domingo, 30 de noviembre de 2008

Alta Traición

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.

José Emilio Pacheco


La fotografía es de Horacio Coppola

viernes, 28 de noviembre de 2008

Red de mentiras, de Ridley Scott

Ed Hoffman (Russell Crowe) vive en Washington con su mujer y sus dos pequeños hijos. Trabaja para el Servicio de Inteligencia de Estados Unidos, con una oficina montada en su propia casa. Nunca se despega del teléfono y del auricular que todo el tiempo lo mantienen comunicado con su equipo de la CIA, especialmente con Roger Ferris (Leonardo DiCaprio), ex periodista devenido espía que vive en Jordania y circula por diversas zonas de peligro en Medio Oriente.

La misión: cazar terroristas.


El joven Ferris pone el cuerpo en el lugar del conflicto -se arriesga, se lastima, se enamora-, cuando al veterano Hoffman le alcanza con dar una orden de ejecución desde su celular, mientras engulle con devoción los cereales de su desayuno, o mientras lleva a sus chicos al colegio.

Pero como Hoffman también se ve obligado a ejercer presión desde lo presencial, a veces no le queda otra que viajar y visitar a su colega en tierras convulsas. Una tarde, cae de sorpresa en el departamento de Ferris y le cuenta que en el avión vio una película: “Dieron esa película… Poseidón”. 


Detengámonos en ese comentario: decir “Poseidón” es decir cine catástrofe, género que tuvo sus años de esplendor en la década del ‘70, con clásicos como Infierno en la Torre, Aeropuerto, Terremoto y la misma La aventura del Poseidón, películas en donde un grupo de personas -o una masa- se veían amenazadas por una tragedia disparada por causas naturales o -en menor medida- por un error humano.

La historia es conocida: el Poseidón se da vuelta en medio del mar, y los pocos pasajeros que no se ahogan deben hacer malabares para sobrevivir en el transatlántico invertido. Están todos en el mismo barco, así que más vale tirar para adelante.


Russell Crowe, con mueca irónica, parece reírse de esa premisa, como si hoy el cine catástrofe no fuera más que el recuerdo de un cuento ingenuo. La realidad acabó pulverizando al género más apocalíptico alguna vez pergeñado por Hollywood. Ya no hay manera de dramatizar de forma elocuente la miseria de la que hombre es capaz. Hoy, algo nos está superando... la lisa y llana locura.

Red de mentiras (Body of lies) se estrenó en Buenos Aires el mismo día en que Bombay sufría la peor serie de atentados de su historia. Una verdadera puesta en escena de ataques en cadena que excedieron toda la espectacularidad jamás intuida por el más osado diseñador de producción.

Realmente ignoro si Ridley Scott quería decirnos algo con el guiño autoconsciente del personaje de Crowe, o si ese detalle ya estaba presente en la novela original escrita por David Ignatius, en la cual se basa el film. Lo único que puedo decir es que Red de mentiras no es una buena película: es confusa en lo narrativo y agotadora en su vorágine visual. Sin embargo, aunque proviene del corazón de la industria, no busca ocultar la responsabilidad del Imperio en la prolongación del caos sangriento en Medio Oriente y en todos los países afectados a la dialéctica absurda -pero rendidora- del "Bien contra el Mal" (así como la sólida American Gangster tampoco eludía el rol de EEUU en la ruta del narcotráfico urdida en paralelo a la guerra de Vietman).

A veces el cine no es más que una tela en donde rebotan imágenes brillantes y ajenas. En un mundo decididamente enfermo, frente al horror de lo real, con una maleza ideológica que está subvirtiendo el verosímil de todas las ficciones posibles, Red de mentiras es apenas una película chiquita. Casi pintoresca.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Una teoría de Jean-Luc...

En líneas generales, hay dos tipos de cineastas. Los que caminan por la calle con la mirada en el suelo y los que lo hacen con la cabeza alta. Los primeros, para ver lo que ocurre a su alrededor, están obligados a levantar la cabeza a menudo y repentinamente, y a girarla tanto a derecha como a la izquierda, abarcando con varios vistazos el campo que se ofrece ante ellos. Estos primeros ven. Los segundos no ven nada, miran, fijando su atención en el punto preciso que les interesa. Cuando se disponen a rodar una película, el encuadre de los primeros será aireado, fluido, (Rossellini); el de los segundos estará calculado al milímetro (Hitchcock). Se encontrará en los primeros un desglose de las escenas sin dudas disparatado pero tremendamente sensible a las tentaciones del azar (Welles); y en los segundos, unos movimientos de cámara no sólo de una inaudita precisión en el trabajo en estudio, sino que tienen su propio valor abstracto de movimiento en el espacio (Lang). Bergman formaría más bien parte del primer grupo, el del cine libre; Visconti, del segundo, el del cine riguroso.

