miércoles, 30 de julio de 2008

Batman: El Caballero de la Noche, de Christopher Nolan

“El lapso de vida del hombre en su carrera hacia la muerte llevaría inevitablemente a todo lo humano hacia la ruina y destrucción si no fuera por la facultad de interrumpirlo y comenzar algo nuevo, facultad que es inherente a la acción a la manera de recordatorio siempre presente de que los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar”.

Hannah Arendt - La condición humana


Un recuerdo personal

Allá por 1989, durante unos pocos meses, canal 13 puso en el aire un ciclo llamado “El club de Batman”, conducido por Guillermo “Macu” Mazzuca, en donde cada día se emitía un capítulo de la serie protagonizada por Adam West. La repentina euforia por el encapotado la había despertado la superproducción dirigida por Tim Burton que por aquel entonces llegaba a los cines. Yo no era particularmente fanática de Batman ni de ningún otro héroe de historietas, pero la serie de televisión me encantaba y jamás me la perdía. Confieso que esperaba especialmente los capítulos en donde aparecía Gatúbela, porque adoraba ver cómo Batman sucumbía ante sus juegos de seducción, sin importar que fuera su enemiga. Hoy, dos décadas después, al comprobar humildemente hasta qué punto la vida es compleja -aunque no tanto como el amor- comprendo un poco mejor por qué cuando era chica me gustaba la relación de esos dos personajes.

También veo hoy que el áspero primer Batman de Burton se estrenó el año en que asumía George Bush padre, el mismo año en el que un Muro caía para siempre y se preparaba para el año siguiente la Guerra del Golfo (esa que “no tuvo lugar”, según sugirió Jean Beaudrillard). Luego vendrían los Batman colorinches de Joel Schumacher, en plena era Bill Clinton, hasta que el director británico Christopher Nolan decidió resucitar el mito para el planeta post 11 de septiembre, en medio de una década en donde los protagonistas de los comics saturaron la pantalla grande. ¿Pero qué significa ser un superhéroe en el siglo XXI? ¿Y cómo hacer verosímil a la ya naturalizada y altamente mediatizada banalidad del Mal?

Formalidades

Antes de aventurar alguna respuesta, dejemos en claro las impresiones primarias: El Caballero de la Noche es un film entretenido, violento, impetuoso, perturbador, de una ambición por momentos agotadora, con actores de inapelable carisma y una factura técnica que sabe honrar la fisicidad de los cuerpos antes de hundirse en la ingravidez del barroco digital. Además de los intérpretes ya vistos en la película anterior (Christian Bale como Bruce Wayne/Batman, Morgan Freeman como Lucius Fox, Michael Caine como Alfred, el gran Gary Oldman como el comisionado Jim Gordon), están los nuevos: si el Harvey Dent/Dos Caras de Aaron Eckhart fascina, el Guasón de Heath Ledger aterra a la vez que conmueve (es imposible no pensar en el destino trágico del actor). La abrasadora composición de Ledger es la crema de la película: todo el drama se erige como desafío a la ideología de su personaje.

Es cierto que el film tiene debilidades: luego de la fallida elección de Katie Holmes en Batman Begins, Maggie Gyllenhaal tampoco da con el psique du rol de Rachel Dawes; la trama está innecesariamente sobrecargada de personajes secundarios; la voz rasposa de Batman a veces suena ridícula; y hay un par de lagunas en el relato que atentan contra el claro seguimiento del argumento. En fin: como todo producto industrial, El Caballero de la Noche no elude las convenciones y arbitrariedades narrativas impuestas por el género. Pero lo interesante es detenerse en los desvíos de la senda tradicional, esas grietas en donde el arte popular logra esbozar ideas inesperadas: es allí donde fermentan las inquietudes que estimulan la lectura política del film.

Acción y conciencia

Ciudad Gótica es la síntesis de un mundo en donde se ha perdido toda confianza en el otro: cualquiera puede ser corrupto. Las calles están tomadas por la mafia y tampoco se puede creer en la policía. ¿Cómo volver a pensar la noción de comunidad en este panorama infernal? ¿Cómo encontrar un eje para la organización de la sociedad cuando el sistema ha destrozado todos lo valores? Y en el fondo: ¿quién es responsable por la continuidad de ese sistema?

En el libro Apocalípticos e Integrados, Umberto Eco analiza la figura de Superman y se pregunta por qué se limita a cuidar una ciudad. Si realmente la meta de este personaje, como la de otros superhéroes, es favorecer el Bien, ¿por qué no plantearse una transformación un poco más radical, que abarque a la humanidad entera? El poder lo tiene, por eso perfectamente “podría apoderarse del gobierno, destruir un ejército, alterar el equilibrio planetario”, como advierte el pensador italiano. “De un hombre que puede producir trabajo y riqueza en dimensiones astronómicas, se podría esperar la más asombrosa alteración en el orden político, económico, tecnológico, del mundo”. Pero no: Superman desarrolla su actividad dentro de Metrópolis, por lo cual -como dice Eco- es “un ejemplo perfecto de conciencia cívica completamente separada de la conciencia política. El civismo de Superman es perfecto, pero lo ejerce y configura en el ámbito de una pequeña comunidad cerrada”.


