sábado, 10 de octubre de 2009

Cuestión de principios, de Rodrigo Grande


Confesémoslo: uno sabe qué busca cuando entra a ver Cuestión de principios. No pretendemos gran vuelo estético ni un ritmo que acelere el corazón. No queremos una trama que nos complique la existencia, más bien todo lo contrario: en estas películas necesitamos que el hombre común triunfe, que nos mientan un poco, que nos digan que la dignidad todavía puede ser narrada. Si no quedaran sobre la tierra señores que marquen la diferencia como Adalberto Castilla (Federico Luppi), esa mancha blanca sobre la monotonía de la corrupción, ya nadie contaría estas historias. Porque no habría conflicto entre las llamadas "motivaciones dramáticas": todos los personajes serían malos, obsecuentes, pusilánimes, vendidos, arbitrarios. En Luppi buscamos a un cómplice, alguien que nos tire alguna certeza, de la misma manera que su personaje recurre a un amigo de la juventud para no sentirse tan solo en medio de la perfidia reinante.

Pero se equivoca. El otrora revolucionario Guido (Oscar Alegre) ahora viste camisa salmón, luce pulsera de oro y bebe un whisky mientras increpa: “¿De qué te sirven los principios? ¿Pensás que a alguien le importa?”. Aunque el dilema no es nuevo, es interesante observar cómo el relato lleva a que el ideal del viejo Castilla se vaya disipando hasta perder relevancia, a puro azote de los otros ideales, menos románticos pero más prácticos y redituables. Que la disputa entre Luppi y su jefe (Pablo Echarri) gire en torno de una simple revista sirve para remarcar lo simbólico del asunto: más allá del objeto en sí mismo, esto es una pulseada entre la integridad moral y la soberbia del poder.

Un discreto celofán costumbrista envuelve este guión escrito por el realizador Rodrigo Grande junto a Roberto Fontanarrosa, autor del cuento original, cuya impronta brilla principalmente en los diálogos que nutren la película, intercambios en donde el protagonista muchas veces intenta justificarse a sí mismo ante los demás. Fontanarrosa sugiere que solamente somos en la medida en que nos narramos frente a los otros, una idea compleja y central para esta historia: Castilla no sería nada sin la anécdota. Si tuvo una conducta admirable, no le alcanza con guardársela y seguir viviendo. Él muere por contarla, ponerla en escena, colorearla y exagerarla ante familiares y amigos. Tal vez ya no existan los mentados “principios”: lo único que queda es una búsqueda desesperada de cariño.

Es una pena que en su último tramo la película no consiga montar una resolución convincente del conflicto, como también resulta incómodo el trazo grueso que el director propina a la esposa del protagonista, interpretada por Norma Aleandro. Tanto el escepticismo relativista como la misoginia parecen ser dos lastres insalvables en cierta forma de concebir la “argentinidad”.

Por fortuna, siempre habrá un Federico Luppi. Gigante. El abuelo de ojos cansados y enojados, ojos que de un segundo a otro pueden explotar de ternura. Hay una imagen que vale la película toda: cuando Luppi se mira en el espejo del ascensor, tratando de imitar la sonrisa de Sean Connery porque una joven y bella colega le ha dicho al viejo Castilla que tiene un aire al actor de James Bond. Esa es la argentinidad que ennoblece. Eso sí que es un momento de cine puro que no tiene precio.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Precisamente lo que tiene esta película es que no nos miente demasiado porque hace hincapié en los grises: Adalberto Castilla cede ante la presión familiar y social y está dispuesto a dejar a un lado los principios siempre que no se sepa. Ni blancos ni negros, ni tan dignos ni tan indignos. La pregunta es quién de nosotros no haría lo mismo, casi la pregunta de W. Allen en Crímenes y pecados: ¿Existe la culpa sin el castigo, sin la mirada social?
Un abrazo.
Laura Esponda.

Caro dijo...

Laura:

Es cierto, la película no nos miente. Aunque uno sabe que la historia está eligiendo el rumbo realista, hay una inevitable tristeza al observar cómo el protagonista cede. En “Crímenes y pecados” también hay un dilema moral, pero la diferencia de grado es importante: en esa película hay un asesinato bien claro, mientras que lo interesante de “Cuestión de principios” es que la actitud de Castilla es una construcción muy subjetiva. Y la revista casi no importa (él ni siquiera recuerda dónde estaba su padre en la famosa foto que quiere conservar): el asunto es que encuentra una posibilidad para plantarse frente al jefe, para mostrar que él tiene “algo” (valores) que el joven prepotente no tiene.

Entre la abstracción del símbolo espiritual, y las posibilidades concretas de su contrapeso material (el dinero), está claro quién gana. Me parece interesante, también, que lo que termina de decidir a Castilla es un deseo personal, más allá de las presiones familiares: me refiero al velero que decide comprar junto a su amigo Ángel (Oscar Núñez, un bello personaje secundario, quien seguramente también es un principista, pero de bajo perfil).

Creo que la inquietud persiste: los “principios” podrán ser muy subjetivos, pero se desprenden de valores culturales, sin muchos de los cuales reinaría la anomia absoluta. Es el gran drama de nuestra era: no parece haber símbolos que ameriten ser defendidos. Estamos en el horno.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Claro, Caro! Ni los crímenes son necesariamente pecados ni la cuestión es solamente por principios. No importa cuál es el detonante, lo que queda es la pregunta... y la actuación, como vos decís, "gigante" de un Federico Luppi que ha demostrado que no necesita putear (lo que siempre le ha salido de maravilla) para ser un gran actor...
Me encanta este blog.
Laura E.