Jean-Luc Godard, “Bergmanorama”
(fragmento)

Texto publicado originalmente en la revista Cahiérs du Cinéma (julio de 1958). Integra la recopilación de artículos editados por Paidós en el libro La política de los autores. Manifiestos de una generación de cinéfilos. Antoine de Baecque (comp.)

jueves, 20 de noviembre de 2008

Cine junto al mar... (última parte)

23º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Esperando un milagro
Lo que más se extraña de un festival de cine, con el correr de los días, son dos cosas: la sorpresa y el bullicio. Un festival confirma que el cine sigue siendo hermoso como fenómeno colectivo. Un monstruo pasional con misteriosos tentáculos capaces de atrapar y fascinar hasta al espectador más desprevenido, hasta al más escéptico de los mortales. Una máquina que sella el tiempo en forma de películas y nos empuja a preguntarnos sobre nuestro propio tiempo. Qué hacer con el tiempo.

“¿Acaso no es como si, al comprar una entrada para acceder a la sala, el espectador buscara llenar las lagunas de su propia experiencia, atrapar un tiempo perdido?”, se preguntaba Andrei Tarkovski en el imprescindible "Esculpir en el tiempo".

Qué más da… eso somos. Una comunión de almas desesperadas. No hay líder a quien vivar, ni cielo con soberbia suficiente para albergar redenciones. Ni siquiera hay horizontes tentadores, porque el clima se volvió loco y hoy todos los destinos se esfuman detrás de la bruma.

Queda un haz de luz. Y una pantalla a la que todos miramos extasiados, como esperando un milagro.

Queda el cine. Y la necesidad imperiosa de volver a creer.
¿En los Reyes Magos? Sí, por ejemplo... podría ser un comienzo.

Debería revisar más detenidamente Honor de caballería, que el año pasado me dejó sabor a poco y me llevó a deslizar la hipótesis -apresurada y fallida, ahora lo sé- de que el director no tenía demasiado para decir, ni sobre el cine ni sobre el mundo. Y admito que aún no consigo solazarme completamente con la estética de Albert Serra, pero no puedo negar que la pasé muy bien en la proyección de El cant dels ocells (El canto de los pájaros).

Es difícil intelectualizar la impresión ante una obra que aboga por la hipnosis, que apela al vacío para pasarle la posta a la imaginación. Es la apoteosis del espectador obligado a edificar el drama. ¿Generosidad o facilismo? Casi toda la responsabilidad recae sobre uno: sostener la atención, intuir los conflictos soterrados, llenar los blancos. Es el espectador quien debe trazar la historia, porque no le queda otra, ni puede poner como excusa la falta de tiempo. Porque aquí tiempo hay de sobra. Y la Historia no es más que un acto de arrojo: es ese salto entre lo mínimo y lo monumental.

Serra es didáctico al explicar su fórmula: “Los protagonistas se dirigen a un sitio, llegan y se van. Si la película con todo esto funciona, es porque es cine muy puro”. (1) Los protagonistas no son otros que Melchor, Gaspar y Balthazar, quienes reciben la noticia de que ha nacido el Mesías y en su búsqueda se lanzan, atravesando desiertos inacabables y montañas difusas, con sus capas y sus coronas. Los Reyes hablan en catalán y ninguno de ellos es negro. Dos son ancianos y el tercero es un joven rechoncho. Caminan, descansan, nadan en un lago, discuten, retoman la marcha, cuentan lo que soñaron la noche anterior. Por momentos se desorientan, aunque algo muy íntimo parece guiarlos. Hay escasísimas palabras y muchísima naturaleza.

Mientras tanto, María y José intentan digerir el hecho de ser padres. Lucen un poco descolocados. Conversan sentados al sol, en la puerta de una cueva en medio de la nada. No tienen dimensión del acontecimiento. Son serenos y sencillos. Hasta que llegan los Reyes, que para el director “son los más creyentes, son los pioneros”. (2) En su apuesta radical, Serra trasciende la anécdota bíblica para ir mucho más allá: El cant dels ocells es una película sobre la fe en el cine mismo. Sobre la fe en la imagen, el sonido, el prístino blanco y negro. La fe en la belleza del tiempo.