Lo mismo puede aplicarse a Batman y su papel en Gotham City, si bien él es humano y no tiene la fuerza cósmica de Superman, que es de origen extraterrestre. Me parece necesario partir de esta diferencia de conciencias que establece Eco para admitir el contrato simbólico de la literatura de masas: el capitalismo no es cuestionado y el mal a combatir está representado por “individuos pertenecientes al underworld, al mundo subterráneo de la mala vida”, incluyendo a la mafia, por supuesto. Digo: hay que aceptar que el paladín de la justicia aquí sea un multimillonario arrogante como Bruce Wayne, que jamás se pregunta cuánta culpa tiene su clase en la promoción de una ciudad cada día más insegura y miserable. Sobre esta base, el guión escrito por Christopher Nolan y su hermano Jonathan explora a fondo tanto la vulnerabilidad del héroe como la función subversiva del villano, buscando trazar algunos puentes con el mundo real contemporáneo.

El Guasón es la encarnación del Mal como absoluto. Está convencido de que el hombre es el lobo del hombre y su objetivo es probar que cualquier alma puede ceder a la tentación criminal. En su delirio terrorista tiene impunidad para decir lo que se le ocurra, por eso es quien lanza las ideas más escalofriantes de la película: “¿Sabes de qué mi di cuenta? -le dice a Harvey Dent. De que nadie se altera cuando todo va de acuerdo al plan, aun cuando el plan sea espeluznante. Si mañana le digo a la prensa que un pandillero fue asesinado, o que un convoy de soldados va a explotar, nadie va a alterarse, porque todo es parte de un plan”. Entonces uno comprende que a este personaje anárquico solo le importa la reacción de un tipo particular de conciencia: la nuestra, la mentalidad del espectador formado en la cultura unidimensional (y que Herbert Marcuse llamó "falsa conciencia").

En la vereda de enfrente, a Batman le surgen muchas dudas mientras a su alrededor aumenta la paranoia. Es que ya no entiende cuál es su lugar en la sociedad. Por otro lado, algo comienza a quebrarse en su relación con Lucius Fox, su mano derecha en Wayne Enterprises. Decidido a apoyar al fiscal Harvey Dent en su campaña política, Bruce firma un contrato con el Estado y convierte al área de Investigaciones de la empresa en el Departamento Gubernamental de Telecomunicaciones, sin consultarlo con Lucius. Luego Lucius descubre el increíble panóptico que mediante una especie de sonar transmite sobre una gran pantalla la información de todos los teléfonos celulares de la ciudad. “Maravilloso, pero poco ético. Es demasiado poder en manos de una sola persona”, advierte el científico. Batman sabe que está cruzando una barrera muy peligrosa, pero al menos aquí el fin -atrapar al Guasón- parece justificar los medios.

El poder económico del empresariado se mezcla con el poder estatal. Tecnologías diseñadas para invadir el espacio privado. La institución que debería velar por la seguridad de las personas -la policía- es la principal sospechosa de pronunciar el caos. Cualquier similitud con lo real es una deliberada coincidencia. Ante cada nueva provocación del Mal, el Bien acude a maniobras cada vez más ambiguas. Todo se confunde a tal extremo que ya no importan los bandos ni el basamento moral de las acciones. ¿Esto es todo lo que hay? No exactamente. Creer que todos los valores están absolutamente devastados es tan simplista como creer que el mal algún día podrá erradicarse para siempre. “Todos merecemos morir”, cantaba Johnny Depp en la sangrienta Sweeney Todd de Tim Burton, una de las tantas películas nihilistas del último tiempo que proponen el Apocalipsis como único camino lógico para la humanidad. Una conclusión demasiado perezosa. El Caballero de la Noche nos recuerda que el mundo es bastante más complicado. Más pasional y más gris.

El Guasón quiere demostrar que cualquier sujeto puede rebajarse a su mismo nivel de locura homicida. Pero su “experimento social” -la extraordinaria secuencia de los barcos- no funciona. La actitud de un grupo de ciudadanos refuta su teoría. Llamémosle nobleza, dignidad, culpa, lo que sea: es una fibra de sentido humano que aún no puede destruirse. Lo interesante es que en ese escenario no están presentes ni Batman, ni Gordon, ni el propio villano. Es el hombre común, librado a su conciencia, quien elige antes que nada respetar la vida del otro.

