cuando entra a ver Cuestión de principios. No pretendemos gran vuelo estético ni un ritmo que acelere el corazón. No queremos una trama que nos complique la existencia, más bien todo lo contrario: en estas películas necesitamos que el hombre común triunfe, que nos mientan un poco, que nos digan que la dignidad todavía puede ser narrada. Si no quedaran sobre la tierra señores que marquen la diferencia como Adalberto Castilla (Federico Luppi), esa mancha blanca sobre la monotonía de la corrupción, ya nadie contaría estas historias. Porque no habría conflicto entre las llamadas "motivaciones dramáticas": todos los personajes serían malos, obsecuentes, pusilánimes, vendidos, arbitrarios. En Luppi buscamos a un cómplice, alguien que nos tire alguna certeza, de la misma manera que su personaje recurre a un amigo de la juventud para no sentirse tan solo en medio de la perfidia reinante.

Pero se equivoca. El otrora revolucionario Guido (Oscar Alegre) ahora viste camisa salmón, luce pulsera de oro y bebe un whisky mientras increpa: “¿De qué te sirven los principios? ¿Pensás que a alguien le importa?”. Aunque el dilema no es nuevo, es interesante observar cómo el relato lleva a que el ideal del viejo Castilla se vaya disipando hasta perder relevancia, a puro azote de los otros ideales, menos románticos pero más prácticos y redituables. Que la disputa entre Luppi y su jefe (Pablo Echarri) gire en torno de una simple revista sirve para remarcar lo simbólico del asunto: más allá del objeto en sí mismo, esto es una pulseada entre la integridad moral y la soberbia del poder.

Un discreto celofán costumbrista envuelve este guión escrito por el realizador Rodrigo Grande junto a Roberto Fontanarrosa, autor del cuento original, cuya impronta brilla principalmente en los diálogos que nutren la película, intercambios en donde el protagonista muchas veces intenta justificarse a sí mismo ante los demás. Fontanarrosa sugiere que solamente somos en la medida en que nos narramos frente a los otros, una idea compleja y central para esta historia: Castilla no sería nada sin la anécdota. Si tuvo una conducta admirable, no le alcanza con guardársela y seguir viviendo. Él muere por contarla, ponerla en escena, colorearla y exagerarla ante familiares y amigos. Tal vez ya no existan los mentados “principios”: lo único que queda es una búsqueda desesperada de cariño.

Es una pena que en su último tramo la película no consiga montar una resolución convincente del conflicto, como también resulta incómodo el trazo grueso que el director propina a la esposa del protagonista, interpretada por Norma Aleandro. Tanto el escepticismo relativista como la misoginia parecen ser dos lastres insalvables en cierta forma de concebir la “argentinidad”.

Por fortuna, siempre habrá un Federico Luppi. Gigante. El abuelo de ojos cansados y enojados, ojos que de un segundo a otro pueden explotar de ternura. Hay una imagen que vale la película toda: cuando Luppi se mira en el espejo del ascensor, tratando de imitar la sonrisa de Sean Connery porque una joven y bella colega le ha dicho al viejo Castilla que tiene un aire al actor de James Bond. Esa es la argentinidad que ennoblece. Eso sí que es un momento de cine puro que no tiene precio. 



Cuestión de principios puede verse completa en YouTube.

2 comentarios:

Nestor Stelluto dijo...

Hermosa tu crítica y muy especialmente tu comentario en relación a Luppi. Desde su consagratoria "El romance del Aniceto y la Francisca" hasta su última aparición en "Nieve Negra" nos hizo disfrutar del mas puro arte del actor cinematográfico.
Seguramente a partir de hoy todo se va a mezclar: el actor con la estrella, su tempestuosa vida personal.
Hay una película de él bastante olvidada y extraordinaria "Los herederos" (David Stivel, 1970) donde el actor encarnaba a un tipo que ejercía la violencia de genero (Algo de lo que se acusa a Luppi en la vida real) y lo hacía con un nivel de intensidad y entrega, que a pesar de ser un personaje despreciable, uno terminaba comprendiéndolo en su dolor, en su profundo resentimiento; ese es el "milagro de la actuación", cuando un interprete pude traspasar todas las capas de la condición humana.
No tuve el gusto de conocer a Federico Luppi persona; y por este mismo motivo nunca voy a saber donde estuvo la verdad y donde la mentira de todo lo que se a dicho de él. YO ME QUEDO CON EL ACTOR.

Caro dijo...

Hola, Néstor,

Gracias por el comentario. Tengo que ver "Los herederos".

Saludos.