Puede empezar a diagramarse un “sistema Serra”. Si Don Quijote y Sancho Panza -y hasta los mismísimos molinos de viento- son relativamente conocidos por todos, es porque fueron licuándose como formas típicas dentro de la dinámica de la cultura popular, aunque la mayoría de las personas jamás hayan leído la novela de Cervantes. Más enigmáticos aún, los Reyes Magos también son famosos (y hasta glamorosos), pero en lo narrativo apenas califican como estatuas infaltables en un pesebre navideño. El cineasta catalán primero toma las estampas y luego se ampara en la leyenda como evanescente marco de referencia, para desde allí dibujar personajes que persuaden por su abstracción, por su simpatía, por la libertad cuasi fantástica que despliegan, sin perder un gramo de fibra terrenal. Están, son presencias reconocibles, pero ellos sólo encienden el motor: todo lo demás lo hacemos nosotros, si nos dejamos llevar. La ruta es subjetiva y felizmente abierta al Mundo. Es en esa indefinible y efímera combustión de mente y corazón por donde se asoma -a veces- ese temblor que hace a la angustia y a la verdad: existimos. Es allí donde impacta la obra de arte y es entonces cuando descubrimos, como alguna vez dijo Tarkovski, "la inagotabilidad de nuestros propios sentimientos”.
Hasta aquí llego con el último Festival de Cine de Mar del Plata. Tenía intenciones de escribir sobre la astucia de El artista, la negrura de Aquiles y la tortuga, la calidez de Still walking, la maestría de The Hurt Locker, la electricidad de Birdwatchers, entre tantas otras películas que pude ver en la muestra. Pero sucede que Serra me ganó esta vez y en él elegí detenerme, aunque me faltan argumentos para afirmar que sea ese nuevo genio que ha embelesado a la crítica internacional. Lo percibo demasiado consciente de sus trucos vanguardistas. Me parece prudente esperar un poco.

¡Pero agradezco tanto estas bocanadas de buen cine! Porque quiero volver a creer. Como todos. Así que por las dudas, la noche del 5 de enero voy a poner dos tarritos al lado del arbolito: uno con agua y otro, con pastito.
¡Salud!

Películas mencionadas:
El cant dels ocells, de Albert Serra (España, 2008) – Sección: Competencia internacional
El artista, de Mariano Cohn y Gastón Duprat (Argentina, 2008) – Sección: Competencia internacional
Aquiles y la tortuga, de Takeshi Kitano (Japón, 2008) – Sección: Panorama (“Autores”)
Still Walking, de Hirokazu Kore-eda (Japón, 2008) – Sección: Competencia internacional
The Hurt Locker, de Kathryn Bigelow (EEUU, 2008) – Película de apertura
Birdwatchers: La tierra de los hombres rojos, de Marco Becchis (Brasil/Italia, 2008) – Sección: Panorama (“Historias – Geografías”)

Referencias:
(1) - Entrevista en El Correo Digital
(2) - Entrevista en El Periódico de Aragón

sábado, 15 de noviembre de 2008

Cine junto al mar... (tercera parte)

23º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Discípulos de Michael Haneke

Algo curioso me sucedió en el Festival, entre la noche del sábado 8 y la mañana del domingo 9 de noviembre: con una diferencia de pocas horas, me encontré con dos películas notoriamente deudoras del cine del austríaco Michael Haneke. Me refiero a la mexicana Los bastardos, dirigida por Amat Escalante, y a la sueca Involuntary, de Ruben Östlund. Son los segundos largometrajes de ambos realizadores.

No vi el film anterior del joven Escalante, Sangre, pero según leo en Internet ya podía palparse allí la influencia del creador de Caché . Los bastardos arranca con un registro seudo documental que muestra a un grupo de obreros mexicanos intentando conseguir alguna changa -aunque sea por jornal- en la ciudad de Los Ángeles. Luego de una secuencia en donde un norteamericano contrata a un puñado de ellos para un trabajo (y los humilla un poco, de paso), dos de los inmigrantes (Fausto y Jesús) se despiden y siguen su propio camino por la ciudad. De golpe, el film cambia el punto de vista y vemos a una mujer que prepara la cena para su hijo, un adolescente apático con quien ella no puede entablar un diálogo. El chico se va, la mujer calma su angustia fumando un poco de crack, cuando de repente irrumpen los dos mexicanos, armados.

Es entonces cuando la anécdota recuerda a Funny Games (1997), y uno comprueba que incluso el cartel inicial de títulos de Los bastardos es casi idéntico al del film de Haneke: letra catástrofe blanca sobre fondo rojo mientras suena un rock pesado bien chirriante. ¿Acaso Escalante lo hace para blanquear su fuente de inspiración? Nada parecía anunciar que la película derivaría hacia esta situación claustrofóbica en donde los atacantes someten a la víctima a una tensa espera del peor final. La diferencia con Funny Games es que sus dos jóvenes psicópatas montaban un juego de sadismo autoconsciente, mientras aquí lo que motiva a los marginales no es otra cosa que el hambre. Sin embargo, el concepto estético que guía a ambos títulos es el mismo: la provocación. Los bastardos se apoya en el shock que producen las acciones brutales de sus últimos minutos. Con el corazón en la boca luego de los mazazos, al salir de la sala uno cree haber visto una obra mucho más “trascendente” de lo que la película es en realidad. Quiero decir: sospecho que hay más efectismo que verdadera crítica social. Quizás el cine de hoy no pueda ofrecer mucho más que eso: dedicarse a sacudir al espectador para que por fin reaccione frente a la naturalización de la violencia.