¿Qué hacemos con esta certeza? ¿Qué hacemos ante la prueba de que todavía existe la posibilidad de la ética? No lo sabemos… quizás empezar todo de nuevo.

Mientras tanto, en Ciudad Gótica es necesario volver a encarrilar el plan: sí, ese “plan” del que hablaba el Guasón y que busca disciplinar a la población para que pueda dormir en paz sin hacer demasiadas preguntas sobre el estado de las cosas. Al final de la película, Batman y Gordon deciden ocultar los crímenes de Dos Caras para eternizar la sana reputación de Harvey Dent. Batman y Gordon manipulan flagrantemente los hechos y construyen un discurso ad hoc que restaure la confianza en la Ley y el Orden. “O mueres siendo un héroe, o vives lo suficiente para convertirte en villano”, dice Batman, que desde ahora será un vigilante clandestino. Y se despide: “A veces la verdad no alcanza. A veces la gente merece más: merece que recompensen su fe”.

De acuerdo, Batman. Tenemos la fe. Ahora hay que pensar cuál es el plan que realmente nos conviene.

lunes, 28 de julio de 2008

¿Qué es el amor?

"El amor es que te pasen a buscar a la salida del trabajo".

Caye (Candela Peña) en la película Princesas, de Fernando León de Aranoa

viernes, 25 de julio de 2008

El peor acuerdo, por Martín Caparrós

Nunca hubiera pensado que alguna vez podía llegar a estar de acuerdo con el hijo de puta del ex general Luciano Benjamín Menéndez. Y sin embargo, ayer.

Ayer, en su alegato final, el ex Menéndez, ex jefe de una de las unidades militares más asesinas, el Tercer Cuerpo de Ejército, hombre de cuchillos tomar y de presos matar, peroró en su defensa. Dijo, en síntesis, que las fuerzas armadas argentinas pelearon y ganaron para “evitar el asalto de la subversión marxista”. Y yo también lo creo.

Con algunos matices. La subversión marxista –o más o menos marxista, de la que yo también formaba parte– quería, sin duda, asaltar el poder en la Argentina para cambiar radicalmente el orden social. No queríamos un país capitalista y democrático: queríamos una sociedad socialista, sin economía de mercado, sin desigualdades, sin explotadores ni explotados, y sin muchas precisiones acerca de la forma política que eso adoptaría –pero que, sin duda, no sería la “democracia burguesa” que condenábamos cada vez que podíamos.

Por eso estoy de acuerdo con el hijo de mil putas cuando dice que “los guerrilleros no pueden decir que actuaban en defensa de la democracia”. Tan de acuerdo que lo escribí por primera vez en 1993, cuando vi a Firmenich diciendo por televisión que los Montoneros peleábamos por la democracia: mentira cochina. Entonces escribí que creíamos muy sinceramente que la lucha armada era la única forma de llegar al poder, que incluso lo cantábamos: “Con las urnas al gobierno / con las armas al poder”, y que falsear la historia era lo peor que se les podía hacer a sus protagonistas: una forma de volver a desaparecer a los desaparecidos. Me indigné y, de tan indignado, quise escribir "La voluntad" para contar quiénes habían sido y qué querían realmente los militantes revolucionarios de los años sesentas y setentas.

(A propósito: es la misma falsificación que se comete cuando se dice, como lo ha hecho Kirchner, que este gobierno pelea por realizar los sueños de aquellos militantes: esos sueños, está claro, eran muy otros. En esa falsificación, Kirchner y el asesino ex se acercan; ayer Menéndez decía que “los guerrilleros del 70 están hoy en el poder”, sin ver que, si acaso, los que están alrededor del gobierno son personas que estuvieron alrededor de esa guerrilla en los setentas y que cambiaron, como todo cambió, tanto en los treinta últimos años que ya no tienen nada que ver con todo aquello, salvo para usarlo como figura retórica.)

Es curioso cómo se reescribió aquella historia. Hoy la mayoría de los argentinos tiende a olvidar que estaba en contra de la violencia revolucionaria, que prefería el capitalismo y que estuvo muy satisfecha cuando los militares salieron a poner orden. “Ostentamos el dudoso mérito en ser el primer país en el mundo que juzga a sus soldados victoriosos, que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas”, dijo el asesino –y tiene razón. Pero la sociedad argentina se armó un relato según el cual todos estaban en contra de los militares o, por lo menos, no tenían ni idea. Es cierto que no podían haber imaginado que esa violencia era tan bruta, tan violenta, pero había que ser muy esforzado o muy boludo para no darse cuenta de que, más allá de detalles espantosos, las fuerzas armadas estaban reprimiendo con todo.