Por su parte, el sueco Ruben Östlund construye su film calcando la matriz narrativa de 71 fragmentos de una cronología del azar (1994), de Haneke. Involuntary (Involuntario) desarrolla cinco historias en paralelo que jamás se cruzan (en la película del austríaco los distintos personajes sí confluían en una resolución común). Lo que es igual es la elección de planos-secuencia con cámara fija, separados por imágenes en negro, que pretenden inscribirse como tajadas representativas de una realidad más amplia (realidad que aquí no es precisamente atractiva ni original). No es solo el relato fraccionado lo que remite a Haneke -de hecho, la fragmentación y la discontinuidad son marcas de toda la ficción desde el siglo XX en adelante- sino su ostensible distanciamiento en toda la puesta en escena, así como su necesidad de exponer la decadencia moral de la sociedad europea. Involuntary esboza reflexiones sobre la conducta, la dignidad y la ética; si bien tiene algunos logros esporádicos, la propuesta resulta despareja y nunca llega a despegar como película concreta. En comparación, la forma fílmica de Haneke sigue siendo más rotunda, y eso se debe a que es coherente con su mirada nihilista sobre el mundo. Una mirada más entrenada, por supuesto, y también más cruel (aunque a quienes lo admiramos a veces nos cueste admitirlo).

Todavía hay un poco más.
Hasta luego.

Películas mencionadas:
Los bastardos, de Amat Escalante (México/Francia/EEUU, 2008) - Sección: Competencia latinoamericana
Involuntary, de Ruben Östlund (Suecia, 2008) - Sección: Competencia internacional

viernes, 14 de noviembre de 2008

Cine junto al mar... (segunda parte)

23º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Historias de familias

Empecemos por Europa y su mentirosa estabilidad pequeñoburguesa. Los protagonistas de Fear me not (No me temas) son Ulrich Thomsen y Paprika Steen, dos rostros conocidos en el último cine danés (están en La celebración y en varias otras). Él tiene cara de perverso y ella, de pollito mojado, así que ya pueden intuir por dónde viene el asunto. Michael (Thomsen) vive con su mujer (Steen) y su hija adolescente en una lujosa casa situada en un idílico paisaje. Por un pedido de su cuñado, que es médico, Michael acepta someterse a un estudio de laboratorio para probar una nueva droga, y comienza a tomar antidepresivos. De a poco, el personaje se revela como un psicópata ansioso por hacer algún desastre. Es interesante -y muy actual- el tema de la dependencia de las pastillas como modo de esconder la angustia que genera la vida moderna, pero el film no profundiza en esa veta y prefiere buscar cobijo en la seguridad génerica del thriller. El director Kristian Levring (uno de los pioneros del Dogma ’95) se atora en una puesta en escena convencional para montar una fábula de malestar familiar ya contada muchas veces.

En su uso de la cámara en mano, la propuesta de Home (Hogar) se muestra más dogmática que el film danés, y también se permite mayores libertades en su evolución dramática. Isabelle Huppert y Olivier Gourmet tienen tres hijos y llevan una rutina apacible en su casita en medio del campo, ubicada justo al borde de una autopista que está en construcción desde hace diez años. Hasta que la autopista es finalmente habilitada para el tránsito y los coches comienzan a circular, y con ellos llega el ruido, la contaminación, el peligro. El mensaje es más bien obvio: el arribo de la “civilización” capitalista depara más locura que progreso. Tarde o temprano, la lógica urbana devorará hasta a los románticos más acérrimos. Dirigida por Ursula Meier, la película tiene un problema de base: desde el inicio el conjunto de la situación resulta bastante artificial. ¿Por qué los personajes eligieron el aislamiento? En un principio parecen hippies, aunque los padres no demuestran mayor conciencia política ante la forma de vida que adoptaron; al contrario, lucen un poco limitados y mecánicos. Pero más allá de ciertos elementos forzados, Home apuesta al riesgo y se deja ver: está muy bien filmada y tiene momentos realmente inquietantes.


Otra película que está muy bien filmada es Three Monkeys (Tres monos), el nuevo trabajo del turco Nuri Bilge Ceylan (de quien hace poco se estrenó Climas). Tan bien filmada está, tan estilizada, tan milimétricamente calculada en sus encuadres, colores y cadencias, que la película termina agobiando por exceso. El conflicto involucra a un político poderoso que una noche atropella a una persona en la ruta y luego huye. El irresponsable le propone a su chofer hacerse cargo del crimen y pasar un período en la cárcel, a cambio de una suma de dinero que recibirá cuando salga. La mujer del chofer, que queda sola con un hijo resentido y está desesperada, acudirá al político en busca de ayuda, y se enamorará y todo se complicará. Con actores de presencia fuerte y una trama bien planteada, el interés por la historia se va agotando en medio de una atmósfera densa, cargada de planos contemplativos, apoyada en una fotografía “quemada” en donde resaltan los tonos amarillos, los marrones y los grises, todo esto mostrado con una imagen de grano grueso que delata hasta la última gota de sudor de los cuerpos. La belleza provoca indiferencia cuando sólo se sostiene en la pose estética.


En la vereda opuesta al rebuscado realizador turco, nos encontramos con el naturalismo rústico de Brillante Mendoza, director filipino que en pocos años ganó un importante reconocimiento crítico con títulos como Foster Child y Tirador. Serbis (Servicio) es la primera película suya que veo y resultó ser una obra genuina, efervescente, vital, a pesar de la crudeza de la historia. El escenario es un edificio laberíntico y descascarado en donde funciona un cine que exhibe películas eróticas de los años ’70, además de ser un lugar de encuentro para trabajadores y aficionados al sexo. En la película hay sexo, por supuesto, pero también hay confusión, gritos, mucho ruido urbano, personajes que entran y salen, y peleas de todo tipo que tienen como centro a la familia Pinedo, encargada del edificio, cuya cabeza es una matrona imponente llamada Nanay Flor (Gina Pañero). La cámara persigue a los personajes con el ojo de un voyeur frenético y desorientado, como si quisiera trazar algún mapa dentro de ese universo de caos, suciedad y violencia, para comprobar finalmente que estas criaturas hacen lo que pueden. Sobreviven, sin ningún tipo de perspectiva para el futuro. Serbis es una película dura, descarnada, sólo debilitada por una tendencia a la dispersión narrativa. Un dato que no es menor: la historia está ambientada en Ángeles, al norte de Filipinas, una ciudad superpoblada en donde solía funcionar una base de la fuerza aérea norteamericana (la Clark Air Force Base, un punto logístico clave durante la Guerra Fría). El distrito representaba un lugar de ocio para quienes trabajaban en la base militar.


Hay más.
Luego seguimos.


Películas mencionadas:
Fear me not, de Kristian Levring (Dinamarca, 2008) - Sección: Competencia internacional
Home, de Ursula Meier (Francia/Bélgica/Suiza, 2008) - Sección: Competencia internacional
Three monkeys, de Nury Bilge Ceylan (Turquía/Francia/Italia, 2008) - Sección: Panorama ("Autores")
Serbis, de Brillante Mendoza (Filipinas/Francia, 2008) - Sección: Panorama ("Nuevos autores")

jueves, 13 de noviembre de 2008

Cine junto al mar... (primera parte)

23º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata - Del 6 al 16 de noviembre de 2008
“Hay muchos mundos que no conocemos, Carito”. Esto me lo dijo mi amigo Guadi Calvo hace algunos años, en Mar del Plata, mientras esperábamos que comenzara la ceremonia de clausura de esa edición del festival. Aunque su observación está lejos de ser original, lo que aún reverbera en mis oídos es el tono paternal, sabio, curativo, que Guadi empleó para pronunciar la frase. Era su manera de recordarme que sí, que la vida es muy compleja, que siempre terminará lastimándonos, pero que también esconde espacios para lo otro, para la empatía, para la sorpresa.

Durante un festival de cine uno se encuentra con amigos y colegas con una frecuencia especial: nos cruzamos seguido, conversamos un poco, percibimos cómo varían nuestros ánimos. No hay margen para procesar con conciencia lo que vemos en la pantalla cuando ya estamos ingresando en otra sala oscura; la recepción funciona en gran medida por contraste, y se vuelve dependiente del humor que nos dejó el film anterior, o de los comentarios escuchados en los pasillos.

Es que son muchas películas juntas, miles de historias diferentes, infinitos mundos para un solo planeta. Demasiada violencia. Y todo se mezcla con uno, con el mundo de uno, el más inextricable, el más irresoluble, el que necesariamente moldea la mirada y el vínculo con el exterior. “El desierto crece. Pobre de aquel que guarde desiertos dentro de sí”. Esta es una idea de Niezstche que inspiró el título del film mexicano Desierto adentro. Fue otra vez mi amigo Guadi quien la compartió conmigo.

Cada película es un tobogán. Nos lanzamos y luego corremos para volver a subir, porque queremos más. Y aun cuando estamos muy cansados, siempre queda un resto para el nuevo envión. Supongo que eso se llama pasión. Me alivia constatar que todavía existe. Lástima que estemos -todos- tan metidos para adentro.

No sé hasta cuándo resistirán las últimas vallas (el arte, el deseo, el sentido de humanidad) que hoy impiden el reinado definitivo del desierto. Mientras tanto, lo único que se me ocurre es hacer lo de siempre: hablar de cine, ese bendito oasis.

Mujeres que aman demasiado


El amor duele. Puede complicarnos la existencia de formas que jamás hubiéramos imaginado. Es sano comprobar que el arte no olvidó esa emoción fundamental para el ser humano, aun cuando el cinismo posmoderno de estos tiempos haga lo imposible para empaquetarlo y venderlo como otra mercancía de uso pasajero. Hoy, para reivindicar el romanticismo hay que apelar al extremo, al absurdo, al alarido; eso parece decir Phillippe Garrel en La frontière de l’aube (La frontera del alba). El director francés es un fiel cultor de la nouvelle vague: sobria fotografía en blanco y negro, una cámara fascinada con el enigma de los cuerpos y los rostros, un elegante transcurrir de químicas, obsesiones y alejamientos. Las musas de Garrel pueden pasar sin intervalo de la lozanía más inocente a ser sometidas a un electroshock para frenar su autodestrucción. El clima se va enrareciendo con situaciones que oscilan entre el ridículo y el terror. Es que los personajes están enfermos de amor y el realizador se dedica a celebrarlo con este melodrama gozoso y delirante.