El relato de la inocencia mayoritaria se ha impuesto, pese a sus contradicciones evidentes. Los mismos medios que ahora cuentan con horror torturas y asesinatos las callaron entonces; los mismos partidos políticos que se hacían los tontos ahora las condenan; los mismos ciudadanos que se alegraban privada y hasta públicamente del retorno del orden ahora se espantan. Y todos ellos conforman esta masa de ingratos a la que se dirige el muy hijo de exputa: “Luchamos por y para ustedes” –les dice y, de hecho, los militares preservaron para ellos el capitalismo y la democracia burguesa. Pero la sociedad argentina se ha inventado un pasado limpito en el que unos pocos megaperversosasesinos como éste hicieron a espaldas de todos lo que ellos jamás habrían permitido, y les resulta mucho más cómodo. Como les resulta mucho más cómodo, ahora, indignarse con el ex que repensar qué hicieron entonces, a quién apoyaron, en qué los benefició la violencia de los represores, y lo fácil que les resultó, muchos años después, asombrarse, impresionarse e indignarse.

El ex Menéndez es, sin duda, un asesino, y ojalá que se pudra en la cárcel. Es obvio que no es lo mismo la violencia de un grupo de ciudadanos que la violencia del Estado, pero es tonto negar que nosotros proponíamos la guerra popular y prolongada como forma de llegar al poder. Y también es obvio que la violencia de los militares no les sirvió sólo para vencer a la guerrilla: lo habrían podido conseguir con mucho menos.

Durante mucho tiempo me equivoqué pensando que los militares habían exagerado: que la amenaza revolucionaria era menor, que no justificaba semejante despliegue. Tardé en entender que los militares y los ricos argentinos habían usado esa amenaza como excusa para corregir la estructura socioeconómica del país: para convertir a la Argentina en una sociedad con menos fábricas y por lo tanto menos obreros reivindicativos, para disciplinar a los díscolos de cualquier orden, y para cumplir con las órdenes reservadas del secretario de Estado USA, su compañero Kissinger, que les dijo en abril de 1976 que debían volver a convertir a nuestro país en un exportador de materia prima agropecuaria.

Es lo que dijo el ex: “¡Y nosotros estamos siendo juzgados! ¿Para quién ganamos la batalla?”. Porque es cierto que la ganaron, y que su resultado principal no son estos juicios sino este país sojero.

Ése es el punto en que casi todos se hacen los boludos. La indignación siempre fue más fácil que el pensamiento. Supongo que es mejor que muchos, para sentirse probos, prefieran condenar a los militares antes que seguir apoyándolos como entonces. Pero no deja de inquietarme que todo sea tan fácil y que sólo un asesino hijo de puta suelte, de vez en cuando, ciertas verdades tremebundas.


Texto publicado en Diario Crítica (25-07-08)

miércoles, 23 de julio de 2008

Una mujer partida en dos, de Claude Chabrol

Digamos de entrada que el conflicto en esta historia es muy poco novedoso, porque estamos acostumbrados a que la clásica heroína del melodrama se sienta tironeada entre dos hombres (o tres o cuatro o más, como bien lo sabe Emma Bovary). Entre el príncipe rico y el campesino humilde, entre el empresario exitoso y el artesano bohemio, entre el marido -bueno conocido- y el amante ocasional por conocer -si hace de “malo” en la intimidad, mejor-; todas son disyuntivas habituales en las ficciones de cualquier época. Lo que desconcierta en el nuevo film de Claude Chabrol es que el dilema de la protagonista nunca llega a estar realmente justificado: ambas “alternativas” son presentadas como frías y desagradables, muy lejos de infundir algo cercano al amor.

La joven Gabrielle Deneige (una muy seductora Ludivine Segnier) se fascina con uno pero se casa con el otro. Quien la enamora verdaderamente es el escritor Charles Saint-Denis (François Berléand), casi treinta años mayor que ella, que sólo la utiliza como juguete sexual, pues él está muy bien asentado en su chalet de Lyon con su esposa, su status y su fama. El tercero en el cuadro es el heredero de una familia aristocrática Paul Gaudens (Benoît Magimel), que no tiene otra ocupación que la de lucir su pedantería en cuanto evento social aparezca. Un muchacho vacuo, un típico “nene de mamá” que persigue a Gabrielle por puro capricho, porque no puede aceptar ser rechazado. Algunos dirán que la chica es víctima de la perversión sexual del hombre maduro, cuando lo que a ella le duele es que no la ame y no sus rutinas privadas. Otros dirán que elegir al joven rico es una variable más lógica, sin importar que él esté desequilibrado. En síntesis: la disyuntiva para ella en el fondo es muy triste.

Escrita por el realizador junto a Cécile Maistre, Una mujer partida en dos (La fille coupée en deux, 2007) comienza con un apacible viaje desde el interior de un auto, en donde las imágenes están viradas al rojo sangre, anunciando con el color que lo que sigue es una historia pasional. Puede parecer un artificio demasiado elemental para un creador de la talla de Chabrol, pero lo cierto es que estamos ante de una las películas menos inspiradas del director de La dama de honor. En contraste con el inicio, la fotografía de todo el film -a cargo de Eduardo Serra- es homogénea en su elección de los tonos brillantes: no hay evoluciones, ni dobleces, ni rincones oscuros.



Un buscado aroma a falsedad inunda todos los ámbitos de la película: la televisión (en donde trabaja la protagonista), los círculos de intelectuales lustrosos, la aristocracia anacrónica y todas las poses que resumen el cosmos del individualismo europeo. Son temas recurrentes en la obra del realizador (Gracias por el chocolate, La flor del mal), que siempre ha intentado rastrillar las apariencias de la burguesía para llegar a su núcleo hipócrita y criminal. Solo que a veces el director se contenta con el diseño supuestamente provocador de la máscara y olvida pensar la cara humana de quien debe portarla: el personaje.

Si bien en muchas ficciones de Chabrol sus criaturas suelen actuar como raras marionetas, aquí esa tendencia caricaturesca está exacerbada al grado del arquetipo, impidiendo que los personajes tengan real peso dramático en la historia. Son seres unívocos atados por lazos poco convincentes. Lo que se extraña es la mirada social insidiosa que supo construir películas soberbias como El carnicero, La bestia debe morir y La ceremonia. Por momentos es tan deshilachada la narración que uno no consigue inferir si el realizador está cuestionando el puritanismo impostado de la clase alta en el siglo XXI, o si por el contrario, a sus 78 años, tuvo un súbito acceso de moralismo demodé. Lamentablemente, atascado en la frivolidad del contenido, en Una mujer partida en dos el maestro francés acabó trasladando el barniz banal a la propia forma de la película.

viernes, 18 de julio de 2008

Sobre la esperanza

"Esquilo llama ‘ciega’ a la esperanza para indicar que su persistencia en los seres humanos desafía toda prueba dispuesta a desalentarla. Asimismo, la célebre vasija de Pandora, de la que brotaron en tropel todas las desgracias vertidas sobre Epimeteo, guardaba en su fondo a Elpis, la tenaz esperanza, cuya presencia, en medio de ese compendio de males, va contra toda ‘razonabilidad’. Es que la estirpe y el espesor de la esperanza provienen del deseo y éste no se nutre jamás en circunstancias favorables ni en la certeza de que alguna vez las habrá. La esperanza es rasgo distintivo del ser que insiste en ser, en desplegarse contra toda la apariencia adversa. Insistencia que no responde a la presencia omnímoda de una voluntad empecinada sino a la inaplazable necesidad de proceder, de obrar en función de lo que se busca. Al imperativo impostergable de actuar de conformidad con la convicción que se tiene. En esa acción consiste la esperanza. Es ese empeño que es búsqueda y encuentro simultáneos, que al unísono, se perfila como la sed incesante y el agua que la colma, a lo que cabe llamar esperanza.

Quien de veras la conoce, sabe que la esperanza jamás florece en la antesala del escenario en el que luego se consuman los hechos, a la manera de un preámbulo expectante o de un elixir que nos predispone a guardar de ellos lo mejor. Tampoco precede ingenuamente al insospechado infortunio ni confía en que él no incidirá en el curso de los acontecimientos. La esperanza, en cambio, puede ser reconocida allí donde el desencanto ya ha desbaratado una expectativa o donde nada indica que pueda haberla y aun tras el golpe más cruento que parece haberlo echado todo a perder. El ‘escándalo’ de la esperanza consiste en ocupar sitios donde, en apariencia, nada la invita a germinar".

Santiago Kovadloff (Ensayos de intimidad)

miércoles, 16 de julio de 2008

Joshua, de George Ratliff

Joshua (Estados Unidos, 2007)
Estreno directo en DVD, editado por Gativideo.

Tanto el título del film como el afiche de promoción parecen anticipar que Joshua es otra película de terror sobre un niño extraordinario, ya sea porque está poseído por el demonio, o porque es psíquico y dialoga con criaturas del más allá, o porque es un nuevo fantasma vengativo que quiere hacer justicia. Pues no: Joshua no es nada de eso. Es una historia de terror, sí, pero la película se mantiene siempre dentro de márgenes realistas, sin necesidad de apelar a gastadas explicaciones sobrenaturales para establecer su verdad: este niño es lisa y llanamente malo.

Sus padres notan que su hijo de nueve años es raro, pero no le prestan demasiada atención, menos ahora que acaban de tener una beba. Todo es algarabía hasta que la recién nacida se convierte en una insoportable máquina de llorar, y mientras mamá Abby (excelente Vera Farmiga, Los infiltrados) despista progresivamente hacia la histeria, papá Brad (Sam Rockwell, Los tramposos) comienza a dispersarse en su trabajo en la financiera. El infierno se instala de a poco en su aséptico departamento de Manhattan. “No tenés que quererme. No es una regla”, le dice Joshua (Jacob Kogan) a su padre. Es que uno no elige a la familia.