En comparación con la historia anterior, la relación entre los protagonistas de Nights & Weekends (Noches y fines de semana) parece mucho más madura. Pero eso es solo en apariencia, ya que hacia el final se confirmará que hay pocas cosas tan insensatas como el amor. James y Mattie (Joe Swanberg y Greta Gerwig, intérpretes y directores de esta película indie norteamericana) no pueden verse con frecuencia porque él vive en Chicago y ella, en Nueva York. Lo que vemos (la película está rodada en video, con cámara en mano, planos cercanos y look informal) es un recorte aleatorio de los momentos en que los jóvenes están juntos, como si vibráramos con ellos en la urgencia de un puro presente: sábados y domingos, algunas noches, ya sea en sus casas o en algún hotel. El film parte de la banalidad de lo cotidiano en búsqueda de un latido auténtico, y en ese trayecto alterna algunas escenas simpáticas con otras intrascendentes. La anécdota cobra vigor cuando la chica (Greta Gerwig es un hallazgo) comienza a desesperar, dominada por los nervios y los celos. Es allí donde entran en tensión -desde el fuera de campo- los tiempos que el relato eligió omitir: los tiempos de la distancia, propicios para cultivar la sospecha y el miedo a perder a quien amamos. Otra prueba de que no se puede vivir el presente como si fuera un paréntesis de felicidad desgajado de la Historia. El amor siempre entraña la conciencia de un pasado… y la fantasía de un futuro posible.


Aunque si hablamos de llorar y sufrir hasta los huesos, hasta que el pecho estalle y la muerte nos libere, nada mejor que la ópera prima de Marion Laine, Un couer simple (Un corazón simple), basada en un cuento que Gustave Flaubert escribió en 1880. Felicité (Sandrinne Bonnaire) se enamoró de un hombre que la abandonó para casarse con una mujer mayor y adinerada. Sumida en un dolor que jamás logra superar, la protagonista es contratada para trabajar como mucama en una mansión burguesa de Normandía, habitada por una viuda y sus dos hijos. Felicité es una mujer sencilla, sin demasiadas luces ni ambiciones; su entrega a los otros es totalmente transparente, y esa actitud sincera resulta una anomalía en una sociedad signada por la represión y los intereses de clase. Con un tempo reposado y el preciosismo plástico que pueden esperarse de toda producción de qualité, Un couer simple quizás no sea mucho más que una película correcta, pero debo reconocer que disfruté su clasicismo y su rigor en la puesta en escena, teniendo en cuenta que en la función anterior había padecido la tosquedad del film argentino Vil romance (elogiado por la crítica local, apreciación con la que no coincido para nada). La diferencia es evidente: la narrativa del siglo XIX aún conserva un concepto de carnadura dramática que la gran mayoría de las ficciones actuales no han podido recuperar. Felicité es un personaje único, creíble, riquísimo, suspendido entre el naturalismo y la exacerbación romántica, que encontró en Sandrine Bonnaire a una cómplice extraordinaria.

Hay más películas para comentar.
Hasta luego.


Películas mencionadas:
Desierto adentro, de Rodrigó Plá (México, 2008) - Sección: Competencia internacional
La frontière de l’aube, de Phillippe Garrel (Francia, 2008) - Sección: Panorama ("Autores").
Nights & Weekends, de Joe Swanberg y Greta Gerwig (EEUU, 2008) - Sección: Panorama ("Nuevo Cine Independiente de Estados Unidos")
Un couer simple, de Marion Laine (Francia, 2008) - Sección: Competencia internacional
Vil romance, de José Campusano (Argentina, 2008) - Sección: Competencia internacional

martes, 11 de noviembre de 2008

Es tan difícil, por Fernando Peña

Hay un buen uso y un mal uso para las cosas. Un piano puede ser usado para tocar una hermosa obra de Beethoven o se lo puede tirar de un séptimo piso y matar a una persona.


Por Fernando Peña

Hace muchos años cuando era adolescente y fumaba, apagué un cigarrillo en un pocillo de café. Cuando el mozo me cobró y retiró las cosas me enseñó algo que nunca olvidaré. “¿Usted se tomaría un café en este cenicero aun sabiendo que está recién lavado?”, me preguntó. Me mató. Enseguida comprendí lo que me quería decir… que cada cosa en su lugar. No es lo mismo tomar vino en un vaso de plástico o té en una copa. Las sensaciones van acompañadas de objetos y esos objetos nos producen recuerdos imborrables, asociaciones. Ocurre lo mismo con millones de ejemplos, por ejemplo no es lo mismo cortar queso en una tabla que en un plato. Nada más desagradable que comer torta en un platito de cumpleaños descartable o comer sushi con cuchillo y tenedor.