Lo más interesante del film es el retrato de esta familia gratuita. Un matrimonio alelado que tiene hijos sin saber muy bien por qué. Él es un joven inmaduro que vive atorado en su mp3 y ella es una tilinga que nunca asumió su maternidad, pero aun así ellos siguen adelante, respetuosos del mecánico mandato reproductivo. El que paga el pato por la estulticia pequeñoburguesa es el robótico hijo, que deberá cargar para siempre con el recuerdo de una madre que lo aborreció durante la depresión post-parto.

El director George Ratliff puebla su puesta en escena con íconos reconocibles del terror psicológico (Joshua se asemeja al Damien de La profecía, Farmiga tiene el look de Mia Farrow en El bebé de Rosemary) porque lo que busca es desenfundar desde adentro el género mismo, planteando que ya no hace falta recurrir a giros satánicos o surrealistas para narrar la angustia primordial de un niño inteligente: ¿alguien le pidió permiso para traerlo a este mundo siniestro?

sábado, 12 de julio de 2008

"En ningún momento hay fin. Siempre se pueden imaginar nuevos sonidos y descubrir nuevos sentimientos. Y siempre está la necesidad de continuar depurando estos sentimientos y sonidos de manera que podamos ver realmente lo que hemos descubierto en su estado puro, ver lo que realmente somos y poder transmitirlo".

John Coltrane

miércoles, 9 de julio de 2008

Antes que el diablo sepa que estás muerto, de Sidney Lumet


“It’s too late to think. It’s too late”.

Eso es lo que le dice Andy (Phillip Seymour Hoffman) a su hermano Hank (Ethan Hawke) cuando sabe que ya no hay tiempo para pensar, pues todo se desbarrancó para siempre. Algún tornillo se zafó y ya no hay vuelta atrás. Quedan dos opciones: la locura o la muerte.

La película es transparente desde el mismo título, Before the devil knows you're dead, que está inspirado en un viejo proverbio irlandés: “podrías llegar a tener media hora en el cielo antes de que el diablo descubra que estás muerto”. Las cartas están jugadas.
Arreglate solito con tu alma, si podés.

El problema es que Andy y Hank no pueden, ni con ellos mismos ni con lo que les tocó en suerte (y vale remarcarlo: las actuaciones de Seymour Hoffman y Hawke son magníficas).


Y lo que me pregunto es: ¿quién puede?

Algo se nos está escapando de las manos, a todos. La vida es la liebre que se fugó con nuestra única zanahoria. Esa liebre que nos mira desde lejos y se ríe con el cinismo de Bugs Bunny, mientras nos mastica, y nos tritura, y escupe pedacitos. El dinero nos convirtió en pedacitos.
Como dice Andy: “No soy la suma de mis partes. Todas mis partes no se juntan en una unidad”. Fragmentos. Futilidad. La necesidad de no-ser cuando cada día, a cada minuto, el mundo nos obliga a ser. A ser alguien y ser exitoso y ser bello y ser seguro de uno mismo. Andy se inyecta heroína para no tener que ser.

¿Y su hermano Hank? Hank es menos consciente, más básico, más sumiso. Hank fue un poquito más amado por su papá (Albert Finney) que el pobre Andy. Vaya uno a saber por qué. Serán las lógicas arbitrarias de la familia. O de la psiquis. Lo cierto es que los hermanos necesitan billetes frescos y deciden armar un plan para asaltar la joyería de sus padres. Y por supuesto, todo sale mal. Muy mal.

El director Sydney Lumet (Doce hombres en pugna, Tarde de perros, Network) asume orgulloso la fiebre de la tragedia clásica para narrar la historia de un presente desaforado, en donde el sujeto se mueve sin parámetros y cree ser libre cuando, en el fondo, no sabe lo que quiere de verdad y termina cometiendo estrambóticos desmanes. La esquizofrenia cunde. El miedo se esparce. La insatisfacción se hace carne. El amor es líquido. Tan sólo corremos, aunque ya ni siquiera recordamos qué sabor tienen las zanahorias.

El relato está desatado: se enrosca y desenrosca con furia, con abruptos frenos y aceleraciones, con acciones rústicas, con pulsiones de venganza. Un ritmo perfectamente calibrado. Un film sofisticado y apasionante.


¿Pero es que acaso hay real deseo en esta trama? (Sí, me refiero a aquel deseo que otrora solíamos asociar con el placer). Parece que no. Aquí sólo hay manotazos de ahogado. Deudas pendientes. Muertes anunciadas. Trancos desesperados hacia adelante.

Saltos al vacío.

martes, 8 de julio de 2008

"..la vida no es tan sólo
despedirse continuamente,
sino que la vida tiene también mucho
de ilusionarse humanamente
con volver a encontrar aquello
que hemos perdido."

Federico JeanMaire ("Mitre")

jueves, 3 de julio de 2008

"No se puede vivir
sin amar,
sin divinizar,
sin apasionarse
y adorar".

Sergei Eisenstein

miércoles, 2 de julio de 2008

Hancock, de Peter Berg


John Hancock (Will Smith) es un hombre gruñón, morrocotudo, bastante sucio y adicto al whisky. Bueno, en realidad no es un hombre común y corriente, porque también vuela, veloz como un águila, aunque en el aire suele estamparse contra otros pájaros debido a que el alcohol reduce sus reflejos. Por la clase de tareas que cumple, parece ser un superhéroe, solo que por pura torpeza últimamente viene causando más problemas de los que resuelve en Los Angeles, la ciudad que él resguarda. Todos se preguntan: ¿qué le pasa a Hancock?

La película de Peter Berg acierta al no responder de entrada a ese interrogante, y así consigue que en sus primeras secuencias Hancock resulte entretenida en el dibujo de este héroe atípico y reticente, que no solo padece los dilemas íntimos que podrían afligir a un Batman o a un Hellboy, sino que además se expone al rechazo de la comunidad, que ya no tolera su conducta indecorosa. Hasta la ley lo persigue con un tendal de demandas, porque es tan desprolijo en sus misiones que acaba provocando pérdidas materiales millonarias. Sin un origen que pueda recordar, dotado de eterna juventud, Hancock se siente demasiado solo en un mundo de mortales. Hasta que un día le salva la vida a Ray (Jason Bateman, quien se lució hace poco en Juno), y a través de él conoce a Mary (Charlize Theron). Las cosas se complican. Para mal y para bien.

Ray es experto en Relaciones Públicas y le propone a Hancock recuperar su prestigio a partir de un cambio de imagen. La sola idea de un superhéroe decadente sometido a una estrategia de marketing personal es realmente muy curiosa, y la película sabe aprovecharla en un par de situaciones divertidas. Con un Will Smith calzando perfecto en el personaje creado por los guionistas Vincent Ngo y Vince Gilligan, el film podría haber ahondado un poco más en las miserias terrenales del protagonista, sin por ello abandonar el humor. Pero enseguida Hancock elige el atajo: abrumar con los efectos especiales y acelerar el relato con giros dramáticos volubles que incluyen explicaciones sobre mitología griega, almas gemelas y reencarnaciones.

Desde el momento en que el personaje de Theron revela su verdadera identidad, el film entra en una irreversible curva descendente. La actriz de Monster -¡nada menos!- es la encargada de enunciar las líneas de diálogo más ridículas de la película. Ella y Smith juegan una larga escena de acción que recuerda a El Hombre Araña y al Hulk de Ang Lee por la manera en que vuelan rebotando de edificio en edificio cual desatada pelotita de pinball. Los artificios son tan ostentosos que en lugar de agraciar la imagen, la vuelven precaria, sosa. Los cuerpos -y las criaturas detrás de ellos- pierden automáticamente toda sustancia cuando el lápiz digital los manipula a puro capricho. Y así Hancock se convierte en otra buena idea totalmente arruinada por los mandatos de la industria.

martes, 1 de julio de 2008

4 de Julio - La masacre de San Patricio, de Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta

Durante la edición 2007 del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, entrevisté a Juan Pablo Young, co-director junto a Pablo Zubizarreta del documental 4 de Julio - La masacre de San Patricio, que participó en la sección Memoria en Movimiento del festival. A continuación reproduzco el artículo originalmente publicado en el sitio cinenacional.com. La película se estrena esta semana en Buenos Aires.

En la madrugada del domingo 4 de julio de 1976, cinco religiosos fueron asesinados en una parroquia en el barrio de Belgrano, un hecho oscuro que pasó a la historia como “la masacre de San Patricio”, en referencia al nombre de esta iglesia perteneciente a la sociedad católica de los Padres Palotinos. Los responsables y autores del crimen nunca fueron identificados.

Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta se conocieron cuando cursaban la carrera de cine, y descubrieron que tenían un pasado en común. “Tanto Pablo como yo crecimos en el barrio de Belgrano R, muy cerca de la parroquia”, comenta Young en nuestro diálogo. “Los dos estamos vinculados con el tema de los palotinos por una cuestión familiar, así que nos pareció una buena oportunidad para hacer algo al respecto. Cuando empezamos no sabíamos hasta qué punto el proyecto llegaría a configurar una película, porque al principio teníamos muy poco material”. El resultado, en efecto, es este documental titulado 4 de julio, que a partir de un riguroso clasicismo de género y una sólida investigación consigue recuperar el hecho y emplazarlo en el vértigo de las contradicciones ideológicas que signaron los años ‘70.