Hay un buen uso y un mal uso para las cosas. Un piano puede ser usado para tocar una hermosa obra de Beethoven o se lo puede tirar de un séptimo piso y matar a una persona. El fuego puede ser usado para destruir un bosque o para hacer un buen fogón en un camping.

Últimamente noto cada vez más que le estamos dando un mal uso a las cosas. Sin ir más lejos hace un par de semanas estando de gira por el interior vi que en un teatro usaban libros para mantener cerrada una ventana. No sé bien si los celulares están sirviendo para comunicarnos o para incomunicarnos. Si seguimos así los autos pronto van a matar más gente de la que transportan.

El tiempo está mal usado. Las relaciones están mal usadas y hasta es un desperdicio lo que estamos haciendo cada uno de nosotros con nuestro ser. La gente ya no se viste, se tira la ropa encima. No se eligen las palabras antes de hablar, los diálogos son cataratas verborrágicas sin sentido. Cada vez pensamos menos en nuestras necesidades y cada vez más obramos por reflejo. Copiamos lo que vemos. Adquirimos costumbres. ¿Y el individuo? ¿Qué es lo que cada uno de nosotros necesita? ¿Qué es lo que nos hace bien?

Siempre me llamó la atención el color de pelo que adoptan las mujeres argentinas. Me refiero a esos colores castigados, oxidados. Esos reflejos rubios, añejos, pasados de moda y siempre de moda. ¿Están contentas con ese color? ¿Se pusieron a pensar en otra alternativa? Hace poco fui a la casa de una amiga mía que anda corta de guita y tuvo que dejar de hacerse los famosos reflejos argentinos. Está canosa y le queda hermoso. Cuando se lo dije me dijo que todo el mundo le dice lo mismo. Era cuestión de probar nada más.

Casi todo es mejorable. Para mejorar las cosas hace falta poca plata y a veces nada de plata. Cuando las cosas empiezan a andar mal, generalmente nos desanimamos y bajamos los brazos. Es típico en los autos, se rompe algo, no lo arreglamos enseguida y el auto se viene abajo en un año.

En las sociedades y en el mundo está sucediendo un poco eso. Me animo a decir que la mayoría, o por lo menos los problemas más importantes de este mundo no se deben a que no hubo dinero para solucionarlos. Se deben al desgano, a la pereza, al abandono y al desprecio por nuestra calidad de vida.

Sí, hay que estar muy atentos para vivir bien. Estar atentos habla de colaborar, de estar dispuestos. A cada minuto suceden cosas que pueden ser mejoradas, o pueden ser hechas de mejor manera. Esto pasa ya sea en el cuarto de un adolescente o en el despacho de un ministro. Pasa en la cocina de un hotel o en la torre de control de un aeropuerto. Pasa en un jardín o en una biblioteca pública. Las cosas no andan mal por sí solas.

No solamente se requiere de mucha responsabilidad para vivir sino que también es necesario tener vocación de vida. La vergüenza es otro ingrediente casi indispensable que mejora mucho el estado de las cosas y cómo vivimos. El estar pendientes de nuestra inteligencia, de la alternativa, de la creatividad y del sentido común también mejora el estado de las cosas.

La gente que cumple me produce una sensación casi vomitiva. Es la gente que se saca el trabajo de encima, la gente que no ama lo que hace y que no trabaja para lo que ama.

La semana pasada estaba en un hotel en Santa Fe, llamé a la recepción para pedir que me subieran los diarios locales. A los diez minutos la señorita con la que había hablado me llamó diciéndome que ya no había ningún diario local, que se los habían llevado todos. Le pregunté si no era posible que fuera un botones a comprarlos a lo que me contestó que sí. De eso hablo. ¿Cuánto cuesta un diario? ¿Por qué no se le ocurrió tomar la iniciativa de mandar a comprar los diarios?

Hay gente que nace con iniciativa, ganas, sentido común y amor propio, otra que no. Otra aprende. Otra jamás. Me gustaría repetir el experimento del cigarrillo hoy en un bar y ver cuántos mozos me llaman la atención. Es un ejemplo pequeño, chiquito. Varios pensarán que es casi irrisorio. No estoy de acuerdo. Son las pequeñas diferencias que hacen que el estado de las cosas tome otro rumbo.

La palabra “casi”, “y bueh”, “ta’ bien”, son palabras enemigas. Correr algo diez centímetros marca una diferencia. Ser puntuales, que una copa esté limpia, también marcan una diferencia.