“¿Cómo decirle al oprimido que ‘Dios es amor’, cuando todo en su vida diaria expresa una negación del amor en el mundo?”. Este interrogante lo formuló Jon Sobrino, principal propulsor de la "Teología de la Liberación", quien aparece en una escena del film. Se trata de la paradoja central de la ética católica: ¿cómo sostener la fe en un sistema económico que promueve el hambre? ¿Cuál debería ser el rol de la Iglesia en los países postergados? Muchos jóvenes religiosos se lo preguntaron en las décadas de ilusiones revolucionarias, y encontraron un camino en el Movimiento de los Sacerdotes para el Tercer Mundo. 4 de Julio comienza dibujando el convulso contexto histórico, al tiempo que explica cómo llegó la Congregación Palotina desde Irlanda a la Argentina. “Son muchas las líneas narrativas que se abren en la película -explica el director-. Son muchos los personajes y también son muchos los temas que queremos tocar, porque lo que nos importa es mostrar la complejidad de lo que sucedió el 4 de julio. Lo que nos interesaba era partir del relato de este crimen para hacer una reflexión sobre lo religioso. Porque si bien es una película en contra de la jerarquía eclesiástica, no es nuestro objetivo ir contra de la Iglesia”.



Además del imprescindible testimonio de Eduardo Kimel, periodista que estudió el caso en profundidad, el film cuenta con una amplia gama de documentos para ilustrar la narración. “Fue una larga búsqueda de material de archivo, de registro fotográfico, de prensa gráfica, que nos permitió tener mayor cantidad de imágenes para poder hacer la película”, detalla Young, y aclara: “Empezamos en septiembre de 2001 y la terminamos hace unos meses, casi seis años de trabajo, que nos vinieron bien, porque misteriosamente fueron apareciendo un montón de archivos que pudimos incluir en la película. Hasta hace un mes y medio no contábamos con las fotos forenses, por ejemplo, que son impactantes y tienen un efecto dramático muy intenso. Es interesante cómo fuimos encontrando materiales que aparecieron de una manera misteriosa, casi “milagrosa”, me atrevería a decir”.

Las víctimas del terrorismo de Estado fueron los sacerdotes Alfredo Leaden, Pedro Duffau y Alfredo Nelly, y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti, todos pertenecientes a la Sociedad del Apostolado Católico, Padres Palotinos. En el film, Zubizarreta y Young destinan una tensa secuencia a la reconstrucción de la noche trágica en San Patricio. “Fue un desafío determinar qué hacíamos en la película con el momento del crimen”, confiesa el realizador. “¿Lo mostramos o no? La balacera que se produjo evidentemente fue infernal, porque se calcula que hubo casi 80 disparos sobre cinco cuerpos. Esto hace que el escenario del crimen fuera atroz. La decisión de contarlo fue siempre una duda, hasta que elegimos esta opción: sabíamos que era necesario instalar a los asesinos, darles un cuerpo. Hay un detalle que puede pasar inadvertido: mostramos que uno de los asesinos, cuando entra a la Iglesia, toca el agua bendita y se hace una señal de la cruz en la frente. Para nosotros era muy importante que se supiera que los asesinos eran también católicos. De todas formas, lo que buscamos fue trabajar con el fuera de campo, y no mostrar la balacera ni mostrar los cuerpos, sino solamente exponer las fotos de los cuerpos reales. Si hubiéramos ficcionado esa situación, le habríamos quitado valor al documento”.

La película no desperdicia imágenes de archivo que registran a personajes clave de la época, como el padre Carlos Mujica, o Juan Carlos Aramburu, quien era arzobispo de Buenos Aires en 1976 y representaba la voz oficial de la Iglesia; pero sin dudas el punto fuerte está en los testimonios de las personas que conocieron íntimamente a las víctimas, como el padre Kevin O’Neill (fallecido en 2003), el ex seminarista Jorge Kelly y, especialmente, el ex sacerdote Roberto “Bob” Killmeate, a quien está dedicado el último tramo de la película. Killmeate salvó su vida porque se encontraba en Colombia cuando ocurrió la masacre. Sin embargo, a pesar del peligro que representaba la situación, el cura regresó a la Argentina y continuó sus tareas comunitarias y militantes en el interior del país. Con relación a este elemento narrativo, Young comenta: “Las personas que vieron la película nos dicen que esta parte, en donde contamos la evolución del padre Killmeate, da la sensación de ser una película dentro de otra. Nosotros fuimos claramente concientes de esto cuando la montamos, porque creemos que esta historia resignifica el sentido de la película”. Efectivamente, lo que permite la épica personal de este hombre es tender un puente entre aquellos años y la actualidad, para probar que el interrogante central sobre la misión del catolicismo en el mundo continúa sin ser acatado por los dueños del poder eclesiástico.

Carolina Giudici / Marzo de 2007