El último ejemplo: ¿se fijaron que casi ninguna puerta, hablo de las puertas interiores de las casas o de cualquier lugar, no tienen su llave correspondiente puesta? No da lo mismo. ¿Y si la quiero cerrar? ¿Para qué está la cerradura? No da lo mismo. El abandono y el desinterés con el que estamos tratando al mundo y a nosotros mismos es vergonzoso e insultante. Quiero más gente como ese mozo. Es tan fácil… Es tan difícil…

Artículo publicado en la contratapa del diario Crítica (08/11/08)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

El encuentro

Dos puntos que se atraen no tienen por qué elegir forzosamente la recta. Claro que es el procedimiento más corto. Pero hay quienes prefieren el infinito. Las gentes caen unas en brazos de otras sin detallar la aventura.
Cuando mucho avanzan en zigzag. Pero una vez en la meta corrigen la desviación y se acoplan. Tan brusco amor es un choque, y los que así se afrontaron son devueltos al punto de partida por un efecto de culata. Demasiado proyectiles, su camino al revés los incrusta de nuevo, repasando el cañón, en un cartucho sin pólvora.

De vez en cuando, una pareja se aparta de esta regla invariable. Su propósito es francamente lineal, y no carece de rectitud. Misteriosamente, optan por el laberinto. No pueden vivir separados. Ésta es su única certeza y van a perderla buscándose. Cuando uno de ellos comete un error y provoca el encuentro, el otro finge no darse cuenta y pasa sin saludar.

Juan José Arreola

martes, 4 de noviembre de 2008

"Ventana al caos", de Cornelius Castoriadis (fragmento)

¿Qué es lo que en la actualidad muere?

Ante todo, el humus de los valores donde la obra de la cultura puede crecer y al que ella alimenta y engrosa en retribución. Las relaciones son más que multidimensionales; son indescriptibles. Aquí hay un aspecto evidente. ¿Puede existir la creación de obras en una sociedad que no cree en nada y que no valora nada verdadera e incondicionalmente? Todas las grandes obras que conocemos han sido creadas en una relación "positiva" con valores "positivos". No se trata aquí de una función moralizadora o edificante de la obra; todo lo contrario. El «realismo socialista» pretende ser edificante: por eso sus productos son muy malos. No se trata tampoco simplemente de la catarsis aristotélica. Desde la Ilíada hasta El Castillo pasando por Macbeth, el Réquiem o Tristán, la obra mantiene esta relación extraña, más que paradójica, con los valores de la sociedad; los afirma al mismo tiempo que los pone en duda y los cuestiona. La libertad de elegir la virtud y la gloria al precio de la muerte conducen a Aquiles a constatar que es mejor ser esclavo de un pobre campesino en la tierra que reinar sobre los muertos en el Hades. La acción que pretende ser audaz y libre le muestra a Macbeth que sólo somos pobres actores que gesticulan en una escena absurda. El amor pleno y plenamente vivido de Tristán , Isolda no puede acabar sino en y por la muerte.

El choque que provoca la obra es un despertar. Su intensidad y su grandeza son indisociables de un sacudimiento, de una vacilación del sentido establecido. Sacudimiento y vacilación que pueden darse si y sólo si ese sentido está bien establecido, si los valores valen considerablemente y se los vive de la misma manera. El absurdo último de nuestro destino y de nuestros esfuerzos, la ceguera de nuestra clarividencia no aplastaban sino "elevaban" al público de Edipo Rey o de Hamlet -y a aquellos de nosotros que por singularidad, afinidad o educación continuamos formando parte de este público- en tanto vivía en un mundo donde, al mismo tiempo (y me atrevería a agregar: con razón) la vida era fuertemente investida y valorada. Este mismo absurdo, tema preferido por lo mejor de la literatura y del teatro contemporáneos, no puede tener el mismo significado, ni su revelación tomar valor de sacudimiento, simplemente porque ya no es absurdo de verdad, ya no hay ningún polo de no absurdo, al cual pudiera oponerse para revelarse fuertemente como absurdo. Es lo negro pintado sobre lo negro. De sus formas menos refinadas a éstas; desde la Muerte de un viajante hasta Fin de partida, la literatura contemporánea no hace más que decir, más o menos intensamente, lo que vivimos cotidianamente.

Cornelius Castoriadis

"Transformación social y creación cultural" (1979), en Ventana al Caos (editorial Fondo de Cultura Económica)

lunes, 3 de noviembre de 2008


"Debe haber algo extrañamente sagrado
en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar".

Khalil Gibran



La pintura es de Manet (Mar con tiempo en calma).

sábado, 1 de noviembre de 2008

Yo vengo a ofrecer mi corazón

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón,
tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

No será tan fácil, ya sé qué pasa,
no será tan simple como pensaba,
como abrir el pecho y sacar el alma,
una cuchillada del amor.

Luna de los pobres siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón,
como un documento inalterable
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo, y me darás algo,
algo que me alivie un poco más.

Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y hablo de países y de esperanzas,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo de cambiar ésta, nuestra casa,
de cambiarla por cambiar, nomás.

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Fito Páez